La Mina de Falun, Ernst Theodor Amadeus Hoffmann

[Die Bergwerke zu Falún]. Cuento fabuloso de Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (1776-1822), publi­cado en 1819, que forma parte de la recopi­lación Los hermanos de San Serapión (v.).

En un puerto de Suecia, en un barco que viene de las Indias Orientales, llega un joven marinero, Ellis, quien apenas desembarca se entera de que su madre ha muerto. Des­consolado, se sienta ante la posada donde sus compañeros festejan el retorno con una orgía; en adelante la vida del mar le horro­riza; y cuando un viejo que le ha obser­vado, intuyendo su drama íntimo, le acon­seja dejar la marina para dedicarse al ofi­cio de minero, él le escucha. A los pocos días llega a la mina de Falún. La sensa­ción inicial de horror ante la sima y la vida subterránea es vencida por el súbito amor hacia Ulla, la hermosa hija del dueño de la mina, que muy pronto le corresponde. Convertido en experto cavador, Ellis está a punto de ver realizado su sueño de amor y de vida casera, cuando misteriosamente reaparece el extraño viejo que le condujo a la mina y, guiándolo por desconocidos meandros, le revela un subterráneo mundo de maravillas, cuyo centro es la hermosí­sima Reina de la Montaña.

Destrozado y dividido entre el amor por Ulla y la fas­cinación mágica de aquel mundo fabuloso, precisamente en el día de sus bodas, mien­tras Ulla le espera con el cortejo nupcial, Ellis se sume en la mina, avanza por un peligroso sendero, objeto de terror para todos, y queda sumido en un derrumba­miento. Cincuenta años más tarde su cadá­ver es hallado, hermoso y aparentemente intacto como el día de las bodas. Ulla, que le ha llorado siempre, muere abrazán­dolo, mientras el cadáver se pulveriza. En el cuento contrastan escenas verídicas de la vida de marineros y mineros, tipos de sana humanidad como Ulla y su padre, y todo un mundo misterioso de visiones, de fascinación sobrenatural, de obsesiones alucinantes, que conducen a la catástrofe del desgraciado protagonista.

B. Allason

Mimos, Publilio

Obras escénicas de Publilio (90?-40? a. de C.), de carácter bur­lesco y de farsa, que tuvieron en Roma gran éxito y la protección del mismo César.

Cuando Publilio, esclavo procedente de Si­ria, llegó a Roma, el género del mimo era conocido allí desde hacía años y era apre­ciado como representación de música y de baile, mucho más por su carácter indecente y lujurioso que por su intrínseco valor artístico. El mismo nombre de mimo deri­vaba del hecho de que gran parte de la representación estaba confiada a la mímica, a la mueca, al movimiento, todas ellas ha­bilidades y características más de bailarín que de actor. Publilio, que a sus naturales méritos de gracia y habilidad Unía tam­bién una discreta cultura, tan pronto como fue liberado organizó una compañía de teatro y empezó a recorrer las ciudades de Italia, dando a conocer su talento; grandes éxitos obtuvo también en Roma, donde re­sultaba particularmente simpático el equi­librio entre el motivo cómico, que provoca la risa, y el elemento gnómico, que invita a pensar. Precisamente por este carácter sentencioso se sacó de sus mimos una se­lección gnomológica titulada Las sentencias (v.), que tuvo una amplia difusión en la Edad Media. Resultó ventajoso para Publi­lio el carácter políticamente anodino de su producción, que por ello gustó a César, quien en cambio se veía continuamente ata­cado por los Mimos (v.) coetáneos de La­berio. De éstos se diferencian también los mimos de Publilio por un interés más vivo por las situaciones teatrales, por un deseo de gustar inmediatamente y de adivinar el gusto del público.

Buen actor, siente la necesidad de cuidar de su taquilla y de mostrarse indulgente con su espectador. De sus mimos sólo se conocen dos títulos: El gruñón y Los podadores de vid. En cambio se han salvado unos mil versos de la colec­ción gnomológica, pero aun así resultan casi inútiles para reconstruir el movimiento dramático y el argumento de las compo­siciones.

F. Della Corte

Mimos, Enseñanzas y Proverbios, Jean-Antoine de Baïf

[Mimes, enseignements et proverbes]. Poe­sías de Jean-Antoine de Baïf (1532-1589), uno de los poetas de la Pléyade, publicadas en 1576, aumentadas en ediciones posteriores (póstuma la de 1597). Mejor que en otras obras rebuscadas y poco personales, aquí Baïf se expresa con sencillez y gracia, a ve­ces tan delicadamente que el libro fue lla­mado la obra maestra del bien hacer y del bien decir. Están transcritos en ágiles ver­sos, sentencias, proverbios y apólogos. La sabiduría de los siglos parece aquí suave­mente disfrazada entre observaciones y son­risas ricas en humanidad; rimando entre ellos, los proverbios muestran todavía un carácter primitivo e ingenuo que es fruto de refinamiento. Así, los apólogos, también ellos reunidos como en una graciosa con­versación que pasa de un tema a otro, gus­tan por la frescura de la expresión y por el sentimiento que sutilmente los anima. La colección cayó en el olvido por ciertos arti­ficios de la inspiración, pero especialmente por el éxito de las Fábulas (v.), más ricas en vida y en arte, de La Fontaine.

C. Cordié

Mimos , Décimo Laberio

Producciones escéni­cas de Décimo Laberio (106-43 a. de C.), caballero romano que siguiendo el ejemplo de Lucilio, autor de Sátiras (v.), y querien­do caricaturizar la sociedad contemporánea, especialmente la política, prefirió dedicarse a este género de producciones poéticas, que tenían una resonancia pública mayor que las sátiras, los libelos y las invectivas. Por medio del teatro romano alcanzó el cora­zón del público con salidas de típico tono republicano, que hubiese podido suscribir el mismo Cicerón, abiertamente contrarias a César y a su parte. En un público reto que Publilio, también autor de Mimos (v.), lanzó a todos los mimógrafos contemporá­neos en Roma, en 45, fue vencido; pero la presencia de César y la manifiesta parcia­lidad del público cesariano en favor de Publilio explican esta derrota. Además, puesto que el mimógrafo tenía que repre­sentar personalmente su propia producción, claro está que su contrincante, ya ducho en la materia, salió del paso mejor que aquel caballero de sesenta años que por vez primera actuaba en la escena, hasta la fecha prohibida para la clase ecuestre.

Co­nocemos unos cuarenta títulos suyos: Las fiestas de Alejandro, Ana Perena, Las aguas termales, El ariete, El augur, El pucherito, El ingrato, Los pequeños ciegos, El can­grejo, Los cachorros, El traje de histrión, El parásito, El enjalbegador, La fiesta de los Lares, La cesta, El Cretés, El adoles­cente, El lavandero, Los Gallos, Los dos gemelos, La cortesana, Él retrato, El lago de Averno, Los que hablan sin ton ni son, El cumpleaños, La nigromancia, La boda, Las fiestas de Palé, La pobreza, El pescador, El soguero, El salinero, Las Saturnales, El hombre de la mano de seis dedos, Las her­manas, Las devanadoras, El hierro bruto, El toro, La mujer de Etruria, La muchacha. De los títulos y de los fragmentos, aproxi­madamente unos 150 versos, se comprende que Laberio hizo dar al teatro romano el último y definitivo paso hacia la completa latinización; a través de las experiencias de la «palliata», «togata» y «atellana», la comedia latina llega al mimo plebeyo y des­vergonzado con el que concluye su bisecu­lar existencia.

F. Della Corte

Lucillo es muy gracioso; pero si tuviera que concederle por esto el mérito de poeta, tendría que admirar como bella poesía tam­bién los mimos de Laberio; en efecto, no basta con sacar de las fauces de los espec­tadores una risa satisfecha, existe también una virtud para hacer reír. (Horacio)

Ahora ya me he acostumbrado a todo y lo soporto todo: en los juegos de César he podido ver con alma paciente a T. Munacio Planeo y asistir a los mimos de Laberio y de Publilio. (Cicerón)

El Millón, Marco Polo

Obra de Marco Polo (1254- 1323), exactamente titulada según la tra­dición El libro de Marco Polo ciudadano de Venecia, llamado Millón, donde se cuen­tan las maravillas del mundo [Le livre de Marco Polo citoyen de Venise dit Million oü Von conte les merveilles du monde] y comúnmente llamado Millón, por el sobre­nombre dado a Marco y a su padre para distinguirlos de otros homónimos.

La obra narra las aventuras del gran explorador y mercader que entre embajadas, negocios y misiones políticas, vivió en la corte de Cublay, emperador o Gran Khan de los tártaros, y pudo conocer tierras y costum­bres de las fabulosas regiones del Catay y de Cipango, esto es, de la China y del Japón. El libro está constituido por las narraciones hechas a Rusticiano de Pisa por el autor, vuelto a su patria y hecho prisionero por los genoveses en 1298 en el combate naval de Curzola. Rusticiano (há­bil literato a quien se debía desde 1271 el Meliadús, v., compilación de materia novelística bretona) redactó en lengua de «oil» el relato de su ilustre compañero de penas. El texto original de El Millón fue durante siglos diversamente transfor­mado y deformado en sus varias redaccio­nes francesas, italianas y latinas, y sólo en nuestros días ha sido reconstruido por Luigi Foscolo Benedetto según una redac­ción más integral, restituido a su primitiva redacción francesa, y después divulgado en una nueva traducción italiana. Se manifies­ta en el relato de Marco Polo al volver de las riquísimas y misteriosas regiones orien­tales el tono maravillado ante los espec­táculos de la naturaleza y los pueblos.

Son famosísimas sus páginas acerca del Viejo de la Montaña (de cuya leyenda se hallan rastros en muchas novelas medievales), so­bre la vida de la residencia veraniega del Gran Khan en Chandú (la moderna Shangtu) y los usos del antiguo Imperio chino. Es bella por ser de aliento épico y fabu­losa la descripción de la batalla entre el rey Alan (Halagu, khan de Persia) y el rey Barca (Berke, khan de la Horda de Oro); está reproducida de manera lograda la lu­cha entre los dos pueblos conquistadores, en el sentido sangriento de la lucha por la vida y por la gloria. Aquí Marco Polo siente su orgullo de europeo, habituado a una civilización milenaria; pero del mismo modo que intuye una nueva vida de pue­blos errantes llena de hechizo y de mis­terio, sabe sostener un tono muy suyo de moderación y prudencia, debido al cono­cimiento de los hombres de tierras tan lejanas de su patria. Un importante docu­mento histórico es el constituido por la narración de la laboriosidad de Marco en Jan-Chu, donde fue gobernador durante tres años. En sus actos se observa siempre una gran pericia de hombre que sabe apreciar los hechos y las cosas, y en toda ocasión aplica un espíritu de moderación justa y precisa que consigue dominar los acontecimientos.

Así brilla su cordura de guiador de hombres — veneciano de antiguo cuño — aun en medio de difíciles reveses. Estu­pendas por sus descubrimientos de tierras nuevas son las descripciones de sus largos viajes a caballo por landas infinitas, pasan­do a vado los ríos, encontrando gentes desconocidas aún para los mismos orientales, y conociendo animales hasta entonces con­siderados como fabulosos. Son notables por su aspecto estrictamente documental en lo que se refiere a su actividad de mercader, las noticias sobre especias raras, como por ejemplo la pimienta y el jengibre, acerca del petróleo de Armenia, el carbón fósil del Catay, y las piedras preciosas. Pero lo que más sorprende en la narración de Mar­co — y constituye el hechizo que . han ex­perimentado siempre sus lectores europeos aun a través de malas refundiciones de su narración — es aquel sentido de estupor y maravilla por un mundo aparecido como por encanto a los ojos de un hombre habi­tuado a la dureza de la vida cotidiana, entre la industria y el tráfico y los riesgos de marineros y mercaderes: palacios de oro y de plata, jardines fragantes de mil raras flores, ceremonias solemnes entre muche­dumbres prosternadas ante ídolos y auto­ridades reales, tropas de guerreros en lucha tremenda por la posesión de una tierra, y costumbres, lenguas, sentimientos nunca co­nocidos por la antiquísima civilización me­diterránea, si no eran vislumbrados a tra­vés de alguna leyenda lejana.

Esta entrega a un mundo de contrastes y de esplendores anima esta extensa narración, le confiere los caracteres de un universo poético y la sitúa entre los más ricos testimonios de la Europa medieval y de la época de los primeros descubrimientos geográficos. Y con justicia se ha podido decir que con su li­bro Marco Polo dio a Italia precisamente la obra épica y robusta que le faltaba, en comparación con la literatura caballeresca de los demás pueblos. [Existe una traduc­ción clásica del arcediano Rodrigo Fernán­dez de Santaella, publicada bajo el título Libro del famoso Marco Polo, veneciano, de las cosas maravillosas que vido en las par­tes orientales (Sevilla, 1503), de la que se hicieron por lo menos cinco ediciones en el primer cuarto del siglo XVI. Moderna­mente es preciso mencionar la cuidada tra­ducción de María de Cardona y Suzanne Dobelman bajo el título El Millón (Madrid, 1934)].

C. Cordié