Guillaume Budé

Nació en 1468 en París, donde murió el 22 de agosto de 1540. Tras una juventud disipada y estudios realizados a disgusto, a los veintitrés años se entregó inesperadamente y con fervor a la actividad humanística: y así, llegó a conocer perfec­tamente el griego bajo la guía de Lascaris y otros maestros, aprendió matemáticas con Jacques Lefévre y dedicóse a la teología; al derecho, a las ciencias, a la filosofía y a la medicina con una pasión tal que le ocasionó posteriormente desarreglos de carácter nervioso para todo el resto de su vida.

Primer traductor del griego en Francia, puso a Plu­tarco en latín, limpió el código de Justiniano de los comentarios medievales (Annotâtions aux Pandectes, 1508;, profundizó el estudio de la civilización antigua (De asse, 1515), y, con los Comentarios sobre la len­gua griega (v.), dio a la filología el carác­ter de instrumento de cultura general. Des­empeñó importantes cargos públicos : fue secretario de Luis XII, quien le encomendó varias misiones respecto de la corte romana de León X, secretario también y bibliote­cario de Francisco I, al cual sugirió la idea inicia1 del Collège de France, y, repetidas veces, «Prévôt des Marchands».

Mantuvo correspondencia en griego y en latín con los personajes más ilustres de su época: Erasmo, Tomás Moro, Bembo y Rabelais. De Roberta Le Lyeur, con la que se casó en 1503, había tenido once hijos. A la muerte de B., la viuda trasladóse con ellos a Gine­bra y se convirtió al calvinismo.

S. Morando

Maurizio Bufauni

Médico toscano, nació en Cesena de Iacopo el 4 de junio de 1787, murió en Florencia el 31 de marzo de 1875. Ha­biendo hecho sus primeros estudios de un modo privado, por ser de enclenque cons­titución, e indeciso entre la medicina y el derecho, quiso experimentar la primera en la enseñanza de Michele Rosa (que enton­ces se encontraba en Rimini) y de otros.

Matriculado en la Universidad de Bolonia en 1805, se licenció en 1809. Se perfeccionó después de la licenciatura en Pavía y en Milán. En 1813 fue nombrado ayudante de la cátedra de clínica médica, desempeñada entonces por Testa, a quien sustituyó mu­chas veces.

Muerto este último, y habién­dole sucedido Tommasini, volvió Bufauni a Cesena, donde se dedicó a la profesión, pero no le faltaron disgustos. En 1826, León XII le nombró profesor de clínica médica en Urbino, pero él rechazó el cargo.

En 1830 no obtuvo la cátedra de Bolonia a causa de informaciones poco buenas acerca de su religiosidad. En 1832 fue enviado a Osimo como director del Hospital Civil, pero en 1835 aceptó la cátedra de clínica en Floren­cia, sucediendo en ella a Nespoli.

En esta ciudad reformó la enseñanza en el Hospi­tal de Santa María Nueva, y en 1840 insti­tuyó muchas clínicas especializadas, las cua­les constituyeron una novedad no sólo en Italia sino en Europa entera. Alcanzó larga vida (murió a la edad de 88 años), aunque fatigosa, ya por graves lutos familiares prematuros, ya por la posición crítica que tomó frente a las nuevas doctrinas vitalistas de Brown y de Rasori (v. Ensayo sobre la doc­trina de la vida).

Propugnó, por el contra­rio, un método positivo, basado en el exa­men analítico de los hechos, que constituyó el fundamento de su principio doctrinal lla­mado por él «Patología analítica». Fue au­tor de muchas obras, las más importantes de las cuales versan sobre este tema: Fun­damentos de patología analítica, 1819 (v.).

A. Pazzini

Buda

«Despierto», «Iluminado» o «Cla­rividente» son las equivalencias de la pala­bra sánscrita con la cual suele designarse más comúnmente al fundador del budismo. Se trata de un vocablo lleno de místicas y sobrenaturales significaciones, por cuanto revela un efectivo renacimiento espiritual y relega casi completamente al olvido los restantes nombres del personaje, vinculados a sus anteriores vicisitudes terrenas.

Perso­naje histórico que vivió entre los años 560 y 480 a. C. en el nordeste de la India, na­ció en una familia principesca y recibió el nombre de Siddhārtha; pero fue llamado también con el gentilicio Gautama.

Los acon­tecimientos de su existencia son bien cono­cidos; entre ellos destacan el abandono, a los veintinueve años, de las riquezas y co­modidades en medio de las cuales había vivido hasta entonces y su entrega a la vida de penitencia, la memorable noche durante la cual vio aclarado, tras siete años de prue­bas y discusiones, el enigma del mundo, y, finalmente, a los ochenta, la muerte, que le dio una inmortal corona de celebridad.

El camino espiritual recorrido, las fases de su progresivo desarrollo y la meta alcan­zada encuadran la figura de Buda en una vi­sión que llega casi a destacarla del tiempo y a eternizarla en la sugestiva concepción del misterioso «nirvana».

De todas maneras, el personaje en cuestión vivió y actuó, y su naturaleza manifiesta, en primer lugar, una extraordinaria e independiente capaci­dad especulativa, por cuanto, a partir de una posición tradicional y ortodoxa, va des­hojando y destruyendo sus bases con la fuerza del racionieio, y, sin recurrir sino a éste, forja un sistema religioso en el que no figura divinidad alguna: anómalo y he­rético en un ambiente como el indio, tan invadido por el sentimiento de lo divino.

Buda vivió en una fase de la ideología indos- tánica durante la cual, y debido a nuevas concepciones doctrinales — la primera de ellas la creencia en la transmigración —, la antigua religión védica, con su culto a las divinidades y la exaltación del sacrifi­cio como acto meritorio sin par y omnipo­tente en sus efectos, había perdido todo va­lor, por cuanto la única realidad inexora­ble, pavorosa y terrible capaz de asustar al hombre era el eterno morir y renacer a tra­vés de una interminable sucesión de exis­tencias, más o menos afortunadas según los méritos o deméritos adquiridos, pero siem­pre efímeras, pasajeras y acabadas todas ellas con el dolor que acompaña constante­mente a la muerte.

La interrupción del ciclo de las reencarnaciones y la evasión defini­tiva del océano infinito de las vidas morta­les constituían el fin último anhelado por toda criatura viviente, la felicidad suprema y eterna, diversamente concebida por las distintas especulaciones desarrolladas en el período de intensa y fecunda investigación filosófica y religiosa que precedió y acom­pañó la aparición del budismo.

Por encima de cualquier otro se yergue, luminosa, la figura de Buda, que predicó y difundió su doc­trina de salvación (v. Discursos), instituyó una comunidad de adeptos sometidos^ a re­glas diversas y concretas, permaneció tem­poralmente en lugares adecuados («vihāra»), a donde podían acudir grandes multi­tudes para escuchar sus palabras, alentó ya desde el principio una laboriosa actividad misional, y fundó, en resumen, una religión que todavía hoy hace resonar el nombre de su remoto iniciador en tantas y tan vas­tas regiones del continente asiático.

Incluso en la historia de la India aparece Buda como una figura excepcional, y no sólo por su realidad histórica, la cual, en contraste con las formas meramente legendarias bajo las que la tradición cultural indígena presenta a fundadores religiosos, filósofos y autores eminentes de todos los tiempos, ofrece a la cronología antigua una piedra miliar de la máxima importancia, sino también debido a las particularidades que caracterizan (dife­renciándolo de otros movimientos espiritua­les coetáneos) su camino hacia la ilumi­nación.

La penitencia («tapas»), con las mortificaciones y los sufrimientos corporales consiguientes, era ya entonces un método muy empleado por los sabios de la India. Buda lo experimentó también, pero sin éxito; por esta razón, lo abandonó muy pronto y reconoció con genial y realista intuición los vínculos indisolubles existentes entre el vi­gor y las facultades del espíritu y del inte­lecto y la salud y la fuerza material del organismo corpóreo.

Una vez logrado el per­fecto equilibrio y la justa concomitancia entre la energía intelectual y la de carácter físico, Buda empezó a caminar en pos de la verdad, que se le reveló, finalmente, una noche, mientras estaba meditando profunda­mente al pie de una higuera. En la base de toda la estructura doctrinal budista figura una concepción desolada y pesimista de la existencia: las alegrías de la juventud, la salud y la vida son efímeras, por cuanto la vejez, la enfermedad y la muerte se cier­nen sobre las primeras de manera inexo­rable.

Cualquier existencia aparece domi­nada por el dolor, que subsiste eternamente en la continua peregrinación de una a otra vida, y la aniquilación de aquél sólo puede obtenerse con la del vivir («nirvana»); la ignorancia y el afán de placeres, o sea el apego a la existencia, provocan la reencarnación.

El criterio de Buda sobre el misterio que rodea al hombre se halla resumido en las memorables palabras que parece haber pronunciado la noche de la iluminación («bodhi»): «He recorrido el ciclo de muchas vidas buscando sin descanso el constructor de la casa (es decir, la causa de la reencar­nación) : constructor de la casa, has sido descubierto; no elevarás ya ningún otro edi­ficio, porque tus vigas están rotas y des­truido el techo de la casa.

El corazón, ya libre, ha extinguido cualquier deseo». El tes­tamento espiritual comprendido en las breves y solemnes recomendaciones dirigidas por Buda, moribundo, a sus discípulos consti­tuye una conmovedora y, al mismo tiempo, realista síntesis de todas sus enseñanzas. Las últimas palabras suponen un aliento a una tranquila resignación en pos de la indi­ferencia y a una ferviente actividad en el camino de la liberación: «Yo os exhorto, pues, mis discípulos: cuanto existe se halla sujeto a la muerte; atended a vuestra sal­vación».

La persona de Buda, tan amada por sus seguidores, no era en aquellos momen­tos sino una tenue sombra; los vivos rasgos humanos a los que tales vínculos de afecto y devoción les unían iban extinguiéndose ya para siempre. Explícitamente lo atesti­gua el maestro en el supremo tránsito a los fieles que, afligidos y llorosos, tenía junto a sí al pedir conscientemente a la posteri­dad ignorancia y olvido de su propia per­sona. Como única herencia, dejaba su doc­trina de salvación.

M. Vallauri

Andreas Heinrich Bucholtz

Nació el 25 de noviembre de 1607 en Schoningen y murió el 20 de mayo de 1671 en Brunswick. Estu­dió teología protestante en la Universidad de Wittenberg, donde en 1630 obtuvo el tí­tulo de «magister».

Ejerció alternativamente el sacerdocio y la enseñanza. Al principio desempeñó un cargo pastoral en Hameln (1632); pero al cabo de dos años dejó el puesto para dedicarse nuevamente a estu­dios teológicos. Dio lecciones de filosofía moral en la Universidad de Rostock; luego ejerció otra vez el ministerio pastoral hasta 1638, en que reanudó la labor docente en Rinteln, donde en 1645 fue nombrado pro­fesor de la Facultad de Teología.

Durante este período inició con una traducción de las Odas (v.) de Horacio (1639) sus activi­dades literarias, que prosiguió luego a tra­vés de poesías de carácter religioso y opúsculos devotos. En 1647 fue llamado a Brunswick, donde permaneció el resto de su vida, uniendo a sus cargos eclesiásticos y docentes (llegó a superintendente de la Iglesia evangélica y a inspector de las es­cuelas) una notable actividad de escritor.

En 1659 publicó la más célebre de sus obras, Historia maravillosa del príncipe cristiano y alemán Hércules y de la princesa real Valiska de Bohemia (v.), a la que siguió, seis años después, otra novela que prose­guía la misma acción. Se trata, empero, de textos de escaso valor artístico; su impor­tancia reside particularmente en la inser­ción de elementos morales, políticos y, so­bre todo, religiosos en un esquema propio de la narrativa caballeresca.

Las novelas de Bucholtz han sido consideradas como un primer ejemplo del género heroico-galante, que ha­bría de producir otros frutos durante el barroco; pero los objetivos del escritor no pasaban de la edificación moral.

V. M. Villa

Ion Budai-Deleanu

Nació hacia 1760 en el departamento de Hunedoara (posiblemen­te en Cigmau), y murió en Lwow en agosto de 1820. Es el único gran poeta salido de la erudita atmósfera de la escuela transilvana. Pocas noticias nos ha transmitido acerca de él la historiografía literaria.

Inició los estu­dios teológicos en Blaj, y luego los prosi­guió en Viena; tras una estancia de cinco o seis años regresó a su patria. Por diver­gencias con el arzobispo Bob, duro adver­sario de las aspiraciones liberales rumanas, volvió a Viena hacia 1782-83.

En la capital austríaca trabajó como funcionario del Mi­nisterio de la Guerra; luego pasó a Lwow, punto de afluencia de los rumanos que aban­donaban la Bucovina, cedida en 1775 a Aus­tria. Mantuvo relación con los literatos de aquella misma nacionalidad pertenecientes a la escuela transilvana, singularmente con Petru Maior (v.), al que le unían intensas afinidades de carácter.

Sin embargo, re­suelto a defender su independencia espiri­tual, negóse completamente a aceptar cualquier situación en la patria, y manifestó a Maior ser más dichoso «carteándose con él que dando lecciones en Blaj y viéndose hon­rado en la diócesis de Transilvania». Nada sabemos acerca de los últimos años de su vida. Todos sus escritos aparecieron después de su muerte.

Además de traducciones de carácter jurídico y didáctico y de trabajos lexicográficos y gramaticales dejó, en ma­nuscritos con notables lagunas, una impor­tante obra histórica sobre Transilvania. Sin embargo, el nombre de B. se halla vincu­lado particularmente a la historia de la lite­ratura rumana por el poema épico-burlesco Zingareida (v.), publicado en 1877.

R. Del Conté