Al-Mucrib can BacD Ayā Ib Al-Magrib, Abu Hāmid Muhammad al-Garnātī

[Colección de extrañas noticias acer­ca de algunas de las maravillas del Occi­dente]. Obra del viajero arabigoespañol Abu Hāmid Muhammad al-Garnātī (1080- 1169), del que puede decirse que pasó toda su vida viajando, desde que en 1117 partió de Granada: recorrió Egipto, el Pró­ximo Oriente, el sur de Rusia, Hungría, y luego, más al Este, estuvo en Irán, Jwarizm y Arabia, residiendo algún tiempo en El Cairo, Bagdad, Hungría, Bagdad de nue­vo, Mosul y Damasco.

En Bagdad, en 1160, y para el visir Awn al-dīn, compuso esta obra, de contenido parecido al de su Tuhfat al-albáb wa-nujbat al-acŷāb (v.), escrita dos años más tarde. Después del prólogo y de la dedicatoria, trata sucesivamente de las maravillas de al-Andalus; de las horas de oración (aportando datos sobre la medición de las horas solares, de la du­ración de los días, de las divisiones de años y meses según diversos cómputos); de las maravillas de algunas ciudades de Es­paña y del norte de África (desde Ceuta al Cairo); notas sobre astronomía, sobre todo acerca del problema de la orientación de las mezquitas (qibla); de los climas y montes, acabando con una relación del viaje a tierras eurasiáticas.

Escrita con es­tilo llano y sencillo, a las veces incluso popular, viene a ser una especie de geo­grafía legendaria, dedicada especialmente, pero no exclusivamente, al Occidente. La narración es animada y pintoresca; está cuajada de datos geográficos (de geografía física, comercial y política) e históricos (ciudades, naciones, etc.), incluyendo da­tos sobre precios de los productos en di­versos países, sobre comunicaciones, etc. La parte correspondiente al viaje a tierras eurasiáticas ha sido editada, traducida y ampliamente comentada por César E. Dubler (Madrid, 1953).

D. Romano

Murasaki Shikibu Nikki, Murasaki Shikibu

[El diario de Murasaki Shikibu]. Obra de la literatura japonesa clásica. Es el diario de la famosa autora del Genji Monogatari (v.), limitado empero a los años 1007-1010. Dama de ho­nor de Fujiwara Akiko, segunda esposa («chügu») del emperador Ichijō (987-1011), la escritora traza un cuadro de la vida en la corte de la época, describiendo los acontecimientos que acompañaron el naci­miento de los dos futuros emperadores: Go Ichijō, que nació en 1008 y reinó de 1017 a 1036, y Go Suzaku, que nació en 1009 y reinó de 1037 a 1045, ambos hijos de Fu­jiwara Akiko. Aunque estilísticamente in­ferior al Genji Monogatari, este diario está considerado como uno de los mejores pro­ductos de la prosa clásica japonesa. Trad. inglesa de Annie Shepley Omori y de Kōchi Dōi con el título Diaries of Court Ladies of Japan (Londres, 1936).

M. Muccioli

Muqāddima, Ibn Jaldūn

Es el nombre árabe (li­teralmente «prefacio, introducción») con que se designa por antonomasia la primera parte, más famosa y de mayor importancia doctrinal, del Kitāb al-cibar [Libro de los ejemplos históricos] de Ibn Jaldūn, emi­nente historiador y jurista musulmán, na­cido en Túnez en 1332 y muerto en El Cai­ro en 1406.

El término comprensivo de Muqāddima suele extenderse de la intro­ducción propiamente dicha, en que Ibn Jaldūn diserta sobre el valor de la historia y los errores metódicos de los historiadores, al primero de los tres libros en que se divide la obra, dedicado a la civilización humana. Apresurémonos a decir que la construcción de Ibn Jaldūn, a despecho de sus pretensiones de universalidad, se basa de hecho sobre las particulares condiciones históricas, geográficas y sociales del am­biente en que vivió, es decir, el África septentrional musulmana del siglo XIV; a ella, a su presente y pasado, aplica sus teo­rías, y del examen de su historia extrae y formula sus leyes; teorías y leyes que conservan por analogía su valor dondequie­ra que se presente el fenómeno sobre el cual se basa la sociología jalduniana, es decir, el conflicto entre el elemento bedui­no y el sedentario y el devenir de la civi­lización en el tránsito de uno a otro.

Den­tro de tales límites, la agudeza y certera visión del historiador tunecino constituyen un fenómeno quizás único en la historia del pensamiento árabe-musulmán, y la co­herencia y concreción históricas de su vi­sión no tienen pareja en la literatura ára­be ni en ninguna otra contemporánea del mismo Occidente. Las creadoras de la his­toria son las fuerzas vírgenes de los nó­madas, donde la misma energía del «espí­ritu de cuerpo o de tribu» («asabiyya») que las impulsa en su estado elemental a consumirse en luchas anárquicas, una vez sublimadas y ampliadas, actúa como valor decisivo para la creación de hegemonías cada vez más amplias, que desembocan en capacidad de imperio.

Pero imperio signi­fica civilización y sedentarismo, y he aquí que de la misma plenitud del éxito nacen los gérmenes de decadencia y muerte que conducirán a una hegemonía madura a deshacerse por proceso interno y a some­terse al choque de nuevas fuerzas. Esta línea de desarrollo nos explica tanto la historia entera del imperio árabe, desde los desiertos de la península hasta el do­minio del Asia Anterior y del África del Norte, como, en la misma África, las vici­situdes del conflicto entre árabes invaso­res y bereberes indígenas, y el surgir y decaer de grandes imperios africanos arabe- bereberes, fatimíes, almorávides y almo­hades.

A la luz de este pensamiento fun­damental, Ibn Jaldūn examina todo el pa­sado de su tierra y de la civilización musulmana, analiza los problemas más discu­tidos y traza un cuadro general de las dis­tintas ciencias y artes, de las instituciones políticas, de los movimientos intelectuales, artísticos y religiosos islámicos, que poseen una importancia fundamental, sobre todo para el Islam marroquí. Los libros segundo y tercero de la obra de Ibn Jaldūn, que siguen a los prolegómenos y están dedi­cados respectivamente a la historia siste­mática de los árabes y de los bereberes, decepcionaron en cierto modo a los estu­diosos en cuanto no aparecen aplicadas, co­mo era de esperar, las ideas audaces y bri­llantes del primer libro y ofrecen más que nada una crónica que sigue la falsilla de la historiografía arabigoislámica corrien­te.

Pese a ello, el libro tercero contiene materiales preciosos para la historia me­dieval del África del Norte. Imperfecta­mente publicada y traducida (al francés por M. Guckin De Slane, París, 1862-68, Notices et extraits des manuscrits,_ XIX- XXI), los Muqāddima de Ibn Jaldūn es­peran todavía un estudio exhaustivo que no se limite a inexactas y unilaterales ge­neralizaciones sociológicas, sino que ponga a plena luz su concreta importancia his­tórica.

F. Gabrieli

Ibn Jaldūn sugiere y plantea casi todos los problemas que más tarde, entendidos de modo muy distinto, han venido a cons­tituir la preocupación principal de los historiadores modernos. (Altamira)

Muqtabis, Abū Marwān ibn Hayyān

Obra del historiador arábigo- español Abū Marwān ibn Hayyān (987- 1075), cuyo título completo es Kitāb al- muqtabis fī ta’rīj al-Andalus [Libro del que desea conocer la historia de al-Anda­lus]. Se trata de una obra de juventud que constaba de diez volúmenes, de los que has­ta hace poco tiempo sólo conocíamos dos fragmentos, a los cuales recientemente ha venido a añadirse otro más.

Constituye una historia del Islam español que abarca des­de la invasión de la Península por los mu­sulmanes al mando de Tāriq hasta la época del autor. En realidad, más que una obra original, resulta ser un centón o edición de crónicas anteriores. El fragmento cronoló­gicamente más antiguo es el que ha sido recientemente identificado por E. Lévi- Provençal: se refiere a los emiratos de al- Hakam I (796-821) y cAbd al-Rahmān II (821-852). Aunque el fragmento yace aún inédito, algunos pasajes ya han sido utili­zados por los historiadores — una parte de ellos ha sido editada y traducida (texto árabe por E. Lévi-Provençal y traducción castellana por E. García Gómez, en la re­vista «Al-Andalus», XIX (1954), págs. 296- 315) —.

A éste le sigue lo que se consi­dera que constituía el tomo III — que fue editado por el padre Melchor Antuña (Pa­rís, 1937) —, o sea, la parte correspondiente al gobierno del emir cAbd Allāh (888-912). El Muqtabis da a conocer los hechos de ese reinado y los expone por riguroso or­den cronológico, señalando la importancia histórica que tuvo la actuación de dicho emir (sobre todo en dos aspectos: sofocar el nacionalismo indígena y someter la aris­tocracia musulmana), con lo cual hizo po­sible la grandeza del Califato cordobés. Ibn Hayyān no se limita a indicarnos los sucesos políticos y militares, sino que tam­bién nos proporciona datos acerca del am­biente cultural de esos años, no sólo de autores, sino de sus obras e incluso inter­calando poesías.

En cuanto al tercer frag­mento, que abarca los años 970-974, es decir, la época del reinado del califa al-Hakam II, en su casi totalidad es una refun­dición de la obra o de un amplio frag­mento de una obra que había escrito cĪsà ibn Ahmad al-Rāzī — actualmente, Emilio García Gómez prepara la edición de este tercer fragmento —. De otra obra, poste­rior, de Ibn Hayyān, el Kitāb al-matīn [Li­bro de lo sólido], que, al parecer, constaba de sesenta tomos, sólo han sobrevivido al­gunos pasajes recogidos por historiadores posteriores, por ejemplo, por Ibn Bassām (v. Dajīra) y por Ibn al-Jatīb (v. Ihāta). Traducción española del Muqtabis, en cur­so de publicación, por José E. Guráieb, en la revista «Cuadernos de Historia de Es­paña» (Buenos Aires), XV (1951) y si­guientes.

D. Romano

Munera Pulveris, John Ruskin

Ensayos de crítica sobre el concepto vulgar de riqueza dominante en la economía política, de John Ruskin (1819-1900), publicados en el «Fraser’s Magazine» de 1862-63 y recopilados en un volumen con variantes y añadiduras en 1872. Forman junto con Hasta el final (v.) y con Tiempo y estación (v.) la trilogía del evangelio ético del gran crítico de arte y reformador social: un triple ataque con­tra el concepto de la riqueza, que «adora el polvo como realidad» (de ahí el título: los «dones del polvo»).

Para Ruskin, la economía política, aunque sea un sistema científico, resulta en general imposible, ex­cepto en especiales condiciones de cultura moral. Las riquezas consisten en cosas «que tienen un valor en sí mismas», sin depen­der de la demanda o ser objeto de deseo, ni del hecho de que pertenezcan a quien no puede usarlas. La riqueza de una na­ción se mide por el atesoramiento de me­dios que conducen, no a la muerte, sino a la vida. De dos naciones con idénticos recursos, es más rica la que tiene una po­blación mayor, siempre, que el nivel moral de la misma sea más elevado. En cuanto al dinero, podría ser eliminado sin que por ello el mundo se volviese más pobre ni más rico. Como el dinero confiere el dere­cho de escoger, por eso el comercio es el medio, de conseguirlo. Es un proceso ne­cesario, con tal de que el comerciante re­ciba solamente su retribución y no una plusvalía dependiente del estado y condi­ciones del mercado; esto es para Ruskin tan injusto como la usura.

Considerando luego el sufragio político y su capacidad o incapacidad de formar un verdadero gobierno, y la esclavitud, su función y su peor forma — la venta del cuerpo y del alma —, Ruskin afirma que la desigualdad de la riqueza, en teoría, es justa, con tal que sea distribuida de modo que vaya al mérito y a quien pueda usarla («¿eran los lidios más ricos, como nación, porque su rey fuera Creso?»). La clave del pro­blema es una clara visión de la diferencia entre gastos egoístas y gastos altruistas; por lo que, por ejemplo, hacer un emprés­tito a la patria con alegría, sin intereses, como obra de paz, habría de parecer más razonable que dar la propia vida y arruinar a la propia familia en una guerra. Al em­plear la actividad de un hombre hay que procurar que produzca con seguridad y con alegría; concepto repetido con insistencia en las otras-dos obras que forman su trilo­gía economicosocial.

De las riquezas así producidas, la conciencia dirá lo que sea posible quedarnos para nosotros y lo que hay que dejar a los demás (como el mismo Ruskin hizo con su rico patrimonio pater­no). «Pero, entonces, ¿qué fruto sacaréis de vuestro trabajo? No mayor que el que recibís de quitar el polvo a vuestra habi­tación… en términos, no de dinero, sino de vida (que produce también dinero en abun­dancia); y más aún, de luz, cuyo valor no ha sido traducido todavía a moneda». No hay otra alternativa: o tomar al «polvo» por divinidad, los sueños por vida, o ate­sorar el sol de justicia, la genuina sustancia del bien. La economía política idealista de Ruskin es susceptible, en todos sus princi­pios, de ser tachada de utopía y sueño; pero se trata quizá de la utopía y el sueño a propósito de los cuales escribió Walt Whitman: «¿Es un sueño? No: su carencia es un sueño. / Y si se desvanece, la poesía y la riqueza de la vida se convierten en un sueño. ‘/ Y todo el mundo es un sueño».

G. Pioli

Dijo constantemente los absurdos más asombrosos a propósito del paisaje y de la historia natural, que era su deber com­prender. Dentro de ciertos límites, habló con el más frío sentido común de economía política, que no era de ningún modo su deber comprender.              (Chesterton)