Bosone de Gubbio

Nació en Gubbio durante la segunda mitad del s. XIII, y vivía aún en 1349. De familia gibelina, hubo de se­guir las alternativas del bando al cual per­tenecía.

Tras varios destierros, fue podestá de Arezzo, Viterbo, Lucca y Todi. Capitán del pueblo de Pisa en 1327, era vicario de Ludovico el Bávaro en esta ciudad cuando, en 1328, cayó prisionero. Luego debió de mostrarse partidario de los güelfos, por cuanto en 1337 era senador de Roma bajo Benedicto XII. A él está dirigida, según muchos estudiosos, la canción de Petrarca Spirto gentil.

También se le atribuye, aun­que no con demasiada seguridad, el poema El aventurero siciliano (v.), y con certeza dos capítulos en tercetos, uno de ellos sobre la Divina Comedia, algunos sonetos y unas cuantas rimas.

C. Falconi

Jacques-Bénigne Bossuet

Nació en Dijon el 27 de septiembre de 1627 y murió en París el 12 de abril de 1704. Nada extraordinario destaca en su vida; sin embargo, no hay posiblemente otra existencia más «vincu­lada» a su propio tiempo.

Descendiente de una vieja familia de magistrados, llegado apenas — a los dieciséis años — a París maravilló a sus maestros del Colegio de Na­varra por su gravedad y su inteligencia. En 1652, ya sacerdote y doctor en teología, fue enviado a Metz, donde se reveló su ge­nio de predicador.

San Vicente de Paúl le atrajo a la capital, y allí predicó cinco cua­resmarios (1662-66, dos de ellos en la corte), cuatro ciclos de adviento y cinco oraciones fúnebres, entre ellas la de Ana de Austria (1667) y la de Enriqueta de Inglaterra (1669).

Tales éxitos fueron coronados con el título episcopal de Condom. En 1670, convertido ya en preceptor del Delfín, consagróse du­rante diez años a la educación de su ilus­tre discípulo, para el cual escribió diversos libros, sobre temas tanto morales como lite­rarios; entre ellos destacan en particular el célebre Discurso sobre la historia uni­versal (v.),

Política sacada de la Sagrada Escritura (v.) y Tratado del conocimiento de Dios y de uno mismo (v.). La gran auto­ridad de Bossuet permitióle incluso dirigir al mismo rey dos severas cartas acerca de su conducta.

Obispo de Meaux en 1681, su prestigio no cesó de aumentar. Tan vigoroso era su temperamento y tan ardiente su pro­pio afán de apologeta que le resultó impo­sible permanecer al margen de las discusio­nes contemporáneas, por cuanto no sabía soportar el silencio de la renuncia. Y así, cuando tratóse de luchar contra los protes­tantes aparecieron Exposición de la doctrina católica (1671), Historia de las variaciones de las Iglesias protestantes (v.) y Sobre la unidad de la Iglesia (v.); al presentarse la oportunidad de preservar la fe de las ten­taciones del quietismo insinuado por Fénelon, publicó las Instrucciones sobre los esta­dos de oración (v.) y Relación sobre el quie­tismo (v.); y cuando convino combatir (por lo menos en opinión de Bossuet) el teatro como corruptor de las costumbres y las concien­cias, surgieron las Máximas y reflexiones acerca de la comedia (1694, v.).

Para aquel hombre de Dios cada libro equivalía a una acción o un golpe librados en un combate. De todas maneras, y aunque interviniendo en tantas polémicas, no podía descuidar su alma; y así, al elaborar en la soledad su Elevación a Dios en todos los misterios de la religión cristiana (v.) y buscar en las geniales intuiciones del Discurso sobre la historia universal las huellas divinas en el curso de los acontecimientos humanos, anda siempre en pos de una experiencia mística.

Este orador infatigable, especialista en las Oraciones -fúnebres (v.) ampliamente ‘or­questadas y en los Sermones (v.) pronun­ciados ante la corte en pleno, es, sin em­bargo, el mismo hombre que sabe encon­trar desgarradores acentos de caridad para proclamar la dignidad eminente de los po­bres en el seno de la Iglesia y pronuncia también conmovedoras expresiones de fe y de esperanza para alabar a Louise de la Valliére, anteriormente reina de la hermo­sura y a cuyos últimos días ofreciera el Carmelo un postrer refugio.

Esto fue Bossuet y su obra: testimonio auténtico de un cristia­nismo con un valor superior a sus propias y solemnes apariencias, y genuino portavoz de Aquel que quiso ser «varón de dolores» (v. Meditaciones sobre el Evangelio). Cuan­do murió, el simple obispo de Meaux — re­vestido hacía ya veintitrés años con esta dignidad a la que nunca quiso renunciar — aparecía como el verdadero jefe del clero francés, abiertamente empeñado en las lu­chas por la libertad de la iglesia de Fran­cia.

La posteridad ha admirado en él sobre todo al pensador de intuición profunda­mente evangélica y su vida hecha de una sencilla y pura unidad cristiana.

H. D. Rops

Carles Bosch de la Trinxeria

Es­critor catalán. Nació en Prats de Molió (Vallespir) en 1831, murió en La Junquera en 1897. Cursó sus estudios en Tolosa del Languedoc y dedicóse después a la agricultura y a las ciencias naturales.

En los últimos años de su vida, retirado en su casa «pairal» de los Pirineos, aficionóse a las letras catalanas, entonces en pleno renacimiento. Es autor de las novelas El mayorazgo Noradell (1889, v.), Lluites de la vida, Montalba, L’hereu de Subirá, etc.

Compuso, además, varias obras entre folklóricas y descriptivas, como Pía i muntanya, De ma collita, Aplec d’estudis, viatges, llegendes i excursions, etc. Su prosa es directa y viva y aparece esmal­tada de locuciones y giros campesinos.

Marco Boschini

Nació en 1613 en Vene- cia, donde murió probablemente en 1678. Fue discípulo de Palma el Joven, y conoció toda la generación de los pintores que trabaja­ban en su ciudad natal a mediados del si­glo XVII.

Mantuvo correspondencia con otros escritores de arte, con quienes sentía­se vinculado por el deseo común de revali­dar las escuelas pictóricas de sus respecti­vos países. Como los grabados, sus obras de pintura, perdidas en su totalidad, debieron de ser mediocres.

La verdadera importan­cia de B. reside en su labor crítica y litera­ria, concretada en La Carta del pictórico navegar (v.), Los veneros de la pintura (v.) e I Gioielli della virtuosa cittá de Vicenza (1676).

La primera de estas obras, escrita en dialecto veneciano, refleja fielmente la vida y las ideas del autor, buen conocedor de los tesoros artísticos de su ciudad y afi­cionado a mostrarlos a cuantos amaban el arte. Tampoco ignoró la literatura, que pa­rece haber estudiado en Padua.

A. Pallucchini

Antonio Bosio

Nació en Malta en 1575 y murió en Roma el 6 de septiembre de 1629. Hizo sus estudios en Roma, donde obtuvo la licen­ciatura «in utroque» cuando apenas tenía diecinueve años.

Viviendo en casa de su tío Giacomo, hombre de gran piedad y doc­trina, pronto se encontró en la órbita del Cenáculo Filipense, donde conoció al car­denal Baronio y trabó estrecha amistad con Ugonio y con otros estudiosos que, como De Winghe y L’Heureux, frecuentaban el Oratorio.

La sagrada llama de la investiga­ción que animaba a estos jóvenes se comu­nicó también de un modo rápido al adoles­cente Bosio, quien pretendió dedicarse por com­pleto a la investigación y al estudio de los cementerios antiguos.

Inició su primer des­cubrimiento, junto con Ugonio, explorando la vasta Catacumba de Domitila en la Vía Ardeatina, que él creyó que formaba parte del cementerio de Calixto. Esta primera visita suya tuvo algo de aventura, porque, llevado por la curiosidad de descubrir no­vedades, se adentró tanto en aquellos «in­trincados laberintos» que, habiéndole llega­do a faltar la luz, creyó — como él mismo escribió — «que iba a morir allí» y temió «manchar», con su cadáver, «aquellos sa­cros monumentos».

Después de esta primera visita, consagró de un modo incansable treinta y seis años de su vida al estudio y a la exploración sistemática de las Catacum­bas, en las que pasó muchas veces días — ya veces noches — enteras.

Resultado de esta actividad suya fue el hallazgo de cerca de treinta cementerios suburbanos, algunos de los cuales son muy vastos, por lo que merece justificadamente el título que De Rossi le dio de «Cristóbal Colón de la Roma subterránea».

Fue sorprendido por la muerte cuando se hallaba redactando la descripción de todos los hipogeos entonces conocidos bajo el suelo de la campiña ro­mana. Su obra apareció unos años más tar­de con el título, que se ha hecho clásico, de Roma subterránea (v.).

G. Bovini