Producciones escénicas de Décimo Laberio (106-43 a. de C.), caballero romano que siguiendo el ejemplo de Lucilio, autor de Sátiras (v.), y queriendo caricaturizar la sociedad contemporánea, especialmente la política, prefirió dedicarse a este género de producciones poéticas, que tenían una resonancia pública mayor que las sátiras, los libelos y las invectivas. Por medio del teatro romano alcanzó el corazón del público con salidas de típico tono republicano, que hubiese podido suscribir el mismo Cicerón, abiertamente contrarias a César y a su parte. En un público reto que Publilio, también autor de Mimos (v.), lanzó a todos los mimógrafos contemporáneos en Roma, en 45, fue vencido; pero la presencia de César y la manifiesta parcialidad del público cesariano en favor de Publilio explican esta derrota. Además, puesto que el mimógrafo tenía que representar personalmente su propia producción, claro está que su contrincante, ya ducho en la materia, salió del paso mejor que aquel caballero de sesenta años que por vez primera actuaba en la escena, hasta la fecha prohibida para la clase ecuestre.
Conocemos unos cuarenta títulos suyos: Las fiestas de Alejandro, Ana Perena, Las aguas termales, El ariete, El augur, El pucherito, El ingrato, Los pequeños ciegos, El cangrejo, Los cachorros, El traje de histrión, El parásito, El enjalbegador, La fiesta de los Lares, La cesta, El Cretés, El adolescente, El lavandero, Los Gallos, Los dos gemelos, La cortesana, Él retrato, El lago de Averno, Los que hablan sin ton ni son, El cumpleaños, La nigromancia, La boda, Las fiestas de Palé, La pobreza, El pescador, El soguero, El salinero, Las Saturnales, El hombre de la mano de seis dedos, Las hermanas, Las devanadoras, El hierro bruto, El toro, La mujer de Etruria, La muchacha. De los títulos y de los fragmentos, aproximadamente unos 150 versos, se comprende que Laberio hizo dar al teatro romano el último y definitivo paso hacia la completa latinización; a través de las experiencias de la «palliata», «togata» y «atellana», la comedia latina llega al mimo plebeyo y desvergonzado con el que concluye su bisecular existencia.
F. Della Corte
Lucillo es muy gracioso; pero si tuviera que concederle por esto el mérito de poeta, tendría que admirar como bella poesía también los mimos de Laberio; en efecto, no basta con sacar de las fauces de los espectadores una risa satisfecha, existe también una virtud para hacer reír. (Horacio)
Ahora ya me he acostumbrado a todo y lo soporto todo: en los juegos de César he podido ver con alma paciente a T. Munacio Planeo y asistir a los mimos de Laberio y de Publilio. (Cicerón)

