Joaquín Abati

Comediógrafo español. Nacido en Madrid en 1865. Cultivó el género ligero y cómico, con tendencia a la astraca­nada, como en El orgullo de Albacete, Ge­nio y figura, El gran tacaño, etc. Escritor fecundísimo, se le deben más de 180 obras, casi siempre en colaboración, especialmen­te con Arniches y con Antonio Paso. Es autor de la letra de zarzuelas muy popula­res: El asombro de Damasco, La hostería del Laurel, y otras.

La Paz Perpetua, Immanuel Kant

[Zum ewigen Frieden]. Breve escrito filosófico de Immanuel Kant (1724-1804), publicado en 1795. El es­tado de naturaleza es más una condición de guerra que de paz; sólo el estado legal ofrece a cada individuo la garantía de se­guridad.

La constitución legal de la socie­dad es el Estado; su primera obligación consiste en asegurar la paz interior, crean­do un organismo jurídico que correspon­da a los fines de la sociedad; y como el fundamento del derecho es la idea del contrato social, y la constitución jurídica que impele esta idea es la republicana, ésta sólo podrá garantizar el respeto a la liber­tad reconocida por las leyes, y por ello realizar la paz interior de un pueblo.

Pero los pueblos, en cuanto Estados, están unos junto a otros en la misma relación que los individuos en estado de naturaleza, esto es, en una permanente amenaza de guerra. Cada Estado «puede y debe, para su propia seguridad, exigir del otro que entre con él en una asociación análoga a la civil, por la cual a cada uno le pueda ser asegurado su propio derecho». Por encima, pues, de la división de los Estados, debe formarse una federación de pueblos.

La federación no sólo no niega la autonomía de cada pueblo particular, sino que asegura su derecho: viene a constituir una liga de la paz, muy diversa de los tratados de paz; los cuales ponen fin a la guerra, pero no al estado de guerra.

La dificultad de establecerse un derecho internacional, cuya expresión sea la federación de pueblos, deriva del hecho de que los Estados tienen una constitución jurídica interior y están sustraídos a toda coacción exterior que los sitúe en una más amplia constitución legal; no pueden suje­tarse a leyes públicas y a recíproca cons­tricción.

Con todo, como la razón condena de modo absoluto la guerra como proceso jurídico, el asegurar el estado de paz es un deber, y la paz perpetua, aunque no reali­zable inmediatamente, debe por lo tanto ser el fin propuesto a todos los pueblos en el desarrollo de sus relaciones. Este fin es reconocido por todos los Estados; pero la actividad política está inspirada en fines egoístas, y el gobierno de un Estado pode­roso, en su relación con sus vecinos más débiles, tiende no ya a actuar sin deber, sino a extender su propio derecho.

Pero hay una potencia que destruye continua­mente lo que la ambición política constru­ye : es la voluntad de lo universal, que re­vela la existencia de una finalidad en el curso del mundo. La providencia es «sa­piencia profunda de una causa más alta, dirigida al término final objetivo de la es­pecie humana». Y como el objeto de la humanidad es el fin moral, la política (doc­trina empírica de la «prudencia») debe es­tar subordinada a la moral.

Así, el problema de las relaciones internacionales no puede tener una solución definitiva en el plano estrictamente Jurídico, sino sólo en el te­rreno ético. La realización de la idea de la paz perpetua no puede ser sino el objeto de un deber moral, que se imponga a la conciencia de los que dirigen la actividad de los Estados en sus recíprocas relaciones. «Tended ante todo al reinado de la razón pura práctica y a su justicia, y vuestra fina­lidad (el beneficio de la paz perpetua) deri­vará como de sí misma».

Esta obrita kan­tiana, aunque volviendo a tomar un motivo preferido por la literatura del siglo XVIII, se diferencia de él netamente; no nos da uno de tantos proyectos utópicos de pacífica convivencia entre los pueblos, fundados en una visión idílica de la naturaleza humana, sino que se propone demostrar cómo el fin político — el ideal de la paz perpetua — se debe deducir de la razón moral. [Trad, es­pañola de Francisco Rivera Pastor (Ma­drid, 1919)].

E. Codignola

Abano, Pietro d’

Nacido en Abano en 1250, m. en Padua en 1315 (en 1337 según Mazzucchelli; en 1316 ó 1320 según otros).

Estudió en Padua medicina y filosofía, profesando ideas averroístas. Viajó por el extranjero y estuvo en Constantinopla para aprender el griego, y en París, donde enseñó, adquirien­do gran renombre. En 1306 fue llamado al Estudio de Padua, donde su fama de maes­tro atrajo gran número de oyentes, en tanto que la de médico práctico le procuró nume­rosa y selecta clientela.

Tan gran sabiduría le valió la fama de mago y se le atribuyeron los más fantásticos prodigios, complicán­dose tal fama con la de hereje. Ello le valió, cuando todavía estaba en París, un proceso, y tuvo que sufrir un segundo en Padua, poco después de su vuelta allí, para respon­der de la acusación de haber puesto en duda el milagro de la resurrección de Lázaro y de haber hecho entrar en la órbita de lo nor­mal el nacimiento de Cristo.

También de este segundo proceso, como del primero, salió incólume, pero no se apaciguaron sus enemigos, ya que, bajo la imputación de nuevas acusaciones, fue denunciado al tri­bunal de la Inquisición. Murió, sin embar­go, antes de que fuera dada sentencia, elu­diendo de esta forma la condena a la ho­guera, que fue realizada en efigie. P. d’A. representó en la historia médica de la Edad Media una anticipación renacentista, por la libertad de su pensamiento científico; quiso llevar también la misma libertad al campo de la religión, lo que le valió ser tachado de hereje. Su obra más importante es El conciliador de las controversias que surgen entre los filósofos y los médicos (v.).

Es­cribió también un manual de astronomía, el Lucidator astronomiae, y una Eocpositio problematum Aristotelis que fue compendiada en la Summa alphabetica problematum de Walter Burleigh.

A. Pazzini

Aakjaer, Jeppe

Nacido en Aakjaer, cerca de Skive, en Jutlandia, el 10 de septiembre de 1866; m. el 22 de abril de 1930 en su granja de Selling.

Perteneciente a una fami­lia campesina, rígida practicante del pietis- mo, alternó en su juventud los trabajos del campo con la asistencia a la escuela popu­lar, en la que quedó influido por la inter­pretación grundtvigiana del cristianismo. Él mismo narra episodios de su infancia y ju­ventud en Años de niñez [Drenge Aaar], Adolescencia [Knøseaar] y Antes del día [Før det dages], así como en la novela El hijo del campesino [Bondens Søn].

A fines de siglo ejerció de periodista algunos años en Copenhague, donde se sintió atraído por las ideas de G. Brandes y por el socia­lismo. Pero apenas le fue posible, se tras­ladó de nuevo a Jutlandia (1907), para con­tinuar allí sus trabajos literarios, ocupándose al mismo tiempo de la educación de los campesinos. De la importancia que para él tiene el libro en la lucha social da fe la no­vela Fuerzas en fermento [Hvor der er gaerende Kraefter].

Mientras en sus nove­las predominan los acentos agresivos y sub­versivos (Los hijos de la ira [Vredens Børn, 1904]), su lírica (Campo libre [Fri Felt, 1905], Cantos del centeno [Rugens Sange, 1906, v.], Bajo el lucero vespertino [Under Aftenstjemen]) es de tanto mayor mérito cuanto más vinculada aparece a los valores tradicionales. La biografía La tragedia de la vida de Steen St. Blicher [Stee7i St. Blichers Livstragedie, 1918] atestigua el afecto que sintió por el romántico e infortunado poeta jutlandés Blicher.

A. Manghi

Paz en la Guerra, Miguel de Unamuno

Es la primera de las novelas del gran escritor y filósofo es­pañol Miguel de Unamuno (1864-1936). Pu­blicada en 1897, es «una novela histórica, una historia anovelada» — como afirma el autor — de los hechos que culminaron en 1874 con el sitio de Bilbao, «cuando briza­ban mis ensueños infantiles los estallidos de las bombas carlistas».

El auténtico pro­tagonista de esta novela de Unamuno es Bilbao, su ciudad natal. O quizás, precisando un poco, su vida misma, el espíritu y la geografía de la tierra vizcaína. En un momento dado se destaca un personaje, pero es uno cualquiera entre tantos; es un ángulo desde el cual Unamuno nos muestra esta vida colectiva.

Y en la cotidianidad de esta vida reside una íntima paz que no alteran los episodios de la guerra: «seguía en tanto la vida ordinaria, tejiendo en su lento telar su infinita trama». Y aquí está — al decir de Julián Marías — la posición de lo intrahistórico — o sea, de lo inamovible, de lo permanente y enraizado en la tradición y en la tierra: «Eran los silenciosos, la sal de la tierra, los que no gritan en la histo­ria», dice de los humildes campesinos — con lo histórico, o sea la guerra. Pero «la marea histórica deja inalteradas las capas más profundas de la existencia, como ocurre con las honduras marinas».

Y el hom­bre sumergiéndose halla la paz, la paz del -corazón, la paz de los recuerdos, a la que nunca llega la guerra, como tampoco llega a alterar la paz de la naturaleza («¿Guerra en el silencio del campo?»). Esta paz es la eternidad que llevamos dentro, y es, res­pecto a la guerra, lo que al tiempo es la eternidad.

Los episodios de la guerra son vistos a través de dos familias, la familia de Pedro Antonio Iturriondo y la familia Arana. Ambos, con sus respectivos confesionalismos carlista y liberal, no son sino, representaciones y símbolos del espíritu y de la vida del país. En ambas se sufre la guerra y se muere, como en todas las fami­lias.

Ignacio, el hijo de Pedro Antonio, aunque parece que asume el primer papel de la novela, no es más que uno de tantos que se alistaron en las tropas carlistas y al fin, tras sus heroicos sueños infantiles, sus diversiones y amistades, su amor inconfesado por Rafaela, su inclinación por la muchacha rubia, su vida de soldado, no es más que un muerto anónimo. Su historia es la historia espiritual y ejemplar de un solda­do, como los sufrimiento de los Arana du­rante el asedio son el sufrimiento de toda la ciudad.

Después de la guerra, tras el desastre carlista en Somorrostro, todos ha­llan la paz, la misma paz que llevaban dentro, ya sea en la muerte, como Ignacio o doña Micaela, ya en la vida como Pedro Antonio, Rafaela, etc., como si la guerra no hubiera existido.

Y termina Unamuno: «En el seno de la paz verdadera y honda es donde sólo se comprende y justifica la guerra; es donde se hacen sagrados votos de guerrear por la verdad, único consuelo eterno; es donde se propone reducir a santo trabajo la guerra. No fuera de ésta, sino dentro de ella, en su seno mismo, hay que buscar la paz: paz en la guerra misma».

A. Comas

Aquí en este libro — que es el que fui — encerré más de doce años de trabajo; aquí recogí la flor y el fruto de mi experiencia de niñez y de mocedad; aquí está el eco, y acaso el perfume, de los más hondos re­cuerdos de mi vida y de la vida del pueblo en que nací y me crié; aquí está la reve­lación que me fue la historia y con ella el arte. (Miguel de Unamuno)