La Novela del Siglo Venidero, Mór Jókai

[A jóvó század regénye]. Novela del escri­tor húngaro Mór Jókai (1825-1904), publi­cada en el año 1874.

Es una narración fantástica, en la que con sorprendente in­tuición el autor anuncia la invención del aeroplano, indicando su importancia bé­lica, moral, material y económica; en cier­to modo inventa también el carro de com­bate, el -vidrio flexible, el «rayo mortal» y profetiza la revolución rusa.

El protagonis­ta es un científico transilvano, David Tatrangi, que desde los más humildes oríge­nes se eleva a los más altos puestos de la ciencia. Hungría está en guerra con la república nihilista rusa y, aunque los aero­planos de Tatrangi resuelven la guerra en favor de los húngaros, el presidente de la república rusa, Sasza, logra que el rey de Hungría firme una paz humillante, gra­cias a la cual el ejército victorioso queda relegado al delta del Danubio. Tatrangi funda allí una ciudad-estado para estable­cer en ella la concordia humana y la paz perpetua.

Su proyecto se opone a la po­lítica imperialista rusa; los rusos, adue­ñándose por traición del secreto de la aviación, le hacen la guerra, pero entre­tanto Tatrangi descubre también un sis­tema de defensa antiaérea y destruye la flota rusa. Ya nada puede impedir la paz perpetua. Aun proyectada en el porvenir, la imaginación de Jókai queda fiel a sí misma y no concede nada a las trivialida­des futuristas.

El centro de la obra es el típico héroe de sus novelas: un joven per­fecto, que habla poco, siempre seguro de sí, dotado de increíble fuerza moral. La novela parece la realización de todos los sueños de la nación y, en primer término, del de la independencia.

M. Benedek

La Novela del Sueño, Arthur Schnitzler

[Traumnovelle]. Fue publicada por Arthur Schnitzler (1862-1931) en 1926. Cuatro veces en una noche, el doctor Fridolin, médico vienés de moda y recién casado con una mujer hermosa y amada, roza el adulterio.

Lla­mado a casa de un magistrado, antiguo cliente suyo, lo encuentra muerto y junto al cadáver paterno a la hija, virgen mar­chita, prometida a un profesor, que confie­sa amarle. Al poco rato, atraviesa un ba­rrio pobre, encuentra a una prostituta y, sin quererlo, la sigue a su tugurio; pero la abandona sin siquiera besarla.

En un café, donde entra irritado por el encuentro con unos estudiantes pendencieros, reco­noce a un ex condiscípulo (uno de aquellos fracasados, desgraciados y alegres, que Schnitzler representa siempre con  experta complacencia y arte sutil), que toca el piano en cafés de tercer orden, y por él se en­tera de que está a punto de ir a actuar en una extraña mansión para un misterioso baile que se anuncia como una orgía.

Inci­tado por la curiosidad, Fridolin le acompa­ña, aunque su amigo le advierta que la cosa no carece de graves peligros. Mientras va a procurarse la máscara y el dominó indis­pensables, una tercera mujer, la jovencísima hija del sastre que alquila los dis­fraces, sorprendida por su padre con dos muchachos, se lanzan en sus brazos y trata de seducirlo.

En el baile, en fin, donde mujeres con antifaz, desnudas y bellísimas, bailan con caballeros enmascarados, una de las bailarinas le salva de la condena inexorable que ha atraído sobre sí penetran­do en la cerrada sociedad. Expulsado vio­lentamente, advierte que la joven, para salvarle, se ha perdido.

El día siguiente es el día de las decepciones y el amargo despertar. La hija del magistrado marcha para reunirse con la familia de su novio, en pasiva espera de las bodas; la joven prostituta ha sido recluida en un hospital con una grave enfermedad profesional; la chica del alquiler de disfraces ha pasado la noche con uno de los amigos con quien fue sorprendida, a sabiendas de su padre; un diario de la noche trae la noticia del suicidio de una joven dama en misteriosas condiciones, que hacen pensar a Fridolin que se trata de la desconocida del baile.

En el hemiciclo anatómico, entre los cadáve­res dispuestos para la autopsia, cree re­conocerla. Lo confiesa y explica todo a su mujer, tanto más fácilmente por cuanto ella hacía dos días (y tal había sido la razón que le impulsó a su noctambulismo) le confesó que también se había sentido tentada. El amor entre los cónyuges re­nace más sólido; incluso Fridolin, aban­donando su fácil vida de doctor de moda, volverá a estudios científicos más severos. En un clima espiritual y literario que ya no es el de fin de siglo, Schnitzler recoge en esta novela sus antiguos temas, pero con mano más fuerte y mayor gravedad de tono.

B. Allason

La Novela de Egipto, José Castro Serrano

Obra de José Castro Serrano (1829-1896), publicada en 1870, que destaca entre toda su producción. La novela de Egipto la forman una serie de relaciones que se supusieron enviadas desde aquel país al periódico «La Época» con motivo de la inauguración del canal de Suez (1869). Tan exactas son, y tan interesantes parecieron a sus lectores, que todos las tomaron por escritas por un via­jero, artista y curioso, sagaz y certero, testigo ocular del acontecimiento. José de Castro y Serrano se preocupó mucho de la claridad y precisión de su estilo.

C. Conde

La Novela de Gustav Sparvert, Per Hallstrom

[Gustav Sparverts román]. Novela del sue­co Per Hallstrom (n. 1866), publicada en 1913. La narración comienza contando las peripecias mezquinas y ridículas que le ocurren a un joven completamente absor­bido por el mundo ficticio de sus fan­tasías.

Profesor del instituto de una pe­queña ciudad de provincias, Gustav Sparvert anda a la greña con los muchachos, que en su despreocupada crueldad le hacen pasar muy malos ratos, y con un director autoritario e imbécil. Se evade de este mundo despiadado y mezquino pasando las veladas en una compañía de bohemios capitaneada por un viejo idealista, con­tento de estar fuera de la sociedad y que en sus buenos tiempos había sido aclamado en Upsala como poeta y orador.

Después de una noche pasada en esta compañía, des­medidamente aficionada a la oratoria romántica y las prácticas báquicas, nuestro protagonista contrae una pulmonía que en un principio parece mortal. Pero supera la crisis, gracias sobre todo a la amigable y maternal asistencia de una joven a la que antes no conocía y que hace nacer en él la alegría de vivir.

Pero cuando Sparvert, un día, a finales de invierno, se le­vanta por primera vez, convaleciente y reanimado por el cálido fluir de las fuer­zas vitales, ella, al verle, le siente extraño; su tarea está ya terminada. Decidida y fría, rechaza la propuesta de amor del hom­bre al que había salvado; serán buenos ami­gos y nada más. Así termina la novela de Sparvert, breve pero «pura y bella», de­jando un gran sentimiento de vacío.

En­tonces el protagonista debe comenzar a vi­vir sobre la tierra sólida: «las relaciones entre hombre y hombre; he aquí el campo de acción por todas partes extenso y difí­cil de cultivar», porque hoy ya sabe que el desprecio es estéril y necio. Hallstrom no es un narrador; la invención es des­carnada, carente de situaciones y de acción. También los personajes son abstractos, de una sequedad árida; más bien tipos que hombres.

Por eso, la primera parte de la novela, constituida por bocetos caricatu­rescos, no armoniza bien con la segunda, entretejida de sensaciones delicadamente observadas, reflejadas en estilo claro y pre­ciso, cuidado incluso en el ritmo y no exento de calor. Muchos de estos breves capítulos podrían separarse del conjunto, y considerados en sí mismos, seguramente ganarían.

Dentro del escritor se descubre al moralista, que voluntariamente ha toma­do como materia de su libro el caso digno de compasión de un hombre modesto, que lleva el nombre real, y no ficticio, y por esto tan poco altisonante de Gustav Spar­vert, cuya máxima es la de vivir laborio­samente en el mundo de los hombres. Apa­recida a comienzos de siglo, esta novela muestra bien la nueva disposición de los espíritus en Suecia.

Comenzaba entonces a separarse del mundo fabuloso y lírico de Lagerloí, del exotismo precioso y de la estilización heroica de Heindenstam. «Bas­ta mirar — dice Hallstrom al final de este libro — a fondo y humildemente, y todo parece importante y nada demasiado pe­queño para ser olvidado». La materia pre­ciosa, las poses heroicas, son abandonadas por la nueva literatura. Queda, feliz herencia de la generación inmediatamente an­terior, una severa disciplina formal.

V. Segre

La Novela de la Momia, Théophile Gautier

[Le ro­mán de la momie]. Narración de puro sa­bor romántico, publicada en 1858, en la que Théophile Gautier (1811-1872) evoca con su conocida habilidad colorista la vida de Egipto en los tiempos bíblicos.

Un ri­quísimo lord y un erudito alemán consi­guen penetrar en una tumba faraónica del Valle de los Reyes, no violada, y hallan en ella, intacta, la momia de una bellísima joven, a quien la cuidadosa preparación ha conservado con aspecto de vida durante milenios. Junto a ella un papiro explica el misterio de la presencia de una momia femenina en un sepulcro evidentemente destinado a un rey. Tahoser, huérfana de un gran sacerdote, se consumía de amor en su fastuoso palacio por un bellísimo desconocido que no demostraba advertir su hermosura ni su lujo principesco.

Cuando ella, con ingenuo subterfugio, dejando, dis­frazada y sin que la vieran, su palacio, consiguió hacerse acoger, por compasión, como sirvienta en casa de su amado Poeri, he aquí que descubrió que él era un he­breo, esposo de una bella joven judía que estaba obligada a vivir en el miserable barrio donde el faraón obligaba a habitar al pueblo esclavo

. Tahoser, con todo, hu­biera podido vivir junto a Poeri como se­gunda esposa, renunciando a su patria, a su lujo, a sus dioses, para seguirlo por el desierto hacia la tierra prometida, y la es­posa hebrea estaba dispuesta a considerarla como a una hermana, pero el faraón, que se había prendado de Tahoser en una fiesta pública, la mandaba buscar mientras tanto por sus criados y oficiales por todas las calles; descubierto su refugio, fue en per­sona a raptarla, y luego de llevársela a su palacio, puso a sus pies todas sus rique­zas y la corona de reina, con una pasión que las suaves negativas de la joven acu­ciaban todavía más.

Él, el inaccesible, es­peró de ella humildemente una señal de amor, que le fue concedida sólo cuando, después de las plagas bíblicas, cedió a las amonestaciones de Moisés, vencido final­mente por el dolor causado por la muerte de su primogénito, y dejó partir libre al pueblo hebreo. Pero el orgullo volvió a apoderarse del faraón y éste salió en per­secución de los prófugos y desapareció en­tre las – olas del mar Rojo. Así, Tahoser reinó breve tiempo, sola — única mujer — sobre Egipto y, muerta en la flor de su ju­ventud, fue sepultada en el fastuoso hipo­geo que su esposo no pudo ocupar.

A pe­sar de su intriga sentimental, el asunto nos deja indiferentes; las figuras son un pre­texto para evocar con. nítida precisión un ambiente medio histórico, medio legenda­rio, diseñado con la guía de noticias ar­queológicas y avivado por el gusto y la intuición pictórica del escritor. B. Treves

El más árido, el menos musical, el menos reflexivo artesano que ha producido nuestra literatura. (A. Gide)