Ageo

(Haggay) Su historia se desarrolla en torno a un núcleo autobiográfico que, desde el primer versículo (v. Ageo), acom­paña con una prueba de evidencia terrena y de autenticidad temporal el vuelo de su pro­fecía, fijando en la época de Darío las espe­ranzas evangélicas: «En el año segundo del rey Darío, en el sexto mes, el día primero del mes, el Señor habló por medio de Ageo, profeta, a Zorobabel, hijo de Salatiel, prín­cipe de Judá, y a Jesús, hijo de Josedec, sumo sacerdote».

Su aparición pública se sitúa en el 520 a. de C., dieciocho años des­pués del regreso de los cautivos de Babilo­nia. El profeta había figurado quizás entre ellos, había participado primero de su nostalgia, después del ansia con que se había dispuesto a reconstruir el Templo.

Pero pronto se había enfriado el entusiasmo del pueblo y no se levantaban los muros alre­dedor de los altares. Su vocación profética, religiosa e incluso política surge del cho­que de su amor, no apagado, con el egoísmo de una gente que habita en «casas con her­mosos artesonados, mientras esta Casa se encuentra en ruinas».

La apatía de los repa­triados determinó su pensamiento, y éste, a su vez, fue la inmediata condición de su vida: tuvo una conciencia lúcida del pre­sente y de su propia autoridad carismática. Fue un profeta «práctico», un hombre que, por un ideal religioso, urgente y desconocido — como Santa Catalina de Siena —, atacó con la palabra y con la acción a aquella sociedad sin levadura.

Su esfuerzo por rea­nimar a los constructores tropezaba sobre todo con un estado caótico: cautivos alber­gados, residuos de guerra, individualismo. Pero precisamente la universalidad de este caos, que llegaba incluso al gobierno cen­tral de Darío, permitió una mayor autono­mía a los planes de Ageo, al que se había unido ya el profeta Zacarías. De modo que después de una predicación que apenas duró tres semanas, las masas se animaron y se reemprendió el trabajo.

Desde aquel día, A. amortiguó su tono polémico y ben­dijo a sus compatriotas con promesas de paz y prosperidad y con la más divina de todas las promesas: «La gloria de este últi­mo templo será grande, será mayor que la del primero». Ya en 516, el segundo templo, hogar nacional y raíz de la era mesiánica, estaba terminado: decepción para los ojos de quienes habían visto el primero, espe­ranza para el corazón.

El anciano A. vivía todavía, como acaso ya vivía cuando el san­tuario salomónico refulgía aún. A esta larga vida se debió que su época no fuera total­mente una época burguesa y que el hilo interrumpido de la espera litúrgica volviera a aparecer en un clima más interior, más próximo al cristianismo, menos glorioso, en suma, y más santo. La tradición talmú­dica, poco segura ciertamente, coloca a A. entre los miembros de la Magna Con­gregación, es decir, de aquel legendario senado que transmitió la llama religiosa de los últimos profetas a los primeros rabinos.

P. de Benedetti