Las Mujeres Puntillosas, Carlo Goldoni

[Le femmine puntigliose]. Comedia en tres actos de Carlo Goldoni (1707-1793), estrenada en 1750. Con esta comedia se descorre un velo sobre la sociedad mundana del siglo XVIII, gesto incauto de Goldoni, quien presentaba con ésta la segunda de sus dieciséis co­medias nuevas.

La intriga casi no existe: Rosaura (v.), pretendiendo ser recibida por la alta sociedad de Palermo, procura cau­tivar con regalos al conde Lelio (v.) ya la condesa Beatrice. Pero las aristocráticas damas Eleonora y Clarice se burlan de la pro­vinciana y de su marido Florindo (v.); ello da lugar a una serie de resentimientos más o menos ridículos, que terminan con la marcha de Rosaura y Florindo, disgustados de aquella sociedad.

Los personajes viven realmente: Rosaura, la rica comerciante dispuesta a humillarse con tal de ser acogida por una clase que no es la suya; la nobleza media, ávida y presuntuosa; el coro de damas, cada una de ellas lisonjea­da por la ambición de Rosaura, y amable con ella en privado, pero incapaces de re­cibirla oficialmente en su sociedad.

En cam­bio no vive la sátira del pequeño mundo ambicioso, tal vez porque la sátira brota­ba solamente del reconocimiento de unos valores abstractos, es decir, de lo que menos interesaba a Goldoni, siempre arrastrado a considerar hombres y gestos, más que pro­blemas e ideas.

U. Déttore

De las Mujeres Ilustres, Giovanni Boccaccio

[De Cla­ris mulieribus]. Compilación biográfica en lengua latina, de Giovanni Boccaccio (1313- 1375). La obra, escrita entre 1360 y 1362, ampliada y refundida en los años poste­riores, contiene la biografía de 104 ilus­tres mujeres de todos los tiempos, desde Eva hasta la reina Juana de Nápoles, y está de­dicada a la bellísima Andrea Acciaiuoli, hermana del gran senescal Nicolò Acciaiuoli, casada en segundas nupcias con un conde de Altavilla.

El De Claris mulieribus se puede considerar como un complemento de las Desventuras de los hombres ilustres (v.). Influyó no poco en impulsar a Boc­caccio a la composición de esta obra, según confesión del mismo autor, el ejemplo dado por Petrarca con su tratado sobre los Hombres Ilustres (v.)* Varias y no fáciles de determinar con toda certeza, por falta de citas, son las fuentes utilizadas por Boc­caccio: Higinio, San Isidoro de Sevilla, Va­lerio Máximo, Virgilio, Ovidio y, cosa muy notable, Tácito, que parece era ignorado por Petrarca.

Pero la erudición está escon­dida, mientras la vena narrativa, aunque algo contenida por la rigidez áulica del latín, fluye con cierta facilidad. Así las páginas dedicadas a la vida de la papisa Juana, a la voluptuosa morosidad sobre las ansias amorosas de Tisbe, a la historia de la inocente Paulina romana, amada por el dios Anubis, que recuerda de cerca la no­vela decameroniana de Lisetta y el ángel Gabriel. Aparte de la «moraleja» que el autor extrae aun de las historias que menos se prestan (como, por ejemplo, Píramo y Tisbe, v.) no aparece claramente qué tipo de ideal femenino imagina Boccaccio para proponérselo como modelo a sus lectores.

En cambio, es más claro el espíritu misó­gino que circula por el tratado, a causa del cual ciertas heroínas son alabadas co­mo excepciones que confirman la regla: la mujer es débil, tortuosa, sujeta a todos los vicios y especialmente a la lujuria. A pro­pósito de la Dido (v.) virgiliana, Boccaccio se muestra poco menos que escandalizado por la facilidad con que se enamoró del héroe troyano y llega incluso a poner en duda la verdad del relato virgiliano, acep­tando en su lugar la versión del historiador Justino, según la cual Dido se habría qui­tado la vida para mantenerse fiel a su di­funto esposo Siqueo.

En su conjunto, el De Claris mulieribus es un compromiso entre la erudición histórica y la novela, un agra­dable libro de erudición con episódicas in­fusiones de moralidad, dirigido no sólo a los hombres, sino también a las mujeres, las cuales, lo declara Boccaccio casi para excusarse, «como en general tienen poca práctica en las historias, tienen mayor ne­cesidad y se deleitan más con el copioso hablar».

D. Mattalía

Mujeres que de Amor Tenéis Entendimiento, Dante Alighieri

[Donne ch’avete intelletto d’amore]. Canción de Dante Alighieri (1265- 1321), de la cual declara en su Vida Nueva (XVIII-XIX) la causa ocasional de la com­posición y el imprevisto prorrumpir del mo­tivo poético del que brotó.

Es la exaltación, en Beatriz, de aquella belleza espiritual en la que resplandece el efecto de la primera causa, Dios, que es la bondad, la belleza y el Amor. Tres atributos divinos que analógicamente brillan en Beatriz (v.) y can­tan su mérito y su gloria; perfección supre­ma, a la que no se puede menos que amar, pues toda alma propende hacia ella por virtud de su misma naturaleza (v. Divina Comedia).

Dante se dirige a las mujeres que saben qué es el amor y les habla de Beatriz, no para agotar sus alabanzas, sino para desahogar su alma. Sólo de pensar en lo que ella es en sí misma («su valor»), experimenta su corazón una dulzura tal que si pudiera expresarla haría enamorar a todo el mundo. No intentará tan ambicioso empeño, por temor a tener que abandonarlo, sino que, de un modo sencillo y fácil, como es conveniente a su auditorio, hablará del amor tal como lo siente y lo conoce en relación a su amada. Los ángeles se asom­bran ante Dios del misterio de un alma, cuya belleza resplandece hasta allá arriba; y los bienaventurados que la echan en falta en el cielo piden a Dios, por gracia, su presencia entre ellos.

Dios misericordioso se pone de parte de quien se halla en la tierra y, aludiendo a Beatriz, se com­place en dejarla aquí abajo, donde Dante («alguien») teme perderla, y dirá, a los que viven desesperados y sin la luz de la gra­cia («en el infierno»), que ha visto al ser perfecto, esperanza de los bienaventurados. Y de tal perfección Dante habla en seguida, poniendo de manifiesto los efectos de la belleza de Beatriz. Cuando ella pasa por la calle, los que viven con los sentidos («almas villanas») se estremecen; sus turbios pensamientos desaparecen y, si pudieran detenerse a mirarla, se perfeccionaría o mo­riría en ellos el ser carnal; quienes se go­zan en la belleza y reconocen la fuerza omnímoda en Beatriz, se sienten humildes y buenos. Cuantos le hablan, aman en ella la bondad, quieren el bien, y se salvan.

El amor que habla en Dante se pregunta có­mo es posible que tanta pureza y tantas virtudes puedan albergarse en un ser mor­tal; y, contemplándola, reconoce en ella un efecto admirable de Dios creador. Su fi­gura femenina es lo mejor que podía ha­cer la naturaleza; ella sirve de ejemplo para medir la belleza de las cosas. En sus ojos resplandece la luz de un alma que goza por su misma perfección, y que es amor para quien la mira, infundiendo la alegría en los corazones. En sus labios, que se abren al saludo, florece tal amor. El poeta despide su canción, hija de su alma enamorada, adornada con las alaban­zas de Beatriz. Ella hablará tan sólo a personas «gentiles» que puedan conducirla a la presencia de aquel amor, que en Bea­triz habla y por ella se revela. Por su con­tenido, esta composición lírica está empa­rentada con la experiencia amorosa de Guinizelli, que teoriza sobre la misma en la canción Al cor gentil ripara sempre amore.

En Dante marca el inicio de las «rimas nuevas», su «dolce stil novo» (Purg., XXIV, 48-62), expresión de aquel recto amor que, tendiendo hacia la belleza de las cosas co­mo belleza divina participada, busca lo que deleita la inteligencia y regocija el corazón; un regocijo que hierve en el interior y se derrama por amor de la cosa contemplada. Líricamente, y con íntima emoción, la can­ción se desarrolla sobre una línea de mo­vimiento sencillo y discursivo, sabiamente graduado en el tono y en el acento, acompa­ñándose del sentimiento cristiano de que la belleza del ser humano es providencial; una divina llamada a salir de nosotros mismos, por una vida espiritual de bondad, de be­lleza y de amor.

M. Casella

Las Mujeres de su Casa, Carlo Goldoni

[Le donne de casa soa]. Comedia en cinco actos, en dialecto veneciano, de Carlo Goldoni (1707- 1793), representada en 1755.

Es una come­dia de habladurías femeninas, que antece­de a los Chismorreos de las mujeres (v.), El huertecillo (v.) y Riñas en Chioggia (v.) y a tantas otras del mismo autor, quien renovó este género ennobleciendo la comedia «poissarde» francesa. Checchina quiere a Tonino, a quien su cuñada Angiola decide darle como esposo sin saber que se aman. Por su parte, Checchina ignora que el esposo será, precisamente, su amado, y se niega; de aquí surgen incomprensiones, intrigas, chismorrerías y celos. Isidoro, tío de Tonino, se enamora entretanto de Chec­china, y acabaría por desposarla si Tonino no la pusiera en guardia. El anciano re­flexiona y el embrollo termina felizmente.

No faltan en esta comedia agitación, mo­vimiento y sentido del ambiente, pero el colorido de la murmuración mujeriega no alcanza la intensidad ambiental de las Ri­ñas en Chioggia, y se mantiene todavía en lo genérico.

U. Dèttore

Las Mujeres Desconfíen de las Mujeres, Thomas Middleton

[Wornen beware Wornen]. Tra­gedia de Thomas Middleton (1570-1627), dramaturgo inglés del período elisabetiano. El argumento, como muchos de Middleton, está sacado de un motivo italiano y narra la trágica historia de Bianca Capello y de Francesco de Medici.

Bianca, la bella ve­neciana que se casó en la rica Corte floren­tina, llega a ser la amante del duque, des­pués de haber abandonado a su marido, y, tras el trágico asesinato de éste, acaba ca­sándose con Francesco contra la voluntad de toda la Corte. La noche de las bodas un terrible drama tiene lugar en el palacio ducal; durante una fiesta en honor de los novios, una sombría intriga de pasiones y de venganzas provoca la muerte del duque, debido al fatal cambio de una copa llena de veneno; Bianca bebe de la misma copa, y fallece junto a su amado.

Paralelos a este motivo principal, se desarrollan otros re­lativos a las intrigas y a los amores de distintos personajes de la Corte; no faltan, en medio de tan oscura tragedia, escenas có­micas y graciosas de carácter familiar, agu­das y movidas. Entre los numerosos dramas de colores sombríos que llenan el fecundo siglo de Shakespeare, esta tragedia de Bian­ca Capello es una de las más vigorosas y tiene trozos de verdadera poesía. Sin em­bargo, los personajes carecen de relieve y de personalidad, agitándose en un clima tru­culento y completamente desprovisto de sentido moral.

M. Samaden