Las Metamorfosis, Apuleyo de Madaura

Célebre es también la novela en cinco libros Las Metamorfosis [Metamorphoseon libri XI] de Apuleyo de Madaura (alrede­dor de 125-180?), considerado por algunos como obra juvenil, pero compuesta, según otros, después de su proceso por magia (v. Apología), y por lo tanto en plena madurez.

Ya en tiempo de San Agustín esa novela era designada con el título de Asinus aureus, y como Asno de oro fue trans­mitida durante la Edad Media y Renaci­miento. La sustancial identidad de las Me­tamorfosis con el cuento lucianesco de Lu­cio o el asno (v.) ha dado lugar a una discutida cuestión acerca de las relaciones entre ambas obras, complicada por el he­cho de que el patriarca Focio en su Biblio­teca (v.) nos da una noticia de gran im­portancia: «He leído varios libros de me­tamorfosis de Lucio de Patrás. En la elocución es claro, puro e inclinado a la dulzura; mientras evita en la dicción la re­busca de novedades, procura en la exa­geración de las narraciones lo increíble y lo extraño, y podría decirse que es otro Luciano. En realidad, sus dos primeros li­bros bien pudieron ser transcritos por Lucio de la obra de Luciano titulada Lucio o el asno, o por Luciano de los libros de Lucio. Pero más parece que el refundidor sea Lu­ciano, en cuanto se puede conjeturar: por­que no tenemos modo de establecer quién fue cronológicamente el primero. Y como de la extensa materia de los libros de Lu­cio, Luciano redujo y suprimió cuanto le parecía inútil para su propósito, y con las mismas expresiones y composiciones adaptó lo demás a un solo libro, tituló Lucio o el asno lo que de allí había sacado».

De las varias hipótesis planteadas, hoy subsiste únicamente la que admite la obra de Lucio de Patrás como modelo común de la no­vela de Apuleyo y del extracto de Luciano. Lo que distingue las dos obras parece ser la diversidad de tono que, más allá de las analogías sustanciales, caracteriza a los dos escritores: sarcástico y escéptico Luciano, religioso y místico Apuleyo. Tiene, ade­más, éste un espíritu de fe ingenua en lo sobrenatural que, según Focio, constituía el rasgo principal del Patrense, junto con la variedad de la materia de sus narracio­nes, variedad que Apuleyo hace notar en el proemio de su obra como un título de mérito: «enlazaré varias fábulas en la for­ma de las Milesias» (v.) («varias fabulas conseram»). El joven Lucio va a Tesalia para asuntos de familia. Por el camino se une a otros dos viajeros y de uno de ellos (Aristómenes) escucha una tenebrosa his­toria de magia que enciende en él la cu­riosidad de conocer más de cerca el arte mágico. En Etipata, adonde se dirigía, es huésped del rico y avaro Milón, cuya es­posa Pánfila es tenida por una peligrosa hechicera. Una parienta de su madre, Birrena, le ofrece en vano la hospitalidad de su opulenta casa y le pone en guardia contra las malas artes de Pánfila; el jo­ven, ansioso por conocer los misterios de la magia, conquista los favores de Fotis, sirvienta de la hechicera, y de paso se ini­cia en misterios muy distintos de los de la magia.

Una noche es invitado al palacio de Birrena, donde escucha otra historia de brujerías (relato de Telifrón), y al volver a casa borracho, en la oscuridad se figura ver a la puerta de Milón a tres ladrones y los atraviesa con su espada. Al día si­guiente es encarcelado y llevado ante el tribunal para ser juzgado por triple ho­micidio. El juicio se celebra en el teatro lleno de una muchedumbre que sigue con grandes carcajadas el proceso, y cuando el juez, pronunciada la condena, obliga a Lu­cio a destapar los cuerpos de sus víctimas, entre el griterío de los espectadores apa­recen tres grandes odres vacíos agujerea­dos; Lucio paga el gasto de la fiesta del dios de la Risa, que se celebra en Hipata cada año con igual invención regocijante. El joven vuelve a casa mortificado por las burlas y Fotis, para consolarle, le promete hacerlo asistir a los encantamientos de su ama. A la noche siguiente, por una rendija, asiste Lucio a la prodigiosa transformación de Pánfila en un búho. El estupor de Lucio cede a la curiosidad hasta el punto de que ruega a Fotis que le ayude a experimentar la misma transformación. Fotis toma del cofre el ungüento mágico, pero equivoca el bote y Lucio, apenas untado, se transforma no en ave, sino en asno. La criada se desespera por su error, pero promete a Lu­cio que a la mañana siguiente le hará masticar rosas, gracias a las cuales recu­perará el aspecto humano.

Lucio, aunque cambiado en asno, conserva su conocimien­to, y en lugar de matar a coces y mordis­cos a la desventurada mujer se resigna a esperar el alba en el establo. Allí conoce acto seguido las desventuras reservadas a su condición de animal bruto, porque su caballo y el asno de Milón lo echan a co­ces al ver al intruso acercarse al pesebre; y el criado que le sorprende cuando intenta alcanzar la corona de rosas en la capilla de la diosa Epona, descarga en la espalda del asno sacrílego una nube de palos. Y apenas ha cesado esta tempestad, una cua­drilla de ladrones asalta la casa y luego de apoderarse de todas las riquezas de Mi­lón, carga los animales del establo y huye. Lucio intenta, al pasar por un poblado, librarse invocando el nombre de César, pero sólo consigue pronunciar una «o», y los bandidos, irritados por el rebuzno, le administran otra dosis de palos. Durante un descanso es librado de su carga y mien­tras pace ve en un huerto las rosas salva­doras, pero cuando está a punto de hincar­les el diente, llega un hortelano con un palo y le habría matado a no defenderse él a coces. Después de otras peripecias, el asno es conducido a la cueva de los ban­didos y guardado por .una vieja. Al día siguiente los ladrones raptan a una mu-chacha, Caris, y la confían a la vieja en espera de exigir el rescate a su familia. Para consolar a la pobre joven, arrebatada a su novio el mismo día de las bodas, la vieja narra la larga novela de Amor y Psiquis (v.), con gran deleite también por parte del asno. El cual, cansado y quebran­tado por las fatigas, y amenazado de aca­bar comido por los buitres, durante la au­sencia de los bandidos corta la cuerda y huye llevando a Caris a la grupa.

Pero la noche de luna descubre la fuga y los dos son encontrados por los bandidos, que vol­vían de cometer una fechoría, y piensan infligir a los fugitivos un horrible castigo. Afortunadamente se presenta Tlepolemo, el novio de Caris, quien, fingiéndose bandido, se ofrece como jefe a los ladrones, los emborracha, libera a Caris y la devuelve a los suyos montada en el asno; los bandidos son condenados a ser precipitados desde lo alto de una peña, los dos novios se casan y no olvidan al asno, el cual es enviado al campo a disfrutar ocioso del pasto. Pero allí Lucio continúa experimentando la mal­dad de los hombres; la mujer del burrero le utiliza atándolo a la rueda del molino y un muchacho lo atormenta, y finalmente, con sus calumnias, lo pone en peligro de ser castrado. La trágica muerte de Caris y Tlepolemo inicia una nueva serie de des­gracias para el pobre asno, pues sus cria­dos huyen llevándose los animales y los venden en el mercado. Lucio cae en manos de unos degenerados sacerdotes de la diosa Siris, y encarcelados éstos por sus fecho­rías es vendido a un molinero, cuya mujer le toma ojeriza porque es espectador de sus vicios.

Muerto el molinero por las malas artes de su mujer, Lucio pasa al servicio de otros dueños (un hortelano, un soldado), y por el hambre que padece, por las injustas palizas que recibe y las maldades que presencia, conoce las vergüenzas de los hom­bres y las miserias de la justicia. Llega des­pués al servicio de dos hermanos agrega­dos a la cocina de un rico señor; en lugar de comer cebada roba los guisados preparados para el amo por los dos cocineros, que se acusan mutuamente de aquellos hur­tos. Descubierto por fin, precisamente por efecto de su culpa halla tregua a sus mi­serias; es comprado por el amo, que se divierte extraordinariamente viendo al asno comer a la mesa como una persona. Ense­ñado a hacer muchas cosas que él finge aprender dócilmente, Lucio se convierte en una especie de asno sabio, que su amo enseña orgulloso a todo el mundo. Una se­ñora, admirada de su destreza, es acometi­da de un morboso deseo, y, «Pasifae asnaria», luego de sobornar al guardián con dinero yace con el asno. El dueño se en­tera de ello y se le ocurre dar un espec­táculo público, haciendo unir en el teatro al asno con una mujer condenada a ser devorada por las fieras, acusada de nefan­dos delitos. Lucio está decidido a sustraer­se a tal vergüenza, y al llegar el día de la representación, mientras todos están atentos a los preparativos, huye a Cencres donde, luego de purificarse en el mar, in­voca lastimosamente a la Luna (Isis) para que le devuelva su forma humana. La diosa se le aparece en sueños y le ordena que tome parte al día siguiente en la procesión para celebrar su fiesta, y que se coma las rosas que el sacerdote llevará junto con el sistro. Lucio se presenta en la fiesta, y luego de morder la Corona que el sacerdote, advertido por la diosa, le presenta, entre el estupor de todos recupera su forma huma­na. El mismo sacerdote le explica el sig­nificado de la metamorfosis, que viene a ser también la moraleja de la fábula: el hombre que se abandona al vicio y a la curiosidad abdica de la dignidad humana y solamente la misericordia y la religión pueden redimirlo.

Lucio da gracias a la diosa y pide ser iniciado en sus misterios. Cumplidos los sagrados ritos, es consagrado al culto de Isis, que le induce a trasladarse a Roma, donde se inicia en el culto a Osiris, y no ya en la figura del griego Lucio, sino bajo la de Apuleyo madaurense, em­prende la carrera de abogado y por fin llega a ser pastóforo de Osiris. El último libro, que nos presenta la imagen directa de su autor, iniciado en los ritos y filósofo platónico, coloca en primer término los ele­mentos misticorreligiosos que habían que­dado oprimidos por la preponderancia de los elementos fantásticos y novelescos. Mu­chos críticos han juzgado repentino y, en cierto modo subrepticio, el final, que, sin embargo, se nos muestra como la conclu­sión natural de la fábula, y justifica su profundidad alegórica donde convergen tan­tos elementos mágicos, filosóficos y nove­lísticos. Debemos felicitarnos de que el autor, esencialmente narrador, olvidando todo propósito preconcebido, se haya aban­donado al placer de contar por contar, y en lugar de un apólogo nos haya dado una representación llena de verdad y de vida, con un realismo picaresco que ha hecho considerar por algunos aquella novela como una sátira de costumbres.

Apuleyo se nos muestra como hombre culto en ciencia sa­grada y profana: su prosa continúa una tradición que desde las fábulas Milesias de Sisena llega a la novela de Petronio. A los caracteres de la prosa literaria de su especialidad, Apuleyo ha unido los que for­man su personalidad: buscador de efectos, a veces sencillo, a menudo tortuosamente complicado, que con su palabra comenta y acompaña, en diversas tonalidades, los epi­sodios que narra; su humorismo está for­mado por la narración y la variedad de su lenguaje. Los cuentos por él introducidos en el argumento, nada complicado, de su narración concurren también a formar el ambiente, magia en la primera parte de la novela, incontinencia femenina en la úl­tima, cuando el asno desgraciado había de pasar por la prueba del teatro. Amor y Psiquis, en el centro de la obra, ha ofrecido a los estudiosos, por lo menos, -tantos pro­blemas como los del final real o supuesto de la novela apuleyana. [La primera traduc­ción castellana es el Lucio Apuleyo del Asno de oro, En el qual se tracta de muchas hystorias y fábulas alegres, sin fecha, ni pie de imprenta, aunque los bibliógrafos opinan que es de Sevilla, 1513. El traductor seguramente fue el arcediano de Sevilla, Diego López de Cortegana].

C. Capasso

Se puede decir que Apuleyo era un fe­nómeno universal: hay pocos temas que él no haya tratado. El Asno de Oro es una sátira continua de los desórdenes de los cuales los magos, los sacerdotes, los impú­dicos y los ladrones llenaban entonces el mundo.  (Bayle)

¿Pero qué decir de Apuleyo, que bajo los Césares quiere hablar la lengua de Numa? Yo dudo mucho que en su tiempo lo pu­dieran leer sin comentario. Él sintió el pla­cer que provenía al autor griego de su tono de antigüedad y quiso imitarlo. (Concier)

Me causa vértigo, me deslumbra: la na­turaleza en sí misma, el paisaje y el as­pecto puramente pintoresco de las cosas son tratados a la manera moderna, y con un aliento a la vez antiguo y cristiano. Aquí se huele el incienso y la orina: la bestialidad se une al misticismo. (Flaubert)

Apuleyo es un buscador de fábulas más que un creador de tipos. En su espíritu aventurero, fantástico, contradictorio, ac­túan la superstición y la ciencia, la pureza y la impureza, la religión y la profanación, y tienen el mismo hechizo la oración y la fábula. Pero prevalece el sentido del mis­terio. (Marchesi)

La Metamorfosis, Franz Kafka

[Die Verwandlung]. Novela en alemán de Franz Kafka (1883-1924), publicada en 1916. Es la primera obra extensa de este escritor. Lo mismo que en las demás obras de Kafka, los acontecimientos ocurren en un ambiente pequeño burgués, entre gente impulsada por el ansia de dominio y esclava de las mezquinas preocupaciones del empleo y de la ganancia. La acción está contada con de­talles realistas, pero lo que acontece está más allá de las leyes del espacio y del tiempo, y es símbolo de un sentido más profundo.

El empleado viajante Gregor Samsa, único sostén de su familia después de la muerte del padre, se siente feliz por poder permitir a su hermana, apasionada de la música, continuar los estudios de vio­lín. Tras una noche agitada por pavorosos sueños, Gregor se despierta transformado en un enorme insecto, sin que la trans­formación exterior haya modificado su al­ma, sedienta de bondad, rebosante de afec­to. Dándose cuenta de la repugnancia que inspira, poco a poco Gregor se acostumbra a dormir bajo la cama, para huir a las miradas de la madre y de la hermana; se nutre con los desperdicios de la basura, se siente feliz en la suciedad y huye de la luz. Todos huyen de él, avergonzándose de tener en casa un insecto tan horrendo; sólo una vieja criada, una campesina, continúa cuidándolo, como si nada hubiese ocurrido, y mientras le da pedazos de manzana, conversa amigablemente con él.

Gregor, ahora, no abandona su escondrijo; pero una tarde, atraído por los acordes del violín, sale poco a poco y se dirige hacia la luz que penetra por la puerta abierta, y sin darse cuenta se encuentra entre los familiares allí re­unidos. Cuando se dan cuenta de su presen­cia, todos huyen llenos de horror; la madre, exasperada, lanza contra él una manzana, que le da en el cuerpo, rompiéndole el caparazón. Retirándose a su escondite, Gre­gor muere cuando la coraza se le desprende a consecuencia de la herida recibida. Nadie se da cuenta de su muerte. Sólo la vieja criada, arrojándolo con la basura, se apia­da de él suspirando: «¡Pobre bestia! Ya acabaste de sufrir». Con su simbología rea­lista, con su esfuerzo por objetivar en la palabra el estado de ánimo puro, casi con una fenomenología mística, es uno de los documentos más típicos del gusto que domina en la literatura alemana del 1915 al 1925. [Trad. castellana aparecida en la colección de la «Revista de Occidente» (Ma­drid, 1945)].

O. S. Resnevich

Las Metamorfosis, Nicandro de Colofón

Nicandro de Colofón (siglos III-II a. de C.) son un poema en hexámetros que gozó de gran fama y difusión; entró en el patri­monio cultural del mundo clásico antiguo, al cual sirvió en varias fábulas, como mo­delo, o a lo menos, como material mítico. La obra debía constar de una colección de cuentos metamórficos, agrupados en cuatro libros según la afinidad de los temas y de las especies de las metamorfosis; no se puede negar que tal vez fuese su hilo con­ductor el elemento geográfico (en el li­bro I, por ejemplo, están agrupadas las fábulas tésalas). Los fragmentos, poco nu­merosos, nos presentan a un poeta de es­casa penetración psicológica pero de forma cuidadísima y tan penetrado del espíritu de la época que es un valioso representante de él, sin ofrecer al mismo tiempo rasgos que nos revelen una característica personal. La tendencia a la melancolía, a las pa­siones violentas e innaturales, al elemento novelesco sensacional, la erudición elabora­da y el refinamiento de las situaciones, lo hicieron muy apreciado por la tradición posterior, que vio en él un punto de re­ferencia. Véanse los cuentos de Leucipo, Britomartis, Biblis, Ifigenia, Hilas y Me­leagro.

I. Cazzaniga

Metamorfosis, Antonio Libérale

Con el mismo título Metamorfosis ha llegado hasta nosotros una colección de fá­bulas metamórficas griegas de Antonio Libérale (siglo II), que contiene cuatro cuen­tos sacados de la tradición poética helenística. Es obra muy preciosa por el ma­terial que el colector ha salvado; de ella se deduce lo principal de la obra de las Metamorfosis de Nicandro y de la Ornitogonía (v.) de Beo (siglos III-II a. de C.). Naturalmente, por ser un prontuario mito- gráfico, no ofrece ningún interés artístico; ni por el estilo, ni por la interpretación psicológica; en sustancia debe colocarse en el mismo plano de los Sufrimientos de amor (v.) de Partenio de Nicea.

I. Cazzaniga

Metamorfosis, Publio Ovidio Nasón

De gran interés artístico y literario son en cambio las Metamorfosis [Metamorphoseis] de Publio Ovidio Nasón (42 a. de C.- 19 d. de C.), poema épico latino en hexá­metros y en quince libros. La obra (una de las más significativas de la literatura clásica latina) comprende, en más de doce mil versos, la narración de doscientas cua­renta y seis fábulas metamórficas, dispues­tas cronológicamente, desde el Caos hasta la transformación en estrella de Julio Cé­sar, escogidas entre el riquísimo reperto­rio de la tradición griega y entre las fá­bulas itálicas.

La variedad de la composi­ción no permite siquiera una tentativa de resumen orgánico. En esta rica acumula­ción de fábulas y personajes adquieren re­lieve figuras expresivas y que con justo motivo se han hecho inmortales, sacadas de las páginas de escritores eruditos y reavi­vadas por un profundo «pathos» y un há­lito de vida contemporánea; es una rica serie de gradaciones psicológicas que se desenvuelve en una iridiscencia de almas (a la manera de Eurípides, especialmente las femeninas), a veces parecidas, aunque no iguales, a veces en contraste, pero se­mejantes en sentimentalidad, pasión, amor, locura, celos morbosos, delicadeza y criminosidad: la pequeña Tisbe, quien del amor inocente pasa a una descarada audacia, que la arrastra al drama, a pesar de la animo­sidad de sus padres; Anajarete (v.), la so­berbia, grave ejemplo para la aspereza de Pomona; Progne, terrible en su dignidad ofendida de esposa y ciudadana, que sacri­fica su hijo al amor fraterno, como Altea; Mirra (v.) y Biblis, que no conocieron los límites del amor loco; Salmacis, que seduce al puro Hermafrodito; Galatea (v.), coquetona que se burla del Cíclope (v.) por su Acis; Procris, celosa de Cèfalo; Niobe, terrible en su impía soberbia, y toda la serie de bellos muchachos como Narciso (v.), Jacinto (v.) y de las ninfas, ora es­quivas como Dafne (v.) y Aretusa, ora perdidamente enamoradas como Eco, y co­mo toda la’ cohorte amatoria del Sol; hé­roes como Faetón, testarudo y soberbio, audaces como Perseo (v.), prisionero de la bella Andrómeda; o como Ícaro, Meleagro, o afortunados como Pigmalión (v.), Ifis, o desgraciados como Glauco (v.), Adonis (v.), Orfeo (v.) y Hércules (v.).

Con todo, en medio de tanta variedad, la materia está dispuesta según los cánones del arte hele­nístico, refinado por la sensibilidad del poe­ta, de manera que constituye un ciclo unitario; las fábulas se siguen en línea ge­nealógica, por sucesión topográfica o cro­nológica, pero a menudo se concatenan en grupos, y en ellas se imaginan situaciones nuevas representadas con absoluta libertad. A la unidad de la materia corresponde en medida no menor la unidad de la forma; fábulas afines se nos ofrecen coloreadas por el poeta con tonos psicológicos diversos, mientras que fábulas diferentes asumen uniformidad de colores; el interés psico­lógico es en cierto sentido superior al in­terés metamórfico, en cuya representación la policromía ovidiana es a veces recarga­da hasta la saciedad. En su modo de sentir el personaje, Ovidio se aproxima mucho a Eurípides; el héroe vive dentro de los límites de una humanidad burguesa, en cuya representación muy a menudo está el mundo galante de la Roma de Augusto. Los elementos sacados de la tradición trágica, elegiaca y épica, reviven en una fusión poética debida a la educación retórica del poeta y a su penetración psicológica, que sobresale en la pintura del mundo feme­nino, como convenía al poeta de los Amo­res (v.), de las Heroidas (v.) y del Arte amatoria (v.).

Tiene tendencia a lo galante, a lo picante, a cierto ateísmo de manera, a la indiferencia por la vida romana de la «jeunesse dorée» imperial, de la cual era el poeta uno de los representantes más ho­nestos, y, para la cual él, en sustancia, solicitadísimo y aplaudidísimo, escribía sus obras. Las relaciones entre Ovidio y sus presuntas fuentes constituyen un problema delicadísimo para el filólogo; pero más que a sus predecesores debe mucho al am­biente cultural de la Roma de Augusto y a aquella facilidad suya particular de asi­milación, además de a su facultad de hacer revivir, con arte nuevo y rasgos personales, situaciones y motivos ya consagrados por la tradición. La vitalidad de este poema es inagotable; la Edad Media lo consideró no inferior a Virgilio y el siglo XII puede ser considerado como un verdadero y auténtico Renacimiento ovidiano: en Italia, en Francia y en alemania, él fue el «clerc» de Amor, y de él leemos en Brunetto Lati­no, tan próximo a Dante (Tesoretto, v.): «e in un ricco manto / vidi Ovidio Maggiore / che gli atti de l’amore / rassembra e mette in versi» [«y en un rico manto. / vi a Ovidio Mayor / que los hechos de amor / reúne y pone en verso»]. Dan tes­timonio de ello la traducción por Giovanni de Virgilio, la de Bonssignori y de Simintendi (v. Ovidio mayor) y el Ovide morali (libre, versión en 70.000 versos de la obra ovidiana, compuesta en el siglo XIV). Es notable su influencia sobre el inglés Chaucer e influye más fuertemente aún en toda la poesía humanística italiana, y en el estilo docto y las poesías ocasionales de los filólogos francoholandeses.

I. Cazzaniga

El arte de Ovidio de poner las cosas ante nuestros ojos no se llama eficacia, sino pertinacia. (Leopardi)

No es difícil comprender cómo Ovidio resulta profuso casi siempre y descolorido a veces, y aun podemos señalar los versos en que falta a las reglas inventadas des­pués. ¿Se priva con esto a Ovidio de ser uno de los más copiosos escritores romanos? (Carducci)