La Parricida, Alek’sandre Qazbegi

[Mamis Mkvleli]. No­vela del escritor georgiano Alek’sandre Qazbegi, conocido con el nombre de Motchkhubaridze (1868-1913), publicada a fines del siglo XIX.

Lo mismo que los poetas Čavčavadze y Barathashvili, también Qazbegi parece sacar de las injusticias y de las arbitrariedades de la dominación rusa el impulso para una representación artística. De aquella época data el resurgi­miento de la literatura georgiana, en un clima de ardiente y salvaje patriotismo.

La historia, descrita según las tendencias rea­listas, está sacada de las luchas de los mon­tañeses «khevsuri» contra la opresión de los rusos. Yago, pastor que no conoce ni baje­zas ni cobardías, ama ardientemente a Nunu, pero los celos de Grigolau y las arbitrarie­dades de la administración rusa ponen toda clase de obstáculos a los dos amantes.

En vano Koba, orgulloso pastor que ha bajado de las montañas para vengar al pueblo oprimido, se pone de parte de los dos; Nunu, acusada injustamente de parricidio por el desalmado Grigolau, es ajusticiada.

Entonces Yago y Koba, impulsados por una implacable sed de venganza, ligados entre sí por una fraternidad indisoluble sellada con el rito de la sangre, se hacen bandole­ros y, uniéndose a los «khevsuri», inician una lucha a muerte contra las hordas des­tructoras de los rusos.

Y cuando Yago muere en el campo de batalla durante un combate, el caballeresco sentido de justicia se transforma en Koba en una feroz y bru­tal sed de venganza: marcha contra los rusos matando y ajusticiando a todos los que encuentra, culpables o inocentes.

En esta atmósfera de exasperado patriotismo termina el libro, en el cual son recogidos en una pintoresca visión los usos y cos­tumbres de aquella animosa tribu monta­ñesa y la áspera naturaleza de Georgia. El estilo sencillo y expresivo, los caracteres de los «khevsuri», dibujados con gran maes­tría, y el amor a la patria son los méritos de esta novela.

B. Sadathierashvili

El Párroco de Kirchfeld, Ludwig Anzengruber

[Der Pfarrer von Kirchfeld]. Drama de ambiente rural que en 1870 reveló al poeta popular austríaco Ludwig Anzengruber (1839-1889), el último de los grandes creadores del «Volksstück» vienés. La tendencia es anti­clerical, conforme al espíritu de la época.

Sobre el fondo idílico de dos pueblecitos de montaña sobresale la figura de un joven párroco, espíritu libre, representante de la corriente «ilustrada» (de ahí su nombre Hell, es decir «claro»), en oposición al con­de Finsterberg (finster: «oscuro»), resto de aquella nobleza feudal-clerical que actuaba en la sombra para sofocar la nueva libertad de pensamiento.

Entra de criada en casa del párroco la joven Ana, que despierta en él un sentimiento de tierno y puro afecto. Pero Wurzelsepp, que odia al párroco y a la Igle­sia porque durante su juventud le habían impedido un matrimonio de religión mixta, viendo que el párroco regala a la joven una cruz de oro lo denuncia a la maledi­cencia del pueblo.

Ana, para poner fin a las malignas habladurías, acoge de buen grado el amor del joven Miguel y ruega al párroco que bendiga su boda. Mientras tan­to, la madre loca de Wurzelsepp se suicida, y éste, olvidando su odio, o tal vez pensan­do encontrar nuevos motivos para alimen­tarlo, se dirige a casa del párroco para rogarle que celebre los funerales de su ma­dre.

Pero queda desarmado y conmovido ante Hell, que sin reparos accede a ello; y desde aquel momento se convierte y se constituye en su defensor. El conde Fin­sterberg, empero, trabaja en la sombra en daño del párroco; y mientras éste, con el corazón destrozado se dispone a celebrar las bodas de Ana y Miguel, le hace llegar a sus manos la orden de sus superiores que le destituye de sus funciones y de sus votos eclesiásticos.

En medio de su dolor, Hell encuentra en las palabras de Ana un con­suelo y una esperanza. Su sincero amor ha­cia los hombres, su profundo afecto por la tierra donde ha nacido, su práctica teatral adquirida durante dos lustros de aprendi­zaje de actor, permiten a Anzengruber dar vida a figuras y tipos bien dibujados.

M. A. Zaghetti

El Parque Mansfield, Jane Austen

[Mansfield Parle]. Novela de Jane Austen (1775-1817), publicada en 1814, anónima.

Sir Tomás Bertram, para ayudar a una hermana de su es­posa que se encuentra en graves apuros financieros, recoge en su casa a una sobri­na, Fánny Price, y la educa junto a sus pro­pios hijos, Tom, Edmundo, María y Julia.

La tristeza y el dolor de Fanny, a causa de su separación de la familia, pronto se ven aliviados por la amistad que le profesa el segundo de sus primos, Edmundo. Los años pasan, las condiciones financieras de Sir Tomás no son ya tan florecientes, y se ve obligado a emprender un largo viaje de negocios a la India.

Durante su ausencia María se promete con Mr. Rüshworth, joven rico pero insignificante, que posee una pro­piedad cerca de Mansfield donde viven los Bertram. Entretanto llegan, como huéspedes del pastor del lugar, sus dos cuñados, Mary y Enrique Crawford.

Edmundo se enamora de Mary, con gran dolor de Fanny, cuyo afecto por su primo se ha transformado en un sentimiento más profundo; mientras María, a pesar de su noviazgo, se deja cor­tejar por Enrique.

La vuelta de Sir Tomás pone muchas cosas en su lugar. María se casa con Rüshworth, y Enrique Crawford, que ha vuelto al pueblo después de un pe­ríodo de ausencia, dirige sus atenciones a Fanny y la pide en matrimonio; pero ésta lo rechaza, y su negativa merece la total desaprobación de su tío.

Los acontecimien­tos se precipitan: María huye con Enrique, y Julia se aleja con un enamorado suyo poco recomendable, Mr. Yates. El compor­tamiento de María en esta ocasión ilumina a Edmundo, que comprende finalmente su error, y busca consuelo en Fanny, se ena­mora de ella y se casan.

Ésta es la primera novela escrita por la Austen después de un largo período de silencio. Empezada en1812, después de la publicación de Juicio y sentimiento (v.), la terminaba en junio de 1813. En esta obra, escrita en plena madurez literaria, no se encuentran la vi­vacidad y penetración de sus primeras no­velas, y lo mismo puede decirse de las dos restantes obras que dejó la escritora antes de su muerte: Emma (v.) y Persuasión (v.). El estudio de los caracteres continúa siendo siempre el elemento principal y el mayor mérito de estos cuadros de vida doméstica.

Particularmente feliz es la des­cripción del carácter de Fanny Price, que el lector ve transformarse de una niña tími­da en una mujer de sentimientos tiernos y profundos. A su alrededor se mueve una legión de otros felicísimos retratos feme­ninos. Menos logrados, como sucede en otras obras de la Austen son, por el contra­rio, los retratos de caracteres masculinos y en particular el del protagonista, Edmundo.

S. Rosati

El Parnaso Satírico, Théophile de Viau

[Le Famasse satirique]. Colección de poesías francesas publicada hacia 1622 y atribuida en gran parte a Théophile de Viau (1590-1626).

Com­puesta de piezas injuriosas y procaces, apa­reció clandestinamente después de haberse difundido manuscrita en los distintos me­dios sociales de la época; la obra suscitó muy pronto procesos y persecuciones contra los autores, que no siempre habían dado su nombre a las composiciones.

El carácter más saliente de la obra es el de una alegre bufonada; epigramas licenciosos, presentados con la intención de moralizar, descri­ben la vida de sociedad con sátiras contra los ricos improvisados y los nobles de poca cuenta.

Son con toda seguridad de Théophile algunas, priapeas alegres pero indecentes sobre las costumbres de la época, y las sá­tiras picantes y leves en las que los amores ilícitos y las pasiones ruinosas son obser­vados con el ojo de un pintor de género.

Es famosa la presentación de la prostituta asediada por nobles pisaverdes; por ella los torpes amadores arruinan a sus familias, pero el caso es que es imprescindible tener, o fingir que se tiene una mujer de moda.

Los nombres de otros colaboradores apa­recen en alguna poesía aislada: el de Colletet en «Encuentro» [«Recontre»] y el de Boisrobert en «Invierno» [«Hiver»]; pero, como quiso demostrar Théophile, negando su participación en la empresa, las poesías de estos y de otros contemporáneos y de poetas de la edad precedente sólo debían servir para dar una apariencia de seriedad a una obra tan, innoble y lasciva.

Su fama de obra licenciosa y atea contribuyó a divulgar poesías carentes de verdadero valor satírico; las numerosas ediciones hechas en el transcurso de todo el siglo XVII contri­buyeron a echar sobre la obra de Théo­phile la sombra de un ininterrumpido liber­tinaje, y a velar su figura de auténtico poeta.

C. Cordié

Parnaso Español, Francisco de Quevedo y Villegas

Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645), que sacó del olvido las obras de Francisco de la Torre (v. Poesías) y se encargó de publicar las Poesías (v.) de Fray Luis de León, no se preocupó de publicar las suyas, que an­daban manuscritas de mano en mano, con gran éxito.

Gracias a la diligencia de su amigo Jusepe Antonio González de Salas, en 1648 pudo publicarse una colección de sus obras bajo el título Parnaso español, Monte en dos cumbres dividido, con Las Nueve Musas Castellanas, colección que vol­vió a editarse con adiciones de un sobrino del mismo Quevedo — don Pedro de Aldrete — en 1670 y con el título Las tres últimas Musas castellanas, Segunda cumbre del Parnaso español.

Esas dos ediciones, a pesar del esfuerzo de los recopiladores, son incompletas y defectuosas, aunque ellos mismos declaran que tuvieron que vencer grandes obstáculos para entregarlas a la imprenta. Aldrete dijo que su tío nunca permitió que se publicaran, por ser tantas y de tanta magnitud sus obras poéticas.

González de Salas declara que a la muerte de Quevedo sólo pudieron salvarse unas pocas poesías: «No fue de veinte partes una la que se salvó de aquellos versos que conocieron muchos, quedaron en su muerte, y yo traté y tuve innumerables veces en mis manos por nuestra continua comunicación». Añádase — y esto es aún más grave — que los editores no vacilaron en limar y corregir algunas poesías e incluso, a las veces, en darlas a corregir a otros amigos, según rezan las apostillas con que comen­taron más de una composición.

Desde el principio, Quevedo aparece profundamente dueño del verso y riquísimo en temas (recuérdese que en 1603 recibió la «aproba­ción» la antología de Espinosa, Flores de poetas ilustres, en la que figuran algunas poesías suyas); dominio y riqueza de temas que irán creciendo en el transcurso de una actividad poética que duró cuarenta años.

Al igual que en su producción en prosa, le vemos alternar un tratado casi ascético con una novela picaresca o con una crítica del Gongorismo (v.), también en su poesía al­ternan los temas y las fórmulas más dis­pares. Como veremos, el contraste barroco tiene en Quevedo su más alto representante. Por ello no debe causarnos asombro hallar un bellísimo poema amoroso junto a una feroz sátira de los vicios de la época, o un delicioso romance burlesco junto a un so­neto lleno de gravedad moralista.

Por otra parte, ningún otro poeta del siglo XVII ofrece tal variedad de estilos. Como veremos a continuación, Quevedo pasa con toda tranquilidad de un «culteranismo» esplén­dido a una forma de poesía trivial en jerga picaresca. Su asombroso dominio de la len­gua es proverbial entre los conocedores de la literatura española.

En una ocasión Euge­nio d’Ors escribió que Quevedo produce la impresión de estar recreando continua­mente el idioma. Los vocablos más trivia­les, más gastados por el uso, cobran en su obra una prístina originalidad que en vano buscaríamos en otros poetas. Por consi­guiente, es indispensable clasificar la obra de Quevedo teniendo en cuenta la temá­tica y el estilo.

La poesía amorosa de Que­vedo ha hallado poca aprobación entre los críticos, que han concedido mucha más im­portancia a la satírica y moralista. Sin em­bargo, creemos que no pueden pasarse en silencio estas poesías, algunas de las cuales son de lo mejor de la época. Son poesías barrocas, tanto por su manera de conce­birlas como por su temática, y no petrarquistas. He aquí algunos de los epígrafes que pusieron los editores: «A Aminta, que se cubrió los ojos con la mano», «Retrato de Lisi que traía en una sortija», «A una dama que apagó una bujía y la volvió a encender en el humo soplando».

En su mayoría son poesías jocosas, de simple pa­satiempo, que no muestran ninguna pasión verdadera. Pero aunque se trata de sim­ples burlas, muchos sonetos — en especial los dedicados a Lisi — poseen una belleza impresionante y no dejan duda acerca de la profunda pasión que debió agitar el alma de Quevedo.

El vigor expresivo y la fuerza de las imágenes y de las metáforas pueden comprobarse con sólo dos ejemplos: el soneto que comienza «Cerrar podrá mis ojos la postrera», acaba con estos dos ver­sos, únicos y maravillosos: «serán ceniza [los huesos], mas tendrán sentido;/polvo serán, mas polvo enamorado». Otro soneto concluye con esta asombrosa imagen: «lue­go se ennegreció, mustio y doliente,/el aire adormecido en sombra fría».

Bastan esos dos ejemplos para probar la elevadísima calidad de su poesía amorosa, que, además, muestra la característica de un estilo cul­terano. Aunque Quevedo precisó en varias ocasiones su posición de abierta hostilidad a la escuela de Góngora en estas poesías y en algunas letrillas y canciones líricas (como en el «Himno a las estrellas»), no está sustancialmente lejos del culteranis­mo en sus mejores expresiones.

En más de un caso, la dificultad de la poesía obligó a sus editores del siglo XVII a dar aclara­ciones: así, González de Salas se consideró obligado a explicar algunas metáforas ex­cepcionales, como las del soneto «En breve cárcel traigo aprisionado», dignas de Gón­gora. No es raro hallar en estas poesías, precisamente los vocablos, imágenes o me­táforas que Quevedo mismo había censu­rado más de una vez en sus ataques a Góngora, lo cual constituye una prueba más de la inmensa seducción que el autor de las Soledades (v.) ejercía en los poetas de su época.

A pesar de la belleza de las poesías amorosas (tan desconocidas por un crítico como Pfandl), los investigadores han mostrado mayor interés por la poesía bur­lesca y satírica del autor de los Sueños (v.). Y no sin razón, ya que el genial escritor es el poeta satírico más vigoroso de toda la literatura española.

Nada escapó a su agudísimo instinto de observación, tanto si se trataba de- un detalle de la moda feme­nina como de la situación política del reino o de una novedad literaria. Quevedo no desaprovechó la más pequeña ocasión para censurar todo lo que pertenecía al mundo de su época, sea en prosa, sea en verso. Aunque en sus escritos es posible notar las huellas de la influencia de Persio, de Juvenal, de Marcial y de Horacio, sin em­bargo es evidente que esas lecturas nada quitaron a la suma originalidad de su poesía burlesca y satírica.

Un buen entendedor de la poesía de Quevedo señalaba que por en­cima de su identificación con los citados poetas latinos «resalta en la producción de Quevedo su rígido cristianismo». En algunas poesías, Quevedo ataca la corrupción gene­ral de la época, atribuyéndola, tal como había hecho Juvenal, a la relajación de las costumbres, oponiendo la sobriedad an­tigua a los gustos modernos, como en la célebre epístola satírico-moral al Conde- Duque de Olivares.

En otras expone cruda­mente la desgraciada situación en que se hallaba la monarquía, como en el fuerte «Memorial a Felipe IV», una de las sátiras más vigorosas y ricas de significado, escrita en dodecasílabos pareados. Fijémonos, por ejemplo, en estos cuatro versos: «A cien reyes juntos nunca ha tributado/España las sumas que a vuestro reinado./Y el pueblo doliente llega a recelar/no le echen gabela sobre el respirar».

Algo semejante se apre­cia en el «Padrenuestro glosado», dirigido también a Felipe IV, y más sintéticamente en el soneto titulado «Del mal estado de las cosas públicas», lleno de fuerza y vigor. En más de una composición, Quevedo se burla de la Corte, de sus personajes y de sus fiestas, y al igual que en otros autores aflora el conocido tema del elogio de la vida retirada. También escribe sátiras contra quienes se pasan la vida mendigando un título, como en el magnífico Soneto «Son los vizcondes unos condes vizcos», o se indigna contra los vanidosos, los hipócritas o los ignorantes que compran libros sólo para adornar las habitaciones, gente a la que califica con la expresión lapidaria de «hombres doctos de estantes».

Otras veces sus dardos se dirigen contra los mentirosos, los alguaciles, los escribanos, los médicos y los. sastres. Sin embargo, algunos temas aparecen quizá con demasiada frecuencia en la obra de Quevedo, entre ellos: la condena de la riqueza, desarrollada de mil maneras distintas. Con la conocida letrilla juvenil que empieza «Poderoso caballero es don Dinero» comienzan sus ataques con­tra el positivismo femenino, que más tarde serán repetidos en mil poesías de todo tipo. Son también muy numerosas las flechas contra las mujeres, jóvenes y viejas, a las cuales no perdona ningún defecto.

«Con la misma facilidad — señala un crítico — se dirige a la mujer del farmacéutico como a aquella que tiene los ojos medio dormidos; con la misma facilidad describe la esposa de un abogado, que censura a la que tiene la manía de ir en coche, y critica la prodi­galidad y se niega a toda benevolencia, tomándola con los que alaban a las mujeres y pasando revista a los peligros a que se exponen quienes alaban la belleza de las tontas».

Su aparente o real misoginia a veces resulta muy aguda, como los tercetos sobre el tema de los «Riesgos del matrimo­nio», en la que es patente la influencia de Juvenal. Mención especial merecen las sá­tiras contra Morovelli, Alarcón y Góngora, vengativas y brutales. Contra Luis de Gón­gora escribió muchas poesías, ya atacán­dolo personalmente, ya satirizando las no­vedades del Polifemo (v.) y de las Sole­dades (v.), que leyó más de una vez y que en más de una ocasión — como ya hemos señalado — tuvo presentes.

Por otra parte, no debemos olvidar que Góngora no ahorró las réplicas, que son tan duras Como las de Quevedo. También debemos notar la finura con que el genial satírico caricaturizó los excesos de la poesía culterana, según podrá apreciar quien ojee la célebre Aguja de navegar cultos con la receta para hacer Soledades en un día (v.). Quevedo nos ha dejado muchísimas composiciones de tono menos incisivo, más jocoso y alegre, llenas de contrastes, desmesuradas hipérboles, jue­gos de palabras, inversiones, paranomasias.

Quevedo fue un maestro en transformar las palabras y en crear neologismos, llenos de’ fuerza y de gracia. Nadie le superó en el arte de decir de la manera más aguda posible lo que se había propuesto. Sus so­netos burlescos, en muchos casos formida­bles caricaturas, como los que dirige «A una nariz», «A un calvo», «A una mujer pun­tiaguda con enaguas», figuran en todas las antologías.

La tendencia a lo excesivo y a lo hiperbólico, propia del barroco, contribuye también a dar carácter caricaturesco a muchos romances, como en aquel deliciosa­mente autobiográfico que empieza «Parió­me adrede mi madre», o los dirigidos a las viejas, a los maridos pacientes o a Hero y Leandro «en paños menores». La jovialidad de Quevedo no descuida el más nimio inci­dente, sea legendario, como «El miedo de los Condes de Carrión», sea contemporáneo, como la «Boda de negros»,, con rasgos pre­sentidos y muy felices.

En el poema «De las necedades y locuras de Orlando el Ena­morado» parodió a Ariosto, con infinita gracia y exquisito humorismo. Las contien­das entre Orlando, Ferragús, Oliveros y Ganelón son muy curiosas, y los juegos de palabras y las bromas se suceden sin inte­rrupción. Ciertas descripciones hiperbólicas, el vocabulario entre «culterano» y picares­co, son causa de que deploremos aún más la pérdida de gran parte del poema, del que sólo nos han llegado los dos primeros cantos.

En relación con el predicamento de que gozaron en el siglo XVII las novelas picarescas,, en la obra de Quevedo figura un grupito de poemas cantables, llamados jácaras, escritos en jerga de picaros, que en su época tuvieron gran éxito. En estas jácaras se narran las aventuras y desven­turas de Escarramán, Lampuga, Villafrán, etcétera, bajo forma de cartas dirigidas a sus «coimas», la Méndez, la Perala, etc., con las correspondientes respuestas.

Aunque el género no era nuevo, el genio de Que­vedo le dio cierta categoría literaria. Debe­mos destacar la gran habilidad y desenvol­tura con que el autor del Buscón (v.) maneja el argot picaresco y la gracia con que desarrolla concisamente los temas. Incluso sin tener en cuenta su valor literario, las jácaras son testimonios elocuentes del gusto, por el característico contraste del barroco español, capaz de embriagarse con las be­llezas de las Soledades y con las aventuras de la Perala, coima de Lampuga.

La más célebre de’ estas jácaras es la de Escarra­mán y la Méndez, imitada muchas veces, mencionada por Lope de Vega en tres co­medias e incluso traspuesta a lo religioso en varias ocasiones. En contraste con esta poesía burlesca aparece — al igual que en las obras en prosa — el sector de obras mo­ralistas, llenas de profundas resonancias. Esta poesía — escrita al mismo tiempo que la que hemos examinado anteriormente — nos conduce al centro de la ideología de Quevedo, y aunque desconociéramos las obras en prosa, bastaría para darnos buena idea de la actitud filosófica y moral del gran escritor.

En estos poemas aparecen ideas comunes a los estoicos de todas las épocas, pero no debemos olvidar que Quevedo fue un hombre de gran y sincera fe religiosa e incluso un tratadista de ascética. Los ecos .de su obra en prosa La cuna y la sepultura se hallan en todos los poemas morales. Para Quevedo, nacer es empezar a morir: antes de que el pie aprenda a moverse ya se dirige hacia la muerte. Nacemos llorando y vivimos con la angustia de ver cómo se nos escapa el tiempo: «Vivir es caminar breve jornada,/y muerte viva es, Lico, nuestra vida».

Las horas y el momento son los sepultureros del hombre. La dimensión temporal, tan utilizada por los poetas del siglo XVII, adquiere en Quevedo una fuerza trágica. Es lo que constituye su sentimiento trágico, su agonía. Ningún poeta español ha sabido expresar de tantas maneras y con tanta fuerza esta angustia de la hora que se escapa. Por ejemplo: «Ayer se fue, ma­ñana no ha llegado,/hoy se está yendo sin parar un punto :/soy un Fue, y un Será y un Es cansado». Incluso las piedras del se­pulcro sentirán el paso del tiempo «porque también para la tumba existe muerte». El cuerpo humano no es sino una tumba que nos aprisiona en vida.

Pero Quevedo sabrá perfectamente que la muerte es naturaleza, no sentimiento, y que es inútil afligirse. Al contrario, la muerte deberá llegar «in­vocada» y siempre el recuerdo o la fama pueden sobrevivir como evasión. Lo más firme desaparece, «lo fugitivo permanece y dura». Junto a estos temas aparecen otros, como el de su arrepentimiento, que se concreta en los magníficos poemas del Heráclito cristiano, escrito en 1613, en días de recogida intimidad espiritual. También apa­rece en otras poesías el tema de la vanidad de las riquezas y de la ambición, resueltos en acentos graves y no burlescos, o bien traza la imagen del tirano y de sus adu­ladores o exalta la humildad y la templanza.

Entre las poesías propiamente sa­gradas — poco numerosas — destaca el largo poema A Cristo crucificado, con octavas bellísimas, llenas de emoción. Finalmente debemos citar — dejando al margen las tra­ducciones de Anacreonte, de Epicteto, etc. — algunas poesías fúnebres, entre las cuales merecen destacarse los dos célebres sonetos a la muerte del Duque de Osuna, don Pedro Girón, gran amigo del poeta, muerto en la cárcel.

J. M. Blecua

A nuestro entenderla verdadera, fuerte, original personalidad de Quevedo está, en esos al parecer deleznables «juguetes». Lo mismo se va viendo ya respecto de Góngora, y lo que antes era considerado secundario las poesías «ligeras» —, pasa ahora, en concepto de los críticos, a primer término. (Azorín)

Quevedo se muestra siempre un filósofo profundo, que domina todos los resortes del corazón humano, y un poeta lleno de gra­cia, delicadeza y donosura, viva voz de la Naturaleza, y como ella, sencilla, libre y casta. (Astrana Marín)

La musa de Quevedo, diversa, variada, de contrastes, es una de las más ricas en la literatura española y fuera de ella. El cuidado de la forma, aunque más fijándose en la intención de los vocablos y su com­posición en la frase, que en la exterior so­noridad; lo denso del estilo, el tono unas veces elocuente y grandioso, otras ligero y chusco, la abundancia de motivos, crean un mundo poético de los más representati­vos de la época, y, a la vez, de los que más resisten al tiempo, no sólo como valor documental, sino en razón de la belleza perenne de muchas composiciones comple­tas y detalles de otras. (A. Valbuena Prat)