[Vildanden]. Drama del escritor noruego Henrik Ibsen (1828- 1906), publicado en 1884. Hjalmar Ekdal, fotógrafo, vive pobremente en una buhardilla con su mujer Gina, su hija Eduvigis y su anciano padre, ex oficial, cuya vida ha sido truncada por una condena a prisión. Hjalmar está convencido de que podrá hacer maravillosas invenciones que le asegurarán, a él y a los suyos, un porvenir fastuoso.
Entre tanto, secunda a su padre que va de caza con su pistola por el desván, donde viven conejos, gallinas, pichones y un pato salvaje que le han regalado a Eduvigis y es para la familia el título de nobleza en aquella selva de tubos, chimeneas, vigas y árboles de Navidad resecos.
La vida mediocre de aquella familia mediocre, pero en el fondo orgullosa de sí misma, es turbada por Gregorio Werle, hijo del hombre que ayudó a Hjalmar cuando se casó con Gina y ahora da trabajo y dinero al viejo Ekdal.
Gregorio sabe que su padre fue en un tiempo amante de Gina, y no pudiendo soportar que Hjalmar, su antiguo compañero, viva en la mentira, le revela aquel secreto. Está seguro de que Hjalmar le quedará agradecido, que saldrá de la crisis más noble y fuerte y que reconstruirá su familia en un clima moral más elevado; pero Hjalmar no tiene el fuerte temple que Gregorio se obstina en atribuirle.
Después de firmes propósitos de alejarse de la casa volverá a vivir como al principio y a aceptar los beneficios cuyo impuro origen ahora conoce. Y la muerte de la pequeña Eduvigis — que ocurre cuando ella trata de matar al pato para reconquistar con el sacrificio de lo que más quiere el amor de Hjalmar, que la cree hija del otro — será un motivo para él de vacua declamación para apiadarse y engañarse a sí mismo y a los demás.
El pato silvestre es uno de los dramas más amargos y desoladores de Ibsen. Se ha dicho que era la derrota del hombre ibseniano. Pero en realidad ningún personaje representa aquí dicho hombre. Ni siquiera Gregorio Werle, cuyo anhelo de sinceridad aparece sobre todo como una manía con rasgos cómicos. (Juzgando de otro modo a Gregorio, no puede explicarse por qué se obstina en considerar a Hjalmar un hombre distinto del que resulta de todas sus palabras y gestos: muy mediocre).
El pato silvestre señala más bien la derrota del que podríamos llamar pedagogo ibseniano. Documenta la renuncia del dramaturgo, renuncia amarga y casi airada, a «educar al pueblo a pensar magnánimamente». Precisamente en 1884 escribía a un amigo: «He renunciado de repente a enunciar normas de valor universal, porque ya no creo que sea justo hacerlas valer». El poeta se encerrará ya en sí mismo. En su teatro, que formalmente se ha afinado y hecho más personal (El pato silvestre es un testimonio destacado), aparecerá más claro e intenso el sustancial lirismo.
El hombre ibseniano se afirmará fuera de toda polémica, como en una confesión desesperada y solemne; y la magnanimidad de su sentir ofrecerá ejemplos más válidos y edificantes que los resultados conseguidos por el dramaturgo cuando estaba movido por la voluntad de educar. [Trad. de A. de Vilasalba (Barcelona, 1909); de P. Pellicena (Madrid, sin fecha) en Teatro completo, t. IX1.
G. Lanza

