Los Murciélagos. Claroscuros, Robert de Montesquiou- Fézensac

[Les Chauves-Souris. Clairs-obscurs]. Libro de poemas del francés Robert de Montesquiou- Fézensac (1855-1921), publicado en 1892. En una forma abstractamente evocadora propia del autor, refinado hombre de mundo, can­ta lo que más precioso le parece en la vida: el sentido del misterio, la voluptuosidad de los suaves olores la morbidez de los terciopelos o de un rostro.

La obra parece aspirar a un significado alegórico, acentua­do por los epígrafes y por las notas del au­tor, el del paso de la claridad a la penum­bra nocturna, en una evolución que es comprensión de una más profunda reali­dad. En continua exigencia de sensaciones delicadas y nuevas, canta el autor con su­premo refinamiento de decadente la mor­bidez de un mundo incomprendido que se halla entre la realidad y la irrealidad, en una zona fabulosa, abandonándose a un ar­tificio continuo de sutilezas y elegancias. Después del elogio de la noche y de los murciélagos, señores del misterio, un grupo de composiciones humaniza los motivos más singulares del artista, cantando, por ejem­plo, en Luis II de Baviera, romántico so­berano amante de las artes y de la belleza, al verdadero «murciélago de los murciéla­gos».

Una tercera parte expresa la voluptuo­sidad de hallarse solo en el universo, en muda contemplación de la noche y de su vida misteriosa. Más que pertenecer a la escuela simbolista, Montesquiou, tan refi­nado y excéntrico como para servir de modelo a Des Esseintes (v.) de Huysmans (v. Al revés) y al barón de Charlus (v.) de Proust (v. En busca del tiempo perdido), saca partido de las enseñanzas de los par­nasianos, como indica también una carta de elogio y admiración a Leconte de Lisie, que encabeza el volumen. Efectivamente, en varios grupos de poemas cincela finas des­cripciones de la vida lujosa y de las cos­tumbres del gran mundo, entre piedras pre­ciosas y perfumes y flores exóticas y raras: así en «Zaimf», en «Medias tintas» [«Demi teintes»], en «Exvoto» y en otras partes.

El mundo está transfigurado en resplando­res nacarados, en susurros nocturnos, en éxtasis inmaculados, en una propia e in­comunicable fijeza. La obra es típicamente representativa por su refinamiento llevado a las extremas consecuencias del «dandysmo» y por el preciosismo de un moderno árbitro de las elegancias.

C. Cordié