Jacques-Bénigne Bossuet

Nació en Dijon el 27 de septiembre de 1627 y murió en París el 12 de abril de 1704. Nada extraordinario destaca en su vida; sin embargo, no hay posiblemente otra existencia más «vincu­lada» a su propio tiempo.

Descendiente de una vieja familia de magistrados, llegado apenas — a los dieciséis años — a París maravilló a sus maestros del Colegio de Na­varra por su gravedad y su inteligencia. En 1652, ya sacerdote y doctor en teología, fue enviado a Metz, donde se reveló su ge­nio de predicador.

San Vicente de Paúl le atrajo a la capital, y allí predicó cinco cua­resmarios (1662-66, dos de ellos en la corte), cuatro ciclos de adviento y cinco oraciones fúnebres, entre ellas la de Ana de Austria (1667) y la de Enriqueta de Inglaterra (1669).

Tales éxitos fueron coronados con el título episcopal de Condom. En 1670, convertido ya en preceptor del Delfín, consagróse du­rante diez años a la educación de su ilus­tre discípulo, para el cual escribió diversos libros, sobre temas tanto morales como lite­rarios; entre ellos destacan en particular el célebre Discurso sobre la historia uni­versal (v.),

Política sacada de la Sagrada Escritura (v.) y Tratado del conocimiento de Dios y de uno mismo (v.). La gran auto­ridad de Bossuet permitióle incluso dirigir al mismo rey dos severas cartas acerca de su conducta.

Obispo de Meaux en 1681, su prestigio no cesó de aumentar. Tan vigoroso era su temperamento y tan ardiente su pro­pio afán de apologeta que le resultó impo­sible permanecer al margen de las discusio­nes contemporáneas, por cuanto no sabía soportar el silencio de la renuncia. Y así, cuando tratóse de luchar contra los protes­tantes aparecieron Exposición de la doctrina católica (1671), Historia de las variaciones de las Iglesias protestantes (v.) y Sobre la unidad de la Iglesia (v.); al presentarse la oportunidad de preservar la fe de las ten­taciones del quietismo insinuado por Fénelon, publicó las Instrucciones sobre los esta­dos de oración (v.) y Relación sobre el quie­tismo (v.); y cuando convino combatir (por lo menos en opinión de Bossuet) el teatro como corruptor de las costumbres y las concien­cias, surgieron las Máximas y reflexiones acerca de la comedia (1694, v.).

Para aquel hombre de Dios cada libro equivalía a una acción o un golpe librados en un combate. De todas maneras, y aunque interviniendo en tantas polémicas, no podía descuidar su alma; y así, al elaborar en la soledad su Elevación a Dios en todos los misterios de la religión cristiana (v.) y buscar en las geniales intuiciones del Discurso sobre la historia universal las huellas divinas en el curso de los acontecimientos humanos, anda siempre en pos de una experiencia mística.

Este orador infatigable, especialista en las Oraciones -fúnebres (v.) ampliamente ‘or­questadas y en los Sermones (v.) pronun­ciados ante la corte en pleno, es, sin em­bargo, el mismo hombre que sabe encon­trar desgarradores acentos de caridad para proclamar la dignidad eminente de los po­bres en el seno de la Iglesia y pronuncia también conmovedoras expresiones de fe y de esperanza para alabar a Louise de la Valliére, anteriormente reina de la hermo­sura y a cuyos últimos días ofreciera el Carmelo un postrer refugio.

Esto fue Bossuet y su obra: testimonio auténtico de un cristia­nismo con un valor superior a sus propias y solemnes apariencias, y genuino portavoz de Aquel que quiso ser «varón de dolores» (v. Meditaciones sobre el Evangelio). Cuan­do murió, el simple obispo de Meaux — re­vestido hacía ya veintitrés años con esta dignidad a la que nunca quiso renunciar — aparecía como el verdadero jefe del clero francés, abiertamente empeñado en las lu­chas por la libertad de la iglesia de Fran­cia.

La posteridad ha admirado en él sobre todo al pensador de intuición profunda­mente evangélica y su vida hecha de una sencilla y pura unidad cristiana.

H. D. Rops