M.a Jesús de Agreda

Escritora mística española, n. en Agreda en 1602 y m. en 1665. Su nombre en el siglo era María Coronel.

A los dieciséis años profesó en la Orden de San Francisco y antes de los veinticinco ya era priora de su convento. Procesada por el Tribunal de la Inquisición, fue absuelta de la acusación de profesar doctrinas heréticas.

Defendió con gran ardor a la Inmaculada Concepción y tuvo fama de santa y de iluminada. Desde 1643 hasta su muerte mantuvo correspondencia con el rey Felipe IV. Entre sus obras figuran: Escala espiritual, Leyes de esposa, Meditaciones de la Pasión de Nuestro Señor, Ejercicios cotidianos y doctrina para hacer las obras con mayor perfección, Letanías a la Virgen y Mística ciudad de Dios (v.), su obra ca­pital, vida novelada de la Virgen, traducida a muchas lenguas.

Fernando Agnoletti

N. en Florencia el 6 de marzo de 1875, m. en la misma ciu­dad el 25 de noviembre de 1933. Era toda­vía estudiante universitario de letras cuando, sublevada Creta contra el yugo turco, deci­dió alistarse en la campaña de Grecia.

Combatió, en efecto, con un grupo de vo­luntarios mandado por Amilcare Cipriani, distinguiéndose en la toma del fuerte de Baltino. Habiéndose formado más tarde en Atenas una Legión garibaldina al mando de Ricciotti Garibaldi, vistió la camisa roja y en 1897 combatió valerosamente en Domokos.

Licenciado en Letras en 1898, se trasladó dos años después a Escocia, donde fue lector de italiano en la Universidad de Glasgow desde 1901 hasta 1909. Durante estos años dirigió también la revista bilin­güe Riscossa latina. Vuelto a Italia en 1910, colaboró en Voce y en Lacerba, y al estallar la guerra mundial figuró entre los más ar­dientes intervencionistas, se alistó volun­tario y se licenció el año 19 con el grado de teniente.

Además de las recopilaciones Del jardín del Isonzo (v.) y El bordón de la poesía (v.), que representan lo mejor de su producción, dejó muchos versos y compo­siciones en prosa diseminados en diversos diarios y revistas.

C. Falconi

Ageo

(Haggay) Su historia se desarrolla en torno a un núcleo autobiográfico que, desde el primer versículo (v. Ageo), acom­paña con una prueba de evidencia terrena y de autenticidad temporal el vuelo de su pro­fecía, fijando en la época de Darío las espe­ranzas evangélicas: «En el año segundo del rey Darío, en el sexto mes, el día primero del mes, el Señor habló por medio de Ageo, profeta, a Zorobabel, hijo de Salatiel, prín­cipe de Judá, y a Jesús, hijo de Josedec, sumo sacerdote».

Su aparición pública se sitúa en el 520 a. de C., dieciocho años des­pués del regreso de los cautivos de Babilo­nia. El profeta había figurado quizás entre ellos, había participado primero de su nostalgia, después del ansia con que se había dispuesto a reconstruir el Templo.

Pero pronto se había enfriado el entusiasmo del pueblo y no se levantaban los muros alre­dedor de los altares. Su vocación profética, religiosa e incluso política surge del cho­que de su amor, no apagado, con el egoísmo de una gente que habita en «casas con her­mosos artesonados, mientras esta Casa se encuentra en ruinas».

La apatía de los repa­triados determinó su pensamiento, y éste, a su vez, fue la inmediata condición de su vida: tuvo una conciencia lúcida del pre­sente y de su propia autoridad carismática. Fue un profeta «práctico», un hombre que, por un ideal religioso, urgente y desconocido — como Santa Catalina de Siena —, atacó con la palabra y con la acción a aquella sociedad sin levadura.

Su esfuerzo por rea­nimar a los constructores tropezaba sobre todo con un estado caótico: cautivos alber­gados, residuos de guerra, individualismo. Pero precisamente la universalidad de este caos, que llegaba incluso al gobierno cen­tral de Darío, permitió una mayor autono­mía a los planes de Ageo, al que se había unido ya el profeta Zacarías. De modo que después de una predicación que apenas duró tres semanas, las masas se animaron y se reemprendió el trabajo.

Desde aquel día, A. amortiguó su tono polémico y ben­dijo a sus compatriotas con promesas de paz y prosperidad y con la más divina de todas las promesas: «La gloria de este últi­mo templo será grande, será mayor que la del primero». Ya en 516, el segundo templo, hogar nacional y raíz de la era mesiánica, estaba terminado: decepción para los ojos de quienes habían visto el primero, espe­ranza para el corazón.

El anciano A. vivía todavía, como acaso ya vivía cuando el san­tuario salomónico refulgía aún. A esta larga vida se debió que su época no fuera total­mente una época burguesa y que el hilo interrumpido de la espera litúrgica volviera a aparecer en un clima más interior, más próximo al cristianismo, menos glorioso, en suma, y más santo. La tradición talmú­dica, poco segura ciertamente, coloca a A. entre los miembros de la Magna Con­gregación, es decir, de aquel legendario senado que transmitió la llama religiosa de los últimos profetas a los primeros rabinos.

P. de Benedetti

Agostino Agazzari

Nacido en Siena el 2 de diciembre de 1578, m. en la misma ciudad el 10 de abril de 1640; fue habilísimo orga­nista y compositor.

De noble familia, culti­vó también la poesía italiana y latina, y per­teneció a la Academia local de los «Atur­didos» con el sobrenombre de «Armonioso» o «Armónico». Pasó los primeros años de su vida profesional en alemania, donde, según algunos, estuvo al servicio del empe­rador Matías. Regresó después a Italia tra­yendo consigo un instrumento musical 11a­mado «pandora» (laúd de tres cuerdas), que tocaba con mucha dulzura, al decir de sus contemporáneos. En 1606 hizo representar en Roma su drama pastoril Eumelio.

Conti­nuando en Roma, fue nombrado en 1608 maestro de capilla del Colegio Germánico y más tarde de la iglesia de San Apolinar. Hacia 1630 volvió a Siena, ocupando hasta su muerte el puesto de maestro de música en la catedral. Su vasta producción musical comprende misas, motetes, madrigales, sal­mos, magníficats, letanías. Su tratado Del tocar sobre el bajo (v.), publicado en Siena en 1607, puede considerarse como el más antiguo estudio acerca de la orquestación.

A. Pironti

Jean-Baptiste Seroux d’ Agincourt

Nacido en Beauvais en 1730 y m. en Roma en 1814. De condición noble, se dedicó pri­mero a la carrera militar, en la que llegó al grado de teniente, y más tarde se convir­tió en asentista.

Amante de las letras y de las artes, estuvo en relación con las perso­nalidades de su tiempo francesas e italia­nas, como Voltaire, Mariette, Tiraboschi y, entre los artistas,, Boucher y Fragonard. Su amor por las artes se robusteció en los via­jes, que inició en 1777 y que le llevaron, unos años después, a establecerse en Roma.

Admirador de Winckelmann, quiso continuar su método en el estudio de los monumentos. El mismo año de su muerte aparece Recueil desfragments de sculptures antiques en terre cuite (1814), y hasta 1823 no fue publicada su Historia del arte mostrada con los monumentos de su decadencia en el siglo IV hasta su renovación en el XVI (v.).

Aunque sus ideas no difieren de las de Winckelmann, profundiza la base histórico-cultural de su sistema, e intenta una interpretación for­mal de los monumentos estudiados.

A. Pallucchini