La Novela Cómica, Paul Scarron

[Le román comique]. Obra de Paul Scarron (1610-1660); la primera parte apareció en 1651, la segunda en 1657 y la tercera fue añadida co­mo homenaje por A. Offray, hacia 1680.

Una compañía de cómicos llega a Le Mans, y la novela está llena de los lances a que su breve estancia da lugar: peripecias bu­fas, bromas a menudo bastante groseras, en las que con los cómicos se mezclan gente del pueblo, no menos pintorescos y risibles que aquéllos. Entre tantas aventuras in­conexas, se desenvuelve una tenue trama constituida por los amores de dos parejas de comediantes: Mademoiselle de L’Étoile y Destin, Angélique y Leandre, cuyos ca­samientos respectivos pondrán término a sus novelescas aventuras.

También tienen carácter serio las novelitas insertas en la novela principal. Pero la parte original y viva es la burlesca, con el actor La Ran­cune, y sus malintencionadas bromas, con el ridículo poeta de la compañía, Roquebrune, y con varias figuras de provincia­nos: el deshonesto La Rappinière, la em­prendedora vieja Madame Bouvillon y sobre todo con el minúsculo abogado Ragotin, el verdadero héroe de esta epopeya có­mica, víctima de mil peripecias por que­rer mezclarse con los cómicos,-impulsado por su amor al arte y a Mlle, de L’Étoile.

Así, esta «novela de cómicos» constituye un cuadro, trazado con recargadas tintas, de la vida provinciana en los comienzos del siglo XVII; es probable que el autor hubiera observado los tipos y los hechos que describe cerca de Le Mans, entre 1633 y 1640. Y si el elemento burlesco, insistente y excesivo, es una reacción contra lo absurdo de la novela heroicogalante y las dulzuras de la pastoril, el elemento realis­ta tiene verdadero interés, en vísperas de la comedia de Molière.

Para ésta, que es desde luego su obra mejor, parece que Paul Scarron se inspiró en el Viaje entrete­nido (v.) de Agustín de Rojas Villadrando (1572-m. poco después de 1618); más se­guro es aún el influjo de la novela pica­resca. Es una de las obras más notables de la literatura irregular del gran siglo fran­cés, de la que tomó no poco Théophile Gautier para su Capitán Fracasse (v.).

Fue dramatizada por Adolphe-Philippe Dennery (1811-1899) y por Eugène Cormon (1811- 1903), los que a su vez influyeron sobre el «vaudeville» Viaje de la compañía tea­tral (v.) del sueco August Blanche.

V. Lugli

Scarron tiene «esprit», alegría, pero tiene también prosaísmo, vulgaridad y facilidad trivial. (Sainte-Beuve)

La Novela de Blithedale, Nathaniel Hawthorne

[The Blithedale Romance]. Novela del escritor norteamericano Nathaniel Hawthorne (1804- 1864). Aunque escrita en el invierno de 1851-52, los primeros elementos de que el autor se sirvió para esta obra se remontan a 1841, cuando Hawthorne fue huésped de Brook-Farm, Roxbury, en los alrededores de Boston.

Blithedale (el «Valle de la Fe­licidad») es una vaga e indirecta represen­tación de aquel ambiente, y seguramente lo son también algunas de las figuras que aparecen en el libro. Se trataba de una colonia de filántropos inspirados en las doc­trinas socialistas utopistas y humanitarias de comienzos de siglo; algo así como un «falansterio» del tipo del imaginado por Fourier.

Los asociados, hombres y mujeres, trabajan la tierra en común y viven de sus productos. En este ambiente vienen a caer el poeta Miles Coverdale, que cuenta la historia en primera persona; su amigo Hollingsworth, un fanático reformador, que subordina todos sus sentimientos del deber a la realización de su proyecto para la regeneración de los criminales; Zenobia, joven escritora bellísima y apasionada; y una misteriosa y etérea muchacha, Priscila, de origen humilde, protegida de Zenobia y Hollingsworth.

Cuando Zenobia se da cuenta de que el interés que le mani­fiesta Hollingsworth está sobre todo fun­dado en la esperanza de utilizar sus ri­quezas para sus planes de filántropo, se suicida arrojándose al río que pasa junto a la granja. En torno a este argumento cen­tral se desenvuelve una trama delicada y varia de peripecias, estados de ánimo, si­tuaciones y ambientes, que lindan a veces con lo pavoroso y lo fantástico. Alguna vaga intención polémica y didáctica se revela en la pretensión del filántropo y casi maníaco Hollingsworth, y en los co­mentarios del autor sobre el experimento «socialista» de Blithedale; pero siempre se trata de observaciones o conclusiones que se intercalan, como paréntesis, en una obra de invención puramente artística, realizada con gran penetración psicológica.

Durante bastante tiempo fue por muchos conside­rada como el mejor producto de la litera­tura narrativa americana; hoy en día una crítica más exigente, además de una dife­rente orientación del gusto, ha contribuido a restarle importancia. [Trad, de A. Ruste, bajo el título La Granja de Blithedale (Ma­drid, 1923)].

C. Pellizzi

Menos rico como contexto que La casa de los siete aleros, o que El fauno de már­mol, esta novela se salva por la agudeza de la observación y por una composición pre­cisa, dotes que Hawthorne poseía, pero que raramente se permitía emplear. (L. Lewison)

La Novela Burguesa, Antoine Furetiére

[Le román bourgeois]. Novela de Antoine Furetiére (1620-1688), publicada en 1666. Viendo que las novelas de moda, gracias a Made­moiselle de Scudéry y a otros refinados autores, atribuían actividades sentimentales y evanescentes a personajes del mundo an­tiguo, el autor quiso cantar de manera viva y palpitante los héroes de cada día.

La suya es una novela burguesa, porque habla de parisienses corrientes; que no tienen el em­paque ni la pompa de la inútil gente de la Corte y de la alta sociedad. En dos li­bros, no bien ligados entre sí, Furetiére entrelaza algunas aventuras amorosas. Una bella muchacha, Javotte, es admirada por diversos pretendientes; es hija de un pobre diablo, de profesión procurador, Vollichon, que vive entre tribunales y prácticas judi­ciales, y sólo piensa en casarla.

Entre los galanes que mariposean a su alrededor hay un abogadillo muy peripuesto, Nicodéme, que acaba por hacerse simpático a la fami­lia de ella. En este punto, se intercala en el libro la historia de una joven burguesa simplona, Lucrèce, la cual, soñando con grandes matrimonios, se deja engañar por un marqués, pero éste, todo promesas y buenas palabras, la abandona a la primera ocasión y se marcha con su regimiento, encontrándose pronto la desgraciada en ta­les condiciones, que ha de buscar un padre para el hijo que ha de tener.

A este pro­pósito, Nicodéme le había hecho, en broma, una promesa de matrimonio por escrito; un procurador, Villeflatin, se interesa por el asunto, intenta un proceso contra el in­cauto joven e impide su matrimonio con Javotte. Desesperación y subterfugios de los dos jóvenes, a cuyos propósitos se oponen los padres, pero muy pronto es introducida Javotte por unos amigos en la sociedad , preciosista, en la que, enardecida por no­velas como la Astrea (v.) y otras frivolida­des literarias, sueña con amores novelescos y se fuga con cierto Pancrace.

De modo que mientras se intentaba hacerla casar con un mísero abogado de causas perdidas, Jean Bedout, éste consiente en cambio conver­tirse en marido de la sentimental y vana Lucrèce, que ahora se halla tan apurada. En el segundo libro, algunas figuras, que ya habían salido en el primero en la sátira de la sociedad galante, aparecen mez­cladas con nuevos personajes en una trama bastante complicada, entre retahilas de libros caracterizados satíricamente, disqui­siciones acerca de la sociedad y cosas por el estilo; se trata de la historia de Charroselles, de Collantine y de Belastre, bajo cu­yos nombres se esconden el novelista Char­les Sorel, autor de la Verdadera historia cómica de Frandón (v.), y otros contempo­ráneos del autor.

Claras alusiones a Madeleine de Scudéry, autora del Gran Ciro (v.), y a la famosa Ninón de Lénelos se hallan en los personajes de Polymatic y de Polyphile. En conjunto, la narración da una visión realista de un ambiente de leguleyos, alguaciles y abogados, pintados como pobres burgueses llenos de presun­ción y de inútiles expedientes, como se encuentran en la vida de cada día. Este carácter francamente caricaturesco sitúa es­ta obra entre los documentos más interesantes de la época, junto a la Novela cómica (v.) de Paul Scarron.

C. Cordié

La obra maestra de Furetiére señala el nacimiento de la novela tal como la conciben los modernos; novela pura y específica en que, por fin, la humanidad co­mún representa su papel. Casi estoy por definirlo como un naturalista. (A. Thérive)

Novale, Federigo Tozzi

Colección de páginas epistola­res y autobiográficas de Federigo Tozzi (1883-1920), publicada en 1925 como «dia­rio» por su viuda Emma. La introducción y las notas aclaran algunos puntos de la obra que, en su conjunto, parece la con­fesión de una formación espiritual.

Estas cartas, o pasajes esenciales de cartas, es­tán dirigidas en 1902-1903 a una descono­cida Annalena, y en 1906-1908 a su futura esposa, que algunos biógrafos quieren re­conocer en la misma Annalena. Es un mun­do de afirmaciones juveniles, rico de fer­mentos, esperanzas, desengaños; el escritor expresa su deseo de salir de la mediocri­dad y abarcar la vida en su plenitud. Aun­que revelando sus inclinaciones hacia D’Annunzio y los principales autores de la épo­ca romántica, Musset y Poe, con un senti­mentalismo de apariencia a veces morboso y sutil, Tozzi confiesa que va buscando una luz nueva, tanto en el arte como en la vida.

La substancia de sus lecturas toda­vía sin disciplinar, el contacto con la dura realidad de todos los días y las aspira­ciones a un mundo más armónico de arte y pensamiento, se mezclan en estas pági­nas documentales en un conjunto de des­ahogos, sueños y nostalgias. Importante es, sin embargo, la manera con que Tozzi con­templa su vida, con curiosidad, aunque también con dolor y desdén; a veces hasta con una complacencia estudiada que se podría llamar literaria.

La individualidad del escritor se forma en el conflicto con su familia (especialmente con su padre), en el odio hacia todos los demás, en el deseo de amor y sinceridad, en el malestar de una vida escolar y familiar llena de des­orden; sus suspensos en el colegio, la opo­sición para entrar en los Ferrocarriles, la muerte de su padre.

Hay en esta atmósfera convulsa un íntimo vínculo con sus obras posteriores; una inquietud a duras penas apaciguada por la creación, una continua búsqueda de sí mismo y de la propia fe. Motivos trepidantes y angustiados, entre fi­nes de un siglo y principios de otro, que se anunciaba con el presagio de una nece­saria y laboriosa renovación.

O. Cordié

La Nouvelle Revue Française, Jacques Copeau

Revista parisiense, iniciada en febrero de 1909 bajo la dirección de Jacques Copeau, André Ruyters y Jean Schlumberger, con un programa independiente tanto en lo que respecta a las doctrinas literarias, políticas y religiosas, como frente a la tradición na­cional y sus autores más célebres.

Un nú­mero de la revista, no incluido en la co­lección, había aparecido el 15 de noviem­bre de 1908, con colaboraciones de Copeau, Léon-Paul Fargue y Henri Ghéon, bajo el patrocinio de André Gide y Eugène Montfort. Aun con notable libertad de inspira­ción, los colaboradores de la revista se mantuvieron fieles a ciertas concepciones: la libertad de la creación artística, la supe­ración del Simbolismo (v.), en particular según las nuevas necesidades de la novela y del teatro, la lucha contra los gustos «burgueses» del público.

Sintiendo la ne­cesidad de una moral literaria verdadera­mente rigurosa — especialmente por obra de Gide y de Schlumberger, educados en el protestantismo —, las reseñas críticas adaptaron muy pronto una actitud mora­lista que quedó como rasgo distintivo y echó las bases de una renovación que cui­dando de no encerrarse en los dictámenes de ninguna escuela, resultó fecunda en iniciativas y desarrollos. En la exigencia de la autonomía del arte y de la literatura, la Nouvelle Revue Française proclama, pues, la «revisión de los valores europeos sin prevención de escuela ni de partido»; a este programa se mantuvo siempre fiel en su labor crítica que, especialmente des­pués de la interrupción impuesta por la guerra mundial de 1914-1918, ejerció una gran influencia tanto en Francia como fue­ra de ella.

Desde sus inicios colaboraron activamente Gide (en el primer número con el comienzo de la Puerta estrecha, v.), así como Jean Giraudoux y, desde 1910, Paul Valéry, Anne de Noailles, Jules Romains, Valéry Larbaud y Jacques Rivière. A este último se debió muy pronto el des­arrollo más característico de la revista, gra­cias a una notabilísima actividad en todos los campos de la crítica y de la literatura; como director desde 1910 hasta su muerte, ocurrida en 1925, Rivière dio gran impulso a las polémicas y al valor representativo y documental de las propias obras de arte.

Son notables la publicación, en 1910, de fragmentos de Charles Blanchard de Charles-Louis Philippe, recién fallecido; en 1913, del Gran Meaulnes (v.) de Henri-Alain Fournier; en 1914, de las Cavas del Vati­cano (v.) de Gide; de fragmentos de En busca del tiempo perdido (v.) de Marcel Proust (obra que, por otra parte, fue des­de sus primeros libros mal comprendida y adversamente criticada tanto por Gide como por Schlumberger), y del Rehén (v.), y di­versas obras de Claudel, representadas con otras en el pequeño Théâtre du Vieux Colombier con el fin de formar un nuevo gus­to del público, corrompido por la producción corriente, fácil y mundana.

Desde 1911 la obra de la casa editora, que surgió con el nombre de la revista y bajo la dirección técnica de Gaston Gallimard, afirma la ac­tividad estrictamente polémica del perió­dico y difunde en amplios ambientes pro­blemas de arte y de pensamiento.

En ju­nio de 1919, al regresar Rivière del cauti­verio, la revista reemprende plenamente, en la nueva situación política de Francia y de Europa, su función clasificadora, tan­to más meritoria por ser valientemente au­tocrítica; en la renovación de los espíritus, participan estetas y moralistas, poetas y escritores como André Lhote, Julien Benda, Albert Thibaudet, Jules Supervielle, Jean Paulhan (secretario de la revista desde 1921 y director desde 1925), Pierre Mac Orlan, André Breton, Louis Aragon, Benjamin Crémieux, Charles Du Bos, Alain (Émile Char­tier) y, desde 1923, André Maurois, Jean Prévost, Daniel Halévy, más tarde Ramon Fernandez, Jean Giono, Julien Green, An­dré Malraux y luego Henry de Montherlant, Marcel Arland y otros.

Por lo menos hasta 1940, la siempre vigilante N.R. F., para nombrarla con su sigla ya famosa, ha trata­do a menudo de ir en busca de las nuevas manifestaciones de la joven literatura y de las tendencias progresistas de la misma política militante. De ese modo, mantenién­dose fiel al programa de una actividad li­bre y franca, la revista ha luchado contra toda «literatura fácil», desde la novela al teatro y las ideas: reaccionó contra D’Annunzio y contra Bourget, para citar sólo dos ejemplos, pero acogió la obra de Dostoievski y la exigencia modernísima de la «aventura» más allá de la psicología y del sentimentalismo; finalmente, al acercarse al Dadaísmo (v.) y al Surrealismo (v.), la N.R.F. llevó hasta las extremas conse­cuencias su oposición a un romanticismo amanerado, inscrito en la literatura fran­cesa desde hacía demasiados decenios.

In­cluso bajo este aspecto el objetivo de la revista ha sido perseguido (dejando a un lado su declive bajo la ocupación alemana) con la vista puesta en un ideal de mora­lidad que no puede olvidarse. [En 1953 fue reanudada su publicación bajo el título de La Nouvelle Nouvelle Revue Française].

C. Cordié