‘Abd al-Maŷīd ibn ‘Abdún

Nacido en Evora, m. antes de 1489; fue visir y gran amigo de Almotaguáquil Benalaftás, último rey de Badajoz, y uno de los hombres más ilustres de aquella corte.

Dotado de una prodigiosa memoria que le permitía recitar cualquier pasaje de la vastísima compilación del Libro de las canciones; de espíritu sutil y refinado, cultivó la poesía, llegando a ser uno de los autores más celebrados de fines del siglo XI.

Impresionado por la muerte de su bienhechor y amigo Almotaguáquil, con la que finalizó la dinastía de los Aftaties (1094), este autor compuso su obra ca­pital Qaslda ‘Abdūniyya (v.), de la cual Abdelguáhed el Marrecoxi escribió: «Es una perla que empalidece toda poesía y encanta con su magia; conforta el corazón cual be­bida espirituosa; ninguna alcanza tal fulgor; nadie podrá disputarle la cima que ha alcan­zado». De nuestro autor se conservan asi­mismo sus comentarios sobre un poema titu­lado Abberameh.

J. R. Manent

Pierre Abelardo

Nacido en 1079 en Bre­taña, no lejos de Nantes; m. en Saint-Marcel-sur-Saóne, el 22 de abril de 1142.

Su padre deseaba hijos más instruidos en las letras que en las armas, por lo que A. se convirtió en breve tiempo en uno de los más inquietos y exigentes investigadores de la verdad: primeramente en la escuela de Roscellin, más tarde en París junto a Guillermo de Champeaux y por último — tras un pe­ríodo de descanso en su tierra, al que le obligó un gran agotamiento nervioso — con Anselmo de Laon, de quien no vaciló en decir, después de haber asistido a sus clases de teología, que «encendía fuego y, en vez de dar luz a la casa, la llenaba de humo».

Por lo demás, no tuvo nunca ningún maes­tro del que pronto o tarde no llegara a ser émulo, sufriendo su hostilidad y su perse­cución. Convertido él mismo en maestro, primero de retórica y dialéctica todavía en edad tempranísima, y más tarde de teología, no reconoció ya límites su ambición, en cuya base existía realmente una capacidad especulativa y dialéctica de excepcional po­tencia: decía de sí mismo que se conside­raba el único hombre capaz de pensar que quedaba en Francia, o, usando sus propias palabras, «el único filósofo superviviente en el mundo».

El conocidísimo episodio de Eloísa (v. Epístolas dé Abelardo y Eloísa) se produce precisamente cuando se encon­traba en este estado de ánimo. Convertido de preceptor en amante, y después — me­diante matrimonio secreto — en marido de la ya doctísima estudiante, que sabía latín, griego y hebreo, fue atrozmente castigado por el tío de su mujer, el canónigo Fulberto, que deseaba hacer público aquel matrimo­nio y que, como cuenta el mismo autor en su Historia de las desventuras de Abelardo (v.), le hizo castrar una noche oscura por sicarios.

Poco después, en 1108, profesaba en la abadía de Saint-Dénis, mientras Eloísa, por orden suya, «tomaba voluntariamente el velo» en el monasterio de Argenteuil. Pero reanudados los estudios de teología, a los que por vez primera dio él una dirección racional, aun sin demostrar la vía de las demostraciones «per auctoritates» seguida hasta entonces y basada en la documenta­ción sacada de la Biblia y de los Santos Padres, sufrió una primera condena en el Concilio de Soissons (1121), que le obligó a arrojar al fuego por su propia mano el tratado De unitate et trinitate divina y a recitar el Credo.

A este período se remon­tan la Introducción a la Teología (v.) y la Teología cristiana (v.), que pretende ser una defensa de De trinitate. Expulsado también de Saint-Dénis por haber negado, tomando como testimonio a Beda, que aquel Dionisio de quien se gloriaban los monjes fuera Dionisio Areopagita, se dirige al territorio de Troyes, donde funda el «Paráclito» (1123).

Los estudiantes acuden en gran número al «Paráclito»; pero la envidia de los adver­sarios no cede y le obliga a dejar también aquel lugar carísimo (adonde más tarde lle­vará a Eloísa con sus monjas, expulsadas a su vez de Argenteuil) y a aceptar el nom­bramiento de abad de Saint-Gildas, en la diócesis de Vannes, en Bretaña (1128-34).

Éste es uno de los más duros y crueles períodos de su vida: no tolerando los mon­jes la disciplina, tratan de matarlo por va­rios procedimientos, llegando hasta el ex­tremo de verter veneno en el cáliz de la misa. A pesar de todo, compone el tratado Ética, o Libro llamado «Conócete a ti mismo» (v.). En 1136 reanuda la enseñanza en París, sobre la colina de Santa Genoveva, y entre sus discípulos figuran Juan de Salisbury y Arnaldo de Brescia.

Pocos años después aparecía su más batallador y más famoso adversario, San Bernardo. Y entonces es condenado en el Concilio de Sens (1141). Habiendo apelado al Papa, y mien­tras se dirigía a Roma, le acoge en Cluny Pedro el Venerable, el cual, en una famosa carta que le escribió a Eloísa, narra los últimos meses de la vida de su huésped, pa­sados en el silencio a que le había conde­nado el Papa. Pedro el Venerable hizo tras­ladar su cuerpo al monasterio del «Parácli­to».

El nombre de nuestro autor figura entre los mayores de la Edad Media. Adelantán­dose en el tiempo y previendo el desarrollo de los más delicados movimientos del pen­samiento, fue el primero que sacó la teolo­gía del círculo cerrado de la tradición y la encaminó hacia aquellas formas de estudio que se afirmarán en el siglo siguiente y que tendrán su maestro más excelso en Santo Tomás de Aquino.

E. Franceschini

‘Abd Rabbi-Hi, Abū ‘Umar ‘Alī ibn Muhammad ibn.

en 860 y m. en 939. Es el más antiguo escritor hispanoárabe del géne­ro llamado «Adab», que comporta una cul­tura general muy elevada, pero al margen de las disciplinas religiosas.

Aparte de que fue un poeta cortesano de los Omeyas, hasta ‘Abd al-Rahmān III, poco sabemos de su vida, que hay que suponer en consonancia con el cargo que desempeñaba en la corte. Su obra capital, titulada ‘Iqd al-farīd (v.), nos muestra el grado de civilización de su tiempo, y viene a ser una crónica muy amena de los hechos históricos.

J. R. Manent

Àbdîsho bar Berîkhâ (Ebediesu)

Escri­tor sirio nestoriano, que nació en el s. XIII y murió en 1318. En 1284 era obispo de Sin- gâr y Bêth Arbâyê, y unos cinco años des­pués metropolitano de Sôbâ (Nisibi).

Escri­bió comentarios al Antiguo y Nuevo Testa­mento, un Libro de los misterios ocultos de los filósofos griegos, una obra de impug­nación dé todas las herejías, un comentario a una supuesta carta de Alejandro Magno a Aristóteles sobre un tema de alquimia, una exposición del dogma nestoriano y va­rios escritos de contenido jurídico.

Ha de­jado también poesías para cuya composi­ción se inspiró en los árabes, emulando el Mâqamât (v.) de al-Harīrī: cincuenta es el número de sus poesías, y el libro se titula El Paraíso Edén (v.); en 1316 publicó un co­mentario a dicho libro. Su obra más impor­tante es, sin embargo, El libro de la perla sobre la verdad de la fe, escrito en 1297.

G. Furlani

Abdías (’Obodyá)

Singularmente escasa en noticias es la vida de Abdías, así como su libro (v.) es el más breve de todos los proféticos de la Biblia y uno de los menos precisos desde el punto de vista cronológico. Pero basta su fuerte voz para imponerse a la historia con la potencia de una biografía completa.

Todas las fechas de su vida, los tiempos y los lugares se hallan ocultos en el espíritu que le hace hablar contra los idumeos, descendientes de Esaú, que se ha­bían unido con los devastadores de Jerusalén. Vivió, por lo tanto, en un período luc­tuoso, quizá de destierro: en tiempo de Joram (siglo IX a. de C.) o en la época de Nabucodonosor o, más probablemente, en los confusos y agobiantes tiempos de la cautividad de Babilonia.

Se enardece ante las ruinas y la profanación de Sión, y se conforta con la visión profética (¿y mesiánica?) de Jacob, triunfador de Esaú: «La casa de Jacob será un fuego devorador… y paja seca será la casa de Esaú». El tono de su libro, que muestra bastante mayor confianza en el futuro que en el presente, hace pensar que Abdías nació después de la caída de Jerusalén en 586, en el oscuro período a que alude también el libro de Jeremías (v.).

P. de Benedetti