Los Olores de París, Louis Veuillot

[Les odeurs de Paris]. Obra polémica de Louis Veuillot (1813-1883), publicada en 1866. Es la contrapartida de un libro anterior del mismo autor, El perfume de Roma (v.).

Aquí la actitud polémica, que en homenaje a los dictados pontificios se había desarrollado en una continua diatriba contra la civiliza­ción laica, encuentra en la reseña de las costumbres parisienses su natural desarrollo. La vida de la capital francesa es examinada con acrimonia de juez y desahogo de mora­lista: desde la prensa y las interioridades de los periódicos a la lista de las diversio­nes, al mundo de la ciencia y de las letras, todo está considerado desde un punto de vista totalmente reaccionario.

La Univer­sidad es un foco de errores y de soberbias inauditas, y de su seno de desprenden miasmas que conducirán al aniquilamiento de la vida social y política. Para él los estu­dios clásicos tienen el grave defecto de in­troducir en las mentes juveniles visiones inadecuadas a una sana educación, y el libe­ralismo, recogiendo los anhelos de una im­posible perfección humana, no hace otra cosa que aumentar las desgracias del siglo: el ateísmo, el librepensamiento, el abandono de toda tradición.

Afirmando su misión de fiel polemista al servicio de la Santa Sede, Veuillot combate incluso todo matiz de afrancesamiento que pudiera presentarse en la política eclesiástica francesa y, sosteniendo en todo momento la infalibilidad pontificia, condena indistintamente a revolucionarios, constitucionales, materialistas e idealistas. Es decir, que cuanto se agita en París es presa de una inútil búsqueda de la verdad: no se respiran más que miasmas y olores maléficos, mientras que, más dulce­mente por el contraste, brilla el perfume de las cosas santas, de la abnegación y de la sabiduría cristiana.

Entregarse al Vicario de Cristo y olvidar las vanas políticas mun­danas debe ser el anhelo de todo verdadero católico; no existe más que una patria, la de los fieles, .y un solo deber, el de practicar la palabra de Jesús a través de la fide­lidad hacia su Vicario. La posición intran­sigente inspira al polemista diatribas vio­lentísimas e incluso a menudo vulgares; y la persistente ignorancia de los valores nue­vos del siglo tiene a menudo un valor arbitrario.

Con todo, la agilidad de los retratos y de las descripciones hacen que esta obra no sea solamente un documento histórico de una civilización en pleno es­plendor político, incluso entre innegables contrastes espirituales, sino el fruto de un feliz temperamento de escritor. Algunos bo­cetos («El verdadero poeta parisiense», «Las tres llamas: la amante, la esposa, la prosti­tuta») y reseñas («Hombres inmensos», «Fi­losofía de la historia») unen a su grosería satírica la sagacidad del observador que sabe captar, de cada situación, el lado vul­nerable. Por su intención satírica y por su eficacia artística han recurrido a menudo al libro muchos polemistas católicos de nues­tro siglo.

C. Cordié

Prosista excelente, vigoroso pintor de la realidad. (Sainte-Beuve)

El primer polemista de nuestros días y uno de los más auténticos entre franceses de nuestro tiempo. (Sarcey)

El Olmo y la Hiedra, Antón Giulio Barrili

[L’olmo e re­dera). Novela de Antón Giulio Barrili (1836-1908), publicada en Milán en 1877. Es una de las muchas historias de amor, ama­bles y honestas en la trama y graciosas de forma, que el popular escritor ofreció a la emoción de sus sencillos lectores y especial­mente de sus tiernas lectoras.

En el jardín de la señora Luisa Argellani hay un robusto olmo, en cuyo tronco se agarra una yedra que llega del cercano jardín de Guido Laurenti. «Arrancad la hiedra del árbol y mo­rirá, no tanto por nostalgia de su tronco como por haberla arrancado y quebrado». Así piensa Luisa, que está enferma y no desea curar, alimentando su mal en la sole­dad, atormentada por el recuerdo del hom­bre que desilusionó su amor.

Pero Guido, que es médico, hombre de corazón y sobre todo enamorado de su linda vecina, empie­za con tacto el tratamiento, más moral que físico. Luisa cura, y Guido, que considera incomprendido su amor y sospecha estar curando a la mujer en beneficio de su rival, que acaba de volver al lado de ella, decide marchar a las Indias. En el puente del bu­que donde sube con el corazón destrozado encuentra a Luisa, tierna y enamorada. La novela, que tuvo un gran éxito por el fácil patetismo que la anima, sigue siendo la más conocida de Barrili.

E. C. Valla

Olivetum, Andreas Gryphius

Poema en lengua latina de Andreas Gryphius (1616-1664), escrito pro­bablemente durante la estancia del poeta en Leiden (finales de 1643, comienzos de 1644), Según las noticias de un diario perdido de Gryphius, habría sido impreso en Florencia en 1646 y después entregado por el poeta en audiencia solemne al Senado de la República Véneta.

Pero de la edición florentina faltan ejemplares y del homenaje a la Serenísima documentos históricos. La primera edición existente de la obra es del 1648. El Olivetum, escrito en hexámetros y dividido en tres cantos, es el poema de la pasión de Cristo en el monte de los Olivos.

En él se refleja, además del sentimiento religioso de Gryphius, la literatura mística de Scheffler y de los demás silesianos, pero, según de­muestra el propio uso de la lengua latina, en la obra se revela ante todo la influen­cia humanista ejercida sobre el poeta por la Universidad de Leiden.

La pasión de Cristo está, en efecto, representada con formas y medios poéticos completamente clásicos, como por ejemplo, el uso abundante de las iconologías desde la de la Venganza que, al comienzo, se opone al deseo de Cristo de redimir a la Humanidad, a la de los mons­truos infernales, Castigo, Muerte, Hambre, Desesperación, etc., que, en el segundo can­to, tientan a Cristo en el Monte de los Oli­vos.

Y de un mitologismo clásico es también la escena final, que representa la fuga de las ninfas, aterrorizadas por las señales pro­digiosas de la próxima muerte de Cristo, del río Chidron a su padre, el Dios-río que les cuenta la profecía de David. Y David aparece y cuenta la crucifixión de Cristo, en tanto que ésta ocurre; el Dios-río mal­dice a Jerusalén y a todo el pueblo hebreo, y las ninfas huyen, desvaneciéndose, por todas partes.

S. Lupi

El Olmo del Paseo, Anatole France

[L’orme du mail]. Novela de Anatole France (François-Ana­tole Thibault, 1844-1924), que, publicada en 1896, fue la primera de la tetralogía titu­lada Historia contemporánea (v. El maniquí de mimbre, El anillo de amatista, El señor Bergeret en París).

Con esta serie, France, renunciando en parte a la facilidad esteticista y a las divertidas evocaciones históricas de sus primeras novelas, que se complacían en situarse en cierto modo al margen de la vida moderna, quiso llevar su sátira al corazón de la sociedad contemporánea.

El héroe de su narración es Bergeret (v.), per­sonaje que ocupa en la sociedad de fines del siglo XIX un puesto equivalente al del abate Coignard (v.) en los primeros años del siglo XVIII.

Como Coignard, también Bergeret es humanista en lo profundo de su alma, y gusta de filosofar sobre la vida; pero no es de ningún modo un clérigo aventurero y pintoresco, sino simplemente un profesor de literatura latina en la anti­gua universidad de una gran ciudad pro­vinciana, Turcoing.

La noble y modesta figura de este hombre de talento, fino hu­morista y agudo observador, está cuidado­samente retratada por el autor, que sigue a su héroe en los fatigosos contratiempos de su carrera, en las pequeñas miserias de su vida doméstica, y, sobre todo, en sus relaciones sociales, en sus pensamientos y en sus interminables conversaciones.

Porque Bergeret, espíritu socrático, gusta de dis­cutir y conversar con cualquiera; y sus dis­cursos y sus reflexiones ofrecen a France el pretexto para evocar en torno a él, como una serie de estampas de rasgos finos y mordientes, la vida entera de la ciudad.

En la tienda del librero Paillot, Bergeret en­cuentra al iracundo archivero Mazure, mal­diciente y áspero jacobino, al charlatán doctor Fornerol, al rico de Terremondre, hi­dalgo campesino, amante del arte y colec­cionista; su profesión lo pone en contacto con sus colegas; su admiración le impulsa a lisonjear a la sugestiva figura de Madame de Gromance, cauta y radiante pecadora; su interés por los fenómenos sociales evoca en tomo a él la figura del prefecto de la ciudad (el escéptico y rutinario Worms- Clavelin, sostenido por la hábil política mundana de su mujer), la del viejo general legitimista Cartier de Chalmot, la del indus­trial Dellion…

Pero el interlocutor preferido del profesor Bergeret, el compañero de sus tranquilos paseos bajo los olmos que cir­cundan el viejo juego de mallo, a extra­muros de la ciudad, es el abate Lantaigne, el rector del seminario. Aunque el benévolo escepticismo de Bergeret esté en los antí­podas de la fuerte y belicosa fe del abate, los dos hombres, unidos por la misma pa­sión por la controversia y por el amor de las ideas generales, aprovechan todas las ocasiones para discutir, y sus debates con frecuencia se elevan a consideraciones gra­ves y patéticas sobre los destinos de la civilización, sobre la cuestión social, sobre el gobierno de la República.

Por otra parte, por medio de Lantaigne, la narración pe­netra en el ambiente eclesiástico, lo que da ocasión a dibujar entre el propio Lantaigne, el Arzobispo-Cardenal, el secretario de la diócesis y el abate Guitrel, profesor de elo­cuencia, una sutil intriga que, junto con las peripecias personales del profesor Bergeret, contribuirá a proporcionar a este libro, como a los otros de la serie, un simulacro de tra­ma.

Se trata, en efecto, de nombrar un sucesor al obispo de Turcoing, muerto hace poco; entre los candidatos se enfrentan el austero y rígido Lantaigne y el sociable y maleable Guitrel, sostenidos por dos partidos que ponen en juego toda su influencia y todas sus relaciones.

Todo un pequeño mundo que France saca a la luz en sucesivos sondeos, juzgándolo con penetrable malicia a través de los discursos de su Bergeret, siguiendo un método de exposición a saltos y aparen­temente caprichoso, que cuadra admirable­mente con las cualidades de un estilo vivo y penetrante, al propio tiempo minucioso y sintético, igualmente apto a las difusas consideraciones panorámicas, como al epigrama intencionado. [Trad. española de Luis Ruiz Contreras (Madrid, s. a.)].

M. Bonfantini

Olive, Joachim du Bellay

[L’Olive]. Colección de sonetos de Joachim du Bellay (1522-1560), publicada en 1549 y titulada exactamente Olive y algunas otras obras poéticas [L’Olive et quelques autres oeuvres poétiques]; una se­gunda y más completa edición es la de 1550.

Según el dictamen expresado en su tratado sobre la Defensa e ilustración de la lengua francesa (v.), el autor se alaba de haber introducido por primera vez en Fran­cia el soneto de Petrarca, único entre los modernos que puede parangonarse digna­mente con los antiguos por la finura de la inspiración y de la forma, y afirma que por sus propios méritos «las divinas Gracias han hecho resonar bien el soneto italiano en las riberas angevinas».

En honor de una dama llamada Olive (nombre anagramático, pero seguramente real, según la usanza angevina, porque algunas de las primas del poeta se llamaban Olive), Du Bellay canta la belleza femenina y la conmovida admiración que la belleza suscita en el corazón del hombre. Amor es un dios de gran fuerza, que exige fidelidad hasta cuando atormenta al alma; pero basta una palabra de la dama, una mirada, una sonrisa, y el enamorado siente la voluptuosidad de la pasión a la que no renunciaría por los más grandes placeres de la vida.

La parte mejor de la colección está formada por los sonetos que cantan la belleza femenina en todo su esplendor («Ces cheveux d’or sont les liens, Madame», «Pied, que Thétis pour sien eút avoué»). Otras veces la delicada descripción de la natu­raleza («Tout ce qu’iei la Nature environne» y «Déja la nuit en son pare amassait») se expande en una delicada atmósfera en la que el poeta encuentra su más genuina ins­piración.

Pero a la admiración por la bella Olive (comparada con la frescura del fruto, de la misma manera que en la imagen petrarquista del laurel para Laura), se mez­clan también los dolores de la vida y la meditación religiosa («Pére du ciel, si mille et mille fois» y «Si nostre vie est moins qu’une journée») no le es extraña la con­ciencia de haber encontrado en el amor la alegría espiritual que la ambición del poeta sólo querría unida a la conquista del arte («Je ne quiers pas la fameuse couronne»).

La parte más propiamente original de la obra no excluye, sin embargo, el que más que nada esté fundada sobre la proclamada imitación de los antiguos; en efecto, lo que sobre todo importa notar es que Du Bellay sigue, a veces con insistencia casi literal, a los poetas italianos, desde el Petrarca a los discípulos de Bembo, de Tomitano a Zancaruolo y a otros entonces conocidos en Francia. También Ariosto, con su exalta­ción de la belleza femenina, y Catulo con su exasperada conciencia de amante, propor­cionan al poeta francés algunos de sus mo­tivos más agudos.

En la primera edición de la Olive, y más aún en la segunda, el autor hizo seguir en un apéndice una colec­ción de odas, entonadas particularmente a la brevedad de la vida y a la inconstancia dé las cosas del mundo: motivos que luego serán familiares a los demás líricos de la Pléyade.

C. Cordié