Muñoz, Visitador de México, Rodríguez Galván

Dra­ma del poeta romántico mexicano Ignacio Rodríguez Galván (1816-1842), cuyas obras publicó en 1851, en dos volúmenes (el pri­mero con las composiciones líricas origina­les y traducidas, y el segundo con las dra­máticas), su hermano Antonio.

La imagen del protagonista — pintada con los más sombríos tonos — nada tiene que ver con la historia del célebre visitador – Alonso de Muñoz, llegado a México en agosto de 1567 para averiguar lo ocurrido en el mo­vimiento separatista encabezado por Martín Cortés. La acción se desarrolla en la ca­pital de la Nueva España en el año antes indicado. Muñoz se propone conquistar a doña Celestina de Albornoz, esposa del no­ble don Baltasar de Sotelo, la cual tiene por confidente, y como si fuese su hija, a la joven Berta.

Gonzalo Núñez, hombre de confianza de Muñoz, enamora a Berta por conveniencia de su amo, pero acaba por prendarse sinceramente de ella. Asal­ta el tirano la casa de Celestina, y al ver que le rechazan y que Sotelo llega, se re­tira, no sin dejar escondido a su criado Tristán con orden de dar muerte al ma­rido si ella pronunciara su nombre. Al en­trar Sotelo, alcanza a ver de espaldas al fugitivo, pero negándose Celestina a reve­lar quién es el que ha escapado, se ve ca­lificada de infiel y rechazada por su es­poso. Berta cita a Sotelo en un paraje apartado, le revela todo lo ocurrido y le comunica que Muñoz ha encerrado a su mujer en un aposento de su propio palacio.

Los nobles, cansados de las arbitrariedades del visitador, deciden darle muerte y ata­can al criado Tristán, al cual defienden ca­ballerosamente Sotelo y Núñez, al verlo solo. En una escena borrascosa entre Mu­ñoz y Celestina, ésta amenaza con poner fin a su vida. Al irse el tirano, llega Sotelo y a poco Tristán, que, agradecido, lo hace salir con su esposa por una puerta secreta. Berta no quiere huir y muere a manos de Muñoz y de los suyos. Núñez ansia vengarse. Reúnense los conjurados y cuando Celestina confía en el triunfo de su amado, Muñoz — otra vez repudia­do— hace su entrada y ordena que traigan el cadáver de Sotelo, sobre el cual se des­ploma muerta Celestina. Termina el drama con los acentos de desesperación de Muñoz. A. Millares Carlo

El drama está escrito con una intuición muy clara de los recursos dramáticos, con un sentido de lo que es la acción, en ver­sos fluidos y sonoros, como corresponde a la técnica de la época, con un lirismo apa­sionado que llegó fácilmente a conmover al espectador. (Jiménez Rueda)

Muñeca, Boleslaw Prus

[Lalka]. Novela polaca de Boleslaw Prus (Aleksander Glowacki, 1847- 1912), publicada en 1890. Desde aquel ob­servatorio de la vida social que es el pe­riodismo, durante el período de trabajo orgánico que en Polonia siguió al fracaso de la rebelión de 1863, Prus tuvo manera de estudiar a fondo las diferentes clases de la sociedad polaca, de agitar ideas, diagnosti­car males y sugerir remedios, tanto que pudo darnos en la novela Muñeca un cua­dro completo de la vida de Varsovia en 1880.

Hecho extraño éste, en la historia de la literatura polaca, que generalmente es­cogió sus temas y su ambiente en la vida del campo, entre nobles y campesinos. La acción compleja y variada de Muñeca en el entrelazarse de ambientes diversos, tiene dos principales protagonistas: la ciudad de Varsovia y Estanislao Wokulski, un rico comerciante. Hombre casi de dos épocas, romántico y moderno, espíritu eminente­mente práctico y al mismo tiempo idealis­ta, clarividente e ingenuo, Wokulski re­fleja probablemente muchas de las cuali­dades y de las tendencias del mismo autor. Él gasta en vano reservas extraordinarias de energía e inteligencia sin poder romper la muralla de costumbres mentales y de prejuicios que separa la burguesía de la aristocracia.

Nudo central de la acción son los múltiples intentos de Wokulski para conquistar el amor de la condesa Isabel Lencka, a quien ama desesperadamente, a pesar de la estrechez de ideas y la medio­cridad de conciencia de la joven aristó­crata. Consigue atraer su atención, pero no despertar en la «muñeca» un verdadero sen­timiento. Alrededor de los protagonistas la novela recoge otros numerosos personajes y enfrenta diferentes problemas: las relaciones entre aristocracia y burguesía; las rivalidades y contrastes entre los distintos elementos étnicos: polacos católicos y judíos.

La originalidad del pensamiento, el fino humorismo, una gran riqueza de obser­vaciones exactas y agudas hacen de Muñeca la mejor novela polaca de costumbres del siglo XIX, verdadera epopeya de la vida de una capital.

C. A. Garosci

Mundo Moral, Gasparo Gozzi

[Il mondo morale: Conversazioni della Congrega dei pellegrini]. Obra de Gasparo Gozzi (1713-1786), publicada primero por entregas en la «Gazzetta Veneta» (v.) e, inmediatamente des­pués, en 3 volúmenes por Colombani (Ve- necia, 1760).

El autor, en su intento mora­lizados recurre a, un «cuadro» análogo al del Decamerón (v.) y los Cuentos de Can­terbury (v.), imaginando que unos peregri­nos se reúnen para discurrir acerca de va­rios temas bajo la guía de una docta pe­regrina, que entra en escena presentando el primer capítulo de una novela alegórica propia, cuyos personajes son personifica­ciones de virtudes y vicios.

La Inocencia fue la primera en reinar en el corazón, parte noble del hombre. Las Pasiones intentaron echarla de allí. El Fraude inten­tó la empresa estimulando la curiosidad, engañando a Céfalos, la cabeza humana, etc.; y así durante once capítulos más. En el primer volumen nos son presentados los diversos caracteres de los vicios y de las virtudes, y las tendencias de las pasiones por las cuales es tiranizado el corazón. La novela, fastidiosa, está de vez en cuando interrumpida por alguna refle­xión o razonamiento por parte de los pe­regrinos, que unas veces aplauden y otras comentan la narración.

El discurso de un peregrino expone «el plan de una retórica para guiar a un jovencito a la elocuencia por medio de las pasiones», al paso que las versiones de los diálogos de Luciano, Prometeo (v.) y el Sueño (v.), obras hábi­les y agudas, rompen aquel tedio abruma­dor. La primera parte se cierra con un ín­dice de «explicación de nombres griegos que se hallan en la novela alegórica»: me­lancólico documento de la buena intención del autor de hacer a los hombres «si no bue­nos del todo, por lo menos mejores» y sin otro sistema que el que le dicta su «propia feraz fantasía».

En las otras dos partes, la novela alegórica se enriquece sólo con otras tres entregas; la parte más extensa está ocupada por un sermón en verso, imitación de la sátira de Horacio, publicado en 1763, junto con otros (v. Sermones poéticos), con varios razonamientos de peregrinos, en­tre ellos uno contra un ignorante compra­dor de muchos libros, y por la versión de otros seis diálogos de Luciano y de la Muerte de Adán (v.) de Klopstock. De esta última el traductor pone en evidencia, en­tre otras cosas, la sencillez de su estilo, con el uso de vocablos que revisten la pasión de nobleza y grandeza.

Entre las nume­rosas obras de Gozzi ésta es la más des­igual, pues acumula bien logradas traducciones con la interminable «monótona e insulsa» novela alegórica. Y a pesar de unir el propósito de Addison y Steele en el «Spectator» (v.) con el de Baretti en su posterior «Frusta Letteraria» (v.), no tuvo el éxito ni del uno ni del otro. Se la con­sidera, sobre todo, como preparación del «Osservatore» (v. ).

G. Pioli

El Mundo y Engaño, Anónimo

[Le Monde et Abits]. Se puede dar este título, tomado de los dos primeros personajes, a una larga «sottie» o pasquinada escénica muy popular en Francia en los siglos XV y XVI, cuya primera edición llevaba este título (París, 1508?): Sotise a huit personnaiges, c’est a savoir le Monde, Abuz, Sot Dissolu, Sot Glorieux, Sot Corrompu, Sot Trompeur, Sot Ignorant et Sotte folie (edición moderna en el Recueil general des sotties, París, 1904).

Fue estrenada probablemente en Toulouse en 1507 ó 1508. Contra las infundadas atribuciones a Pierre Gringore o Jehan Bouchet, debe ser considerado como autor de la obra el poeta y escritor francés André de la Vigne (nacido hacia 1468 y muer­to antes del 1527), cuyo estilo extraño, plagado de extravagancias de forma y de innumerables acrobatismos de palabras, pue­de reconocerse fácilmente en el texto. La obra, bajo un genérico tono gnómico que lo acerca un poco a la categoría teatral llamada de las «moralidades», tiene rasgos de audacísima polémica política; especial­mente la poderosa familia de los Amboise es el blanco de una serie de flechas envene­nadas.

El Mundo, ya viejo, se deja persua­dir por Engaño, para que se tome un poco de reposo y se duerma: se presentan los seis «sots» citados en el título; los cuatro primeros representan la Iglesia, la Fuerza pública, la Magistratura, el Gremio de los comerciantes; los dos últimos, es decir, Sot Ignorant y Sotte Folie, el pueblo; se pro­ponen construir un mundo nuevo, cuya base es, dado el desacuerdo de la compañía, la confusión, y en el cual las virtudes que deberían ser propias de las clases simbo­lizadas en la escena, son sustituidas por los vicios contrarios: la Devoción por la Hipocresía, la Obediencia por la Apostasía, la Oración por la Lubricidad, y así suce­sivamente; compuesto ya este mundo nue­vo, nuestros personajes se disponen a vivir a su gusto; pero los varones, enamorados todos de Sotte Folie, llegan a las manos, y en medio de la barahúnda, la obra, ape­nas comenzada, se malogra.

S. Pellegrini

El Mundo y el Individuo, Josiah Royce

[The World and the Individual]. Obra del filó­sofo norteamericano Josiah Royce (1855- 1916), publicada en Nueva York y en Lon­dres en 1900-1901. Afirma Royce que tres diversas concepciones de la religión natural están representadas en la historia del pen­samiento: la primera considera la religión como investigación del «camino que con­duce a Dios mediante la naturaleza», la segunda como un estado de conciencia cu­ya justificación está en «el lugar que ocu­pa entre las manifestaciones interiores de la naturaleza humana», la tercera implica los problemas metafísicos fundamentales y se apoya en la definición de Dios, del mun­do, del individuo finito y de las relaciones entre ellos.

La filosofía de la religión, se­gún esta última concepción, es una teoría del Ser. Las doctrinas objetivistas, que con­sideran la realidad (mundo y Dios) como independiente del pensamiento, nos ofrecen una interpretación del mundo como plura­lidad de seres existentes en sí (realismo), o una concepción de Dios como unidad del Ser, principio causal final de todas las exis­tencias particulares (misticismo y panteís­mo). Pero el racionalismo crítico ha de­mostrado la insostenibilidad de la metafí­sica ontológica: el objeto no es más que contenido de pensamiento, su ser e «idea». Por esto ha intentado sustituirlo por una teoría del valor, en virtud de la cual el ser es lo verdadero, lo que justifica las ideas y nos hace aptos para definir las ex­periencias determinadas, válidas o posibles.

Pero de este modo, poniendo en evidencia la universalidad del valor, ha descuidado el contenido más concreto, la forma definiti­vamente determinada de las ideas. Es me­nester llegar a una cuarta concepción del ser que implique la relación entre univer­salidad y determinación, entre subjetividad y objetividad, es decir, entre significado in­terior y exterior de las ideas. Puede ser definido de este modo: «Lo que existe y es real es, como tal, la completa incorpo­ración, en forma individual y satisfactoria­mente definitiva del significado interior de las ideas finitas». La idea, pues, no vive fuera de lo concreto, se incorpora en él, constituye su último significado, la tensión interior que conduce a lo concreto a rea­lizar significados cada vez más ricos. El individuo es una conciencia finita, una vo­luntad parcial, en que el contenido ideal no se ha desarrollado del todo; lo absoluto es su meta ideal, la completa explicación del significado unitario y supremo .de la Idea absoluta que se halla incorporada en toda cosa y en todo individuo.

Pero, de es­te modo, todo individuo es expresión de la conciencia, de la voluntad, del ser de Dios, en cuya unidad participa. La unidad del mundo se actúa, por lo tanto, desde el punto de vista final, como acto divino y divino conocimiento. La conciencia indivi­dual halla frente a sí, como un dato, lo real exterior; pero ella, en el acto de conoci­miento y de voluntad, realiza libremente su finalidad y la del mundo, y, por lo tan­to, determina poco a poco la unidad de lo absoluto. El ser del individuo es cosa más profunda que su mero poder de agente fí­sico: es una expresión del entendimiento divino. En este ser está la libertad, y pre­cisamente por causa de la total vida divina, el individuo es voluntad libre, realidad consciente y única en su esencia.

La unidad de la vida divina implica en todo ser finito la originalidad esencial de la cual es consciente el individuo. El mundo de Dios es, pues, el mundo del hombre libre. En esta obra, Royce desarrolla la concepción del yo único, esencialmente suprapersonal, que in­tegra las fragmentarias conciencias huma­nas, ya indicada en la Filosofía de la leal­tad (v.): en esta concepción de Dios co­mo espíritu del mundo, el autor percibe la organización de las conciencias finitas en la unidad absoluta, como los pensamien­tos en la unidad de la mente.

E. Codignola