Murmullo de Primavera, Christian Sinding

 [Frühlingsrauschen]. Composición para piano del compositor noruego Christian Sinding (1856- 1941), que en la música de salón «fin de siglo» alcanzó celebridad y vasta difusión. Pero, como ocurre casi siempre a estas obras musicales de fama demasiado fácil, la Primavera de Sinding ha pasado ya al repertorio de los aficionados: su fortuna, además de los méritos intrínsecos de la invención melódica, feliz por su conmovedora y apasionada elocuencia, es debida, sobre todo, a las posibilidades que la obra ofrece a un pianista de modestísima capacidad técnica. Como en sus demás obras, Sinding se complace en ésta en el gusto por las progresiones, las modulaciones rápidas y frecuentes y en aquellos procedimientos armónicos en los que parece reproducirse en miniatura el gran estilo wagneriano.

G. Graziosi

La Murtoleida, Gian Battista Marino

[La Murtoleide]. Co­lección de sonetos burlescos de Gian Battista Marino (1569-1625), publicada en 1619. Consta de 81 «fischiate» (sonetos burlescos) contra el rimador genovés Gaspare Murtola (m. 1624), que replicó con una Marineida (v.), compuesta de 32 «risate» (risotadas).

Fue inspirada por la célebre disputa que se originó en un juicio despreciativo de Marino acerca del poema de Murtola La creación del mundo, pero, sobre todo, por su voluntad de deshacerse de un rival in­cómodo en la corte del duque de Saboya, Carlos Manuel I. El espíritu sarcástico de Marino se explaya gustosamente a costa de aquel poetastro, aunque en estos sonetos se encuentran, tal vez con demasiada fre­cuencia, la acostumbrada fraseología y los lugares comunes propios de este género de poesía.

En La Murtoleida encontramos («fischiata» XXXIII) este terceto que hoy es famoso: «É del poeta il fin la meraviglia / (Parlo deireccellente e non del goffo): / Chi non sa far stupir vada alia striglia!» («Es el fin del poeta lo maravilloso / (Ha­blo del excelente y no del cerdo) / ¡a quien no sabe producir asombro más vale que lo aspen!»), con el cual Marino formuló el primer canon de su poética.

M. Fubini

Murmurios de la Selva, Joaquín Arcadio Pagaza

Título de la primera obra poética de Joaquín Arcadio Pagaza (1839-1918), llamado «Clearco Meonio» entre los árcades romanos. Gene­ralmente conocido como traductor de Vir­gilio y de Horacio, la obra original de este prelado poeta (representada por el libro cuyo título encabeza estas líneas y por María: fragmentos de un poema descriptivo de la tierra caliente, 1890, y Algunas trovas íntimas, 1893) se recomienda por la per­fección de su forma y la dulzura inefable de su contenido.

Pagaza es bucólico — el primer bucólico mexicano— no porque can­te la vida de los pastores, y menos de los artificiosos de la fingida Arcadia, sino por­que gusta de describir el campo, y toma pie en el sentimiento del paisaje natural para llegar por allí a la expresión de todo sentimiento. Lo mejor del contenido de Murmurios de la selva, y, en general, de la poesía original de Pagaza, está recogido por Gabriel Méndez Planearte en su libro Selva y mármoles (México 1940, Biblioteca del Estudiante Universitario): «Oda al ar­zobispo de México don Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, al emprender un viaje a Zamora»; «A un poeta»; «Elegía»; «Al volver al campo», etc.

A. Millares Carlo

Lo que en Pagaza me seduce y convence es su autenticidad ‘poética. He aquí un hombre que verdaderamente se extasía ante el crepúsculo, que espía la aurora, que co­noce individualmente los árboles, que no siente las horas cuando se embelesa ante el ruido del agua y el juego de las nubes; que absorbe con amor apasionado todas las voces, formas y motivos de la inexhaus­ta naturaleza(A. Junco)

Murciélago, Johann Strauss

[Die Fiedermaus]. Opereta en tres actos de Johann Strauss, hijo (1825-1899), representada por vez pri­mera en Viena, en el teatro «An Der Wien», el 6 de abril de 1874.

La acción transcurre en un balneario termal junto a Viena, don­de una joven esposa, muy sensible a la corte de un tenor, lo recibe en su casa en ausencia del marido, y como al marido lo busca la policía, en su lugar detienen al tenor. Aclarado el equívoco que, a su vez, da lugar a otros divertidos quid pro quos, el asunto termina, como no podía menos, de la mejor manera posible. El tí­tulo deriva del apodo de «Murciélago» que le dan al director de prisiones, por haberse disfrazado de esta guisa para asistir a un baile de máscaras.

El Murciélago es la ope­reta más típicamente vienesa y, en la his­toria de esta forma teatral, marca efecti­vamente una fecha, por llevar a escena por primera vez hombres actuales y coti­dianos, que viven la vida de su tiempo cantando alegremente vestidos a la moda del día, en lugar de personajes imagi­narios, ataviados de manera fantástica, ya fuesen históricos, ya mitológicos. El Mur­ciélago debe además su importancia al he­cho de haber iniciado la opereta-vals, ca­racterística de Johann Strauss, hijo, y de sus sucesores, los operetistas vieneses y ale­manes en general.

En efecto, en El Mur­ciélago, el vals está elevado al nivel de generador lírico de la opereta entera, y so­bre todo en el segundo acto (la fiesta en el jardín) anima la escena con la inago­table riqueza de sus melodías, de ritmo «danzante» y siempre fuertemente acen­tuado.

L. Colacicchi

Los Murciélagos. Claroscuros, Robert de Montesquiou- Fézensac

[Les Chauves-Souris. Clairs-obscurs]. Libro de poemas del francés Robert de Montesquiou- Fézensac (1855-1921), publicado en 1892. En una forma abstractamente evocadora propia del autor, refinado hombre de mundo, can­ta lo que más precioso le parece en la vida: el sentido del misterio, la voluptuosidad de los suaves olores la morbidez de los terciopelos o de un rostro.

La obra parece aspirar a un significado alegórico, acentua­do por los epígrafes y por las notas del au­tor, el del paso de la claridad a la penum­bra nocturna, en una evolución que es comprensión de una más profunda reali­dad. En continua exigencia de sensaciones delicadas y nuevas, canta el autor con su­premo refinamiento de decadente la mor­bidez de un mundo incomprendido que se halla entre la realidad y la irrealidad, en una zona fabulosa, abandonándose a un ar­tificio continuo de sutilezas y elegancias. Después del elogio de la noche y de los murciélagos, señores del misterio, un grupo de composiciones humaniza los motivos más singulares del artista, cantando, por ejem­plo, en Luis II de Baviera, romántico so­berano amante de las artes y de la belleza, al verdadero «murciélago de los murciéla­gos».

Una tercera parte expresa la voluptuo­sidad de hallarse solo en el universo, en muda contemplación de la noche y de su vida misteriosa. Más que pertenecer a la escuela simbolista, Montesquiou, tan refi­nado y excéntrico como para servir de modelo a Des Esseintes (v.) de Huysmans (v. Al revés) y al barón de Charlus (v.) de Proust (v. En busca del tiempo perdido), saca partido de las enseñanzas de los par­nasianos, como indica también una carta de elogio y admiración a Leconte de Lisie, que encabeza el volumen. Efectivamente, en varios grupos de poemas cincela finas des­cripciones de la vida lujosa y de las cos­tumbres del gran mundo, entre piedras pre­ciosas y perfumes y flores exóticas y raras: así en «Zaimf», en «Medias tintas» [«Demi teintes»], en «Exvoto» y en otras partes.

El mundo está transfigurado en resplando­res nacarados, en susurros nocturnos, en éxtasis inmaculados, en una propia e in­comunicable fijeza. La obra es típicamente representativa por su refinamiento llevado a las extremas consecuencias del «dandysmo» y por el preciosismo de un moderno árbitro de las elegancias.

C. Cordié