Ivan Bunin

Nació en 1870 en Voronej y murió el 8 de noviembre de 1953 en París, ex­patriado. Perteneció a una familia de pro­pietarios nobles arruinados, que había dado ya a la literatura una poetisa, A. P. Bunina, y mantenido relaciones de parentesco con el poeta V. A. Jukovski y los hermanos Kireevskie, teóricos del movimiento esla­vófilo.

La infancia de Bunin transcurrió en la propiedad paterna de la región de Orel, ya partir de los siete años vivió siempre en­tre campesinos, ajeno a una educación y a una instrucción regulares. Terminados los estudios secundarios residió en Poltava y en Crimea, donde se aficionó a andar errante y a pie de una parte a otra.

En Orel cola­boró en el periódico local y compuso poe­sías; en Poltava empezó a escribir en prosa. En 1895 se estableció en San Petersburgo, desde donde pasó a Moscú. En 1898 casóse con la hija de un revolucionario griego emi­grado; pero muy pronto se divorció y rea­nudó su existencia vagabunda por el sur de Rusia, la Europa occidental, África y Asia.En 1887 aparecieron sus primeros ver­sos; a partir de entonces empezó a traba­jar como poeta, narrador y traductor. Sin embargo, su primer conjunto narrativo no vio la luz hasta 1892, el mismo año en que también Maksim Gorki iniciara la publi­cación de sus obras.

Más tarde participó en el periódico Znanie (El conocimiento), en tomo al cual supo reunir Gorki los mejores elementos literarios de los primeros diez años del nuevo siglo. En 1909 publicó una de sus obras más famosas desde el punto de vista ideológico, La aldea (v.), seguida, a una distancia de dos años, por la más céle­bre en cuanto al valor estilístico: l’diseca [Suchodol].

Por entonces había conocido ya la fama con las narraciones de los años anteriores, que le valieron el ingreso en la Academia Rusa tras la asignación del pre­mio Pushkin debida a las diversas colec­ciones de poesías y traducciones; entre estas últimas figuraba la ya clásica de Hiawatha, de Longfellow. El período más brillante de la narrativa de Bunin fue el comprendido en­tre los años 1912-16, al cual pertenecen El cáliz de la vida, En el camino, Los sueños de Chang y El señor de San Francisco (v.).

En 1920 el escritor abandonó Rusia y fue a establecerse en París, donde publicó algu­nas de sus mejores obras: El amor de Mitia, en 1925, La vida de Arsenev, en 1927, y otras. En 1933 se le concedió el premio No­bel de Literatura.

E Lo Gatto

Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon

Nació el 7 de septiembre de 1707 en el cas­tillo de Montbard (Borgoña), murió el 16 de abril de 1788 en París. Hijo de un conse­jero del Parlamento de Borgoña y de una mujer noble y rica, hizo sus estudios con los jesuitas de Dijon, mostrando desde pe­queño una gran propensión a las matemá­ticas.

Desde muy joven se hizo amigo íntimo del disoluto lord Kingston, en compañía del cual hizo un largo viaje por Francia, Ingla­terra e Italia, en apariencia estudiando y herborizando bajo la dirección del precep­tor de Kingston, notable botánico, en rea­lidad corriendo tras las aventuras y los pla­ceres.

Vuelto a Francia después de la muer­te de su madre (1732), continuó en París su brillante vida mundana, pero el deseo de su padre de contraer nuevo matrimonio arrancó al joven de su existencia y le obli­gó a ocuparse de las vastas posesiones here­dadas de su madre, para valorizar las cua­les se dedicó a estudios de botánica, de mi­neralogía, etc., de los que extrajo diversas memorias que le valieron el nombramiento de socio de la Academia de Ciencias (1733).

En 1735 dio a la imprenta la traducción del tratado Vegetable Staticks del inglés Stephen Hales, y tres años después se tras­ladó a Inglaterra, donde vivió un cierto tiempo en contacto con la más alta aristocracia y donde tradujo el Método de las flu­xiones (v.) de Newton.

De regreso en su pa­tria logró obtener, en 1739, el nombramiento de intendente del Jardín Botánico (Jardín du Roy), y desde entonces se consagró total­mente a las ciencias, compartiendo su estan­cia entre París y Montbard, para redactar los 36 volúmenes de su Historia Natural (v.), en cuyo trabajo sólo a partir de 1767 aceptó la ayuda de colaboradores como Daubenton, Guéneau de Montbeliard, L’ abate Bexon, etc.

En 1753 fue elegido para la Academia Fran­cesa y en ocasión de su recepción leyó el famoso Discurso sobre el estilo (v.). Ade­más de la Histoire Naturelle, la cual, pese a los ataques de Voltaire que la encontraba «pas si naturelle», fue traducida inmedia­tamente a las principales lenguas cultas, publicó la Théorie de la Terre, que fue cen­surada por la Sorbona por contraria al re­lato bíblico; la Histoire de l’homme, la His­toire des quadrupèdes vivipares (15 vols., de 1770 a 1783); la Histoire des oiseaux, en 9 vols. (1770-83); la Histoire des minéraux, en 5 vols. (1783-88), con suplementos que entre otras cosas contienen el Traité des époques de la nature (1778), también ata­cado por los teólogos de la Sorbona.

Dejó, en fin, una voluminosa correspondencia. La Historia Natural de Buffon, y en especial su zoología, está caracterizada por la ausencia de toda sistemática. La naturaleza, dice Buffon, no admite clasificaciones y «nos asombra más por sus excepciones que por sus leyes». Solamente existe la especie, inmutable, ca­racterizada no sólo y no tanto por la ana­tomía como por el «instinto», término vago que toma en Buffon el significado de «costum­bre», e introduce al naturalista en el estu­dio de la psicología de los animales, seres, según Buffon, que tienen la sensación de su exis­tencia, sin poseer reflexión ni consciencia del tiempo pasado.

Reconocidas las espe­cies vivientes y extinguidas, es posible des­cribir la historia del mundo, ligándola a la historia de sus habitantes: idea original, propia de Buffon, que la ciencia no ha aban­donado ya y en virtud de la cual paleon­tología, zoología y botánica se han conver­tido en ciencias auxiliares de la cosmología. Buffon no era naturalista de profesión cuan­do ingresó, ya circundado de fama y de influencia, en el círculo de los naturalistas, llevando a él una mentalidad nueva y una formación científica todavía imperfecta que suscitaron reacciones y hostilidad; pero él no se dejó nunca arrastrar a polémicas per­sonales; a las críticas de valor científico respondía en forma de indiferencia personal, por lo que sus polémicas forman parte sólo de la historia de las ideas.

Entre sus contro­versias, como uno de los hechos más impor­tantes de la historia intelectual del siglo, hay que recordar su disputa, seguida apa­sionadamente por el público, con Linneo a propósito de la sistematización botánica de éste, atacada por Buffon como artificial y ajena a la naturaleza.

Su obra, como su vida y su persona, constituyen una manifestación del culto a la magnificencia: continente no­ble y altivo (parece más un mariscal de Francia que un literato, decía Hume), al­tas relaciones mundanas, vida galante, ex­perimentos científicos grandiosos y espec­taculares (bosques enteros para el estudio de la resistencia de la madera, experimentos de espejos ustorios ejecutados ante toda la Corte, construcción exprofeso de grandes hornos para probar su teoría sobre la for­mación de la Tierra, etc.). La fama de Buffon, grandísima en vida y en la primera mitad del siglo XIX, fue disminuyendo rápida­mente al consolidarse las teorías evolucio­nistas y al cambiar el gusto literario de las épocas.

M. Gliozzi

Sergei Nicolaevich Bulgakov

Nació el 16 de julio de 1871 en la provincia de Orlov, murió en París en 1944. Es indudablemente el teólogo más importante de Rusia, por lo menos después de la muerte de Chomiakov.

Hijo de un sacerdote ortodoxo, pasó de las escuelas parroquiales al seminario, pero muy pronto abandonó la carrera eclesiástica para matricularse en la Facultad de Leyes de la Universidad de Moscú. Tras dos años de misión científica en París, Londres y Ber­lín, publica la tesis (Capitalismo y agricultura) que le vale la cátedra de economía primero en Kiev (1900) y después en Mos­cú. Pasa del marxismo al idealismo.

La cri­sis filosófica se produce al mismo tiempo y pasa por las mismas fases que la crisis que en aquellos años pasa Nikolai Berdiaev (v.), otro gran pensador ruso que siempre estará muy cerca de él. Del idealismo, y casi insensiblemente, pasa al cristianismo y vuelve a encontrar el camino de la Iglesia.

Publica en estos años varias obras impor­tantes: Del marxismo al idealismo, Filosofía de la economía y, sobre todo, La luz no crepuscular, en la que expone, de un modo más sintético que en las restantes, su con­cepción filosófica y religiosa del mundo.

En 1917 es miembro del Concilio de la Iglesia rusa que restablece el patriarcado; en 1918, en plena revolución comunista, es ordenado sacerdote. Se ve privado de la cátedra y poco después marcha al destierro. Escribe La tragedia de la filosofía y La filosofía del nombre. Durante breve tiempo tiene la in­tención de convertirse al catolicismo.

Tras una estancia en Praga, se establece defini­tivamente en París, donde muere en 1944, siendo la figura más señalada del Instituto de Teología ortodoxa de San Sergio. La mayor aspiración de Bulgakov consistió en crear una teología ortodoxa totalmente original no sólo con respecto a la teología católica, sino también en relación con la teología protestante y con la filosofía alemana.

Sus raíces se encuentran en la filosofía sofiánica de Soloviev y de Florenski, las cuales son desarrolladas por él con ardor e inte­ligencia. Su obra más notable es la trilogía dogmática: El Cordero de Dios, El Conso­lador y La esposa del Cordero, cuyo título general es La sabiduría de Dios y la teantropía, y una trilogía menor en la que ex­pone dogmáticamente su mariología en La zarza ardiente, su doctrina sobre el Precur­sor en El amigo del Esposo, su teoría sobre los ángeles en La escala de Jacob.

Su últi­mo trabajo consistió en una interpretación del Apocalipsis que viene a ser como su testamento doctrinal. El sofianismo de Bulgakov tiene como fundamento teológico la doctrina de Palamas, y parte de una distinción entre la «Usía» y las «Energías» increadas: Dios, que es incomunicable en la «Usía», es, por el contrario, comunicable, y se comunica, en las «Energías».

La «Sophia» se distingue de la Sabiduría hipostática, que es el Verbo de Dios, y del tributo de la Sabiduría di­vina y es una Energía divina, en la que Dios se comunica verdaderamente con el mundo y Dios vive en el mundo y el mun­do vive en Dios. La doctrina sofiánica tiene como conclusión la visión de un mundo totalmente lleno y transfigurado por la Di­vinidad, casi un panteísmo cósmico, que fue condenado por los mismos ortodoxos en las reuniones sinodales de 1935 y 1936 en Carlovtsi.

D. Barsotti

Bernhard von Bülow

Nació en Klein-Flottbeck, cerca de Altona, el 3 de mayo de 1849, y murió en Roma el 28 de octubre de 1929. Luego de haber participado en la guerra franco-prusiana, el joven Bülow ingresó en la carrera diplomática, en la que ascendió rá­pidamente: en 1877 fue nombrado encarga­do de Negocios en Atenas, en 1879 secreta­rio de Embajada en París, en 1885 consejero en San Petersburgo y luego embajador en Bucarest, cargo que a partir de 1894 des­empeñó en Roma.

En 1897 volvió a Alema­nia, donde asumió el puesto de ministro de Estado. Finalmente, en 1900 se le nombró canciller del Reich, en sustitución del an­ciano príncipe de Hohenlohe. Mereció la confianza particular y la amistad de Gui­llermo II.

En esta última fecha Bülow obtuvo para su país un contrato de arriendo del puerto chino de Kiao-Chow para un plazo de 99 años; anteriormente había adquirido para alemania las islas Carolinas y Maria­nas, y parte de la de Samoa. A causa de esta gestión fue elevado a la categoría de con­de.

Sin embargo, su política fue criticada por no oponerse al rearme naval que pro­vocó un choque con Inglaterra, por la nega­tiva a aceptar una alianza con ésta y por el fracaso de alemania en la conferencia de Algeciras. En 1909, en ocasión de los escándalos Eulenburg, no logró disculpar al Kaiser ante el Parlamento con suficiente fir­meza, y ello disgustó gravemente a Gui­llermo II; el bloque parlamentario de con­servadores y liberales que sostenía el Go­bierno de Bülow contra la oposición del centro debilitóse aquel mismo año, y el canciller hubo de dimitir.

Al principio de la guerra mundial fue enviado una vez más a Italia como embajador extraordinario para tratar de evitar la ruptura de la Triple Alianza; después de la conflagración vivió casi cons­tantemente en Roma, en «Villa Malta».

Es­taba casado con María Séccadelli, princesa de Camporeale e hijastra de Marco Minghetti. Sus Memorias (v.) aparecieron con’ carácter póstumo en 1930; en 1916, y para justificar su obra de estadista, había publi­cado otro volumen, titulado Política alema­na [Deutsche Politik].

C. Gundolf

San Buenaventura de Bagnorea

Nació en Bagnorea (hoy Bagnoregio), cerca de Viterbo, en 1221 ó 1222, y murió en Lyon el 15 de julio de 1274. Era de linaje noble y se llamaba Giovanni Fidanza.

Según se cree, el nombre de Buenaventura se lo dio San Francisco, el cual parece haber realizado en su favor, cuando niño, un hermoso milagro. Sea como fuere, al sonar para él la hora de las grandes resoluciones, Bagnorea  tuvo presente al Santo de Asís, y decidió ingresar en el número de sus hijos (1242 ó 1243). No tardó en distinguirse.

Alejandro de Hales consi­deróle el mejor de sus discípulos. A los veintisiete años era ya maestro y enseñaba en París, precisamente cuando el gran Tomás de Aquino llegaba también allí como pro­fesor. Por aquel entonces compuso Bagnorea  su obra más extensa, el Commentarium in quattuor libros Sententiarum, del que más tarde, en 1257, ofreció una especie de suma­rio en el Breviloquio (v.).

El ingreso de las órdenes mendicantes en las cátedras no fue bien visto por muchos de los clérigos secu­lares, canónigos y cancilleres de catedrales que las desempeñaban; y así, los antiguos pedagogos emprendieron una violenta ofen­siva contra los recién llegados.

Por ello, sólo tras una intervención pontificia abrió sus puertas a los dos amigos y rivales la joven Universidad parisiense; ocurrió esto en 1254. Sin embargo, el franciscano estaba desti­nado a misiones mucho más importantes.

Elegido en 1257, a los treinta y seis años, ministro general de la Orden, Bagnorea  se halló frente a la suprema responsabilidad preci­samente cuando la familia franciscana apa­recía agitada por una lucha de tendencias opuestas: la de los seguidores del ideal pri­mitivo y la de los partidarios de ciertas mo­dificaciones.

Gracias al Santo, empero, todo se calmó y ordenó hacia un solo objetivo y una plena fidelidad. Y entre los hijos e hijas de San Francisco circulaba la perfecta biografía del seráfico padre a la que B. aca­baba de poner fin (v. Leyenda de San Fran­cisco).

El gobierno de la Orden no le im­pidió la especulación teológica y filosófica; y así, retirado a la soledad de Auvemia compuso en 1259 su obra maestra Itinerario de la mente Hacia Dios (v.), a la que siguió poco después Reducción de las artes a la santa Teología (v.). Contra su modestia, Bagnorea  fue elevado por Gregorio X al cardenalato (1273).

A pesar de hallarse enfermo, asistió a un concilio convocado en Lyon y en el que habían de tratarse problemas capitales para la cristiandad; en plena labor llególe su última hora. Sixto IV le canonizó en 1482 y Sixto V proclamóle en 1587 doctor de la Iglesia.

H. D. Rops