Las Partes de los Animales, Aristóteles

[De partibus animalium]. Tratado científico en cuatro partes de Aristóteles (384-322 a. de C.), que puede consi­derarse como continuación y complemento de la Generación de los animales (v.); en él, Aristóteles alcanza la sistemática científica, y se eleva después a la universal de la com­pensación orgánica que sólo muchos siglos después había de constituir título de gloria para Geoffrey de Saint-Hilaire.

«Por todas partes la naturaleza — escribe Aristóteles — restablece por un lado lo que quita por otro… No puede prodigarse en igual me­dida por dos lados. Por ejemplo, el des­arrollo de las conchas en ciertos cangrejos se efectúa a costa de las patas».

Sus ejem­plos son numerosos y claros: observa que los animales de sangre fría tienen los humores en lugar de la sangre, que los pulmones de los mamíferos son análogos a las branquias de los peces, y que las esca­mas de éstos corresponden a las plumas de los pájaros y a los pelos de los cuadrúpedos.

Son formuladas en esta obra también otras leyes importantes para la historia de la biología, como la visión del trabajo fisiológico, la complejidad de la vida en relación con la complejidad de la organización, el desarrollo del embrión de lo homogéneo a lo heterogéneo, el des­arrollo como paso de la forma general a la especial, y las actividades de crecimiento y la generativa en proporción inversa entre sí.

A. Uccelli

Párroco Rural, George Herbert

[A Priest to the Temple, or The Countrey Parson, his Character, and Rule of holy Life]. Pequeño tratado religioso-moral del escritor inglés George Herbert (1593-1633), publicado póstumo en 1652 en el volumen Herbert’s Remains.

Escrito entre 1630 y 1632, fecha del prefacio del autor, en ocasión de su nom­bramiento como párroco de Bemerton, pueblecito a unos tres kilómetros de Salisbury, este pequeño tratado fija las reglas de vida para un párroco anglicano ejemplar, defi­nido por el autor, con palabras de San Pablo, como el delegado de Cristo para llevar al hombre a la obediencia de Dios, de la que se apartó con el pecado original.

Herbert comprende la alta misión del sacerdocio y quiere que aquel que lo abrace mantenga durante toda su vida la dignidad que le corresponde, aunque se limite a ser cape­llán privado de un noble. Según él la vida del párroco debe tener como característi­cas la santidad, la justicia, la prudencia, la templanza, el valor y la gravedad.

Su cul­tura ha de ser extensa, porque tiene el deber de ser el maestro, además de pastor y padre, de su grey. Debe también ser ver­sado en derecho, para poder resolver pací­ficamente las desavenencias entre sus feli­greses, y en medicina, para poderlos soco­rrer en caso de urgencia.

La plegaria y la predicación serán su ejercicio más cons­tante, y el púlpito «su alegría y su trono»; no debe olvidar la enseñanza catequística, administración de los sacramentos y la con­versión de los incrédulos y de los de dis­tinta confesión.

Puesto que la virginidad es preferible al matrimonio, Herbert reconoce que sería mucho mejor que un párroco an­glicano fuese célibe, pero por razones de orden práctico, puesto que debe tratar con mujeres y muchas de ellas jóvenes, aconseja que esté casado; pero que escoja a la esposa «mejor con el oído que con la vista», «con el entendimiento mejor que con la pasión»; sus preferencias deben inclinarse hacia un carácter humilde y generoso, y no hacia la belleza, las riquezas o los honores.

Si el párroco es célibe, deberá tener servidores masculinos y procurar no hablar nunca solo con mujeres. Cuidará además de que su casa sea un modelo de orden, de simplicidad, de corrección y de hospitalidad; que la cari­dad sea la virtud predominante en el párro­co rural; visitará a sus feligreses especial­mente si están enfermos o afligidos, y los recibirá en su casa hospitalariamente por turno.

Procure también mantener las buenas costumbres del pueblo, y corregir las suscep­tibles de enmienda; evite y haga evitar la ociosidad, como madre que es de todos los vicios. Estas y otras parecidas son las reglas que Herbert pone como norma de la vida del párroco rural, y termina su librito to­cando un tema predilecto de la casuística moral, la maledicencia.

La prosa del libro, sin dejar de ser un modelo de sencillez, recuerda a veces ciertas frases típicas y ciertos virtuosismos de las poesías del mis­mo autor. Es un libro dictado por el cora­zón, un espejo fiel de la tranquilidad cam­pestre y de la sencillez de la vida que Herbert llevó en Bemerton después de su experiencia de la Corte. Constituye además uno de los primeros ejemplos de descrip­ción de caracteres en la literatura inglesa.

B. Cellini

La Parroquia de Framley, Anthony Trollope

[Framley Parsonage]. Novela inglesa de Anthony Trollope (1815-1882), publicada en Londres en 1861.

Lady Lufton confía el cuidado de la parroquia a un amigo de su hijo, el joven eclesiástico Marcos Robarts. Pero arrastrado por malas amistades, éste se comporta de tal modo que incurre en la desaprobación de su protectora.

Entretanto, el hijo de ésta, el joven lord Lufton, se enamora de Lucy Robarts, hermana de su amigo párroco, pero lady Lufton se opone enérgicamente al ma­trimonio. Sólo la constancia de su hijo y el carácter generoso de Lucy vencen con el tiempo su hostilidad.

Ayudado por su amigo Lufton, el párroco Robarts consigue salir del grave apuro en que se había metido, y la lección recibida sirve para corregirlo. Esta novela forma parte de la Serie del Condado de Bar set (v. última Crónica de Barset): por esto se encuentran en ella al­gunos personajes que ya aparecieron en las novelas precedentes de la serie; y en común con ellas La casa parroquial de Framley tiene además el mismo paisaje.

Aunque el interés de Trollope se concentre sobre todo en el relato de los hechos y en la caracterización de los personajes, el autor cons­truyó además para estas novelas una región de fantasía, con su capital de provincia, sede de la catedral y sus dispersas parro­quias y su aislado castillo nobiliario.

Y pre­cisó esta región en sus pormenores topo­gráficos con notable fuerza de visión, anti­cipando con ello aquel «color local» que fue después una de las características de algu­nos novelistas naturalistas, sobre todo de Hardy.

Pero en este como en los demás li­bros de Trollope, el paisaje no tiene función de naturaleza operante sobre los hombres; es sólo el marco propio para representar aquella clase media y aquel clero que fue­ron para el escritor el elemento humano que más se adaptaba a su modo de ser, y, por ello, el preferido.

R. Barocas

Partes de la Oratoria, Marco Tulio Cicerón

[Partitiones oratoriae]. Mediocre escrito retórico de Marco Tulio Cicerón (103-43 a. de C.) en forma de catecismo, privado de carácter literario, y escrito para su hijo el año 54.

Consta de tres partes: la doctrina de la acti­vidad oratoria; la teoría de la oratoria y de sus partes, de donde deriva el título de todo el tratado; y la doctrina del tema. A veces afloran en él ideas tomadas de la es­cuela neo académica. Este tratado es una divulgación de ideas escolares, y nada tiene que ver con el escrito contemporáneo Del Orador (v.).

F. Della Corte

El Párroco de Kalenberg, Philipp Frankfurter

[Der Pfarrer von Kalenberg]. Poema burlesco en alemán medieval compuesto entre fines del XIV y principios del XV por el vienés Philipp Frankfurter.

El párroco de Kalen­berg, Weigand von Dewin, empieza su for­tuna cuando, siendo estudiante, al querer regalar un pescado al duque Otón el Bur­lón de Austria, éste presencia la escena cómica que se desarrolla entre aquél y el portero, la cual divierte tanto que le rega­la la parroquia de Kalenberg. Ya en su pa­rroquia, se dedica a gastar bromas a los campesinos, a su obispo y finalmente al mismo duque y a la duquesa.

Luego va a Stiria, donde obtiene otra parroquia, y allí muere. El argumento principal del poema es la narración de las burlas del párroco, entre las cuales muchas son de una grosera obscenidad y atestiguan la rudeza de la época. Una de las más conocidas es la de los campesinos que, al solicitar una audien­cia del duque, se les contesta que éste está en el baño; se les invita, pues, a quitarse los vestidos y a entrar; pero cuando las puertas se abren, se encuentran ante toda la Corte sentada para un banquete.

El libro de Kalenberg tuvo mucho éxito y fue muy difundido hasta el siglo XVII. Se le encuen­tra reeditado en el «Neudrucke deutscher Literaturwerke des 16. und 17 Jahrhunderts» n. 202-14 (1907). Con el tituló El otro Kalenberger, un tal A. J. Widmann compuso en 1550 un poema que narra las burlas de Peter Leu.

M. Pensa