Título de la primera obra poética de Joaquín Arcadio Pagaza (1839-1918), llamado «Clearco Meonio» entre los árcades romanos. Generalmente conocido como traductor de Virgilio y de Horacio, la obra original de este prelado poeta (representada por el libro cuyo título encabeza estas líneas y por María: fragmentos de un poema descriptivo de la tierra caliente, 1890, y Algunas trovas íntimas, 1893) se recomienda por la perfección de su forma y la dulzura inefable de su contenido.
Pagaza es bucólico — el primer bucólico mexicano— no porque cante la vida de los pastores, y menos de los artificiosos de la fingida Arcadia, sino porque gusta de describir el campo, y toma pie en el sentimiento del paisaje natural para llegar por allí a la expresión de todo sentimiento. Lo mejor del contenido de Murmurios de la selva, y, en general, de la poesía original de Pagaza, está recogido por Gabriel Méndez Planearte en su libro Selva y mármoles (México 1940, Biblioteca del Estudiante Universitario): «Oda al arzobispo de México don Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, al emprender un viaje a Zamora»; «A un poeta»; «Elegía»; «Al volver al campo», etc.
A. Millares Carlo
Lo que en Pagaza me seduce y convence es su autenticidad ‘poética. He aquí un hombre que verdaderamente se extasía ante el crepúsculo, que espía la aurora, que conoce individualmente los árboles, que no siente las horas cuando se embelesa ante el ruido del agua y el juego de las nubes; que absorbe con amor apasionado todas las voces, formas y motivos de la inexhausta naturaleza… (A. Junco)

