El Mundo Espiritual, Wilhelm Dilthey

[Die geistige Welt]. Obra constituida por los volúme­nes V y VI de los Gesammelte Schriften del filósofo alemán Wilhelm Dilthey (1833-1912), publicados en Leipzig en 1926. Están com­prendidos en ellos numerosos estudios, com­puestos en épocas diversas, relativos a la fundamentación psicológica de las ciencias del espíritu y al examen de los problemas éticos, pedagógicos y estéticos.

Las ciencias del espíritu, como ciencias históricas, es­tán en relación con una realidad no construida abstractamente, como es el caso de las ciencias fisicomatemáticas, sino intuida, en vivida participación comprensiva: esto es, con la vida espiritual de los individuos particulares. El análisis de la estructura de esta vida, es decir, la psicología, es, por esto, el fundamento de las ciencias del es­píritu. Pero Dilthey, en sus Ideas sobre una psicología descriptiva y analítica [Ideen über einer beschreibenden und zergliedernen Psychologie, l.a ed., 1894], sostiene que la psicología contemporánea, a la que él llama explicativa y constructiva, deja fue­ra de ella a la realidad de la vida espiri­tual y que, fundándose sobre presuntos ele­mentos primarios o datos psicológicos a través de una serie de hipótesis injusti­ficadas, intenta construir una realidad más compleja sin conseguir nunca acercarse a r ella, impedida por los tácitos presupuestos metafísicos.

Es necesaria, por el contrario, una psicología que describa, analice la vida psicológica y reconozca su compleja uni­dad estructural. Ésta es característica en cada individuo, y representa un particular equilibrio propio, en función del ambiente y de la dirección de la cultura (Contribuciones al estudio de las individualidades [Beiträge zum Studium der Individualität, 1.a edición, 1896]), pero puede ser referida a algunos tipos generales de personalidad. Aquí aparece en Dilthey el motivo caracterológico que en los años siguientes, aun bajo otros influjos, tendrá amplio desen­volvimiento en el pensamiento alemán. Pero lo que, sobre todo, importa es el sentido de lo concreto unitario de la vida interior.

Sobre ella Dilthey insiste también en lo referente al problema del conocimiento (Contribuciones a la solución del problema del origen de nuestra creencia en la reali­dad del mundo exterior [Beiträge zur Lö­sung der Frage vom Ursprung unseres Glaubens an die Realität der Aussenwelt und sein Recht, l.a ed., 1890]). La realidad del mundo exterior no nos es dada por un juicio teórico sobre la causa de nuestras sensaciones, sino por la experiencia de toda la vida de la energía interior. El principio de la unidad teleológica estructural de la vida del espíritu domina también en las investigaciones de Dilthey sobre la peda­gogía (Sobre la posibilidad de una pedago­gía universal [Ueber die Möglichkeit einer allgemeingültigen Pädagogik, 1.a ed., 1888]) y sobre la estética (La fantasía del poeta [Die Einbildungskraft des Dichters, 1.a ed., 1887], Las tres épocas de la estética mo­derna [Die drei Epochen moderne Aesthetik und ihre heutige Aufgabe, l.a ed., 1892]).

El fin de la educación es la plenitud y ar­monía de la vida espiritual, en su íntimo acuerdo y en la relación con su mundo de cultura. Todos los problemas particulares van a parar a éste. También el arte es con­siderado en la integridad de su significado espiritual. Es la obra de toda una personalidad en la que se refleja una realidad de cultura, que determina el contenido y la forma de la obra de arte en su profunda unidad que es el estilo. La estética nueva no es ni la estética metafísica del idealis­mo, ni la estética experimental fechneriana; es una descripción y un análisis del proceso de contemplación y creación artística que debe aprovecharse de las con­fesiones de los propios artistas. Las leyes generales del arte deben referirse a la es­tructura universal de la vida espiritual, pero el gusto y la técnica varían según las épocas. Los escritos de Dilthey, al renun­ciar a la sistematización, presentan una ex­tremada riqueza de atisbos y motivos. En ningún pensador contemporáneo la rique­za, complejidad y estructuración de la vida- espiritual han tenido tan profundo relieve.

A. Banfi

Mundo Interior, Indra

[Ner Askhar]. Es una especie de novela autobiográfica del es­critor armenio Indra (Dirán Cekarian, 1875- 1923), publicada en 1903; constituye el úni­co ejemplo de este género en la literatura armenia.

La visión nocturna de una tem­pestad que se abate sobre un pinar conduce al autor, poeta solitario y meditativo, a con­siderar el misterio de la existencia y a volver con el pensamiento a las experiencias pasadas, a reconstruirlas en sus aspectos fantásticos, para demostrar la absoluta su­misión de las acciones humanas a leyes mis­teriosas y lejanas, cuya infinitud induce al hombre a considerarlas como la estructura estética y religiosa de todo el universo. La magia de la soledad hace vivir más intensa­mente los objetos que rodean a Indra; la visión de una piel de lobo yacente en el suelo es motivo de meditaciones sobre el contraste entre la serenidad animal y la impasibilidad que comporta la muerte.

Pe­netrando en este mosaico silogístico, el poe­ta estudia y resuelve problemas filosóficos y estéticos, sacando de ellos siempre en­señanzas estéticas; a continuación emite jui­cios sobre Buda, Cristo y Voltaire. Con estos elementos culturales alternan factores com­pletamente poéticos que conducen a la evocación de un amor lejano. La aparición de la femineidad en el libro lo ilumina de improviso con su intensa sustancia poéti­ca, y dicta algunas de las páginas más be­llas de la obra. Mundo interior experimen­ta fuertemente las influencias del simbolis­mo, pero infunde en las formas de esta dirección estética una religiosidad caracte­rística del autor y, en general, del espíritu armenio.

A. Piloian

El Mundo es Redondo, Alfredo Panzini

[Il mondo é rotondo]. Novela de Alfredo Panzini (1863-1939), publicada en 1921, aunque es­crita años antes, entre la Gran Guerra y el principio de la postguerra, por lo que refleja en forma fantástica aquella turba­ción o angustia espiritual que él sufrió en ese período y que tiene como documento más inmediato el Diario sentimental de la guerra (v.).

El protagonista es uno de los conocidos profesores panzinianos, uno de esos cultivadores de la sabiduría antigua, que en el poco sabio mundo moderno co­rren el riesgo de parecer chiflados: Beatus Renatus. Éste, encargado de inspeccionar las escuelas de Italia por encargo del señor ministro, recorre la península de norte a sur en severo atuendo de pedagogo, aunque en realidad está absorto y perdido en la melancolía de sus observaciones y sus con­tradictorios pensamientos. Por otra parte, los varios lances y encuentros de su viaje (la joven profesora que va buscando un estilo, pero que en realidad necesita un amante; los campesinos de la hostería de Pasquá; los oficiales que vuelven del fren­te; las prostitutas napolitanas; el albañil bolchevique; la gran imagen de Cristo pin­tada en el ábside de una iglesia que ame­naza ruina, etc.) no hacen más que agravar su melancolía y aumentar su trastorno men­tal.

De regreso por fin a su ciudad, se da cuenta de que, entretanto, hasta su honesta morada de solterón se ha contaminado; es decir, que su fea e ignorante criada Scolastica está en estado. Sin embargo, en lugar de echarla, Beatus acaba por cederle su propia cama; y cuando el niño muere, él, sin hacer caso de los malignos rumores de los vecinos, queda pensativo delante del misterio de la criatura, que es el misterio de la misma vida.

La narración, aunque en tercera persona, tiene el conocido ritmo del «viaje sentimental» panziniano; por al­gunas situaciones o episodios, parece in­cluso recordar la Linterna de Diógenes (v.) y el Viaje de un pobre literato, aunque con modos adecuados a un tiempo y cli­ma mucho más inquietos; los motivos lí­ricos e idílicos se hacen casi dramáticos, mientras la ironía casi llega a ser mofa. En este sentido, El mundo es redondo qui­zá sea el libro más amargo de Panzini. Sin embargo, precisamente esta pasionalidad y polémica dan a la mayor parte del libro algo de esquemático y documental, en el que la pura vena de la poesía panziniana a menudo se amanera.

A. Bocelli

El Mundo Es Ansí, Pío Baroja

Novela de Pío Baroja (1872-1956). En un pueblo pequeño y solitario que se llama Navarides, cerca del Ebro, hay en la plaza una casa bajita, rojiza, con rejas a un lado y a otro, con sus cruces de hierro y un escudo en la clave del arco apuntado que le sirve de entrada. Es un escudo pequeño y desgastado por la ac­ción del aire y de la humedad.

Representa tres puñales en forma de cruz, esgrimidos por manos cerradas, que se clavan en tres corazones. Cada corazón va destilando gotas de sangre. Alrededor se lee esta leyenda sencilla: «El mundo es ansí». Este escudo con su dolorosa leyenda inquieta a Sacha, la heroína rusa de la novela, que Baroja titula con lo que pregonan las manos armadas de puñal sobre corazones. Sacha, que va y viene de una Rusia tan pronto ilu­sionada con grandes ideales sociales de redención, como entregada a una disipación venal, se casa — después de otra boda fra­casada por incomprensión de los cónyu­ges— con un español de cepa: autoritario, enamoradizo y egoísta, que la pone en re­lación con sus amigos y sus familiares.

Una España extraña, dura y salvaje, soñadora y desigual, aumenta la confusión de la pobre extranjera, tan desquiciada sentimentalmen­te ya. Y el nuevo matrimonio se deshace en Cádiz, por culpa de una bailadora cruda y hermosa, pretexto erótico que justifica el vacío que en el pecho de Juan, el ma­rido español, existe por derecho propio. Después de unos años de ir y venir sin sentido, descorazonándose más a cada paso, Sacha comprende que la leyenda tétrica del viejo escudo español, «El mundo es ansí», es una realidad tremendamente ver­dadera.

Y huye de España, de Europa; vuel­ve a Rusia; la abandona de nuevo; regresa a Ginebra, en donde pasó parte de una estudiosa juventud, y comprueba a su vez que si ella fue víctima de alguna de aque­llas manos que hincaban su puñal en un corazón propicio, también por su parte esgrimió puñal para otro corazón que se le acercó, blando, sin temor a la herida que pudiera ella causarle. Porque el mun­do, con todos, para todos y por todos, «es ansí».

C. Conde

El Mundo de las Tinieblas, George R. Gissing

[The Nether World]. Novela del escritor inglés George R. Gissing (1857-1903), publicada en Londres en 1889.

Después de haber hecho fortuna en Australia, el obrero Miguel Snowden vuelve a Inglaterra con su única nieta, Juana, a la que quiere educar entre el pueblo para que, cuando sea rica, pue­da procurar a los humildes el consuelo de quien ha vivido entre ellos y conoce su alma y sus necesidades. Juana crece bajo el peso de esta misión demasiado abruma­dora para sus fuerzas y pide al abuelo que la libre de ella. Entonces, Miguel Snow­den destruye su primer testamento desheredando a su nieta.

En tanto, las cir­cunstancias separan a Juana del hombre a quien ama, Sidney Kirkwood; éste se casa entonces con Clara Hewett, a la cual había amado tiempo atrás. Hija del pueblo, aunque bella e inteligente, Clara se había sentido atraída por el espejismo del teatro, pero la venganza de una rival había trun­cado su carrera. Desfigurada, agriada, des­engañada, no podrá proporcionar a su marido felicidad alguna. También con el hermano de Clara, Bob, se encarniza la for­tuna que no quiere permitir a nadie librar­se de la miseria.

Bob es un joven inteli­gente, un artesano que podría abrirse ca­mino, y se casa siendo muy joven con Pennyloaf Candy, que lo ama sinceramente. Pero, arrastrado por las malas compañías y las apremiantes necesidades materiales, Bob se afilia a una banda de estafadores, es denunciado por sus compañeros, y mue­re después de una trágica fuga. El argu­mento no es en esta obra sino un débil hilo conductor del que Gissing se sirve para presentar un estudio realista de los barrios más pobres de Londres. Ya en De­mos (v.) había tratado la cuestión social, y había afirmado la inanidad de todos los sueños de bienestar colectivo.

En El mundo de las tinieblas, la más trágica de sus no­velas, vuelve a sostener la misma tesis. To­da la obra aparece envuelta en la sombra del más hosco pesimismo; el mal está en ella estudiado y denunciado no para po­nerle remedio, sino sólo por una necesidad de verdad. El cuadro de aquella humani­dad, embrutecida por la miseria y el am­biente en que vive, está trazado con inexo­rable precisión. Los personajes, como por ejemplo, la familia Condy, adquieren re­lieve vigoroso, reforzado por el estilo que, con su constante sobriedad, alcanza a me­nudo carácter científico, en el cual se ma­nifiesta el elemento sociológico siempre pre­sente en Gissing.

Pero la obra demuestra, al mismo tiempo, cómo el escritor, aun conociendo a fondo el ambiente que des­cribe, no consiguió penetrar su espíritu. Ninguna simpatía, ninguna comprensión se trasluce en este estudio, cuidadoso pero ín­timamente frío, de un mundo por el cual Gissing no puede ocultar su instintiva re­pugnancia. Su obra será mejor cuando el escritor se aplique a un ambiente más afín a su verdadero sentir (v. Calle de los muer­tos de hambre y Mujeres sin pareja).

R. Barocas