Nacido en 1079 en Bretaña, no lejos de Nantes; m. en Saint-Marcel-sur-Saóne, el 22 de abril de 1142.
Su padre deseaba hijos más instruidos en las letras que en las armas, por lo que A. se convirtió en breve tiempo en uno de los más inquietos y exigentes investigadores de la verdad: primeramente en la escuela de Roscellin, más tarde en París junto a Guillermo de Champeaux y por último — tras un período de descanso en su tierra, al que le obligó un gran agotamiento nervioso — con Anselmo de Laon, de quien no vaciló en decir, después de haber asistido a sus clases de teología, que «encendía fuego y, en vez de dar luz a la casa, la llenaba de humo».
Por lo demás, no tuvo nunca ningún maestro del que pronto o tarde no llegara a ser émulo, sufriendo su hostilidad y su persecución. Convertido él mismo en maestro, primero de retórica y dialéctica todavía en edad tempranísima, y más tarde de teología, no reconoció ya límites su ambición, en cuya base existía realmente una capacidad especulativa y dialéctica de excepcional potencia: decía de sí mismo que se consideraba el único hombre capaz de pensar que quedaba en Francia, o, usando sus propias palabras, «el único filósofo superviviente en el mundo».
El conocidísimo episodio de Eloísa (v. Epístolas dé Abelardo y Eloísa) se produce precisamente cuando se encontraba en este estado de ánimo. Convertido de preceptor en amante, y después — mediante matrimonio secreto — en marido de la ya doctísima estudiante, que sabía latín, griego y hebreo, fue atrozmente castigado por el tío de su mujer, el canónigo Fulberto, que deseaba hacer público aquel matrimonio y que, como cuenta el mismo autor en su Historia de las desventuras de Abelardo (v.), le hizo castrar una noche oscura por sicarios.
Poco después, en 1108, profesaba en la abadía de Saint-Dénis, mientras Eloísa, por orden suya, «tomaba voluntariamente el velo» en el monasterio de Argenteuil. Pero reanudados los estudios de teología, a los que por vez primera dio él una dirección racional, aun sin demostrar la vía de las demostraciones «per auctoritates» seguida hasta entonces y basada en la documentación sacada de la Biblia y de los Santos Padres, sufrió una primera condena en el Concilio de Soissons (1121), que le obligó a arrojar al fuego por su propia mano el tratado De unitate et trinitate divina y a recitar el Credo.
A este período se remontan la Introducción a la Teología (v.) y la Teología cristiana (v.), que pretende ser una defensa de De trinitate. Expulsado también de Saint-Dénis por haber negado, tomando como testimonio a Beda, que aquel Dionisio de quien se gloriaban los monjes fuera Dionisio Areopagita, se dirige al territorio de Troyes, donde funda el «Paráclito» (1123).
Los estudiantes acuden en gran número al «Paráclito»; pero la envidia de los adversarios no cede y le obliga a dejar también aquel lugar carísimo (adonde más tarde llevará a Eloísa con sus monjas, expulsadas a su vez de Argenteuil) y a aceptar el nombramiento de abad de Saint-Gildas, en la diócesis de Vannes, en Bretaña (1128-34).
Éste es uno de los más duros y crueles períodos de su vida: no tolerando los monjes la disciplina, tratan de matarlo por varios procedimientos, llegando hasta el extremo de verter veneno en el cáliz de la misa. A pesar de todo, compone el tratado Ética, o Libro llamado «Conócete a ti mismo» (v.). En 1136 reanuda la enseñanza en París, sobre la colina de Santa Genoveva, y entre sus discípulos figuran Juan de Salisbury y Arnaldo de Brescia.
Pocos años después aparecía su más batallador y más famoso adversario, San Bernardo. Y entonces es condenado en el Concilio de Sens (1141). Habiendo apelado al Papa, y mientras se dirigía a Roma, le acoge en Cluny Pedro el Venerable, el cual, en una famosa carta que le escribió a Eloísa, narra los últimos meses de la vida de su huésped, pasados en el silencio a que le había condenado el Papa. Pedro el Venerable hizo trasladar su cuerpo al monasterio del «Paráclito».
El nombre de nuestro autor figura entre los mayores de la Edad Media. Adelantándose en el tiempo y previendo el desarrollo de los más delicados movimientos del pensamiento, fue el primero que sacó la teología del círculo cerrado de la tradición y la encaminó hacia aquellas formas de estudio que se afirmarán en el siglo siguiente y que tendrán su maestro más excelso en Santo Tomás de Aquino.
E. Franceschini

