Del Libre Albedrío, San Agustín

[De libero arbitrio]. Diálogos filosóficos de San Agustín (Aurelius Augustinus, 354-430), empezados en Roma en 388 (libro I) y ter­minados en Hipona (libros II y III) antes de fines del 395.

El libro I es en realidad el resultado de las conversaciones de San Agustín con su amigo Evodio acerca del origen del mal y acerca de la libertad; el libro II examina el problema de por qué Dios nos ha concedido una libertad capaz de pecar; y el libro III trata de la relación entre la presciencia divina y la libertad hu­mana de pecar, del justo castigo del peca­dor y de los herederos del pecado original de Adán. En el capítulo IV del libro cesa la forma dialogada. La obra debe su impor­tancia en el sistema teológico agustiniano al hecho de que en ella se encuentran ex­plicadas las principales doctrinas sobre la gracia, la predestinación y el pecado original, que el autor desarrollará en las obras sucesivas, especialmente contra los maniqueos y los pelagianos. En el libro I se dis­cute acerca de la razón constitutiva del mal, con el examen de varios actos admi­tidos como delictivos («el mal no es tal porque está vedado, sino que está vedado porque es mal»), y se explica la ley eterna, moderadora de las acciones humanas: «justo es que todas las cosas estén sumamente ordenadas»; de modo que la ciencia del orden vale más que el vivir, o mejor dicho la ciencia es una forma superior y más genuina de la vida. La razón, por la cual el hombre es superior a los animales, debe dominar en él; y si se hace esclava del deseo, es culpablemente esclava, y por ello es justo que reciba su castigo.

Con la volun­tad nos creamos una vida feliz o una vida infeliz. Y si son tan pocos los que alcanzan una vida feliz, ello se debe a que les falta aquella voluntad de vivir bien que es la única que puede darla. Conclusión: todos los pecados consisten en alejarse de las rea­lidades divinas, las únicas duraderas, para entregarse a las mudables e inciertas. Pero ¿por qué nos fue dada por Dios esta libertad de hacer el nial? Porque era indispensable para hacer el bien. Este es el tema de dis­cusión del libro II, que lleva a dos interlo­cutores a volver al examen de los primeros datos de nuestra facultad cognoscitiva, para llegar primero a la conclusión que (argu­mento ontológico) ya que nuestra razón directamente conoce algo eterno e inmuta­ble, superior a lo cual no existe nada —- ya que si lo hubiera, esto sería Dios — Dios existe, y luego a admitir la unidad de la sabiduría, o de la verdad, y que ésta es luz común a todos los sabios, inmutable y superior a nuestra mente; que ya que cual­quier bien y perfección vienen de Dios, también la libre voluntad procede de Él, aunque podamos usarla para el mal; y final­mente, que puesto que Dios es autor único del bien y de todo el bien, no puede ser au­tor de la nada, o sea del mal. Con una úl­tima afirmación, o sea la de que esta nada («nihil, defectus») el voluntario autor es el hombre, el diálogo pasa al libro III, que se inicia con la cuestión de cómo la prescien­cia divina no suprime la libre voluntad de los que pecan, ya que «ciertamente parece contradictorio que Dios sepa de antemano todo el futuro, y sin embargo nosotros siga­mos siendo libres y no obligados cuando pecamos».

Agustín se propone demostrar que en realidad tal oposición no existe, ya que se trata de dos órdenes de actividades distintas e independientes, y llega a afirmar que Dios debe ser alabado también por ha­ber creado seres que han de pecar y obsti­narse en el pecado, ya que «nadie podrá decir sinceramente que prefiere la no exis­tencia a una vida infeliz», y desarrolla con infinitas sutilezas el concepto de que nadie prefiere el no ser, ni aun cuando se da a sí mismo la muerte, y que la infelicidad de los pecadores contribuye a la perfección del universo, para llegar a la tesis de que de nuestros pecados no es responsable Dios, haciendo luego una incursión preliminar en el terreno en que Agustín dejó su huella durante toda la Edad Media, o sea el pro­blema del pecado original. Los puntos que aquí afirma son: el menoscabo de la volun­tad por la culpa transmitida por el pecado de Adán no excusé a los pecadores actua­les; cualquiera que sea el verdadero origen de las almas (y enumera cuatro hipótesis para explicarlo) lo único que importa es conocer su fin, y tender a él con aquellas fuerzas que serán tanto mayores cuanto más rectamente las usaremos; para aquél que cuando podía hacer el bien no quiso, es pena natural el perder el poder de ha­cerlo cuando quiera: «qui recte facere, cum posset, noluit, amittat posse cum velit» (pa­labras difícilmente conciliables con el prin­cipio de la libertad); los niños muertos sin el sacramento del bautismo no podrán encontrar lugar ni entre los justos ni entre los pecadores, pero (se insinúa) «la sentencia del juez podrá ser intermedia entre el premio y el suplicio» (más tarde hablará incluso de «penas»). No puede extrañar que en esta obra, todavía relativamente juve­nil, y en la que se esbozan teorías nuevas y originales para justificar entre ellas las doctrinas católicas, haya incertidumbres y oscilaciones. Hay que notar, además, que Agustín contribuyó a fijar en su obra el lenguaje de la Teología católica.

G. Pioli

El Libre Albedrío, Metodio

Diálogo de Metodio de Olimpo (250-311), uno de los pocos conser­vados en su original griego. Se conserva también en su versión paleoeslava. Metodio de Olimpo, el obispo mártir de la época de Maximino Daya, consagra este diálogo a la impugnación .ortodoxa del dualismo y del determinismo de la gnosis valentiniana. Su tesis es la de que no se puede admitir una materia eterna, fuente y principio primero del mal. Según Metodio, el mal procede úni­camente de la libre voluntad de la criatura racional. Nada hay de fatal e irrevocable en el mundo moral humano. Esta doctrina se encuadra en la concepción general milenarista del autor.

E. Buonaiuti

Libertinaje y el 6 de Febrero: un Drama en Familia, Cletto Arrighi

[Scapigliatura e il 6 febbraio: un dramma in famiglia]. Novela de Cletto Arrighi (anagrama de Cario Righetti, 1830-1906), publicada en Milán en 1862. La obra es notable, no tanto por sus méritos literarios, que son mediocres — el estilo es a menudo pedestre y forzado y los personajes no llegan a vibrar—, como por haber dado nombre a esa categoría de individuos, «plenos de ingenio, indepen­dientes… tan dispuestos al bien como al mal… inquietos, molestos, turbulentos…» que por sí mismos forman una clase social: la «scapigliatura».

El nombre tuvo éxito y se aplicó para distinguir el círculo literario milanés al que pertenecían escritores como G. Rovani, E. Praga, Tarchetti, Boito, Bossi, de sensibilidad más fina que el de Arrighi. El protagonista de la novela — que tiene como fondo histórico los desdichados movimientos mazzinianos del 6 de febrero de 1853 en Milán — es un «libertino» («scapigliato») cínico y a la vez entusiasta. Hijo ilegítimo de un miembro de la buena so­ciedad milanesa, del que ignora el nombre, se enamora de la joven y bella esposa de su padre. Convertido en su amante — a la vez que mantiene relaciones íntimas con una muchacha del pueblo que le dará un hijo—, después de los primeros ardores, distraído en parte por sus preocupaciones políticas, se enfría su amor, que desde los primeros momentos había sido favorecido por la perversidad de una prima de su amante, ansiosa de hacerla caer para que la desherede su opulento abuelo. Conven­cido luego de la trágica inutilidad del mo­vimiento mazziniano confiado a los peores elementos populares, decide salir del am­biente de los conspiradores y huir a Francia con su amante, que se refugia en su casa cuando el marido tiene conocimiento de su culpa.

Marido y amante están a punto de desafiarse en duelo, pero interviene el tutor del joven, que los detiene con la tremenda revelación del lazo de .sangre que les une. La revolución popular que estalla al día siguiente encuentra entre los más desespe­rados combatientes al joven protagonista, que muere. A su lado, otros «scapigliati» como él combaten y mueren, purificándose así de su inquieta existencia. El niño na­cido de sus relaciones con la muchacha del pueblo es adoptado por el abuelo y la an­tigua amante: el «libertinaje» descansa en la seguridad de la vida burguesa o de la muerte.

G. C. Onesti

De la Libertad de los Antiguos Comparada con la de los Modernos, Henri-Benjamin Constant de Rebecque

[De la liberté des anciens comparée á celle des modernes]. Célebre ensayo político de Henri-Benjamin Constant de Rebecque (1767-1830), incluido en la última parte de su Curso de política constitucio­nal (v.), pronunciado en el Ateneo Real de París en 1819. Para el autor, la diferen­cia acerca del concepto de libertad entre antiguos y modernos es sustancial : los antiguos no tuvieron independencia pri­vada, ni garantías propiamente constitucio­nales, ni libertad civil; su libertad es, en conclusión, un despotismo de Estado con absoluta soberanía sobre los ciudadanos. Los modernos, en cambio, tienden a la libertad del individuo en todas sus formas y sus manifestaciones. En la participación en el gobierno no ven sino la manera de garan­tizar la independencia personal y legítima. Los modernos no quieren, como quisieron los antiguos, sacrificar el individuo al Es­tado, que ha venido a perder así gran parte de sus prerrogativas, heredadas del individuo como cabeza de familia, propietario, indus­trial, obrero, artista, cristiano o filósofo. El ensayo de Constant muestra muy bien la actitud política del primer liberalismo, liga­do todavía a las premisas de la Ilustración, y su importancia es notable para compren­der el pensamiento político que influyó en grado sumo en la preparación de los nuevos derechos de libertad.

C. Cordié

La Libertad Religiosa, Francesco Ruffini

[La libertà religiosa]. Obra histórica de Francesco Ruffini (1863-1934), de la cual se publicó en 1903 el primer y único volumen: «Historia del pensamiento».

La preparación jurídica del autor, que puede ser considerado como verdadero fundador del Derecho eclesiás­tico en Italia, inspira el amplio tratado. Examina la formación del concepto de liber­tad religiosa, sobre todo en los siglos XVII y XVIII, y presenta en este panorama el cuadro de las luchas y de las conquistas que caracterizan el siglo XIX, cuyo examen queda reservado para otro volumen. Lejos de toda reserva confesional, el erudito ve en la idea de tolerancia (el famoso «dogma sociniano»), la mejor contribución a una comprensión recíproca entre las reli­giones y las diversas fes disidentes; pensa­dores italianos que escapando a la persecu­ción católica hubieron de acogerse después al mundo protestante, dieron a entender la importancia de la libertad y la independen­cia de la religión respecto al Estado, pro­pugnando una común aspiración a la justicia y una meditación de los eternos valores de la filosofía. Ilustrando magistralmente las relaciones que se producen entre humanismo y Reforma y manifestando en particular su interés histórico por las corrientes que de­sean paz y fraternidad entre las diversas confesiones religiosas (los socinianos ita­lianos en Polonia, los arminianos holande­ses y los latitudinarios ingleses), Ruffini nos muestra la sociedad cristiana en los siglos XVII y XVIII, con especial referen­cia a las realizaciones sociales de las colo­nias inglesas de América del Norte.

El punto profundamente nuevo que el autor desa­rrolla con documentos y argumentaciones es el de presentar a Lelio y Fausto Socino como los verdaderos iniciadores del movi­miento de tolerancia que trasciende de los caracteres de una religión y une en un vínculo profundamente humano la fe de todos los vivientes. Desde el punto de vista estrictamente científico interesa también al jurista la exigencia de una tolerancia reli­giosa que, antes de las afirmaciones funda­mentales del liberalismo, es ya principio de libertad según los derechos naturales sancionados por el sentimiento humano y por las palabras renovadoras del Evangelio.

C. Cordié