Mi Amiga Nana, de Paul-Jean Toulet

[Mon amie Nane]. No­vela de Paul-Jean Toulet (1867-1920), pu­blicada en 1905. El delicado y curioso poe­ta de las Contrarrimas (v.) muestra en ésta, como en sus otras obras narrativas, pocas en número por lo demás (v. El señor de Paur, hombre público), la refinada ele­gancia que le hace recordar, todavía hoy, como uno de los representantes más típicos de la literatura francesa del fin de siglo.

Todo el libro no es más que el retrato, cui­dadosamente dibujado con una serie de rasgos decisivos que recuerdan la acre pre­cisión de un Toulouse-Lautrec, de una jo­ven cortesana de moda, evocada por su fiel amigo, que nos presenta la suma de sus observaciones como en forma de diario. Generosa y calculadora, ambiciosa y des­preocupada, capaz de fría perfidia así como de sencilla bondad, según las curvas caprichosas de un carácter completamente ins­tintivo, esta seductora figura de «corte­sana novecientos», pese a su actitud aris­tocrática y a cierto refinamiento ambicioso, parece repetir los motivos de las vidas más brillantes de sus colegas del Segundo Im­perio, desde una PaÏva a la Cora Pearl, di­solviéndolo en la atmósfera anti heroica y desenvuelta de los nuevos tiempos

. Sus gra­cias, presentadas en un complicado marco de ironías filosofantes, ofrecen fácilmente al autor ocasión para una agradable serie de digresiones llenas de rasgos de ingenio y de sentencias mundanamente despiadadas y ligeras, en un estilo que está a mitad de camino entre la gran manera libresca de Anatole France (¡ aquellas magníficas citas latinas interpretadas con malicia tan desenvuelta!) y la confesión escéptica y senti­mental de Tinan de ¿Piensas triunfar? (v.). Pero Toulet pone por su parte una nitidez de rasgos y un sentido de delicada huma­nidad en las frívolas audacias del argu­mento, que confieren a su relato libertino el valor de un clásico del género.

M. Bonfantini

M’hijo El Dotor, Florencio Sánchez

Esta comedia en tres actos del dramaturgo uruguayo Florencio Sánchez (1875-1910) fue estrenada con clamoroso éxito en el teatro Comedia de Buenos Aires el 13 de agosto de 1903. Ha sido traducida a varios idiomas y repre­sentada, con mantenido éxito, en teatros extranjeros. Pertenece al ciclo de las co­medias de asunto rural. Sánchez personi­fica en dos personajes de esta comedia dos éticas aparentemente opuestas que asumen en el gaucho viejo, don Olegario, las ca­racterísticas del pasado rural patriarcal y del espíritu conservador de las antiguas estancias; y en Julio, hijo de don Olegario, las de una ideología juvenil, individualista y beligerante, propia de los nuevos tiem­pos. En cierto modo es la lucha del hom­re del campo con el hombre de la ciudad, más que la contienda del pasado con el presente tendido hacia el porvenir. El en­frentamiento de las dos éticas se resuelve juiciosa y platónicamente, a la muerte de don Olegario, con el casamiento de su hijo Julio, el «dotor», ganado para el campo por el amor apasionado de Jesusa, la paisanita humilde. Ricardo Rojas destaca la importancia de esta comedia cuando dice que «nada hay en el teatro de Sánchez que no esté como preludiado en M’hijo el do­tor», como «nada hay en el florecimiento fragmentario de las otras piezas, que no esté reunido y logrado en La gringa».

J. Pereira Rodríguez

Me Voy de Madrid, Manuel Bretón de los Herreros

Comedia de Manuel Bretón de los Herreros (1796-1873), en tres actos y en verso. Fue protagonizada por la gran Teodora Lamadrid, y transcurre en Madrid: el acto primero en casa de don Fructuoso, el segundo en el jardín de la de don Hipólito y el tercero en la de don Joaquín. Fructuoso, hermano de doña Manuela, ve con malos ojos los amores de ésta con don Joaquín, tipo botarate y em­bustero, que, a su vez, ronda a doña To­masa y la indispone con su marido don Hipólito. Hay una Amparo, mujer del pueblo que se disfraza de señorona venida a menos, que también tiene que ver con el Joaquín trapacero. Por fin, entre dimes y diretes, todo se aclara, los esposos recu­peran su paz apenas alterada — pues ambos se aman y se defienden del asedio donjua­nesco —, Manuela se queda sin novio, y Amparo sin amante, pues don Joaquín huye de responsabilidades, desapareciendo.

C. Conde

Métrica, Herón de Alejandría

Obra científica del matemático Herón de Alejandría (I-II d. de C.). El manuscrito, descubierto en Constantinopla, fue publicado en traducción la­tina en Berlín, en 1864: Heronis Alexandrini geometricorum et stereometricorum reli­quia. La obra, que tuvo gran difusión en la Antigüedad, reanuda la tradición de la geometría como medida de la Tierra, re­solviendo cuestiones geodésicas y de geo­metría práctica. El espíritu esencialmente realista de Herón le lleva a considerar no sólo las figuras matemáticas definidas, sino también aéreas, o volúmenes de cuerpos que prácticamente resultan de la expe­riencia. Entre los descubrimientos conteni­dos en este libro es menester recordar la fórmula que da el área de un triángulo en función de sus lados y, entre otros im­portantes problemas, el que ya había lla­mado la atención de Arquímedes y había quedado sin resolver: «dividir el volumen de una esfera, por medio de un plano, en dos partes que estén entre sí en una re­lación dada». La obra alterna páginas de gran importancia científica con meras com­pilaciones y colecciones de ejercicios prác­ticos.

A. Uccelli

Los Metros , Cesio Basso

[De Metris]. Con este nombre nos han llegado varios tratados latinos, de los cuales el más importante, aunque fragmentario, es el de Cesio Basso (siglo I d. de C.). Suplen las partes per­didas las compilaciones de Terenciano Mau­ro y Atilio Fortunaciano (siglos III-IV d. de C.), que adoptaron la teoría de Cesio Basso. Ésta, en sustancia, no era otra cosa que la tesis varroniana, repetida  por casi toda la tradición de los gramáticos roma­nos; pero en la mentalidad crítica de Varrón, los estudios métricos no tenían aquel carácter formal de las posteriores investi­gaciones gramaticales, sino la de un ver­dadero juicio poético. La teoría era la de la derivación: «todos los metros son varia­bles por adición o substracción, por conso­nancia o metátesis». En estos cambios de los metros de un esquema a otro se re­conocía el mismo carácter comprobado en el idioma, carácter arbitrario y natural, ya que la naturaleza daba la norma constante, analógica y racional, mientras el capricho del individuo trataba de romper la natural continuidad de los metros.

En los orígenes de la poesía había un metro heroico, o me­jor dicho, el hexámetro dactílico, propio de la epopeya, que había dado lugar más tarde, por sucesivos incrementos o disminu­ciones, a otros varios metros. Era ésta una tesis histórica y evolucionista que gústala de indagar los obscuros orígenes de un fenómeno y seguirlo en su desarrollo hasta el estado actual. La tesis metodológicamen­te opuesta era sostenida en cambio por los gramáticos griegos, especialmente por Efestión y era la de las clasificaciones áridas y empíricas, introducidas por los alejandrinos que, aun­que habían distinguido en ocho categorías los metros prototipos (dactílico, anapéstico, yámbico, trocaico, coriámbico, antispástico, jónico mayor y menor) no admitían los cambios entre unos y otros, sino que dis­tribuían los metros según su estructura sen­cilla, compuesta y mixta.

F. Della Corte