Nació en Malta en 1575 y murió en Roma el 6 de septiembre de 1629. Hizo sus estudios en Roma, donde obtuvo la licenciatura «in utroque» cuando apenas tenía diecinueve años.
Viviendo en casa de su tío Giacomo, hombre de gran piedad y doctrina, pronto se encontró en la órbita del Cenáculo Filipense, donde conoció al cardenal Baronio y trabó estrecha amistad con Ugonio y con otros estudiosos que, como De Winghe y L’Heureux, frecuentaban el Oratorio.
La sagrada llama de la investigación que animaba a estos jóvenes se comunicó también de un modo rápido al adolescente Bosio, quien pretendió dedicarse por completo a la investigación y al estudio de los cementerios antiguos.
Inició su primer descubrimiento, junto con Ugonio, explorando la vasta Catacumba de Domitila en la Vía Ardeatina, que él creyó que formaba parte del cementerio de Calixto. Esta primera visita suya tuvo algo de aventura, porque, llevado por la curiosidad de descubrir novedades, se adentró tanto en aquellos «intrincados laberintos» que, habiéndole llegado a faltar la luz, creyó — como él mismo escribió — «que iba a morir allí» y temió «manchar», con su cadáver, «aquellos sacros monumentos».
Después de esta primera visita, consagró de un modo incansable treinta y seis años de su vida al estudio y a la exploración sistemática de las Catacumbas, en las que pasó muchas veces días — ya veces noches — enteras.
Resultado de esta actividad suya fue el hallazgo de cerca de treinta cementerios suburbanos, algunos de los cuales son muy vastos, por lo que merece justificadamente el título que De Rossi le dio de «Cristóbal Colón de la Roma subterránea».
Fue sorprendido por la muerte cuando se hallaba redactando la descripción de todos los hipogeos entonces conocidos bajo el suelo de la campiña romana. Su obra apareció unos años más tarde con el título, que se ha hecho clásico, de Roma subterránea (v.).
G. Bovini

