Lamento de la Novia Paduana, Anónimo

[Lamento della sposa padovana]. Antigua composición poética, tal vez no fragmen­taria como a menudo se ha creído, que se lee en el reverso de un documento notarial de Padua, del año 1277: está escrita en enea­sílabos pareados, con algunas asonancias. El título que se le ha dado es impropio, porque de los ciento ocho versos de que consta sólo los cincuenta primeros pueden considerarse un «lamento» y, en cuanto a la lengua, no hay ni rastro del dialecto de Padua. Pero otros títulos que se han pro­puesto, como Fragmento de la «fe‘lial»; Poema de la «bona cilosia»; Fragmento Papafava, resultan tan poco convincentes como aquél, ya que corresponden a inter­pretaciones no completamente valoradas.

Una mujer, cuyo marido se halla lejos, en ultramar, en Paganía como cruzado o pere­grino, responde a cierta Frixa que la acon­seja que deponga su tristeza, protestando de su fiel amor. Su ánimo fluctúa entre el temor y la esperanza; temor de desgracias, esperanza de volver a ver algún día a su amado. La honesta esposa no se cuida ya de ser bella; ni se mira al espejo, ni se deja ver por nadie; está sola, en su «camarela», vuelta hacia el mar, y se conforta con los recuerdos y con la fuerza que le dan las plegarias y el sentirse digna de que su señor regrese; llega incluso a no pare­cer le que esté lejos, de tan cercano y vivo como es su amor. Estas san las cosas que responde a la consejera y a otras coma­dres, con natural y afectuosa simplicidad. La esposa logra el premio de su lealtad: su marido regresa y con él la felicidad con­yugal, fundada sobre la «bona cilosia», el buen celo amoroso, que el fino amor guía y no deja desviar, En este punto, en el relato se entrevé a un «peregrino», que podría ser un tercer personaje pero quizás no lo sea, porque, habiendo motivos sobra­dos para enlazar estos versos del siglo XIII con la antigua y difundida canción popu­lar del «Falso peregrino» (donde el marido, que marchó a la guerra, vuelve a su mujer bajo el hábito de un peregrino), hay que aceptar probablemente la opinión de que este nuevo personaje no sea más que el marido esperado durante tanto tiempo.

Es verdad que en este punto nuestro tex­to— un monólogo dramático juglaresco, a juicio de buenos intérpretes — parece ofre­cer un cambio algo sorprendente; el pere­grino enamorado que no se atreve a pre­guntar, y permanece suspirando y cabiz­bajo, aparece después que se nos ha hablado de la fe premiada y de la alegría de los esposos reunidos. Pero cabe suponer que el enigma obedece a un efecto narrativo del juglar; y así, también para nosotros, lec­tores modernos, quedan secretos los posi­bles intentos moralistas y satíricos de esta cantilena.

F. Antonicelli

El Lamento de los Niños, Elizabeth Barrett Browning

[The Cry of the Children]. Poema de la poetisa ingle­sa Elizabeth Barrett Browning (1806-1861), incluido en las Poesías (v.) de 1844, pero publicado antes. En ella los niños invocan a la muerte para sustraerse al trabajo, al cual desde su más tierna edad están suje­tos: la ley de 1843, qué fue adoptada en Inglaterra a consecuencia del informe de Horne, y que limitaba el trabajo de los me­nores de edad, fue debida a los emociona­dos acentos de la poetisa. La lamentación está, a pesar de lo forzado de su tema, llena de momentos de un lirismo conmove­dor. Los niños cuentan sus miserables con­diciones y las fatigas y tormentos impro­pios de su tierna edad, con la elocuente fuerza de una plegaria. Edgar Allan Poe juzgó el canto «lleno de una nerviosa e indomable energía, de un horror sublime en su simplicidad».

A. Camerino

Lamentaciones, Petros Turian

[Drtunch]. Poesía armenia de Petros Turian (1851- 1872), piedra angular en la poesía romántica armenia en cuanto que contiene todos los estilos que de Europa pasaron a Armenia, revistiéndose de irisaciones orientales. Una exasperada protesta contra el Dios insen­sible y cruel que se desinteresa de esta hu­manidad por Él creada, una triste conside­ración del mundo terrenal que es «el escar­nio» de Dios, un deseo irreprimible de vida y de existencia, son la base del romanti­cismo de Turian. De esta anhelada vida Turian no considera su aspecto pictórico o artístico, sino su esencia trágica, su negarse al deseo del hombre y su ansia de una existencia intensa.

A. Piloian

Lamentaciones, Edmund Spenser

[Complaints]. Con este título significativo, Edmund Spenser (15529-1599) publicó, en 1591, una colección de poesías impregnadas de profunda melancolía, y fundamentadas casi todas en el pesimista motivo de la desapa­rición, en el mundo, de las almas nobles, con el correspondiente triunfo de las almas bajas.

Este es el tema de las «Ruinas del tiempo» [«The Ruines of Time»], larga la­mentación sobre las ruinas de Verulamio, en la cual el genio de la ciudad llora, en conmovedoras estancias, la muerte de Sid- ney, pasando luego a indignadas reflexio­nes sobre el desprecio de la poesía por parte de los poderosos. El mismo tema en­contramos en las «Lágrimas de las Musas» [«The Tears of the Muses»], donde las nue­ve hermanas lamentan, una a una, el estado de degradación de la vida y de la literatura inglesa contemporánea: es típica la lamen­tación de Talía sobre las condiciones del teatro, donde se revela la incomprensión de Spenser por la evolución dramática de su tiempo que, con su turbulento tono popular y tumultuoso, ofendía su ideal de elevada nobleza. «Muiopotmos o el destino de la mariposa» [«Muiopotmos or the Fate of the Butterfly»] narra líricamente, con extraordinaria delicadeza y ligereza de co­lor, la historia de un espíritu alado, Cla­rion, que se lanza, enamorado de la belleza, al jardín de la naturaleza para captar todas sus delicias volando de flor en flor, hasta que cae presa de Aragnol, que le chupa la sangre.

Pero la más directa expresión de la melancolía y la indignación de Spenser en este período, la encontramos en su sátira, «Prosopopeya o narración de Mamá Hubbard» «[Prosopopeia or Mother Hubbard’s Tale»] en que detrás de una fachada de elo­gios ditirámbicos por la incomparable reina Isabel, se oculta una violenta denuncia de las bajas intrigas de la corte, del envile­cimiento moral, de la corrupción política, de la simonía y de la ineptitud del cle­ro, de la decadencia del espíritu caballeresco y sobre todo del gran abandono en que van cayendo las letras y las artes; el retrato del «valiente cortesano» en el cual es evi­dente la representación de Sidney, se opone al de la «mona» que imita las corrompidas costumbres extranjeras. Las Lamentaciones contienen también cuatro series de poesías místicas o alegóricas, dos de las cuales son traducciones del francés Joachim Du Bellay (la más notable «Las ruinas de Roma» [«The Ruines of’ Rome»]), una imitada del «Culex» (v. Apéndice virgiliano) de Virgilio [«Virgil’s Gnat»] y las «Visiones de la vani­dad del mundo» [«Visions of the World’s Vanity»] originales pero de escasa impor­tancia. El tono dominante en la colección es una elocuencia indignada o dolorosa que da al conjunto un aspecto más bien lúgu­bre, mucho más cercano al espíritu monó­tono del Medievo que a la vitalidad triun­fante del Renacimiento.

A. P. Marchesini

Lamentación por la Batalla de Montecatini, Anónima

[Lamento per la battaglia di Montecatini]. Llamada también Balada por la batalla de Montecatini o Lamen­tación de Pedro de Anjou y también Los Reyes de Nápoles en la derrota de Monte­catini, de autor anónimo, es una obra con­temporánea a la sangrienta derrota que los Florentinos güelfos y sus aliados sufrieron en manos de Uguaccione della Faggiuola el 29 de agosto de 1315. Entre la abundante literatura medieval de polémica y propa­ganda política (sirventés, lamentaciones y baladas históricas), generalmente anónima, expresión inmediata y casi periodística de encendida pasión partidista y de la curio­sidad y humanidad populares, la Lamen­tación se levanta como una verdadera obra maestra y desde Carducci en adelante fue considerada «una de las más hermosas poe­sías menores del siglo XIV».

Está presen­tada en forma de diálogo entre María de Hungría, viuda del rey Carlos II de Nápoles y madre del rey Roberto de Anjou y de su hermano Pedro, muerto en el campo de batalla, y un güelfo superviviente de aque­lla batalla. «Deh avrestü veduto messer Piero, /poi che fu l’nostro campo sbarattato?» («¿Por ventura has visto tú a maese Pedro/después que nuestro campo fue desbaratado?») pregunta la afligida madre. Sí, el testigo ha visto a los príncipes de la casa de Anjou, Piero y Carlotto (otro so­brino de la reina) y «al buen Caroccio, valiente y fiero», y a don Brasco de Ara­gón, condestable de los Florentinos, com­batir gallardamente: ha visto caer a Car­lotto, pero Piero, asegura, «no se encuentra muerto ni vivo». La suerte de la guerra es así, y ahora no hay que pensar en otra cosa que en la venganza. A las palabras de consuelo del soldado, la reina contesta mos­trando su ánimo decidido: y puesto que el otro duda del apoyo que puede prestar el avaro rey Roberto, y de que ella, una mu­jer, sepa conducir a buen término la ven­ganza sobre los gibelinos, aunque la incite a llevarla a cabo, ella replica convencién­dole de su implacable propósito.

Quiera pues, ayudarla el «dulce maese Pedro», cor­dero inocente, que después de muerto — fantasea el superviviente — fue llevado al cielo como mártir y que por esto no ha dejado rastro en la tierra. Y aquí el anó­nimo poeta concluye su canto dirigiéndolo, mensajero de esperanza y de resurrección, a todos los güelfos caídos y lo rubrica con su sentimiento religioso, para el cual la derrota no fue otra cosa qué voluntad de Dios y castigo de una falta que habrá de ser purgada. Así se revela la inspiración política de la balada, que es deseo e invi­tación a la revancha, sin que por ello el acento de piedad y el eco dramático de la batalla pierdan nada de su fuerza poética.

F. Antonicelli