Omoo, Hermán Melville

Relato de aventuras en los mares del Sur, del escritor norteamericano Hermán Melville (1819-1891), publicado en 1847 como continuación de Typee (v.), al que es superior por la variedad de los casos na­rrados y por una exposición más franca y libre.

Mientras Melville vivía en el valle de Typee y empezaba a estar algo cansado de su ya prolongada estancia entre caníbales, se había dirigido hacia aquellos parajes una ballenera australiana que estaba escasa de tripulación.

El capitán Guy, al enterarse de la existencia de Melville, satisfecho de en­contrar refuerzos para su tripulación, envió una barca para buscarlo. Después de diver­sas peripecias, Melville se encontró a bordo de la «Julia», donde hizo amistad con un curioso tipo de trotamundos, el médico de a bordo, llamado el doctor Fantasmalargo (doctor Long Ghost) por su figura enteca.

En el navío del capitán Guy se olfateaba la rebelión, que se hizo evidente cuando aquél enfermó. Entonces la tripulación obli­gó al segundo de a bordo a dirigir la proa hacia la isla más próxima, Tahití. Llegados a Papeete, la chusma pidió ser desembar­cada; intervino el cónsul inglés, y una parte de los sublevados fue llevada a la fuerza a la «Reine Blanche», un navío de guerra francés.

Era en los primeros tiempos de la ocupación francesa de Tahití, bajo Luis Felipe; pasados algunos días de prisión en la «Reine Blanche», el cónsul Wilson hizo trasladar a los rebeldes, entre los cuales estaban tanto Melville como el doctor, a una especie de cárcel de campaña, confia­dos a un carcelero bonachón.

Allí permane­cieron todos ellos un mes y medio aproxi­madamente, primero en las celdas, luego con mayor libertad. El inquieto Melville y su compañero, pasadas algunas semanas en aquella pseudocárcel, decidieron escapar, pero, tras haber vivido y cazado algo con los colonos de una isla próxima, los incorre­gibles vagabundos se despidieron de ellos y se refugiaron entre los salvajes.

Ésta es la parte más hermosa del libro; se ponen en contacto con poblaciones que han man­tenido vírgenes sus costumbres, excepto una envoltura bastante superficial de cristianis­mo. El comercio con los blancos no ha co­rrompido todavía la raza; son magníficos salvajes, parecidos a los que Bougainville y Cook encontraron en aquellas islas sesenta años antes y que hicieron famosa de repente a Tahití como un paraíso terrenal.

Humil­des, sencillos, hospitalarios, acogen con be­nevolencia curiosa y amistosa a los descalzos y demacrados vagabundos. Más tarde, la llegada de un velero americano, al embar­car a los dos fugitivos, pondrá fin a la aven­tura. Hay en las páginas de Omoo (como en las de Typee) un soplo de libertad pri­mordial, de virginidad edénica, que encanta y que cuarenta años más tarde atraerá so­bre las huellas de Melville al gran escritor inglés Robert Louis Stevenson, cuya Isla del Tesoro (v.), como muchos relatos y libros de viajes, se desarrollan en las Islas del Sur.

Más tarde, Pierre Loti, el pintor Gauguin, Somerset Maugham, Simenon y otros continuarán esta tradición artístico – literaria, de la que Melville fue el iniciador. Si Stevenson es un artista más refinado, le queda a Melville, aun con ciertas rudezas e intermitencias de dones estilísticos, el mérito del descubrimiento así como el sen­tido de autenticidad y de entusiasmo propio de los iniciadores.

P. G. Conii

Quizás el Melville de Omoo es el más feliz, y sin duda el más despreocupado. Tan pronto coge la vida como viene y, verda­dero epicúreo, se come al mundo de un bocado, como carece realmente de preocu­paciones y se divierte deambulando con aquel pillastre del doctor Fantasmalargo; no se preocupa de lo que hace, ni de ideas ni de moralidad; siempre irónico, como cuadra a un epicúreo. (D. H. Lawrence)

Sus polinesias en el baño, en la siesta o entregadas a la bacanal son muy seductoras, y se advierte que está enamorado de ellas. Al retratarlas, a menudo ha firmado autén­ticos Gauguin. (R. Michaud)

La Olla de Oro, Ernst Theodor Amadeus Hoffmann

[Der goldene Topf]. Narración de Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (1776 – 1822), incluida en el tercer volumen de las Fantasías a la manera de Callot (v.), publicado en 1814.

El estudiante Anselmo, lo mismo que los protagonistas de la Princesa Brambilla (v.), se halla inde­ciso entre la aspiración a una razonable felicidad burguesa y el impulso hacia una vida excepcional y libre: la primera está encarnada para él en la boda con la gra­ciosa Verónica, la hija del corector Paulmann; la segunda, en la unión con Ser­pentina, la ambigua y deliciosa hija del archivero Lindhorst; ser misterioso éste, ora empleado regio, ora salamandra, ora autori­tario como un rey, ora enigmático como un mago, siempre irónico; del mismo modo que su hija, que tan pronto diríase una muchacha bellísima, como una viborilla deslizándose entre las ramas de un árbol.

Precisa­mente se apareció ella por primera vez a Anselmo mientras él, a la orilla del Elba, meditaba tristemente sobre la mala pasada que le había jugado su bolsa, impidiéndole participar en la fiesta de la Ascensión. Cons­tituye la obra uno de los primeros pasos de Hoffmann, uno de los en que, gracias a su mágica pluma, la distancia entre las cosas animadas y las inanimadas se atenúa hasta desaparecer, produciéndose la exteriorización casi musical de imágenes, de sonidos, de colores, de perfumes y hasta de emocio­nes.

«Anselmo fue interrumpido en su soli­loquio por un extraño roce que salía de entre las hierbas y llegaba hasta las ramitas y las hojas del árbol de saúco. Unas veces parecía como si el viento de la tarde sacu­diese las hojas; otras, que los pajarillos bisbisasen entre las ramas saltando aquí y allá agitando las alas.

Luego fue un bisbiseo y un susurro. Parecía que las flores sona­ran como si de ellas pendiesen campanillitas de cristal». En cierto momento le pareció al joven como si entre las ramas sonasen palabras leves y veladas: «Miró hacia arriba y vio entre el verde oro de las hojas tres pequeñas serpientes relucientes que se ha­bían enroscado a las ramas y que alargaban sus cabecitas hacia el sol poniente».

Cuando una de las serpientes miró a Anselmo con dulces ojos humanos, se sintió él preso de irresistible fascinación. Por eso aceptó con alegría la propuesta del archivero para ir a su casa a copiar ciertos preciosos manus­critos. Todo es prodigioso en aquella casa: desde el vaso de oro en la sala azul al jar­dín con papagayos parlanchines; pero es sobre todo preciosa la metamorfosis de una muchacha plena de fascinación, en la ser­piente descubierta entre las ramas del saucal.

Pero Verónica no renuncia tan fácil­mente a su estudiante. Recurre a la hechicera Lisa, que representa el poder má­gico opuesto al del archivero, como en el Pequeño Zaches (v.) el doctor Próspero Albano opone su fuerza arcana a la de la canonesa Rosabelverde. Pero los sortilegios de Lisa no sirven para nada. Y Verónica, resignada, se casa con el antiguo rival de Anselmo, convertido entretanto en consejero de la Corte, en tanto que Anselmo se casa con Serpentina y la sigue a su feudo de los países de Atlántida.

Al que encuentre enig­mática la narración, Hoffmann mismo le revela el sentido: « ¿Qué otra cosa es la feli­cidad de Anselmo sino la vida en el seno de la poesía, a la que el sagrado acuerdo entre todas las criaturas se revela como el sentido más profundo de la naturaleza?».

B. Allason

Ollantay, Anónimo

Drama incaico en tres actos, en versos octosílabos, de fines del siglo XV. Recogido, al principio, en la sucesión de sus actos y de sus escenas, de la viva voz popular y transmitido así de generación en generación, fue transcrito en su lengua ori­ginal (el «quechúa») y ha llegado a nos­otros gracias, sobre todo, a los esfuerzos y a los cuidados de un sacerdote, Justiniano, lejano descendiente de los incas cruzados con una familia genovesa, dedicado a la cura de almas en una pequeña aldea perdida entre los pliegues de los Andes (según otros se trata, por el contrario, de un sacer­dote peruano, Antonio Valdés; la obra, como monumento de la antigua lengua de los incas, en todo caso es apócrifa).

Cons­tituye uno de los más antiguos documentos de la literatura de los antiguos habitantes del Perú; se eleva sobre los demás dramas de su género, con los cantos religiosos, las elegías y poesías de amor, los himnos gue­rreros y coros para celebrar las fiestas campestres; y prueba, con su estilo, con su acción, con el carácter de sus personajes y con la estrecha moral en que se inspira, el grado de alta cultura a que llegaron los antiguos súbditos de los Incas.

El drama transcurre en tiempos del emperador Pa chacutec y tiene por tema el desgraciado amor del protagonista, Ollantay, hacia la hija del emperador. Ollantay, fuerte y afor­tunado guerrero, que por sus muchas vic­torias es el generalísimo predilecto del Inca, ha sido vencido por las gracias y la hermosura de Cusi Coyllur («la estrella de la alegría»), hija del gran Pachacutec.

La joven princesa le corresponde apasionada­mente, y su propia madre se muestra com­placiente a estos amores. De nada sirve que un fiel servidor trate de disuadir a Ollantay de su pasión; nada valen las admoniciones y consejos del Sumo Sacerdote; en la reunión de todos los generales, Ollantay pide resueltamente al emperador la mano de su hija.

De aquí la sorpresa y la ira de Pachacutec, que precisamente poco tiempo antes había prohibido por una ley el. ma­trimonio de cualquiera de sus familiares con quien no pudiese probar que llevaba san­gre imperial. Ollantay, depuesto, se rebela contra su soberano; se retira con los suyos a la fortaleza megalítica, que de él tomará el nombre de Ollantaytambo, y declara guerra abierta al Inca.

Vanos son los es­fuerzos de Pachacutec para vencerlo y do­marlo; sus tropas, mandadas por el general Ruminanhui, quedan muchas veces deshe­chas en encarnizados combates, y Ollantay, en medio del entusiasmo de los suyos, es proclamado emperador. No pudiendo pren­derlo con las armas, Ruminanhui piensa en la astucia.

Se finge herido y con los vestidos destrozados se presenta en el campo de Ollantay, contando que ha caído en des­gracia del nuevo y joven emperador, Tupa Yupanqui, que acaba de suceder a su padre Pachacutec. Ollantay, crédulo, acoge al viejo compañero de armas, al vencido ad­versario, y éste, aprovechando la gran fiesta del dios Sol, después de haber embriagado a los soldados de guardia, a una señal con­venida abre las puertas de la fortaleza y hace entrar en ella a sus tropas.

Ollantay, prisionero, es llevado a Cusco, residencia imperial. Aquí, entre las jóvenes vírgenes del Sol, hay una muchacha, Ima Sumac («La bellísima»), hija de los amores prohi­bidos de Ollantay con Cusi Coyllur. Impre­sionada por los lamentos que oye venir de los subterráneos de su estancia, Ima Sumac arranca a su vieja nodriza el secreto de su nacimiento y sabe que la infeliz que se desespera en ima cárcel oscura es su madre, Cusi Coyllur, condenada a tan dura pena por el implacable Pachacutec.

Vuela ella a palacio e implora gracia para la madre. Tupa Yupanqui corre a la casa de las Vír­genes, donde encuentra a la desventurada hermana a quien creía muerta. Ollantay reconoce en Ima Sumac a su hija y en la sepultada viva a Cusi, el objeto de su pasión; el Inca magnánimo perdona y les hace a todos felices. El drama, traducido en parte o por completo al español, al francés, al inglés, al alemán, se representa aún en su lengua original en los teatros del Perú por compañías ex profeso, y sus escenas ordi­nariamente se alternan con cantos, himnos y danzas’que recuerdan los de los incas.

G. Melchiori

Olor Iscanus, Henry Vaughan

Con este título latino (lit. El cisne del río Usk) el poeta inglés Henry Vaughan (1622-1695) publicó sus poe­sías.

Parece que estaban ya terminadas a finales del 1647, pero no fueron impresas hasta 1651, en Londres: el poeta había su­frido una grave enfermedad, y le pareció que debía rechazar todo cuanto hubiera de mundano en su libro.

La poesía que da nombre al volumen canta las alabanzas del río Usk. Hay en ella reminiscencias de las Pastorales de Britania (v.), de Browne. La poesía más notable a la vez que la más sorprendente es el «Osario» («The Charnel House»), que hace pensar en John Donne, llena de modismos extraños, de precisos e impetuosos adjetivos, de metáforas atrevi­das, que asombran por su atrayente morbo­sidad.

No hay en la colección poesías de amor, pero hay muchos recuerdos sobre la amistad, que ocuparon siempre un gran lugar en el pensamiento de Vaughan. Halla­mos también alusiones a la vida despreocu­pada, y versos de homenaje a escritores contemporáneos, tales como D’Avenant, John Fletcher, William Cartwright y «Orinda».

Hay más indicios del odio del poeta a la autoridad de su tiempo que auténtico entusiasmo por la causa del rey. Una de las poesías más emotivas y digna del mejor Vaughan es la dedicada a «Isabel», muerta de dolor, en Carisbrooke, en 1650. Las observaciones de Vaughan acerca de la gue­rra han complicado las investigaciones sobre su biografía porque más bien oscurecen que aclaran los acontecimientos de su vida.

A. Camerino

O Locura o Santidad, José Echegaray

Drama en tres actos, estrenado en Madrid en 1877, de José Echegaray (1832-1916), jefe de los neorrománticos.

El protagonista, don Lorenzo de Avendaño, extraño tipo de filósofo solitario siempre sumido en profundas lecturas y abstractas meditaciones, se entera de que Juana, su vieja nodriza (que a la muerte de su madre fue acusada por él de robo y encarcelada, por haber sustraído un pre­cioso medallón que la moribunda dejaba a su hijo), está ahora agonizando en una ba­rraca e invoca ardientemente su perdón.

Lorenzo corre en su busca y la lleva a su casa. Una vez solos, Juana le revela el con­tenido de un documento cuya existencia estaba indicada en un papelito encerrado en el medallón, robado por ella precisa­mente para ocultarle una grave revelación.

Don Lorenzo se entera de ese modo de que Juana, y no la otra, es su verdadera madre. Desde este momento se inicia el drama in­terno del filósofo, obsesionado por el pen­samiento de llevar abusivamente un nom­bre que no es suyo, de disfrutar desde hace tiempo de bienes ajenos, es decir, de haber casi robado a la sociedad cuanto constituye el honrado bienestar de la propia familia.

Llega entre tanto la Marquesa de Almonte para combinar con él el matrimonio de su hijo Eduardo con Inés, la joven hija de don Lorenzo. Pero ¿cómo podrá dar a su hija, a quien adora, un nombre mancillado y riquezas que ya no son suyas? El casa­miento es imposible.

Sobre este esquema la situación del drama se vuelve rígida, hasta el punto de que la nota patética determi­nada por el conflicto espiritual que se deba­te en don Lorenzo, al mismo tiempo de­seoso de la felicidad de su hija y decidido a restituir nombre y bienes a los legítimos herederos, tiene más la aridez de un cerebralismo morboso que la mesura humana de un destino soportado: «Miserable má­quina de pensar», le llama, indignada, su mujer Ángela.

Consciente de la agitación que ha producido en el ánimo de su hijo, Juana destruye el documento revelador y, a punto de morir, niega ante todos ser ma­dre de don Lorenzo. Sin embargo, éste está seguro de sus afirmaciones; pero cuando al fin, para decidir si su actitud — según pala­bras de Eduardo, que dan título al drama — es «locura o santidad», se le pide la prueba de cuanto afirma, no encuentra el docu­mento y es tenido por loco.

El teatro de Echegaray, caracterizado por un diálogo en­fático y melodramático, se agota a menudo en situaciones forzadas. Don Lorenzo lucha, no contra una adversidad del destino, sino contra la propia rigidez moral exasperada, de la que se convierte en esclavo hasta caer en la locura.

A. Manganiello