Paz en la Guerra, Miguel de Unamuno

Es la primera de las novelas del gran escritor y filósofo es­pañol Miguel de Unamuno (1864-1936). Pu­blicada en 1897, es «una novela histórica, una historia anovelada» — como afirma el autor — de los hechos que culminaron en 1874 con el sitio de Bilbao, «cuando briza­ban mis ensueños infantiles los estallidos de las bombas carlistas».

El auténtico pro­tagonista de esta novela de Unamuno es Bilbao, su ciudad natal. O quizás, precisando un poco, su vida misma, el espíritu y la geografía de la tierra vizcaína. En un momento dado se destaca un personaje, pero es uno cualquiera entre tantos; es un ángulo desde el cual Unamuno nos muestra esta vida colectiva.

Y en la cotidianidad de esta vida reside una íntima paz que no alteran los episodios de la guerra: «seguía en tanto la vida ordinaria, tejiendo en su lento telar su infinita trama». Y aquí está — al decir de Julián Marías — la posición de lo intrahistórico — o sea, de lo inamovible, de lo permanente y enraizado en la tradición y en la tierra: «Eran los silenciosos, la sal de la tierra, los que no gritan en la histo­ria», dice de los humildes campesinos — con lo histórico, o sea la guerra. Pero «la marea histórica deja inalteradas las capas más profundas de la existencia, como ocurre con las honduras marinas».

Y el hom­bre sumergiéndose halla la paz, la paz del -corazón, la paz de los recuerdos, a la que nunca llega la guerra, como tampoco llega a alterar la paz de la naturaleza («¿Guerra en el silencio del campo?»). Esta paz es la eternidad que llevamos dentro, y es, res­pecto a la guerra, lo que al tiempo es la eternidad.

Los episodios de la guerra son vistos a través de dos familias, la familia de Pedro Antonio Iturriondo y la familia Arana. Ambos, con sus respectivos confesionalismos carlista y liberal, no son sino, representaciones y símbolos del espíritu y de la vida del país. En ambas se sufre la guerra y se muere, como en todas las fami­lias.

Ignacio, el hijo de Pedro Antonio, aunque parece que asume el primer papel de la novela, no es más que uno de tantos que se alistaron en las tropas carlistas y al fin, tras sus heroicos sueños infantiles, sus diversiones y amistades, su amor inconfesado por Rafaela, su inclinación por la muchacha rubia, su vida de soldado, no es más que un muerto anónimo. Su historia es la historia espiritual y ejemplar de un solda­do, como los sufrimiento de los Arana du­rante el asedio son el sufrimiento de toda la ciudad.

Después de la guerra, tras el desastre carlista en Somorrostro, todos ha­llan la paz, la misma paz que llevaban dentro, ya sea en la muerte, como Ignacio o doña Micaela, ya en la vida como Pedro Antonio, Rafaela, etc., como si la guerra no hubiera existido.

Y termina Unamuno: «En el seno de la paz verdadera y honda es donde sólo se comprende y justifica la guerra; es donde se hacen sagrados votos de guerrear por la verdad, único consuelo eterno; es donde se propone reducir a santo trabajo la guerra. No fuera de ésta, sino dentro de ella, en su seno mismo, hay que buscar la paz: paz en la guerra misma».

A. Comas

Aquí en este libro — que es el que fui — encerré más de doce años de trabajo; aquí recogí la flor y el fruto de mi experiencia de niñez y de mocedad; aquí está el eco, y acaso el perfume, de los más hondos re­cuerdos de mi vida y de la vida del pueblo en que nací y me crié; aquí está la reve­lación que me fue la historia y con ella el arte. (Miguel de Unamuno)