Milton, William Blake

Poema en dos libros, del es­critor y pintor inglés William Blake (1757- 1827), compuesto en Londres en 1804-1809. La vertiginosa fantasía de Blake, su extra­vagante e ilimitada capacidad de dar vida a fantasmagorías estructuradas en drama, dieron forma a dos obras entre las más curiosas e interesantes de la literatura in­glesa de aquel período: Jerusalén (v.) y Milton.

En éste, el protagonista poco tiene del Milton autor del Paraíso perdido (v.), si no .queremos hablar de una idealización gigantesca del personaje real y al mismo tiempo de una deformación hiperbólica. Unas divergencias en el simbolismo de Mil­ton ponen de manifiesto que el poema en su presente forma es el resultado de una imperfecta revisión. Los dos episodios prin­cipales son el mito de Satanás (v.) y de Palamabron, y la llegada de Milton el Des­pertador. El primer mito es de difícil y complicada exégesis. Blake quiere corre­gir los errores — así le parecía — del Pa­raíso perdido, y combate la idea de que Satanás fuese castigado por la Providencia por sus pecados. El poeta quiere demostrar que la ética ideal es indulgencia y perdón. Las alusiones a la falsa amistad en este mito parece que se refieren a unos episo­dios de la vida del autor en Felpham.

El segundo tema del poema trata del impulso de conseguir la libertad en el arte y en la religión por medio del aniquilamiento del «enemigo espectral» («spectrous fiend») o egoísmo («selfhood»): en esta parte Milton es un símbolo del mismo Blake durante el período 1800-1803 en Felpham. La última parte del Milton está complicada de una manera rara por la introducción de Ololon, que aparece como una virgen de doce años, símbolo dramático quizá de la revelación en los términos de la existencia temporal, del plan divino de regeneración. Finalmen­te la Sombra Miltónica, Satanás, símbolo del conjunto de los errores mundanos, se enfrenta con Milton el Despertador, que está asociado con Los, símbolo de la inspira­ción divina. El lenguaje de la obra, que forma parte, junto con la Jerusalén, de los Libros proféticos, rebosa de alusiones sim­bólicas obscuras o totalmente herméticas.

 G. Pioli

Gran parte de la singularidad de su mun­do lírico se debe al empleo de figuraciones típicas de la mitología cristiana para la ex­presión de un contenido de esencia camal. (E. Cecchi)

Blake es un anárquico, ya que su cora­zón siente simpatía hacia la vida y sus manifestaciones espontáneas y alegres, y porque tiene el valor de seguir fiel a lo que ama. (W. Raleigh)

Milesias, Arístides de Mileto

Fábulas grie­gas atribuidas a Arístides de Mileto (si­glos III-II a. de C.), de quien no se tienen noticias: las informaciones relativas a ellas son muy escasas y se ha perdido toda la colección. Gozaron de extraordinaria noto­riedad en todo el mundo helenístico y ro­mano: la trama amorosa y erótica, que re­flejaba en colores vivísimos las costumbres decadentes de la época, el sentimiento de romanticismo melancólico, propio del Asia Menor, que sólo veía como empresas de amor y pasiones violentas trastornaban y consumían en sus llamas a jovencitas be­llísimas y valientes doncellas; la atmósfera saturada de aventura y concupiscencia se adecuaba perfectamente con la vida de lujo de aquel mundo en disolución.

La di­fusión de aquellas fábulas fue tal que ofi­ciales y soldados romanos las llevaron con­sigo hasta la lejana Partía, donde fueron descubiertas entre los bagajes abandonados después de la infausta batalla de Carras: y su contenido era tal que hacía ruborizar al propio rey de los partos, como nos lo refiere Plutarco. Históricamente fueron el origen de la novela, entendida como gé­nero literario; literariamente, imprimieron su carácter e influyeron en la tradición elegiaca alejandrina, ya inclinada por na­turaleza al erotismo decadente, y, de modo indirecto, reviven todavía en algunas si­tuaciones escabrosas de los cuentos de Boc­caccio. Las Metamorfosis (v.) de Apuleyo y el Satiricón (v.) de Petronio nos conser­van, entre su fárrago, algunos ejemplos, como la narración de la «Matrona de Éfeso»; los romanos las conocieron o directa­mente en griego, o por la traducción de Sisena (II a. de C.), la cual, probablemen­te, más o menos refundida, corría en manos de los muchachos «que se reían a carca­jadas con ella en las escuelas» todavía en tiempos de San Jerónimo.

De un núcleo primitivo, sacado de tradiciones locales, por vía literaria se llegó a colorear con vivísimas tintas, aplicadas con finura de penetra­ción, situaciones tomadas de la vida coti­diana, de la cual, en sustancia se venía a ofrecer un modelo deformado y acaso ca­ricaturesco, pero vivo y fácilmente reco­nocible. Sin embargo, la gradación y la medida de esta elaboración deformadora se nos escapan, por haberse adaptado su­tilmente a los géneros literarios en los que estas novelas iban influyendo, por ejemplo la elegía o la novela, y hallamos matronas descaradas y adolescentes ingenuos, mucha­chas violadas y mujeres hábiles en la magia amorosa, piratas, esclavos, encubridores, amores incestuosos, padres y hermanos desnaturalizados, vírgenes desgraciadísimas, brujos y hechiceras, encantamientos, enga­ños : las situaciones más imprevistas ante las cuales no sabríamos juzgar si son ma­ligna fantasía o realidad vivida, expuestas con naturalidad ingenua, proyectadas so­bre un mundo alegre y feliz, cuyo humo­rismo nos obliga a reconocer en él a una civilización fértil y adelantada, que sabe complacerse, juzgar, sonreír bonachonamen­te y hasta aplaudir con sincero entusiasmo ante la representación grotesca y deforme de sí misma.

I. Cazzaniga

El Milagroso Nido de Pájaro, Hans Jacob Christoffel von Grimmelshausen

[Das wunderbarliche Vogelnest]. Cuento del escritor barroco alemán Hans Jacob Christoffel von Grimmelshausen (1625-1676), publicado en 1672. Está en relación con las demás obras del mismo autor y particu­larmente con el Curioso Saltamontes (v.), pues narra las aventuras que giran en torno a un maravilloso nido de pájaro, en­contrado por la mujer de Saltamontes (Springinsfeld), nido que tiene la facultad de hacer invisibles a quienes lo poseen. El autor se sirve de ello como del marco para reunir una serie de cuentos que narran lo que sucede a los poseedores del nido que, invisibles gracias al mismo, penetran en las casas y asisten a escenas familiares de todas clases y adquieren un conocimien­to preciso de lo que es la vida. Pero al fin el nido maravilloso lleva desgracia a sus poseedores, de modo que éstos se deshacen de él, pasando a una vida de penitencia. Es evidente, en esta obra, como en todas las de Grimmelshausen, el sentido trascendental del relato que se reduce a una afirmación figurada de la inanidad de la vida y de la sola felicidad del más allá.

M. Pensa

Miles Glorsosus, Plauto

[El soldado fanfa­rrón]. Comedia que Plauto (255?-184 a. de C.) escribió alrededor de sus cincuenta años, cuando, hacia el final de la segunda guerra púnica, las esperanzas de los ro­manos estaban puestas de nuevo en el gran Escipión, con el cual el protagonista de la comedia tiene acaso algún punto de con­tacto en ciertas fanfarronadas militarescas, que no resultaban del todo agradables ni al Senado ni al pueblo romano.

Prescin­diendo de la aguda pero velada parodia ca­ricaturesca, el tema presenta las acostum­bradas características de la intriga y de la sustitución de personaje, organizadas según la fértil fantasía de un esclavo. Pleusicles ama a la cortesana Filocomasia que Pirgopolinices (v.), grotesco tipo de militar fan­farrón, rapta, llevándola a Éfeso. Palestrión, criado de Pleusicles, corre a infor­mar a su amo. Pero durante el viaje, caído en manos de los piratas, es vendido al sol­dado y encuentra a la muchacha raptada. El esclavo y la mujer avisan a Pleusicles, que llega y es acogido en la casa contigua a la del soldado, en la de Periplecómeno. Gracias a esta vecindad, se puede abrir un agujero en la pared que separa las dos ca­sas, y Filocomasia tiene libre acceso a las citas de amor con Pleusicles. Pero Esceledro, criado de Pirgopolinices, encargado de custodiar a la muchacha, los ve desde el tejado unidos en amoroso abrazo; para con­vencer a Esceledro de que se trata de una equivocación, se le hace creer que una su­puesta hermana gemela de Filocomasia lle­gó el día anterior con su amante, de ma­nera que Esceledro no sabe qué pareja ha visto desde el tejado: si la de su ama o la de la hermana de ésta.

Ahora Palestrión y Periplecómeno fingen que este úl­timo tiene una esposa que, cansada de su marido, desea casarse con Pirgopolinices, de quien está enamorada. El soldado, hala­gado por su nueva aventura, se dispone a despedir a su concubina. Y como le han dicho que han llegado la hermana y la madre de Filocomasia con la intención de llevarse a su cónyuge, él no sólo la des­pide, sino que le cede los obsequios que le había hecho, incluido el esclavo Palestrión que le había dado como regalo. Pirgopoli­nices entra después en la casa de Periple­cómeno, donde encuentra, en lugar de la mujer al marido, que, con un grupo de criados y una descarga de palos, pone fin a la burla. Esta afortunada comedia ha creado un tipo que, lejano progenitor de los innumerables capitanes Matamoros o Fracassa (v.), resucitó siglos después en la «commedia dell’arte» italiana. Pero la exa­geración caricaturesca y la intención polí­tica perjudican sin duda el equilibrio de la representación escénica y hasta al ca­rácter del protagonista, que queda algo amanerado y superficial. Con todo, precisa­mente a este tono de farsa que domina la intriga y los personajes, y esboza un tipo cómico haciéndolo vivir por sus solos rasgos fundamentales, fuertemente marcados, se debe el triunfo de esta obra, que se ha con­vertido en modelo de su género. [Trad. es­pañola de P. A. Martín Robles en Comedias de Plauto, tomo III (Madrid, 1945), con el título El militar fanfarrón].

F. Della Corte

Ciertamente la gracia de Plauto no es siempre feliz, o mejor dicho, no es tal que pueda ponerse de buen grado en boca de todos; pero la comedia de Plauto es la representación viva y animada de varios tipos en variadísimas situaciones cómicas, y Plauto ha de hacer sentir a sus espectado­res la chanza ora descarada, ora picante, ora desabrida, y el lenguaje injurioso y el juego de palabras obsceno o insípido de sus criados, de sus juerguistas o de sus alca­huetes. (C. Marchesi)

Milagros de Nuestra Señora, Gonzalo de Berceo

Co­lección de veinticinco poemas que tienen por tema milagros de la Virgen, precedidos de una introducción; es la obra más cono­cida del poeta español Gonzalo de Berceo (nacido en la Rio ja a fines del siglo XII y muerto a mediados del XIII).

Muchos han sido los críticos e investigadores que se han interesado por este primitivo monu­mento de la poesía española, no ya por el simple valor histórico y arqueológico que pueda tener, sino también por las eviden­tes cualidades literarias de estos deliciosos milagros. La edición más asequible es la que en 1934 publicó A. G. Solalinde en la colección «Clásicos Castellanos». Uno de los primeros problemas que plantean los Milagros de Berceo es el de las fuentes, fuentes a las que el poeta se refirió con­tinuamente para dar veracidad a su obra. Berceo es fiel al manuscrito que tiene de­lante, y prescinde de la tradición oral cuan­do ésta no viene respaldada por el testimo­nio escrito (así en la Vida de Santo Do­mingo, dice: «Lo que non es escripto non lo afirmaremos»). Sobre este texto que sir­vió de fuente a su obra difieren las opi­niones. Algunos investigadores franceses se han empeñado en que los Milagros de Nues­tra Señora deriven de los Miracles de la Sainte Vierge (v. Milagros de la Santa Vir­gen), obra de Gautier de Coincy, no sin reconocer que Berceo «tuvo el secreto de combinar y disponer las palabras de su lengua con rara armonía». Pero hay siete milagros en Berceo que no se encuentran en Gautier, lo que hace dudosa esta filia­ción, sobre todo si nos atenemos al carác­ter de colección que tenían estos textos en tiempo de Berceo y ‘que con ellos los au­tores sólo se proponían proporcionar ejem­plos de edificación y de formación cristiana.

Los autores de la Histoire Littéraire de la France, dudaron ya de que Berceo hubiera imitado a Gautier de Coincy y suponían que la fuente de los Milagros era una re­copilación latina. Menéndez Pelayo, en su Antología de poetas líricos ataca también la filiación francesa de esta obra del poeta riojano. Richard Becker descubrió por fin la fuente de los Milagros: el manuscrito Thott de la Biblioteca de Copenhague, tex­to hagiográfico en latín que coincide en temas y en orden con los Milagros de Nues­tra Señora, excepto en el último milagro, que fue una adición posterior del propio Berceo. Seguramente el poeta utilizó un manuscrito emparentado con este texto de Copenhague. Becker no admite por tanto como fuente de la obra de Berceo la de Gautier de Coincy, ni la Leyenda áurea de Jacobo de Vorágine, ni el Speculum his­toríale de Vicente de Beauvais, obras que divulgaron por Europa todo género de mi­lagros. Tampoco existe ninguna relación con las Cantigas de Alfonso el Sabio, a pesar de que todos los milagros de Ber­ceo, excepto los III, V, X, XI, XII y XXV, coincidan con otros de las cantigas.

Los Milagros de Nuestra Señora se abren con una magnífica introducción de carácter sim­bólico en la que el poeta acaece en un prado: «Yo, maestro de Gonçalvo de Verçeo nomnado / iendo en romería caeçí en un prado / verde e bien sençido, de flores bien poblado, / logar cobdiçiaduero pora omne cansado». Este prado que Berceo en­cuentra durante la romería de su vida, lleno de verdor, poblado de fuentes, de árboles y flores, no es sino la Virgen — o más pro­piamente en lenguaje de Berceo, la Glo­riosa—; las cuatro fuentes claras son los cuatro evangelios; las sombras de los ár­boles son las oraciones que la Virgen reza por los pecadores; las aves que allí cantan son los apóstoles, profetas, confesores, már­tires, vírgenes, santos, padres, etc.; las flo­res son los nombres de la Virgen. Se ha intentado una clasificación de los Milagros: la primera categoría la integrarían los que tienen por protagonista a un clérigo. De ellos es ejemplo cabal «La casulla de San Ildefonso», milagro que tuvo gran difusión en toda Europa y uno de los mejores de la colección, que narra la donación mila­grosa, por parte de la Virgen, a San Ilde­fonso, arzobispo de Toledo, de una casulla milagrosa («obra era angélica, non de omne texida») por la gran devoción que el santo le tenía.

La leyenda de esta casulla que después de la muerte de San Ildefonso qui­so ponerse el obispo que le sucedió, hom­bre «soberbio» y de «seso liviano», y que se fue estrechando hasta ahogarle, había de pasar a la literatura posterior y fue tra­tada por Lope en la comedia El capellán de la Virgen, por Calderón en el primer acto de Origen, pérdida y restauración de la Virgen del Sagrario de Toledo y por Valdivielso en el Sagrario de Toledo. Estos mi­lagros que tienen por tema un clérigo se pueden dividir en dos grupos: a) milagros cuyo protagonista es un clérigo simple e ignorante, y b) milagros que tienen como protagonista un clérigo malvado y pecador. Entre los primeros destaca «El clérigo igno­rante» (IX), el del «simple clérigo pobre de clerecía» que no sabía sino la misa de la Virgen; el obispo indignado le castiga, pero se le aparece la Virgen y le dice: «… Don obispo lozano, / contra mí ¿por qué fuste tan fuert e tan villano? / lo nunqua te tollí valía de un grano, / e tú asme tollido a mí un capellano»; y el clé­rigo simple volvió a decir «cutiano missa de la Sancta María». Entre los segundos destacan «El clérigo y la flor» (III), el del clérigo «enbevido» en los vicios seglares que por intercesión de la Gloriosa es re­sucitado y enterrado en lugar sagrado; «El sacristán impúdico» (II), «El prior y el sacristán» (XII), «El clérigo embriagado»  (XX), «La abadesa encinta» (XXI), «El milagro de Teófilo» (XXIV), uno de los más divulgados en la Edad Media y que fue después tratado por Kutebeuf, el del clé­rigo que hace pacto con el diablo para vengarse de su obispo, vendiendo su alma. Una segunda categoría la forman los mi­lagros que tienen como protagonistas a se­glares. Como en el caso de los clérigos, se pueden dividir en: a) seglares piadosos, y b) seglares pecadores. De los primeros es ejemplo «La boda y la Virgen» (XV), que narra la historia del joven dedicado a la Virgen, que ella arranca del tálamo nup­cial la noche de bodas, y en el que se ha querido ver una reminiscencia pagana («Assaz eras varón bien casado comigo», le dice la Virgen); «El pobre caritativo» (V), «El romero de Santiago» (VIII), «El náufrago salvado» (XXII), «La deuda pa­gada» (XXIII) y «Un parto maravilloso» (XIX). De entre los que tienen como pro­tagonista a un seglar pecador, debemos des­tacar «El labrador avaro» (XI), el del la­brador que «más amava la tierra que non al Criador» que «cambiava los mojones por ganar eredat», pero que se salva porque cada día reza a la Gloriosa; .«El ladrón devoto» (VI), «Los dos hermanos» (X), «La iglesia profanada» (XVII). Un último grupo lo forman los referentes a tema judío, co­mo «El niño judío» (XVI), el del niño judío que comulga, y «Los judíos de To­ledo» (XVIII), que narra los sacrilegios que cometieron y el castigo que recibieron.

Los Milagros de Berceo tienen una sabrosa ingenuidad, un don casi de simpatía que traslucen lo que debió ser el poeta, que se dirige a sus lectores mediante los re­cursos del arte juglaresco que pedían la atención del público, pero que en él tienen un tono de entrañable cordialidad. El poe­ta nos muestra su confianza sin límites en la Gloriosa y escribe para nuestra edifica­ción espiritual: María es la defensora del hombre ante Cristo, para ella no hay nada imposible; si alguien ha muerto en pecado le hace resucitar y le da plazo para arre­pentirse; si una abadesa está encinta hace el milagro de que el hijo nazca antes de que llegue el obispo y lo encomienda a los ángeles, etc. En esta calidad cordial de la obra de Berceo han insistido los críticos, y se ha llegado a decir que su obra es la «sonrisa de la sencillez». Su poesía no ha sido lo suficientemente valorada hasta nues­tros días. Críticos, investigadores y poetas han tratado de sus poesías y evocado sus versos. Pérez de Ayala imita la introduc­ción a los Milagros en su poema «La paz del sendero»; Rubén Darío encomia su «de­licioso alejandrino», y Enrique de Mesa evoca el vaso de «bon vino». Pero los au­tores que mejor quizás han interpretado la obra de Berceo han sido Azorín y los dos Machado. Azorín en Al margen de los clá­sicos (v.) evoca al poeta escribiendo y con­templando el paisaje de su tierra natal, y en España.

Figuras y paisajes, evoca al la­brador avaro del milagro XI como uno de los tipos más acabados de la sociedad española. Manuel Machado, en su «Reta­blo», describe a Santo Domingo y a Berceo en la gloria del cielo, «a diestra del Padre deseado», al santo como en la «sabida prosa» de Berceo, y a éste sonriendo a los que’ «andamos el camino» y mostrándonos el galardón de su destino: «una palma de glo­ria y un vaso de buen vino». Pero debía ser Antonio Machado el que mejor calara en la obra y en el espíritu del poeta en su composición «Mis poetas». Antonio Macha­do le recuerda en el prado verde, en su trabajo de poeta; compara «su verso» «dul­ce y grave» a las «monótonas hileras / de chopos invernales, en donde nada brilla; / renglones como surcos en pardas semente­ras, / y lejos, las montañas azules de Cas­tilla», y concluye evocándole en su fati­goso trabajo de creador «mientras le sale afuera la luz del corazón».

A. Comas

Nadie le ha calificado de gran poeta, pero es sin duda un poeta sobremanera simpá­tico, y dotado de mil cualidades apacibles que van penetrando suavemente en el áni­mo del lector.  (Menéndez Pelayo)

Su arte es de un realismo minucioso e infantil que recuerda las viñetas y minia­turas de un libro de horas medieval. (Montoliu)