La Patología Celular, Rudolf Virchow

 [Die cellular Pathologie]. Obra publicada en 1858-1871 por el anatómico Rudolf Virchow (1821- 1902), renovador de la anatomía patológica fundada por Morgagni e instaurador de la histología patológica.

Según su aforismo «Omnis cellula e cellula», la esencia de la enfermedad es una parte modificada del organismo, o bien una célula modificada, o un modificado agregado de células, bien se trate de un órgano o de un tejido. En rea­lidad, toda parte enferma se halla en rela­ción parasitaria con el resto del cuerpo sano a que pertenece y vive a expensas del organismo. Resultando la vida del funcionamiento normal de las células, es evi­dente que las alteraciones de éstas originen la enfermedad.

La concepción de Virchow, que se opone a las doctrinas humoralistas en boga en su tiempo, tal como la de la constitución de Rokitansky, determinó un gran fervor de investigaciones, que todavía hoy no está extinguido. Sin embargo, el absolutismo de la teoría celular está hoy abandonado, después de las conquistas de la bioquímica, de la inmunología y de la endocrinología, además de las de la medi­cina funcional en general.

V. Porta

El Pato Silvestre, Henrik Ibsen

[Vildanden]. Dra­ma del escritor noruego Henrik Ibsen (1828- 1906), publicado en 1884. Hjalmar Ekdal, fotógrafo, vive pobremente en una buhar­dilla con su mujer Gina, su hija Eduvigis y su anciano padre, ex oficial, cuya vida ha sido truncada por una condena a prisión. Hjalmar está convencido de que podrá ha­cer maravillosas invenciones que le ase­gurarán, a él y a los suyos, un porvenir fastuoso.

Entre tanto, secunda a su padre que va de caza con su pistola por el des­ván, donde viven conejos, gallinas, picho­nes y un pato salvaje que le han regalado a Eduvigis y es para la familia el título de nobleza en aquella selva de tubos, chi­meneas, vigas y árboles de Navidad rese­cos.

La vida mediocre de aquella familia mediocre, pero en el fondo orgullosa de sí misma, es turbada por Gregorio Werle, hijo del hombre que ayudó a Hjalmar cuando se casó con Gina y ahora da trabajo y di­nero al viejo Ekdal.

Gregorio sabe que su padre fue en un tiempo amante de Gina, y no pudiendo soportar que Hjalmar, su anti­guo compañero, viva en la mentira, le revela aquel secreto. Está seguro de que Hjalmar le quedará agradecido, que saldrá de la crisis más noble y fuerte y que reconstruirá su familia en un clima moral más elevado; pero Hjalmar no tiene el fuerte temple que Gregorio se obstina en atribuirle.

Después de firmes propósitos de alejarse de la casa volverá a vivir como al principio y a acep­tar los beneficios cuyo impuro origen ahora conoce. Y la muerte de la pequeña Eduvi­gis — que ocurre cuando ella trata de matar al pato para reconquistar con el sacrificio de lo que más quiere el amor de Hjalmar, que la cree hija del otro — será un mo­tivo para él de vacua declamación para apiadarse y engañarse a sí mismo y a los demás.

El pato silvestre es uno de los dra­mas más amargos y desoladores de Ibsen. Se ha dicho que era la derrota del hombre ibseniano. Pero en realidad ningún perso­naje representa aquí dicho hombre. Ni si­quiera Gregorio Werle, cuyo anhelo de sin­ceridad aparece sobre todo como una manía con rasgos cómicos. (Juzgando de otro modo a Gregorio, no puede explicarse por qué se obstina en considerar a Hjalmar un hombre distinto del que resulta de todas sus pala­bras y gestos: muy mediocre).

El pato silves­tre señala más bien la derrota del que podríamos llamar pedagogo ibseniano. Documenta la renuncia del dramaturgo, re­nuncia amarga y casi airada, a «educar al pueblo a pensar magnánimamente». Preci­samente en 1884 escribía a un amigo: «He renunciado de repente a enunciar normas de valor universal, porque ya no creo que sea justo hacerlas valer». El poeta se ence­rrará ya en sí mismo. En su teatro, que formalmente se ha afinado y hecho más personal (El pato silvestre es un testimonio destacado), aparecerá más claro e intenso el sustancial lirismo.

El hombre ibseniano se afirmará fuera de toda polémica, como en una confesión desesperada y solemne; y la magnanimidad de su sentir ofrecerá ejemplos más válidos y edificantes que los resultados conseguidos por el dramaturgo cuando estaba movido por la voluntad de educar. [Trad. de A. de Vilasalba (Barce­lona, 1909); de P. Pellicena (Madrid, sin fecha) en Teatro completo, t. IX1.

G. Lanza

El Patio Azul, Santiago Rusiñol

[El pati blau]. Idilio dramático en dos actos del pintor, comedió­grafo y novelista catalán Santiago Rusiñol (1861-1931), estrenado el 12 de mayo de 1903.

La acción se desarrolla en el patio azul de una casa de un pueblo de la costa cata­lana. María vive con su hija Agna-Rosa, enferma y sin recursos. Sólo un pariente lejano, don Josep, recién llegado de Amé­rica, las ayuda económicamente, pero con la intención de quedarse al cabo con la casa donde ellas viven.

En tan apurada si­tuación, Jacint, joven artista, pide a María que le deje pintar el patio azul. Pero la súbita llegada de Agna-Rosa desvía la aten­ción del pintor hacia ella y el cuadro se transforma, en realidad, en un retrato de la muchacha con el patio azul en segundo término. Después, entre diálogos inocentes y con tintes líricos, va tejiéndose el idilio entre ambos jóvenes; pero el estado de la muchacha se agrava rápidamente y el mé­dico confiesa a Jacint que no tiene salva­ción.

Un grupo de amigas la visitan para celebrar el mes de mayo y cantan y rezan fervorosamente. Pero el último día del mes de la Virgen, en medio de cánticos y júbilo, Agna-Rosa muere súbitamente. La llegada de don Josep no distrae de su acerbo dolor a los que han presenciado el final de Agna- Rosa. Pero el indiano ofrece a Jacint com­prarle el cuadro.

El pintor cree de momento en la bondad de don Josep, pero éste aclara que lo quiere para mostrar su-nueva finca y en cuanto a la muchacha: «La noia… la noia… esborri-la» [«La chica… la chica… bórrela»].

Quizá Rusiñol escribió esta obra sólo por su final, para caracterizar la fría ruindad de un tipo con el que debió cho­car en su vida cotidiana, tan alegre y tan alejada de la usura económica. Por lo demás, la obra es agradablemente sentimental y bien resuelta desde el punto de vista escé­nico.

A. Manent

Patas de Mosca, Victorien Sardou

[Pattes de mouche]. Comedia en tres actos de Victorien Sardou (1831-1908), estrenada en París en 1860. Próspero y Clarisa se han amado, y después un conjunto de circunstancias fortuitas ha separado de improviso sus destinos.

Próspero parte para un viaje y Clarisa se casa con Vouhave. La última carta de la joven desposada está todavía bajo el pedestal de una estatua que solía servir de escondrijo para la correspondencia entre los dos ena­morados. Cuando, al cabo de tres años, la quinta que fue teatro de aquel amor se vuelve a abrir, Próspero se presenta allí para pedir por esposa a la hermana de Clarisa, Marta, amada de Pablo, joven y tímido estu­diante.

Se produce una explicación entre los dos enamorados de antaño, por lo cual Próspero se entera de la existencia de aque­lla carta; movido por curiosidad, se las .compone para apoderarse de ella, con gran espanto de Clarisa, la cual teme que su marido pueda enterarse de todo.

Para obte­ner la restitución de la carta, Clarisa, en compañía de Susana, se va a casa de Prós­pero, donde va a buscarla Vouhave, el cual sospecha al principio, pero muy pronto le convencen las dos mujeres de que sólo Su­sana ha sido objeto de la pasión amorosa de Próspero.

Susana obtiene por fin que Próspero queme la carta incriminada; y todo hubiera sucedido a pedir de boca si la hoja, ya medio quemada» no fuese arrojada a la calle en el momento mismo en que pasa Vouhave por debajo del balcón con el tutor de Pablo, el señor Thirion.

Este último re­coge el trozo de papel y envuelve en él un coleóptero para él precioso. En tanto Pablo, que se ve contrariado en su amor por Co­lomba, consorte del señor Thirion, obligado a alejarse a toda prisa, se sirve del envol­torio del insecto para dirigir un saludo de despedida a la joven.

La carta, por error, es entregada nada menos que a la señora Colomba, mientras todos los protagonistas de la comedia están reunidos a la mesa, huéspedes de Vouhave. Se produce una explicación por la que Pablo y Marta pueden realizar su ensueño, y Próspero descubre que en su corazón la imagen de Susana ha sus­tituido a la de Clarisa.

Comedia de enredo bastante artificioso, y que, sin embargo, obtuvo buen éxito por la variedad de sus episodios, lo agradable de su diálogo y la habilidad escénica por la que ya se consi­deraba a Sardou como el continuador de Scribe.

T. Momigliano

Patentes de Corso, Rudyard Kipling

[Letters of Marque]. Recopilación de correspondencia en­viada por Rudyard Kipling (1865-1936) al periódico «Pioneer», publicada en 1889; son relatos de un mes de vagabundeo en la India fuera de las provincias directamente dependientes de la Corona británica.

En sus rápidas observaciones, Kipling, rechazando el consabido proceder de los que en pocas horas creen poder descubrir un país, llega a menudo a subvertir todas las conven­ciones aceptadas. Así el Taj, la puerta de Marfil donde nacen los sueños, el «sueño hecho piedra», encarnación de todo lo que es puro, santo y desconsolado, se le aparece como el dolor del hombre que lo erigió para la mujer amada y, más aún, como «el dolor de tantos esclavos que en aquella obra dejaron la vida, trabajando sin descanso», y que a pesar de todo «sonríe como una bella mujer que nunca — ya se sabe — tie­ne la culpa de nada».

Jeypore es una burla colosal, sorprendente, por la mezcla de sombría antigüedad y cruda modernidad que la invade en aras del bienestar occidental; y el espectáculo de bellezas y mosaicos, vi­drieras y esculturas del palacio real de Amber le dice «a qué vida turbulenta, suntuosa y sanguinaria ha puesto fin el dominio in­glés».

Entre las ruinas del Gau-Mukh, don­de la bella Pudmini y sus esclavas se die­ron muerte, quiere desafiar la guardia del demonio y oír el terrible estertor del mori­bundo, y se horroriza de ello. La «casta del funcionario inglés que trabaja en los Estados indígenas… impulsado por un ideal, incomprensible, con simple y pura abnega­ción» le invita a la meditación: «Escasos, solitarios, fuertes; les toca permanecer va­rios años en un puesto y llegar a ver cómo sus ideas prosperan y se convierten en rea­lidades beneficiosas para millares de per­sonas…

Cuando necesitan una corbata tie­nen que escribir a Bombay; en la estación de las lluvias apenas pueden moverse; ca­recen de diversiones, y no hay una mujer blanca -en diez mil millas cuadradas». Cie­rran el diario reflexiones de política admi­nistrativa en los Estados autónomos de la India. Escrita por un joven de 24 años, esta obra, por el vigor, frescura y encanto de la narración, y por su estilo maduro y penetrante, es uno de los mejores docu­mentos del primer Kipling, periodista.

G. Pioli