Olimpia, Giambattista Della Porta

[L’Olimpia]. Comedia en cinco actos, de Giambattista Della Porta (1535- 1615), estrenada en fecha incierta. La influen­cia de la «commedia dell’arte» dominaba el teatro de los últimos decenios del siglo XVI, y Della Porta, más bien que combatirla, acogió sus motivos, tratándolos con airosa elegancia.

La joven Olimpia, durante un viaje a Salerno, se ha enamorado de Lampridio, pero su madre, Senia, quiere casar­la con el capitán Trasilogo. La muchacha se pone entonces de acuerdo con Lampridio; él fingirá ser un hermano de ella, rap­tado, siendo niño, por los piratas junto con su padre; simulará que vuelve y se opon­drá a la boda de su hermana con el capi­tán.

Así ocurre, y los enamorados, creídos hermanos, se casan secretamente. Llegan entre tanto el hermano de verdad, Eugenio, y el padre, Teodosio, los cuales, tomados por farsantes por la vieja Senia, no son recibidos en la casa. Pero todo se aclara, la familia se reconstituye y los jóvenes son perdonados.

Como en las demás obras del comediógrafo napolitano, el principal inte­rés reside en el encuentro de una cultura literaria totalmente abierta a las maneras de las comedias populares, que él recompone en una estructura más cuidada.

U. Déttore

Las Olas, Virginia Woolf

[The Waües]. Novela de la escritora inglesa Virginia Woolf (1882-1941), publicada en 1931. No contiene acción ni diálogo, sino una larga serie de monólogos interiores, a través de los cuales la vida de seis seres humanos fluye ante nuestros ojos con un ritmo inagotable y complejo.

Los conocemos primero cuando niños y asisti­mos al descubrimiento que cada cual efec­túa, con una especie de exaltación angus­tiosa, de su propia individualidad, distinta de la de los demás: Louis, sediento de sole­dad, por estar oprimido por un sentido de inferioridad social; Bernard, perfectamente encerrado entre las redes de una fantasía que le mantiene distante de la realidad; Neville, atormentado por la propia debilidad física y por visiones morbosas, profundo amante del orden y de la regularidad; Susan, ávida de posesión exclusiva y abso­luta; Jinny, ansiosa de lanzarse a la vida como a una espléndida danza; Rhoda, que tiene miedo de todo, incluso de la existen­cia y de sí misma.

Desde el cuarto de juegos los acompañamos a la escuela, que para Susan es solamente una larga tortura, do­minada por la dolorosa nostalgia de su casa, sus campos, y por la necesidad de dar y recibir y de «soledad en la que desplegar sus bienes»; también Jinny está impaciente por aquel período de espera, pues siente florecer su cuerpo e intuye sus posibilida­des misteriosas; Rhoda continúa sufriendo de timidez y aislamiento, se encierra en sus sueños para huir de la realidad enemiga; Bernard, inexorablemente negado a la ac­ción, ve las cosas a través de las frases que murmura y las historias que se narra a sí mismo; Louis hace enormes esfuerzos para salir de su manera de ser, para ambientarse en el mundo de la cultura y la tradición; mientras Neville, heredero de una tradición refinada, sufre por su incapacidad de com­promiso y sólo se encuentra a sí mismo en su afecto hacia Percival, joven fuerte y deportista que vive sencillamente la vida en lugar de analizarla y teorizarla.

También en los años siguientes, en la Universidad, Bernard continúa viviendo una vida íntima ficticia, identificándose sucesivamente con Tolstoi, Byron y Meredith, mientras que Neville, impulsado por su naturaleza de poeta, se atormenta con la busca de una perfección inalcanzable; en cambio, Louis ha tenido que abandonar los estudios y en­trar en una oficina, y continúa su fatigosa lucha para conquistarse un lugar en el mundo; Susan, vuelta a su casa de campo, se siente identificada con la naturaleza e inconscientemente se va preparando para su destino de madre; Jinny, que ha entrado en la sociedad londinense, siente con fuerza la vocación mundana, donde el atractivo de su cuerpo no cae en el vacío; en cambio, Rhoda no tiene la seguridad de Susan ni de Jinny, y continuamente duda, tiembla, tiene miedo.

Pasados algunos años, los seis se encuentran para despedir a Percival, que marcha a la India; Bernard, que con­tinuamente tiene necesidad de las miradas ajenas para que le iluminen; Louis, que se ha hecho duro y fuerte «como una escultura en piedra»; Neville, exacto y preciso; Susan, «con ojos semejantes a trozos de cristal»; Jinny, que danza como una llama febril y ardiente sobre la tierra árida; Rhoda, «la ninfa de una fuente siempre llorosa»; juntos viven un instante de juventud y de belleza que es como «un globo de cristal cuyas pa­redes están hechas por Percival», el héroe.

Luego pasan los años; a la juventud sigue la madurez, y el sol de la vida empieza a declinar; Percival muere, en la India, de una caída de caballo, y deja en todos una sensación de vacío irrellenable; y cuan­do los seis vuelven a reunirse, Louis se ha convertido en un hombre de negocios que ama su trabajo y siente «el peso del mundo sobre sus hombros»; Bernard, casado y con hijos, ha escrito innumerables frases, pero nunca ha encontrado la verdadera historia; Susan es madre y ha conquistado la seguridad y posesión; Jinny continúa vi­viendo su vida sin detenerse nunca, sin unirse a nadie; Neville ha encontrado en el amor la compensación a la propia fealdad, a la maldad de los hombres y a la muerte de Percival; sólo Rhoda, que ha sido durante cierto tiempo amante de Louis, no ha sabido conquistar nada y ha quedado «sin sem­blante».

Mas para todos el ansia victoriosa y el ímpetu del principio se han desvane­cido: su camino está ya señalado, cada cual está ligado a su puesto, y la vida se pre­senta a sus ojos no ya como una conquista, sino como una batalla contra la muerte.

Es una novela audazmente original en su con­cepción y en su desarrollo; las breves des­cripciones de la naturaleza, intercaladas en las diversas partes, cuyo ritmó está tan íntimamente ligado con la vida de los per­sonajes, revelan la intención de la autora, que quiere representar la realidad a través de los reflejos, «las olas», continuamente móviles y fluidas, que la naturaleza suscita en la contienda humana, y si alguna vez la descripción de dicho fluir incesante está contenida en los límites de un virtuosismo exquisito, consigue, sin embargo, en otros momentos, captar poéticamente detalles de profunda humanidad.

A. P. Marchesini 

Las Olas del Mar y del Amor, Franz Grillparzer

[Des Meeres und der Liebe Wellen]. Trage­dia en cinco actos de Franz Grillparzer (1791-1872), estrenada en Hofburg en 1831.

Después del paréntesis historicopatriótico de Vida y muerte del rey Ottokar (v.), Grill­parzer vuelve con este drama a un asunto clásico, y recoge un tema más antiguo, casi contemporáneo de la trilogía del Vellocino de Oro (v.).

Pero, como nos dice en su autobiografía, ha querido asociar al mundo clásico griego el concepto del mar como elemento romántico. Y es el mar quien, con su eterno murmullo y con sus tremebundas tempestades, acompaña y constituye el fondo de toda la tragedia.

Hero (v. Hero y Lean­dro), consagrada como sacerdotisa de Afro­dita, símbolo del alma armoniosamente fundida consigo misma, cree poder renun­ciar serenamente al amor y confía demasiado en su fuerza y en su vocación. Pero cuando por primera vez, pocas horas antes de la consagración, encuentra la mirada de Lean­dro, que ha venido de Abidos a Sesto para las fiestas en honor de Afrodita, siente he­rido su corazón por una extraña e inexpli­cable sensación.

Distraída y aturdida, Hero derrama demasiado incienso en el trípode, y de éste surge una llama alta y devoradora, semejante a la que Leandro ha encendido en su corazón. Sin embargo, Leandro, a quien encuentra más tarde junto a una fuente, la conjura en vano para que le es­cuche; ella debe respetar su voto, y con palabras conmovidas persuade al joven a que se retire.

Luego es conducida por su tío, también sacerdote, a la torre del templo, su nueva residencia. Una vez sola, Hero vuelve a pensar en Leandro, mientras en la noche el mar se agita dulcemente, y coloca en la ventana una linterna para que su luz sirva de guía a los navegantes.

Dirigido por aquella luz, llega Leandro, después de haber atravesado a nado el Helesponto, y, tras escalar la roca, penetra en la torre. El diálogo de amor que se produce entre ambos jóvenes es quizás uno de los más hermosos de todo el teatro alemán; la pureza de la muchacha, en quien sin embargo se des­pierta la mujer, el ardor apasionado de Leandro, se funden en sutil poesía.

Hasta que, temblorosa, Hero concede a su enamo­rado el primer beso. Pero la presencia de un extraño ha sido descubierta, y al día si­guiente el gran sacerdote advierte que algo se ha transformado en el alma de Hero.

Trata de distraerla y fatigarla con trabajos pesados, y, por la noche, la muchacha se duerme a su pesar a orillas del mar, mien­tras el inflexible sacerdote apaga la lin­terna que, como la noche precedente, debía servir de faro de amor a Leandro.

Una tem­pestad estalla en el Helesponto, y Hero, al despertarse, encuentra a sus pies el cuerpo inanimado de Leandro, lanzado por el mar a la playa. Desesperada se arroja sobre él y, colocadas las ínfulas sacerdotales sobre los restos amados, expira vencida por el do­lor.

El drama cierra el período más fe­cundo y original de Grillparzer, y la figura de Hero-, con su temblorosa y púdica virgi­nidad y con el naciente ardor de su natu­raleza femenina, es indudablemente una de sus creaciones más hermosas.

La aproxima­ción entre el amor de ambos adolescentes y la misteriosa vida del mar, ambos recogidos en el breve tránsito entre la calma y la tempestad, sugirió a Grillparzer una de las interpretaciones más poéticas que el siglo XIX diera del antiguo mito.

C. Zurtini

Olav Audunssoen, Sigrid Undset

Vasta novela his­tórica, en cuatro volúmenes, de la novelista noruega Sigrid Undset (1882-1949). En la Noruega semibárbara del siglo XIII, presa del conflicto entre los dioses paganos, aún próximos, y la doctrina nueva del cristia­nismo, se desarrolla la existencia turbulenta del héroe y de su familia.

Olav ama desde su infancia a Ingunn, la hija menor de Steinnfin, junto al que vive como hijo adoptivo; ambos niños se creen prometidos el uno al otro, y se rebelan contra las de­cisiones del clan y del mismo Steinnfin al morir, que sacrifican el amor de los jóvenes. Ingunn se entrega a Olav, cuando ambos son todavía casi unos niños.

La Iglesia se apre­sura a apaciguar los odios que crecen cuando Olav, complicado en una querella con un borracho del clan, le mata y se ve obligado a huir, fuera de la ley. Ingunn le espera durante dos años; no le vuelve a ver más que una sola vez, cuándo regresa, a escondidas, durante algunos días a Berg.

Luego la espera vuelve a empezar. Y una noche, por sorpresa, por debilidad, Ingunn es infiel. Cuando Olav está a punto de regresar, va a nacerle un hijo; ella defiende su falta. Olav, destrozado su amor, herido su honor, no la repudia, adoptará al niño, que pasará por hijo suyo.

Pero el rival se opone, y Olav, en un duelo, le corta la cabeza de un hachazo y abandona el cuerpo en la cumbre solitaria, en medio de las nieves, donde se ha realizado el combate. El niño nace y es confiado a unos amigos, mientras Olav, huyendo de la justicia de los hombres y del perdón de la Iglesia, arrastra a Ingunn al exilio.

Regresa con ella veinte años des­pués; en su país, en el que sus tierras han sido abandonadas, no quedan más que un loco y un enfermo, de una familia que ha sufrido las más crueles desgracias. Ingunn es la esposa, humilde y dulce, pero vencida por el recuerdo de su falta.

Olav la ama, es bueno con ella, pero la existencia de la pareja se desarrolla triste. Cuatro hijos les han nacido, tres de ellos muertos antes de ver la luz del día. Olav ha devuelto a In­gunn su hijo Eirick y lo ha adoptado. Pero su alma está bajo el peso del crimen co­metido, que no ha expiado y que le man­tiene alejado de Dios.

Un silencio repleto de angustiosos secretos pesa sobre la casa. El nacimiento de una pequeña agota a Ingunn; Olav cuida cariñosamente a su esposa, paralítica de ambas piernas, que sin fuerzas ya, ha perdido su antigua be­lleza. Uno y otro se declaran sus faltas. Olav quisiera acusarse a la justicia, encontrar el perdón de Dios, pero Ingunn le retiene.

Y Olav busca en el pecado el olvido de sus tormentos. Pero Ingunn muere, y el crimen lejano, justificado por la moral y las cos­tumbres paganas, irremisible al mantenerse oculto según la ley de la Iglesia, tor­tura el alma ruda de Olav, que se debate entre la pasión y la fe, entre la naturaleza y la gracia.

Envejece entre el respeto temeroso de los suyos, cada vez más ence­rrado en sí mismo, más secreto, más altivo. Y otros amores, otras locuras, otros críme­nes, se suceden en torno al anciano. Las jóvenes pasiones, el ardor y la belleza de la vida que comienza para otros con su eterno encanto, forma un patético contraste con el silencioso sufrimiento de Olav.

Su pública confesión pone fin a las intrigas que han llenado toda su existencia, y Olav pue­de al. menos morir reconciliado con Cristo, si no consigo mismo. En sus primeras no­velas, Sigrid Undset describía la mujer de nuestros días, sus inquietudes, sus penas, sus debilidades, sus aspiraciones y su mi­sión, con una notable penetración psicoló­gica [Primavera, Jenny (v.), La edad feliz, Maternidades, etc.].

Impulsada por una necesidad interior que debía conducirla a la religión católica, profundiza esta autora, en sus grandes novelas históricas: Kristin Lavransdatter (v.) y Olav Audunssoen, en el oscuro pasado de la Edad Media nórdica, la evolución del alma pagana, conquistada por la naciente fe católica; analizando el drama religioso del individuo y del país.

Olav Audunssoen no pinta tan sólo la his­toria de un hombre o la historia de una familia, sino que hace revivir en un extenso y vigoroso relato, que tiene algo de «saga», toda una época y un mundo social y polí­tico olvidados.

O Juanillo o la Muerte, Ernesto Murolo

[O Giovannino o la morte]. Drama en tres actos del poeta dialectal napolitano Ernesto Murolo (1876-1939), escrito en colaboración con Matilde Serao, autora de la novela homó­nima (v. ¡Centinela, alerta!). Murolo aisló los momentos dramáticos de la narración en una escenificación esencial y rica de colori­do, en la que el drama de la protagonista brota con una vigorosa sobriedad de tonos.