Es el «más grande de los líricos árabes», según la definición de Kremer, que fue el primero que lo dio a conocer en Occidente hace un siglo; ciertamente, es uno de los más eminentes, aunque no pueda reconocerse en él aquella primacía absoluta.
Sólo era árabe a medias, ya que nació en la provincia de Ahwaz (Khuzistan, la antigua Susiana), de padre árabe y madre persa, alrededor de los años 755-760. Su verdadero nombre era al-Hasan ibn Hani, y Abū Nuwās («el del bucle, el del tupé») fue un sobrenombre que él mismo tomó por indicación de su maestro de poesía y de lengua, Jalaf al-Ahmar.
Llevado de muy pequeño a Basora, hasta el punto de que algunos le consideran natural de esta ciudad, allí creció, estudiando poesía, filología y gramática con buenos maestros, y se pretende que acaso perfeccionaría su formación lingüística con un año de permanencia entre los beduinos del desierto, detalle que constituye, sin embargo, un rasgo común de las biografías de muchos poetas y gramáticos de su tiempo.
La amistad que trabó, siendo adolescente, con el poeta libertino Waliba ibn al-Hubab, fue decisiva para su iniciación en el arte y en la vida disoluta. En su compañía se trasladó a Kufa, la otra metrópoli del Irak, y más tarde, cuando se fundó Bagdad, a la capital abasida.
Allí pasó los mejores años de su vida, alejándose de ella sólo con motivo de un viaje a Egipto, donde no parece que recogió todos los laureles y beneficios esperados: en Bagdad floreció bajo el califa Harún-al-Raschid (786-809) y bajo su sucesor al-Amin (809-813), gozando especialmente del favor de este último, su compañero en solaces artísticos y en orgías.
En el conflicto surgido entre al-Amin y su hermano al-Mamun, la solidaridad entre el califa y el poeta impío y libertino sirvió de argumento al pretendiente, que se presentaba como restaurador de los valores morales y religiosos.
Aunque algunas fuentes dan como muerto a nuestro autor antes que a al-Amin, parece más cierto que debió sobrevivirle, aunque poco tiempo, si son auténticos los versos elegiacos que compondría lamentando el fin violento del califa; la muerte de este autor se colocaría así poco después del sitio de Bagdad y del asesinato de su protector (813).
La vida de nuestro lírico transcurrió en la primera época abasida, la que es considerada como edad de oro del califato, y que será estilizada más tarde en las Mil y una noches. Derrumbado el imperio nacional árabe de los Omeyas, la sociedad ciudadana se había renovado de un modo profundo con la penetración de numerosos elementos alógenos, especialmente persas.
A la hegemonía de los árabes, en cuanto a tales, había sucedido una «élite» heterogénea en la que, junto a los árabes puros, abundaban los antiguos «alistados» o «clientes» (mawali), ascendidos en ocasiones a los más altos grados de la jerarquía de la corte o del Estado (basta recordar a los Barmésidas).
Paralelamente a esta renovación social, se hallaba en curso una vasta renovación literaria, ya perfilada bajo los últimos Omeyas, pero a la que dio rápido e intenso desarrollo el advenimiento de los Abasidas. Los temas tradicionales de la antigua poesía beduina no fueron abandonados del todo, pero sí sometidos a crítica y flanqueados por una poesía nueva, moderna, expresión del gusto renovado y del ambiente ciudadano.
Junto a la arcaica «qaşīda», mantenida sobre todo para alabar a los poderosos, se afirmaron unas composiciones más breves, ágiles, ligeras, enderezadas en primer lugar a celebrar los placeres y las penas del vino y del amor. Nuestro autor fue uno de los corifeos, aunque no el primero cronológicamente, de este «estilo nuevo» abasida (el estilo de los «modernos»; en árabe, muhdathun).
Su vasta producción (v. Dīwān), que por desgracia nos ha sido transmitida con numerosas interpolaciones de poemas amanerados (algo así como las anacreónticas surgidas de la fama del auténtico Anacreonte), paga el acostumbrado tributo a la poesía tradicional; pero brilla, sobre todo, por los poemas báquicos, descriptivos y amorosos, que brotaban verdaderamente del corazón del «Heine árabe».
Por la misma época (o al final de su vida, según una complaciente cronología), su lira adoptó tonos ascéticos, declarándose arrepentido de sus errores y confiándose a los misericordiosos brazos de Alá. La carrera de este lírico no quedó agotada con su muerte. Junto a Harún-al-Raschid, a su visir Giafar, a la princesa Zobeida y al ejecutor judicial Masrur, él personificó la edad áurea del califato en el recuerdo de la posteridad.
El poeta libertino y sibarita aparece a menudo en aquella compañía en la novelística árabe posterior, y aunque los versos que son puestos, en boca suya sean frecuentemente apócrifos, obra de poetas más tardíos, en conjunto su idealización se encuentra quizá menos distante de la realidad histórica que la de los demás personajes evocados al mismo tiempo que él. Pues A. N. unió a un genuino talento poético, algo del parásito y del bufón cortesano, tal como aparece en estas evocaciones convencionales.
F. Gabrieli

