Libro de Contemplación en Dios, Ramón Llull

[Libre de Contemplado en Déu]. Obra de carácter enciclopédico por la amplitud de su visión, pero de naturaleza e intención estric­tamente mística, del gran escritor catalán Ramón Llull (1233-1315/16). Escrita en ára­be y vertida más tarde al catalán por el mismo autor, con notables refundiciones y ampliaciones, fue publicada por primera vez en latín por Lefévre d’Étaples (ed. frag­mentaria, París, 1505) y se incluyó más tar­de, con el título de Magnus Liber Contemplationis in Deum, en la gran edición maguntina de las obras lulianas (1740-1742). Durante el siglo XVIII se reimprimió dos veces más en latín (Palma de Mallorca, 1746-49 y 1749 respectivamente). En su texto catalán original se publicó por pri­mera vez en Palma de Mallorca, 1906-1914, y por segunda vez en Barcelona, 1958. «Je­sucristo Señor Nuestro — escribe Llull —, de la misma manera que hay en Vos duali­dad, deidad y humanidad, nosotros empe­zamos, Señor, este libro por gracia vuestra con dos intenciones»: dar alabanza a Dios y obtener de Él gloria y bendición.

Según el simbolismo que es propio del autor, la obra consta de cinco libros en recuerdo de las cinco llagas de Cristo, y cada uno de estos cinco libros está dividido en cuarenta distinciones en memoria de los cuarenta días que ayunó en el desierto. La obra se compone en total de trescientos sesenta y cinco capítulos con el fin de dar materia de contemplación para cada uno de los días del año, más un último capítulo comple­mentario, pues «de la misma manera que vos, Señor, habéis puesto sobre el año seis horas, las cuales al cuarto año hacen un día, nosotros queremos sobre los dichos ca­pítulos hacer otro capítulo». Cada uno de ellos consta de diez párrafos en memoria de los diez mandamientos que Moisés reci­bió en el monte Sinaí, y cada párrafo, en honor de la Trinidad de Dios, se divide en tres partes; de ahí que cada capítulo tenga treinta partes, en recuerdo de las treinta monedas en que fue vendido Jesucristo. El primer libro contiene nueve distinciones en representación de los nueve cielos; el se­gundo trece, en memoria del número que formaban Jesús y los doce apóstoles; el ter­cero consta de diez, debido a los cinco sen­tidos corporales y a los cinco espirituales; el cuarto tiene seis, por las seis carreras en las cuales Dios ha puesto al hombre; el quinto y último tiene dos, por razón de las dos intenciones dadas al hombre. Bajo este rígido esquema, el Llibre de Contemplado no sólo se constituye en la obra mística más importante de Llull, por la riqueza de su pensamiento y humanidad, sino también en el germen de toda su obra posterior, impe­tuosa, iba a decir: desmesurada, excep­cional.

El autor comienza el libro primero desarrollando la triple tesis de que el hom­bre debe alegrarse de que Dios exista, de la propia existencia y la existencia del pró­jimo. Trata después de las «propiedades» del Ser divino, empezando por aquellas que se refieren únicamente a Dios: infinidad, eternidad, unidad, Trinidad, poder, ciencia, verdad y bondad. En el libro segundo, trata de las propiedades divinas en orden a las criaturas: creación, ordenación, recreación o redención, voluntad, soberanía, sabiduría, justicia, largueza, asistencia, humildad, mi­sericordia, gloria y perfección. En el libro tercero abandona el estudio de Dios para comenzar el de las criaturas, examinando, primeramente, los instrumentos del saber, es decir, los cinco sentidos corporales y los cinco espirituales. Llull, dotado de una pro­digiosa capacidad de observación y análisis, ha acumulado en este libro todas sus expe­riencias de hombre mundano y viajero in­cansable.

El realismo en el análisis y la observación, tanto introspectivos como socia­les, muy próximo a la sátira que no se de­tiene ante ningún estamento ni jerarquía, llega aquí a su más alta cima, sin que ello quiera decir que la obra pierda el carác­ter específicamente místico que le es pro­pio. Pero el hombre, además de conocer, cree; por ello el libro siguiente trata de las relaciones entre la fe y la razón. El autor prepara la solución del problema me­diante cuatro distinciones previas, que ver­san, respectivamente, sobre el ser, la ne­cesidad y la privación; las sensualidades y las intelectualidades; la causa final en las cosas sensuales e intelectuales; las cua­lidades y los significados. Seguidamente estudia cómo la fe y la razón están en el hombre en potencia y acto, y trata de la fe verdadera y falsa, la natural y la que no lo es, haciendo lo mismo con respecto a la razón. Después de estas consideraciones entra ya en el examen y demostración de los catorce artículos de la fe y los diez mandamientos. En la última distinción se enfrenta valientemente con el problema de la predestinación. La idea rectora del quin­to y último libro parece ser la de que el hombre, además de conocer y creer, ama y siente la necesidad ineludible de ascender hacia Dios, su origen y término final. Este libro consta sólo de dos distinciones, la primera de las cuales constituye una vasta enciclopedia mística del amor, desde su manifestación teológica y metafísica hasta la estrictamente social, y la segunda, que versa sobre la oración, desarrolla propia­mente el arte de contemplación y describe los diferentes métodos de ascensión mística.

El último capítulo de la obra — número 366 — constituye una autocrítica de gran interés, ya que nos descubre la significa­ción de la obra y los propósitos del autor. La primera de las cuatro partes en que se divide trata de la calidad de la obra. Llull se hace un noble orgullo del trabajo que ha llevado a cabo, no por sus propias fuer­zas, sino por la ayuda de Dios. Enumera las múltiples ventajas de la obra, por la cual, dice, el hombre puede curar de sus dolencias sensuales e intelectuales. Es bue­na, añade, porque enseña a disputar y convertir a los que están en error, pudiendo con ello volver a la piedad que existía en tiempo de los apóstoles. Todo el mundo podría ser convertido a esta fe siguiendo el arte, la regla y la manera de este libro, el cual, por otra parte, sirve para aumentar el honor, el poder y la riqueza de la Iglesia. Finalmente, el estilo de este libro enseña a enamorarse de Dios hasta el punto de morir por Él de amor. La segunda parte del capítulo trata de la manera de enten­der el libro, deteniéndose en largas y deta­lladas explicaciones. La tercera desenvuelve las cuatro maneras con que, a partir de él, podemos entregarnos a la contemplación. En la cuarta, el autor da gracias a Dios y muestra sus preocupaciones por la perpe­tuación y divulgación de la obra. Teme que ésta sea destruida por hombres sin concien­cia, y por ello la encomienda a Dios y a los santos para que la protejan y den oca­sión a que sea divulgada por los cuatro puntos cardinales del mundo y caiga en manos de los hombres amantes de la ver­dad. No se trata del deseo de perduración estrictamente intelectual que revela su coe­táneo don Juan Manuel al depositar en el convento de Peñafiel la única copia auto­rizada de sus obras, sino de un fervoroso deseo de que no desaparezca la obra inspi­rada por Dios y capaz de ocasionar, al mundo, tantos beneficios.

El autor no calla su condición de pobre pecador y hombre ignorante y sin autoridad. Esta razón y la nobleza y santidad de la obra, la cual no es suya en lo que contiene de bueno sino de Dios, le quitan la ambición de encabe­zarla con su nombre. Llull nos dice que, para componer esta vasta enciclopedia de la contemplación en Dios, se ha servido «de sciéncia theological e de sciéncia natural» (cap. 230). Y en efecto, el filósofo esco­lástico de carácter popular aparece ya en los primeros aledaños del libro, y se nos revela por un deseo incontenido de agotar todas las materias de que trata con com­plicadas distinciones y prolijas divisiones, y por la riqueza inagotable de sus recursos plásticos y léxicos. La sutileza de la argu­mentación y una prodigiosa curiosidad inte­lectual son, en este sentido, sus caracterís­ticas más sobresalientes. Pero, por encima del gran aparato doctrinal, el Libre de Contemplado es un apasionado libro de con­fesiones. Su interés se mantiene, tenso y alucinante, a lo largo de todas sus páginas, porque el autor no deja ni en un solo ins­tante de transcribirnos, con el dramatismo y desgarro que le son propios, la historia de su rica y compleja espiritualidad. «Co­menzamos esta obra — escribe Llull — con gran alegría y gran audacia, forzados por gran amor». Y esta sobreabundancia de amor, en cuyas mallas está completamente, iba a decir fatalmente, aprisionado, con­vierte la obra en un ininterrumpido monó­logo en alabanza de Dios, entrecortado por los sollozos y gritos del alma, que se tra­ducen en una efusiva letanía: «¡Ah, Señor glorioso y maravilloso!», «¡Oh Rey franco, donde reside toda franqueza y caridad!», etcétera.

A través de sus páginas podemos rastrear la absorción en el trabajo y el desánimo, la esperanza y el esfuerzo, que asaltaron al autor. «Tanto me place, Señor — escribe —, esta obra de Contemplación, que de ningún modo quisiera morir, si os place, hasta que la obra esté acabada» (cap. 160). Por ello, al concluir cada dis­tinción y cada libro, su alma estalla en un acto de acción de gracias. Junto a esta veta central, que nos da testimonio de la intimidad del autor ante el crecimiento de la obra, hallamos un conjunto de temas interferentes de carácter sentimental: el recuerdo de su juventud disipada, la con­versión de los infieles y la conquista de Tierra Santa, etc. Un tema dominante es el del martirio, cuyo eco se percibe en cada uno de los rincones de la obra y estalla, a menudo, como expresión de situaciones difíciles del alma. Finalmente, otras pági­nas nos relatan las experiencias estricta­mente místicas del autor y constituyen do­cumentos psicológicos de un interés extraordinario: «Tan intensamente han venido de la potencia al acto mis sentidos intelec­tuales por gran fervor y animosidad de contemplar, que todos los sentidos sensuales me hace estar, Señor, casi en potencia mi gran coraje, de modo que mi cuerpo está como si fuese madera o piedra inerte…» (cap. 222). J. Molas

Es como la Divina Comedia para la lite­ratura italiana, libro sustancioso, analiza­dor y sintético, humano y divino, social e individual, psicológico y objetivo. (J. Torras i Bages)

El día en que, finalmente, Llull sea co­nocido y en que la inmensa síntesis del Libre de Contemplació haya sido estu­diada, la teología mística y la crítica lite­raria no vacilarán en colocarle al lado del príncipe de la teología contemplativa, San Buenaventura: Ramón Llull tiene pleno derecho a este rango de honor. (E. Longpré)

El Libre de Contemplació es un libro de confesiones que, si por la exuberancia y la apasionada vitalidad del personaje que lo escribe y por las circunstancias de su conversión tumultuosa, empareja con las Con­fesiones de San Agustín, por la gracia desaliñada, pero inconfundible, del estilo evoca el nombre de Santa Teresa de Jesús. (T. y J. Carreras Artau)

 

Libro de Canciones, Heinrich Heine

[Buch der Lieder]. Obra merecidamente famosa, de Heinrich Heine (1797-1866). La primera edición, en la que se recogieron las poesías líricas heinianas anteriormente publicadas, ya suel­tas ya unidas a las «tragedias» y a los Cua­dros de viaje (v.), en cuatro volúmenes, se remonta al año 1827. La última edición, cuidada y corregida por el autor, se publi­có en Hamburgo, en la casa Hoffmann y Campe, en 1844.

El Libro de canciones cons­ta de cinco partes: Dolores de juventud (1817-1821), Intermezzo lírico (1822-1823), El retomo (1823-1824), Del viaje al Harz (1824) y El mar del Norte, dividido en primer y segundo ciclo (1825-1826). A estas par­tes se añade’ un apéndice de poesías varias [Nachlese]. La realidad psicológica a que están ligados los fantasmas poéticos de las canciones de Heine es leve y delicada. Mu­chos «lieder» son variaciones sobre un mis­mo tema: la lamentación por unos amores no correspondidos, el amor por su prima Amalia y el que sintió por la hermana de ésta, Teresa. Con el tiempo, el recuerdo de estas dos pasiones desdichadas se mezcla con nuevas experiencias amorosas que acentúan la queja y encienden con sensaciones reales el antiguo deseo. Así, mientras la primitiva tensión psíquica se alivia y se distiende, la inspiración poética florece bajo nuevos im­pulsos. A la energía creadora de esta fan­tasía se pliegan otros motivos de impresiones de la naturaleza, leyendas, temas de novelas, ataques polémicos, imágenes os­curas y espectrales, alusiones irónicas, vir­tuosismos literarios.

El proceso genético del arte heiniano puede explicarse brevemente así: el núcleo inspirador está siempre liga­do a una experiencia de índole psicológica, cultural, polémica y política; con todo, la emoción, la impresión o el capricho literario no se exaltan inmediatamente en lirismo, sino que se hacen, en cierto modo, historia, y luego pasan a ser canto, asumiendo el tono epicolírico propio de la poesía popu­lar. El acento «subjetivo» del estado de ánimo se modula y regula según este «tono» que funde la exigencia personal y univer­sal. Resultan de ello creaciones originalísimas: romanzas y baladas como «Baltasar» (Dolores de juventud), «Lorelei» (Retor­no), etc.; sobre todo, «las breves poesías líricas puras y transparentes como gotas de rocío» del Intermezzo lírico: «En el magní­fico mes de mayo», «De mis lágrimas sur­gen», «En el Rin, en el bello río», etc. In­imitables los «lieder» del Retomo: «Estába­mos en la cabaña de los pescadores», «Niña mía, éramos niños», «Eres como una flor», «Sobre tus nevados hombros», etc. A veces, sin embargo, especialmente en Dolores de juventud, un romanticismo todavía joven y turbio que goza de fantasías hoscas y espectrales, no logra purificarse y serenar­se en el canto. Otras veces el arte de Heine degenera en virtuosismo, a pesar de lo poético y alucinante del juego de la técni­ca, que llega a ilusionar, no ya a los demás, sino al mismo autor.

A la genuina poesía de Heine le cuadra generalmente el sistema estrófico cerrado del «lied», la romanza o la balada. Pero incluso allí donde imágenes o sensaciones circulan, por así decirlo, en la volubilidad de los versos libres, la poesía heiniana no es menos viva. La sugestión que ejerce, por ejemplo, el lirismo de los celebradísimos ritmos de la Nordsee, se debe al hecho de que en ellos se manifiesta el alma y el arte que hallan su plena expresión en la prosa de los Reisebilder. En los dos ciclos del Mar del Norte, donde una especie de sobrenaturalismo quiere dominar la experiencia romántica, traspo­niéndola en las plásticas formas del mito clásico, Heine sale del mundo cerrado de los viejos modos y logra, como generalmente se reconoce en todos los juicios críticos, efectos muy notables; los nuevos cantos tie­nen una tensión mayor y una resonancia más vasta, aunque pierdan algo del brillo perlado de los otros «lieder». A la inefable música de las romanzas y de los «lieder», donde la poesía heiniana es más original, contribuye una lengua alemana rica en las más puras melodías. Raras veces él idioma alemán ha cantado tan «melodiosamente». De esta maravillosa capacidad estilística tuvo conciencia otro virtuoso de la lengua, Nietzsche, cuando proclamó: «un día se dirá que Heine y yo hemos sido, con mu­cho, los mayores artífices de la lengua ale­mana». [Trad. en verso de J. A. Pérez Bonalde (Nueva York, 1835), de Teodoro Lló­rente (Barcelona, 1885), de José Joaquín Herrero Sánchez (Madrid, 1930) y de Luis Guarner (Madrid, 1934)].

G. Necco

Libro de Buenos Consejos, Anselm Turmeda

[Libre de bons amonestaments]. Obra en verso del escritor catalán Anselm Turmeda (hacia 1352-hacia 1423), escrita en Túnez en el mes de abril de 1398 y publicada, por pri­mera vez, en Barcelona en 1575. Se nos ha conservado en el ms. 831 de la Biblioteca de Carpentrás, en el I del Ateneo Barcelo­nés, en el 21-4-1 de la Universidad de Bar­celona y en un gran número de ediciones de los siglos XVI, XVII, XVIII y primera mitad del XIX, lo que prueba la extraordi­naria popularidad de que gozó.

La obra es, en gran parte, una glosa de las máximas de la Dottrina dello Schiavo di Bari, poema italiano del siglo XIII, la cual ha sido adaptada a la peculiar manera de ser del autor. Turmeda nos da, en versos fáciles y pegadizos, consejos agudos y mesurados: «Acuérdate, hijo, de tener cuidado/de beber el vino con mesura,/pues el secreto nunca dura,/donde reina el vino»; los cuales tie­nen, a veces, una fina malicia: «Procura decir siempre la verdad/en todo lo que se te pregunte;/pero en caso de necesidad/ puedes decir falsedad». Habla mal de las mujeres, como es característico de la lite­ratura de la época: «La mujer engañó a Salomón,/Adán, David y Sansón./¡Oh hijo, que Dios te perdone,/no te fíes de ella!/La mujer es cabeza de pecado,/nave del mal­vado demonio/y causa de la pérdida del santo reino,/dice Orígenes». El clero no escapa a la mordacidad del autor. Uno de los pasajes más notables y más conocidos de la obra es el elogio del dinero, el cual ha sido comparado con las famosas letri­llas de Quevedo y Góngora: «Dinero hace de injusticia verdad,/y de juez hace aboga­do;/sabio hace volver al hombre necio,/ si lo tiene./Dinero hace bien, dinero hace mal,/dinero hace al hombre infernal/o lo hace santo celestial,/según como lo usa./ …/Así, pues, empéñate en reunir dinero./ Si lo puedes tener no lo dejes ir;/si tienes mucho podrás llegar/a papa de Roma».

La crítica ha insistido en la originalidad de este pasaje, pero no debemos olvidar que este tipo de elogio se encuentra, ya, en la poesía italiana de la época: «Denari fanno l’omo compar ere,/denari el stolto fingono scienziato; / denari compreno zascun peccato…», como se lee en un soneto de Niccoló del Kosso.

J. Molas

El Libro de Canciones, Klara Hátzlerin

[Das Liederburch der Klara Hátzlerin]. Es una de las más importantes y ricas colec­ciones de poesías líricas alemanas de los siglos XIV y XV, compiladas por la copista Klara Hátzlerin, monja en un convento de Augsburgo en 1471. La colección está divi­dida en dos partes: la primera comprende poesías sentenciosas, didácticas o narrativas en dísticos; la segunda parte comprende «lieder» en estrofas. Se encuentran en ella cantos amorosos, morales y religiosos, diti­rambos y albas de numerosos poetas, entre los cuales se hallan Suchenwirt, Muskatblüt, Suchesinn, Rosenblüt, Sachsenheim, Wolskenstein, etc.

M. Pensa

Libro de Buenas Costumbres de los Hombres, Jaime de Cesulis

Obra de moral política, escrita originalmente en latín por el do­minico Jaime de Cesulis o de Cesolis, per­sonaje de quien se poseen noticias muy vagas y poco concordes. Se supone que vivió en Italia a fines del siglo XIII o a principios del XIV. Esta obra fue titulada en latín Liber de moribus hominum et de officiis nobilium super ludum scachorum, y por su contenido es una especie de Libro de los Estados, que, a través de las diferen­tes piezas del ajedrez, examina las dis­tintas clases sociales de su época.

Se divide en cuatro tratados de extensión muy des­igual. El primero hace historia del juego. El segundo habla de las piezas nobles del ajedrez (rey, reina, alfiles, caballos y ro­ques). El simbolismo de los dos primeros es obvio; los alfiles significan los jueces; los caballos, los caballeros, y los roques, los oficiales reales. El libro tercero se ocupa denlos peones del juego, en los cuales son simbolizados algunos oficios manuales, y, a más, notarios, médicos, boticarios, algu­nos oficios públicos y hombres viles (ribal­dos y jugadores), que inexplicablemente son agrupados con los correos. El libro cuarto habla del movimiento del juego, lo que da pie para tratar de la subordinación de unas clases y oficios a otros. Esta obra tuvo una difusión enorme. Fue traducida en alemania, Francia, Inglaterra, Italia y Holanda. Se conservan dos redacciones en catalán, del siglo XV, que han sido publi­cadas por José Brunet (Barcelona, 1900) y A[ntonio] B[ulbena] T[osell], según co­pia de Manuel de Bofarull (Barcelona, 1902), respectivamente. En el siglo XV y primeros años del XVI fue objeto, por la imprenta, de numerosas ediciones.

Sin duda contribuyeron a tal difusión los muchos ejemplos que la obra contiene, sacados en su mayor parte de Valerio Máximo, Séneca y San Agustín, y en menor cantidad de Cicerón, Quintiliano, Orosio, etc., entre los antiguos. De los autores medievales fueron aprovechados por Jaime de Cesulis, Pedro Alfonso, Juan de Salisbury y Gualtero de Chátillon. Un análisis de esta obra ha sido hecho por Félix Liéjard en el volu­men XXV de la Histoire Littéraire de la France.

P. Bohigas