Lamentaciones de la Naturaleza, Alain de Lille

[De Planctu Naturae]. Composición moral de Alain de Lille (1128-1202 apro­ximadamente), en prosa y verso. El autor imagina que la Naturaleza se le aparece en sueños y se lamenta de la corrupción de los hombres y, sobre todo, de su lujuria, que es, de todos los vicios, el que más directamente la ultraja. En sueños, también in­terroga sobre el amor, la intemperancia, la gula y otros temas, y, mientras ella le contesta, llega Himeneo (el Matrimonio), acompañado de la Castidad y la Templan­za, los cuales se lamentan de que los hom­bres se han olvidado de su existencia. La obrita termina con un solemne anatema contra los lujuriosos, los borrachos, los. ava­ros, los soberbios, etc. Inmediatamente se deja de ver que es una imitación de la Consolación de la Filosofía (v.) de Boecio. Aunque aparezca inferior a su modelo, en ésta como en otras obras, Alain revela su espíritu especulativo con el cual sabe fun­dir elementos diversos. La representación de la Naturaleza organizadora del universo pasó luego al Tesorito (v.) de Brunetto Latini y al Roman de la Rosa (v.), como típico aspecto de la literatura alégórico- moralizadora de la época.

C. Cremonesi

Las Lamentaciones, Jules Laforgue

[Les complaintes]. Colección de poesías del autor francés, uruguayo de nacimiento, Jules Laforgue (1860-1887), publicadas en 1885. Elegiaco sutil y delicado, el poeta se sirve de moti­vos populares para cantar sus tristezas y sus secretas desesperaciones: el mal de la vida está en ser monótona y cotidiana, en no ofrecer ninguna rendija para una eva­sión espiritual y, sobre todo, en mostrarse con una sonrisa de alegría cuando en reali­dad no proporciona más que dolores y desengaños.

Joven y ya dolorosamente cons­ciente de la inutilidad del mundo, el poeta se dedica a recoger como en una vasta sinfonía los lamentos y los acentos autén­ticos de la queja que salen de las cosas que padecen un inútil espejismo; y las estrellas y la luna llena y los pianos de los pisos suntuosos, el organillo y las primave­ras, el otoño monótono y las nostalgias pre­históricas, las campanas y los grandes pinos de una villa abandonada, demuestran que es una ironía pensar en el ideal cuando la mi­serable realidad nos empuja por todas par­tes. Laforgue esconde así su mundo senti­mental en una frivolidad falsa y sardónica, de hombre que conoce bien la vida y que se abandona al dolor, y entre tanto contem­pla con amargura los aspectos suaves de la naturaleza, y en el preciso momento que ríe y se burla de todo ideal, llora en silen­cio y sufre íntimamente. Su poesía, por tanto jugueteo funambulesco, fue valorada dentro de la influencia de las corrientes literarias de vanguardia y más aún deli­beradamente considerada como el mejor testimonio del «decadentismo» francés; y ciertamente su actitud ágil y ligera sabe extraer de todas las cosas motivos de canto, sin dejarse arrastrar por la ligereza de los sentimientos a la manera romántica.

Hay en la obra del autor (tanto en las primeras poesías como en estas Lamentaciones, que quedarán como representativas por su uni­dad y continuidad de inspiración) el en­canto de la inteligencia que juzga las cosas antes de vivirlas, y sobre ellas construye, de una forma abstracta, un mundo entre­tejido de ironías y de chanzas bufonescas. Carácter a la manera de Pierrot, doliente y burlón a la vez, que hace de Laforgue un artista verdaderamente singular dentro de la tradición literaria francesa, aunque algunos de los temas de su poesía puedan referirse a las formas refinadas de Gautier, y especialmente de Corbière y de Banville. Es notable su influencia sobre T. S. Eliot.

C. Cordié

Lamentaciones, Giovanni Pierluigi da Palestrina

Sobre trozos del texto latino de la Vulgata, Giovanni Pierluigi da Palestrina (1525?-1594) compuso entre 1574 y 1588 las Lamentaciones [Lamentationes] para con­juntos vocales que varían entre cuatro y ocho voces. Sólo una serie, a cuatro voces, fue publicada en vida del autor (Roma, 1588); las otras quedaron largo tiempo in­éditas, parte de las cuales, de tres a ocho voces, forman con los Improperios (v.) el contenido del precioso Código 59 lateranense, el único autógrafo de Palestrina que ha llegado hasta nosotros.

Las Lamentacio­nes publicadas por entero al cuidado de F. S. Habere en la gran colección de Leipzig, forman en conjunto cuatro colecciones distintas (más algún fragmento aislado), todas las cuales tienen una función litúr­gica; en efecto, cada colección está desti­nada al oficio vespertino de tres días de la Semana Santa, y para esto está subdividida en tres grupos de tres «lecciones» cada uno. El texto bíblico, lamentación del profeta sobre las ruinas de Jerusalén y del templo, está constituido por otros tantos versículos contraseñados con las letras del alfabeto hebreo (Alef, Bet, Gímel, Dálet, He, Waw, etcétera). De ellos, Palestrina músico sola­mente una selección, repitiendo la misma en cada ciclo, salvo ligerísimas variantes, y puso en notas hasta las letras hebreas; es más, precisamente en los trozos musicales correspondientes a ellas Palestrina concen­tró la mayor densidad y riqueza contrapuntísticas, mientras que los compuestos sobre el texto de los versículos tiene una estruc­tura a menudo harto sencilla, a veces simul­tánea, casi a manera de recitativo, con todo de gran belleza dramática, pero en tono más sosegado y sencillo.

Esta alternancia, no obstante, no se halla igualmente en cada parte; precisamente en la primera serie, a cuatro voces, este fragmento alternado, uno de los más famosos, alcanza una gran fuerza trágica, que se despliega en un tono sumiso y que, como observó el historiador Ambros, se expresa hasta en las pausas si­multáneas de todas las voces, como manifes­taciones del dolor que nos hace mudos. En cambio, en otras partes, como en la oración final del segundo ciclo, el conjunto polifó­nico tiene un colorido luminoso y una sonoridad imponente que en algunos frag­mentos se atenúa disminuyendo el número de voces, de donde se originan bellísimos efectos de claroscuro; y la conclusión, a ocho voces (sobre las palabras «Jerusalén, conviértete al Señor, tu Dios», que Palestrina música a modo de «ritornello» al final de cada «lectio») tiene un fulgor compara­ble al del «Amén» que cierra el «Credo» de la Misa del Papa Marcelo (v.). Grande es, pues, la inspiración de Palestrina en las colecciones mencionadas, las cuales, com­puestas en varios períodos, tienen entre sí diversidades notables en sus caracteres ex­presivos y en sus aspectos modales meló­dicos y armónicos, pero conservando siempre el tono de una religiosidad severa y de una solemne meditación humana y profética; y demuestran una vez más la variedad que existe en la aparente uniformidad de pro­cedimientos de este maestro.

F. Fano

Lamentación de Deor, Anónimo

[Deor’s Complaint]. Es una composición anglosajona, in­completa, de 42 versos, conservada en el Codex Exoniensis de la Biblioteca de la catedral de Exeter. Es tal vez el documento literario anglosajón más antiguo que se conoce, compuesto en el siglo V, en la época de la invasión anglosajona en Britania, cuando los anglosajones aún paganos con­servaban el sentido exacto de la mitología germánica, y es también el único ejemplo que nos ha quedado de aquella literatura que contiene una construcción estrófica con el estribillo: «Thaes oferode, thisses swa maeg» («esto ellos sufrieron, también lo puedo yo»).

En esta elegía (seis estrofas de distintas dimensiones) un «scop», es decir, un bardo, de nombre Deor, se lamenta de haber caído en desgracia ante su señor y de haber sido sustituido por un rival afortu­nado: Heorrenda. Para consolarse, el poeta recuerda las grandes tribulaciones sufridas por héroes y dioses de las leyendas germá­nicas continentales, mitológicas y heroicas. En las dos primeras estrofas se recuerda al Vulcano germánico, Weland (v. El mito de Völund), el mítico herrero del cual se habla también en Beowulf (v.), hábil forjador de joyas y armas aue se ve obligado a tra­bajar para el rey Nithhad, que le ha cortado los tendones de la rodilla para impedirle que huya. Sufre el héroe prisionero, pero hace sufrir también, porque se venga vio­lando a la hija del rey, Beadohilda. En la tercera estrofa tal vez se refiere al amor doloroso de Wotan (v.) por la walquiria Hilda; en la cuarta se habla de Theodric (v. Teodorico de Verona); en la quinta se alude a las tribulaciones sufridas por los godos en la época de los hunos, durante el feroz dominio de Eormanric, rey «de co­razón de lobo», cuya crueldad hacía que todos desearan su muerte. Los siete versos siguientes, tal vez añadidos en una época más tardía y cristiana, expresan el pensa­miento desolado de que el hombre ha nacido para el dolor, aliviado empero por la pá­lida esperanza y por la confianza en el Dios omnisciente que puede cambiar muchas cosas.

Anima a esta poesía un espíritu de desolada melancolía característica de los antiguos anglosajones. Trad. italiana de A. Ricci en L’Elegia pagana anglosassone (Florencia, 1921).

G. Lupi

Lamentación de Cecco de Varlungo, Fiesolano Branducci

[Lamento di Cecco da Varlungo]. Idilio amoroso burlesco impreso en 1694 con el nombre de Fiesolano Branducci, pseu­dónimo del sacerdote florentino Francesco Baldovini (1634-1716). Son cuarenta estan­cias, en las cuales Cecco se lamenta de que una bella campesina, Sandra, le desdeñe y, además, se burle de él dejándose corte­jar por Nencio. Cecco intenta conmoverla descubriéndole su mísero estado y narrán­dole cuán adversa le es la fortuna, de ma­nera que no le queda más remedio que matarse si Sandra no se decide a prestarle oídos. Pero al final el tono quejumbroso se convierte de súbito en burlón y revela la intención de parodia que tiene la compo­sición; Cecco concluye que, después de ha­ber dormido un poco, ha cambiado de idea: ya no se suicidará, sino que aunque Sandra continúe desdeñándole, vivirá «para no echar a perder su vida». El poemita de Baldovini, de escasa importancia artística, en­tra en el número de aquellas parodias de la poesía popularizante y rústica de la cual habían dado ejemplos mucho más va­liosos Lorenzo el Magnífico con la Nenda de Barberino (v.) y Pulci con la Beca, la de Dicomano (v.), en los cuales, además de Baldovino, se inspiraron otros poetas bur­lescos del siglo XVII.

E. Alpino