Musa Paidica, Estratón de Sardes

Lle­va este nombre una colección parcial de epigramas griegos de Estratón de Sardes (siglo II d. de C.), en la que figuran, ade­más del autor, también otros poetas que cultivaron este género; una considerable parte de la colección está incluida en el libro XII de 1a. Antología Palatina (v.). En ella se tratan situaciones del amor llamado «paidico» (de Traíc = muchacho), referidas a la realidad de la vida cotidiana y colo­readas (a menudo con tonos algo subidos) según las normas de la tradición poética y especialmente sofística, que se complacía en contraponer al amor natural aquellas aberraciones eróticas con las que la civi­lización clásica fue siempre indulgente. Sin embargo. los epigramas no carecen ni de gracia, ni de habilidad artística, y repre­sentan a menudo situaciones satíricas no desprovistas de valor poético.

I. Cazzaniga

Musaeum, Federico Borromeo

Obra de Federico Borromeo (1564-1631), publicada en Milán en 1625 con el título: Federici Cardinalis Borromaei archiepisc. Mediolani Musaeum. Otra edi­ción fue publicada en Roma en 1754, en el vol. VII de los Symbolae litterariae opuscula varia, y una tercera, aumentada con una traducción al italiano de Luigi Grasselli, fue dirigida en 1919 por Luca Beltrami con ocasión del III centenario de la Biblio­teca Ambrosiana.

Editado poco tiempo des­pués de la Pintura sacra (v.), el Musaeum quiere dar de nuevo al arte una finali­dad ética al servicio de la religión en lu­cha contra la herejía. Borromeo confiesa que no ha vacilado en hacer modificar las copias de unos originales de Rafael para transformar las divinidades paganas en san­tos y mártires cristianos, añadiendo adrede atributos sacados de otras obras, con cri­terios arbitrarios. Más que los valores for­males, destaca, pues, los valores pedagógicos, en busca de expresión, movimiento y orden.

Dedicado a reunir en la Ambrosiana un museo de obras destinadas sobre todo a servir de modelos para la Academia de dibujo, Federico considera su importancia desde el punto de vista de las enseñanzas que de ellas pueden sacar los artistas. Él cree que, para este fin, las copias son equivalentes a los originales, por lo que hay que tener en cuenta su valor documental. El valor didáctico de una obra de arte con­siste en las actitudes de las figuras, en la habilidad de la perspectiva y de la com­posición, en la ilusión naturalista. Le in­teresan al autor especialmente la invención y el contenido, en menoscabo de todas las demás categorías. Sin embargo, alaba la «diligencia», la habilidad y la variedad de Breughel; por el contrario, dice que a Paola Brill le perjudica la monotonía.

Su in­clinación a apreciar la precisión descriptiva no le impide, por otro lado, entender que el «acabado» no es esencial para la obra artística, es más, que el mismo «descuido» puede darle a veces cierto valor. Estos con­ceptos justifican su predilección por Luini. También el movimiento vale como ex­presión exterior de nobles sentimientos. En efecto, según Borromeo, el mérito principal de la «Cena» de Leonardo «está en la expresión y variedad de los sentimientos», en el hecho de haber interpretado los mo­vimientos del alma a través de los del cuerpo, en el estudio psicológico de las fi­sonomías. Ideas convencionales, perjudica­das además por unas premisas académico- moralistas que debían necesariamente impe­dir todo efectivo resultado crítico.

C. Baroni

Musa Callejera, Guillermo Prieto

Obra del escritor mexicano Guillermo Prieto (1818-1897), pu­blicada en 1883 con el pseudónimo «Fidel». Representa una fase muy característica en la producción de este autor, en la cual «desaparece el satírico y permanece el so­ñador», mezclado de cuando en cuando con el humorista.

El poeta en la Musa callejera se vuelve pintor de género. Su paleta está llena de colores. Y pinta, al aire libre, paisajes de la tierra, verbenas de barrio, gentes y costumbres populares: la «china» de castor lentejueleado; el «charro» de sombrero entoquillado de plata; la «gata» voluptuosa, el judío ladino, el audaz gue­rrillero. Cada uno dice su palabra, habla su jerga, se mueve en su fondo: la calle estrecha y pringosa, el puesto de fruta, la barbería de guitarra y gallo, la casa de vecindario alborotador, todo típico y re­gional, todo vivido y matizado con admi­rable riqueza, a grumos y manchas de seguro efecto.

Es la expresión, la manifes­tación de un pueblo idealizado por la ter­nura y la fantasía de un gran poeta. Gé­nero tan circunscrito como éste no sale del terruño, pero a veces muestra extensión de humanidad, universalidad de sentimien­tos y rompe el valladar nacional y tras­pasa las regiones fronteras. Guillermo Prie­to fue el Berenguer mexicano.

A. Millares Carlo

La Musa en la Taberna, Raoul Ponchon

[La Muse au cabaret]. En este libro, publicado en 1920, Raoul Ponchon (1848-1937) ha reunido lo mejor de su producción lírica. Son, en su mayoría, «chansons á boire»: género que se puede hacer remontar a la poesía lírica griega y a los antiguos poetas de Francia rebosantes de «esprit gaulois», sin excluir a Ronsard. Pero los verdaderos antecedentes de Ponchon hay que buscar­los en los pintorescos poetas libertinos del siglo XVII, de Régnier y Saint-Amant a La Fare; de ellos saca el autor el gusto por las imágenes subidas de tono, y la idea que la afición a la buena mesa y al buen vino, cuando llega heroicamente a ciertos extremos, es indicio de un alma enemiga de prejuicios y en jovial comunión con la naturaleza.

También se podrían recordar las célebres Canciones (v.) de Béranger. Pero hay que decir que Ponchon ha cono­cido a parnasianos y a simbolistas, ha pa­sado a través de una larga serie de experiencias literarias, y sabe unir a la trivia­lidad de muchos argumentos y a .su tono a sabiendas bonachón, un arte poético .re­finado. Con todo, muchas de sus poesías tienen una apariencia muy vulgar: comen­tarios a la crónica diaria, bromas mora­lizantes, jugueteos dignos de una revista humorística.

Pero en muchas otras aparece vivo y original; llega, especialmente, a crear un personaje que es la imagen de sí mismo: un robusto anciano de setenta años que pasa valerosamente por la vida, riendo, sin desconocer las cosas de este mundo, pero decidido a imponer en toda ocasión su buen humor, viendo en el al­cohol un compañero, traidor y peligroso a veces, pero alegre y lleno de recursos para quien sabe tratarlo. Mejores son las poesías líricas descriptivas, animadas por un pin­toresco realismo que recuerda los cuentos de Courteline («Cabaret du dimanche», «Un apótre», «L’inondation de 1910»), especial-mente en la primera parte del volumen. No faltan fantasías macabras («Un amateur d’alcool», y toda la serie «Five o’ clock Absinthe»); mientras la última parte («Pro­pos de Table») es mucho más variada y, por regla general, más débil.

De todos modos, son notables en esta última parte ciertos motivos satíricos que reflejan las conocidas polémicas romanticosimbolistas de los «ar­tistas» contra los «filisteos», y que se di­rigen la mayoría de las veces contra el fa­moso burguesismo del célebre crítico tea­tral Sarcey.

M. Bonfantini

La Musa del Departamento, Honoré de Balzac

[La muse du département]. Breve novela de Honoré de Balzac (1799-1850), publicada en 1843. En la pequeña ciudad de Sancerre, después de la Restauración, el señor Jean- Athanase-Polidore Milaud de la Baudraye quiere reconstruir su destruido patrimonio y se dedica a ello con una energía que parece milagrosa, si la comparamos con su físico, cómicamente mezquino.

Ya anciano, casa con una jovencita de una rica familia burguesa, célebre por su belleza, buena educación y talento, que llega a ser un «bas-bleu», y escribe y publica versos con un pseudónimo, por lo que los provincianos la consideran casi una rival de George Sand. Invitados por ella, se alojan en el castillo dos conterráneos suyos, que se han ganado un nombre en la capital: el médico Bianchon y el periodista Lousteau. Este último, hombre simpático, de corazón gastado, escéptico y desordenado, se lanza decididamente a la conquista de la bella Dinah; la broma se transforma pronto, al menos por parte de ella, en una violenta pasión, a la que el periodista ya no puede sustraerse.

Vuelto a París, se reúne con él Dinah, que espera un niño, decidida a vivir hasta las últimas consecuencias su gran pasión romántica; en realidad, ésta se arras­tra durante unos años en la penosa pará­bola de una relación irregular. Pero no lo piensa así el señor de la Baudraye; desde hace tiempo ha renunciado al amor de su mujer, pero le interesa demasiado la con­tinuidad de la familia y de su nombre; además, está distinguiéndose honorablemen­te en la política, y Dinah tiene dos hijos que legalmente son suyos. Atormentada por la miseria, por el sentimiento de la falsedad de su posición, y sobre todo por la cre­ciente indiferencia de Lousteau, que llega a cometer verdaderas traiciones, persegui­da por la constancia de su marido, atacada por la religión de su madre y por la he­roica devoción del magistrado Clagny (el único de sus antiguos adoradores que ha seguido amándola), la mujer acaba entran­do de nuevo en el orden.

La historia, aun­que tratada con la reconocida habilidad de este gran creador de personajes, parece sin embargo conducida con excesiva desenvol­tura a una lección moral demasiado clara. Impresiona la figura del marido, una de las más acertadas de Balzac, pero el drama de Dinah parece ahogado bajo un exceso de otros motivos. Hay también digresiones de psicología social, de crítica literaria y de política, hasta un homenaje al genio de Stendhal (que Balzac fue uno de los pocos en reconocer, y al cual debió mucho), y una serie de confidencias y consejos sobre la carrera literaria. Con todo, precisamente a esta revuelta abundancia de temas debe La musa del departamento su sabor origi­nal y su excepcional interés. [Trad. españo­la de Joaquín García Bravo (Barcelona, 1902)].

M. Bonfantini