Microcosmos, Rudolf Hermann Lotze

[Mikrokosmos]. Obra fi­losófica del alemán Rudolf Hermann Lotze (1817-1881), publicada de 1856 a 1858. Con­tiene la exposición total de la concepción lotziana del mundo y considera todos los aspectos de la existencia humana.

Las cien­cias naturales no pueden reconocer el mun­do más que a través de las leyes de la me­cánica. Pero la existencia de este universo mecánico sólo se hace comprensible con el presupuesto de Dios, que, a través del me­canismo universal, alcanza sus objetivos, o sea la realización del Bien, por lo que desde el principio ha dispuesto el mundo en orden a esta verdad. Así es como Lotze trata de superar el conflicto entre los re­sultados de las ciencias naturales y las concepciones idealistas del alma. El mila­gro, es decir, la intervención de Dios en el curso de los acontecimientos, se produce cada vez al principio de los grandes pe­ríodos universales. Sólo las leyes más ele­mentales de la naturaleza son invariables, no las especiales. El mundo en el espacio y en el tiempo es sólo apariencia; está ani­mado por almas individuales (mónadas de Leibniz); Dios, el ser supremo, ha de ser de naturaleza personal, pues la personali­dad es la forma más elevada de existencia. Para Lotze la afirmación axiomática de que el ser más grande y de mayor valor no puede ser una mera idea, es una certidum­bre inmediata.

La omnipotencia de Dios no queda limitada por la existencia de las verdades eternas; ésas no están creadas por Él, sino que son su «Wirkungsweise» (ma­nera de actuar). Una comprensión del pla­no universal divino nos está prohibida. En esta obra se manifiestan particularmente las características del genio filosófico del autor, que une a un amplio conocimiento de las ciencias especiales una profunda compren­sión de los problemas metafísicos. Sin em­bargo, ante las corrientes críticas y el po­sitivismo de su época, su influencia quedó muy limitada.

O. Abate

Micco Passaro, Giulio Cesare Córtese

Poema en dialecto na­politano en diez cantos en octavas del napo­litano Giulio Cesare Córtese (hacia 1575- 1627), publicado en 1621. Se trata de la lucha emprendida por el rey contra el ban­dolerismo que infesta el Mediodía. El pro­tagonista, Micco, a la proclama del rey que invita a sus fieles súbditos a alistarse, se exalta tanto que descubre en él un alma de verdadero paladín napolitano,, es decir, rico de impulsos pero con un fondo de pereza. Micco arenga para la empresa a los «guappi» (chulos pendencieros, amantes de la pelea y la superchería) y con ellos se encamina a la gloria. Se mezclan con las aventuras de guerra las de amor: Micco ha dejado en Nápoles a su enamorada Nora, que, después de mucho sufrir, decide se­guir a su amado, el cual, tras largas pe­ripecias, se pierde y no encuentra el camino de vuelta, mientras todos creen que ha huido canallescamente.

Encuentra más tarde a Grannizza e inicia con ella escara­muzas de amor, pero interviene Nora disfrazada, que disuade a su rival del amor de Micco. Éste es más tarde herido y auxi­liado por Nora, que al fin se da a conocer, y así el amor da lugar al final feliz. En Micco, como en la Vajasseide (v.)> la acción es algo complicada y la narración desorde­nada y confusa. En él la sátira de la poesía épica contemporánea no tiene importancia y el poeta se deja más a menudo llevar por las situaciones llenas de sana comici­dad. No faltan, sin embargo, francos acentos de heroísmo plebeyo («Jammo alla guerra, jammo, o gente ardita / che vale cchiü l’onore che la vita», dirá Micco invitando a sus compañeros a la empresa), y acentos de sencilla emoción, como en el lamento de las mujeres napolitanas abandonadas por sus hombres que han marchado a la guerra.

M. Sansone

Mi Compadre Facundo. Costumbres Parroquiales de Antioquia, Juan de Dios Restrepo

Estos dos títulos no corresponden a dos artículos distintos, sino a uno solo, escrito en Medellín el 1.° de julio de 1855 y publicado en «El Tiem­po» de Bogotá. Su autor, Juan de Dios Restrepo, más conocido por el pseudónimo de Emiro Kastos (1823-1897), cursó Juris­prudencia en Bogotá, fue periodista, polí­tico y hombre de negocios; sobresalió entre los escritores de costumbres de la gene­ración de «El Mosaico» o segunda genera­ción romántica. De sus escritos se hizo una edición en Londres en 1885, con pró­logo del Dr. Manuel Uribe Ángel, y una selección en la Biblioteca Aldeana de Co­lombia (Bogotá, 1936). Se trata de un huér­fano sin más herencia que un machete y un macho, con los cuales se entregó al oficio de rescatante en tierras mineras, co­rrió aventuras que él mismo exageraba has­ta lo inverosímil, trabajó como peón raso, fue guaquero, derribador de montes en te­rrenos baldíos y, amontonando cuartillo sobre cuartillo, llegó a ser gamonal del pueblo, en triunvirato con el cura y el tinte­rillo.

Gran conocedor del corazón humano, observador sutil y escritor brillante, Emiro Kastos traza un cuadro fiel y donoso de las costumbres parroquiales de Antioquia en aquel entonces, en relación con habitaciones, vestidos, alimentación, cultivos y hábitos de vida. Estos hábitos no alcanzó a cambiarlos el hijo enviado a estudiar a Bogotá, que regresó con la cabeza llena de cucarachas y de grandezas y encontró alia­das vehementes en sus hermanas. A los ímpetus reformadores de éstas oponía el padre: «Dios me guarde de mujeres sa­bidas. ¿Quién las mete a saber más que Fulgencia, que jamás aprendió sino los ofi­cios de la casa y a criar sus hijos en el santo temor de Dios?»

J. C. García

Mi Confesión, León Tolstoi

[Ispovedj]. Obra del conde León Tolstoi (1828-1910). Este escrito, que estaba llamado a servir de introduc­ción a otro titulado En qué consiste mi fe, no pudo ser editado en Rusia a causa de su contenido; desde 1882 circuló en manus­critos, y fue publicado por primera vez en Ginebra el año 1884.

En él pinta el célebre .escritor la crisis moral que padeció al lle­gar a los cincuenta años. «La religión que nosotros los intelectuales profesamos — di­ce — es exterior a nuestra vida, se observa a flor de labios, pero no tiene nada que ver con nuestra conducta». Desde la edad de los dieciséis años, Tolstoi había perdido la fe. No obstante, él* creía en algo, aunque no hubiera sabido decir en qué precisa­mente; no hubiera negado a Dios, pero no sabía qué era ese Dios; no niega las enseñanzas de Cristo, pero no hubiera podi­do decir en qué consistían esas enseñanzas. Su única verdadera creencia era la idea de la perfección, pero no hubiera podido decir Cuál era el principio de esa perfección. Inicialmente fue el perfeccionamiento moral; muy pronto éste se transformó en el deseo de ser mejor, no delante de Dios ni de sí mismo, sino delante de los hombres; nació entonces el deseo de ser más fuerte que ellos, más conocido, más importante, más rico. Vio que los que le rodeaban sonreían de sus virtudes y aplaudían sus vicios. Más tarde, frecuentando el mundo de la gente de letras, percibió constantemente su pre­sunción; en efecto, ellos se creían llamados a instruir al mundo, pero desconocían lo que tenían que enseñar. Tolstoi obró como ellos hasta el instante en que le asaltaron las dudas.

Se hablaba de enseñar el pro­greso, pero el progreso se le reveló como un vano prejuicio. Su crisis moral comen­zaba; la vida ya no existía para él, había perdido su sentido. Comenzó a tentarle la idea del suicidio; tuvo que hacer un ver­dadero esfuerzo para no matarse. Si no en­contró una respuesta en la ciencia, al me­nos descubrió en Salomón, en Buda, en Só­crates y en Schopenhauer, que la vida es un mal. Cuatro soluciones se le ofrecieron. La primera, el embrutecimiento; la segun­da, el epicureismo; la tercera, el suicidio; la cuarta, la debilidad, dicho de otro modo, vivir cada día el día, a pesar de la con­vicción de la nada. En este drama interior, la idea salvadora le vino, quizá, de un error de razonamiento. Fijó su vista en las masas populares. Para ellas no se dife­rencian mucho vida y religión: la reli­gión forma parte de la vida. Pero ¿cómo aceptar esta religión sin volverse loco? No obstante, a pesar de ser irrazonable, la re­ligión es la única cosa capaz de dar una posibilidad de vivir; sin la concepción de la eternidad, de Dios, no existiría la vida. No es entre los clérigos ni entre los inte­lectuales donde se encuentra la verdadera religión, sino en el pueblo. Es preciso, pues, confundirse con la vida del pueblo. Ésta fue la curación de Tolstoi y la razón por la cual renunció a su género de vida. Hay tanta ingenuidad en este gran escritor, cuando abandona el terreno de las letras para dedicarse a la filosofía, que uno se inclina, quizás equivocadamente, a admitir la completa sinceridad de su actitud.

Miau, Benito Pérez Galdós

Novela del escritor español Benito Pérez Galdós (1843-1920). Muy aficionado a la pintura (cualidad que puede observarse en el perfecto estudio del natural que son sus obras), este ilustre autor cursó la carrera de Leyes en Madrid, dedicándose pronto al periodismo e incluso a la polí­tica. Fue académico de la Española, donde leyó su discurso acerca de «La sociedad moderna como materia novelable». Al final de su larga vida perdió la vista. Don Be­nito, canario de nacimiento, fue el primer novelista español que se salió del cuadro un tanto ñoño de los imitadores de Fernán Caballero, que confundían «lo popular con lo vulgar, y lo moral con lo casero».

Miau es la novela de la clase media de emplea­dos del Estado que en el siglo XIX tenía ligada su suerte doméstica a los avatares de la política. El infeliz protagonista de Miau, don Ramón de Villaamil, cuyo sui­cidio, finalmente, es la única solución a tantos y tan absurdos problemas como le plantea su existencia, es un ex jefe de administración de Hacienda, cesante en vir­tud de uno de los innumerables cambios ministeriales que trastornaban la parva des­pensa de los funcionarios públicos. Villaamil tiene a su cargo tres mujeres: doña Pura, su esposa; doña Milagros, su cuñada, y Abelarda, su hija, más Luisito, el niete­cito, hijo de Luisa, la hija que murió loca, y de Víctor, un yerno guapetón y sinver­güenza que debe sus progresos en Hacienda a la majeza de sus costumbres.

Las mujeres que gravitan sobre el protagonista, aficio­nadísimas a la ópera, son asiduas concu­rrentes — con billetes de favor — a la ga­tera del Teatro Real, y por sus fisonomías reducidas y felinescas han recibido el apo­do de «las Miaus». Hambrientas, queriendo aparentar una situación desahogada, nin­guna de las tres sirve ni para la casa, y todos viven del «sablazo» que Villaamil da a diario a sus conocidos, hasta que los ago­ta. La aparición del yerno (que se finge enamorado de Abelarda, provocando en ella, con sus mentiras y sus sarcasmos, crisis de enajenación mental semejantes a las que sufriera Luisa, la madre del pequeñuelo mimado por toda la familia) pre­cipita el desenlace. Villaamil, que va a diario como alma en pena de negociado en negociado de Hacienda, siendo objeto de burla por parte de sus ex compañeros, ve como su diabólico yerno se encumbra aún más por influencia de unas faldas pe­cadoras, mientras él no consigue su repo­sición. Esto le enloquece y lleva al suicidio como liberación de cuanto le rodea, as­fixiándole. Luisito es un niño que sueña con Dios, que le habla, y que pone en las sórdidas páginas de la novela la deli­cada flor de su infancia inocente, a seme­janza de los niños que Goya, pintara sobre la áspera luz de los cuadros que retratan la familia de Fernando VII y María Luisa.

El mérito principal de Galdós es el poder extraordinario de observación; idealista, aunque sin llama lírica; benévolo con los desgraciados, tiene siempre un triste hori­zonte ante sus ojos. Lenguaje el suyo muy expresivo y familiar; estilo castizo y natu­ral; diálogo suelto. Sus concepciones tras­cendentales le elevan en inventiva sobre todos nuestros novelistas. En conjunto, Miau es una de las mejores novelas de su siglo.

C. Conde