Sobre las Patria en Armas, Georges-Jacques Danton

[Sur la Patrie en armes]. Célebre discurso de Georges-Jacques Danton (1759-1794), pronuncia­do el 2 de septiembre de 1792 en la Asam­blea.

El revolucionario, tan fogoso cuando se dirigía. al pueblo como equilibrado y prudente al tratar de los negocios de Esta­do, proclama en su arenga que, en el nuevo peligro atravesado por Francia, la salvación vendrá de los ciudadanos, y sólo de ellos.

Una parte va a la frontera, otra excava trincheras, una tercera defenderá con las picas el interior de la patria contra los in­vasores, nobles, legitimistas o extranjeros. Con entusiasmo hace comprender Danton la gravedad de la hora: ya en julio la patria se había declarado en peligro, y con gestas heroicas habían demostrado los ciudadanos su amor a la patria, cuando los ejércitos se replegaban y austríacos y prusianos presio­naban en las fronteras.

También en el mo­mento presente está en peligro la causa de la libertad juntamente con la de Francia: el toque de rebato para llamar al pueblo de Pa­rís no es una señal de peligro, sino del combate contra los enemigos de la Patria.

Para vencerlos se necesita audacia, más audacia, siempre audacia, y Francia se salvará. Así habló Danton ante la Asamblea. También en el Campo de Marte el enardecido dipu­tado de la Convención excitó a nuevas ges­tas el espíritu de los voluntarios, con apos­trofes vivísimos, con un cálido sentido de las cosas a la vez que con una actitud franca­mente revolucionaria al considerar los pro­blemas del momento.

A la par del discurso sobre El Ser Supremo (v.) de Robespierre, éste de Danton está considerado como uno de los documentos más representativos de la oratoria revolucionaria francesa.

C. Cordié

Patria, Jēkabs Janševskis

[Dzimtene]. Novela en cinco vo­lúmenes, del escritor letón Jēkabs Janševskis (1865-1931), aparecida en 1921-25.

A di­ferencia de la novela de los hermanos Kãudzīte, Los tiempos de los agrimenso­res (v.), que pertenece al mismo género, esta obra, que se refiere a la clase rural letona de fines del siglo XIX, no es unitaria, sino una sucesión de episodios, de paisajes y de cuadros: describe, por ejemplo, la casa de un pobre campesino, donde se ter­mina una jornada de intenso trabajo propio de la estación con una alegre comida; la vida cerrada y monótona en un lugar per­dido entre los bosques, que induce a la hija del propietario a soñar en novios, mientras la madre lamenta su juventud perdida junto a un viejo marido; el maestro de escuela que reúne a los jóvenes y organiza coros y danzas.

Entre estos monótonos acon­tecimientos se propaga rápidamente la no­ticia de que la propiedad de la tierra será concedida a quienes la trabajan. Noticia tan agradable es causa de infinidad de discusiones, de proyectos y de esperanzas; media­dores interesados se ofrecen para llevar a cabo las prácticas legales, se envían dele­gados a los feudatarios del lugar, se elevan súplicas al gobierno; y, de pronto, las es­peranzas se desvanecen y la vida vuelve a su acostumbrada uniformidad.

M. Rasupe

¡Patria!, Victorien Sardou

[Patrie!]. Drama histórico en cinco actos y ocho cuadros, de Victorien Sardou (1831-1908), estrenado en 1869.

La acción tiene lugar en 1568, en Bruselas, mientras en la ciudad, invadida por la sol­dadesca española, los flamencos conspiran para librar la patria del extranjero, capi­taneados por el conde de Raysoor y por Karloo van der Noot.

Durante la acción que debe llevar a la ciudad a Guillermo de Orange, el conde descubre que su joven y adorada mujer, Dolores, le traiciona con Karloo. En la lucha de sus dos grandes amo­res vence el de la Patria: Karloo vivirá, porque su brazo es necesario para liberarla.

Pero la acción falla porque alguien ha revelado al duque de Alba el complot, y Guillermo de Orange se salva gracias al heroísmo de un oscuro campesino, que, ex­poniendo su vida, le avisa tocando las campanas.

El conde, antes de morir, da a Karloo el encargo de buscar y de castigar al traidor. Karloo, que ama y venera a su compañero, y que le ha traicionado sedu­cido por Dolores, mujer frívola y sin con­ciencia, siente remordimientos y promete; pero el traidor es la propia Dolores, que ha vendido a su marido para salvar la vida del amante.

Karloo, desesperado, mantiene la promesa, y después él mismo se quita la vida. El drama está conducido con la téc­nica habilísima que Sardou heredó de Scribe y que llevó a gran perfección, secun­dando los gustos del público; pero la obra carece de verdadero dramatismo; sus perso­najes son ficticios, y el colorido histórico se reduce a algún rasgo decorativo externo.

F. C. Valla

Patrañuelo, Juan de Timoneda, Juan de Timoneda

Obra del librero, editor y dramaturgo español Juan de Timoneda (hacia 1520-1583), publicada en Valencia, en 1567, con el título Primera parte de las patrañas de Juan de Timoneda, en las cuales se tratan admirables cuentos, graciosas ma­rañas y delicadas invinciones.

Es una co­lección de veintidós narraciones, la mayoría breves, a las que el autor llama «patrañas», definiendo la patraña como «una fingida traza tan lindamente amplificada y compues­ta que paresce que trae alguna apariencia de verdad».

Las «patrañas», dice Mercuende, autor de la edición crítica, «oscilan entre el cuento y la novela, sin que ni uno ni otra adquieran en ellas personalidad definitiva».

Timoneda compila motivos tomados de las fuentes más diversas, algunas clásicas, como la undécima, la más larga y mejor escrita, que refiere la novela de Apolonio, rey de Tiro (v.); otras esquematizan confusamente y sin gracia cuentos de Boccaccio, de Bandello, de Masuccio Salernitano, de Giraldi, Sercambi, Straparola, Ser Giovanni Floren­tino, Ariosto, Sabatino degli Arienti, etc.

Cada «patraña» va precedida de una re­dondilla, que declara su significado a guisa de moraleja. También la novena, tenida por original, es en realidad una versión moder­nizada en los modos y costumbres de la vieja Historia de Otinelo y Julia (v.).

Cuenta las aventuras del joven Ceberino, que, enviado por su padre a Nápoles a co­brar un crédito, es robado, y de regreso a Barcelona, una muchacha, tomándolo por su propio amante, le arroja desde una ven­tana un saco de joyas.

Ceberino logra ha­cerse aceptar en lugar del otro; pero al bajar a la playa es apresado por unos piratas que se lo llevan a Constantinopla. Rosina queda sola, y vestida de hombre se va a Valencia, alojándose como fregona en una posada.

Ceberino se convierte en esclavo del Gran Turco, enamora a la hija de éste, la induce a huir con él a España, pero cuando ella le entrega las joyas, parte solo, llega a Valencia, encuentra a Rosina y se casa con ella. La novela es una de las más confusas y descuidadas.

Con la misma falta de gracia y de progresión lógica están narradas también las historias de la duquesa Griselda (II), de la duquesa de la Rosa y del conde Actrel (VII), del abad y del cocinero (XIV), etc.

Semejantes al Patrañuelo son las otras colecciones de Ti­moneda: Sobremesa y alivio de caminantes (Zaragoza, 1563) y Buen aviso y Portacuentos (Valencia, 1564), que reúnen chistes y anécdotas, ilustrando las más de las veces adagios populares, o bien resumen otras novelas de Boccaccio, Poggio Bracciolini, Bandello, Guevara, etc.

C. Capasso

La primera colección española de nove­las, escritas a imitación de las de Italia, tomando de ellas el argumento y los prin­cipales pormenores, pero volviendo a contarlas en una prosa familiar, sencilla, ani­mada y no desagradable. (Menéndez Pelayo)

Las patrañas tienen toda la ingenuidad de la improvisación, algo del juglar que, ante un auditorio íntimo, narra a la buena de Dios, más atento al desarrollo de los incidentes que preparan el final feliz que a la manera de referirlos, y por eso algunas veces se extiende en minúsculos detalles de poca importancia; otras, como si temiese cansar al auditorio, esquematiza el argu­mento, reduciéndolo a líneas esqueléticas: tendencia bien visible en las prosaicas re­dondillas que, puestas al principio, condensan cada patraña.   (M. Morcuende)

Patrañas, Luigi Pulci

[Frottole], Estas Pa­trañas son composiciones aparentemente festivas, pero íntimamente llenas de melan­colía y de amargura, en que Luigi Pulci (1432-1484), tan propenso a la burla, se re­pliega en sí mismo con un no disimulado cansancio.

Una de las más notables es pre­cisamente la que empieza con el verso «Voy a decir una patraña» [«I’ vo’ dire una frottola»], compuesta probablemente al final de su existencia, que Pulci había pasado entre la Corte, las amistades y las burlas, y pone de manifiesto una melancolía sugerida por su profundo conocimiento, de los hombres.

Toda la vida le parece al poeta gastada inútilmente; sus mismos amigos son los que más le engañaron. La tristeza por haber cavado en la arena le invade ahora, en su vejez; no le queda más que burlarse de sí mismo y de los demás, como lo haría Momo, dios de la maledicencia, o entregarse en manos de Dios, que hace rodar el mundo y el cielo «como peonza o trompo» [«come paleo o trottola»].

Esta conclusión, tal vez sólo aparentemente festiva, muestra clara­mente una inquietud moral muy significa­tiva si tenemos en cuenta el carácter del artista. Pulci vuelve a la patraña jocosa con la titulada «Galee per Quaracchi», en que se habla de las varias sustancias con las que se preparan los cosméticos para las mu­jeres.

Moscas y mosquitos chuparán sus ros­tros, les robarán su falsa belleza, y, puesto que también la hermosura de la mujer es un engaño, lo mejor sería no casarse; y, en el caso de no poder prescindir de ello, quien tiene mujer ha de defenderse de ella con palizas y maldiciones. En estas composicio­nes el espíritu agudo y extravagante de Pulci se revela de lleno en una redundancia de expresiones populares.

C. Cordié