Martin Andersen-Nexø

Nacido el 1.° de junio de 1869 en Christianshavn, m. en Dresde el 1.° de junio de 1954. De familia muy pobre, tuvo una difícil juventud, agravada por sus delicadas condiciones de salud. En 1894 fue a Italia y a España (véase la colec­ción de esbozos de viajes: Días de sol [Soldage]).

Impresionado por la miseria del pro­letariado español, sintió despertarse en él la conciencia de clase. Vuelto a su patria, ejerció durante algún tiempo la profesión de maestro; pero tras los primeros éxitos literarios se dedicó exclusivamente a la acti­vidad de escritor.

Del vago pesimismo que campea en sus primeras obras, Sombras [Skygger], pasa a una fe firme en la nece­sidad de una justicia social según el opti­mismo grundvitgiano (v. Pelle el conquis­tador).

La revolución rusa le pareció rea­lizar al fin sus aspiraciones y se inscribió en el partido comunista, y continuó descri­biendo «la marcha eterna del proletariado hacia el país de la felicidad»: Ditte, hija del hombre [Ditte Menneskabarn, 1917-21] y Tiempos de hierro [Midt i en Jemtid, 1929].

Habiendo marchado a Rusia, escribió una entusiástica relación, Hacia la aurora [Mod Dagningen, 1923]. Desde entonces que­dó vinculado para siempre al comunismo. Escribió una autobiografía en cuatro volú­menes: Una criaturilla [Et lille Krae, 1932]; Cielo abierto [Under aaben Himmel, 1935]; A todas las intemperies [For Lud og koldt Vand, 1937], y El fin del camino [Vejs Ende, 1939].

Entre sus últimos escritos: Martín el rojo [Morten Hin Røde, 1945] y La genera­ción perdida [Den fortabte Generation, 1948].

A. Manghi

Georges Ancey

Seudónimo de Georges Mathiron de Couniére, n. en París en 1860 y m. en la misma ciudad en 1917.

Ancey ha unido su nombre al de Becque, más grande que él, y al de Antoine, fundador del «Tea­tro libre», en la revolución teatral que se operó en Francia hacia 1890, contra el ro­manticismo superviviente y las formas escé­nicas convencionales y a favor del realismo de la «tranche de vie».

No escribió mucho: Monsieur Lamblin (1887), Les inséparables (1889), La grand’mére (1890), L’école des veufs (1891), La dupe (1891), L’avenir (1899), comedias casi todas notables por el vigor y la seguridad del planteamiento y por al­gún detalle de observación excesivamente crudo.

Pero su negro pesimismo y los deta­lles truculentos y hasta grotescos de sus obras, no alcanzan a destruir la sincera humanidad de su inspiración, especialmente en piezas como Esos señores (v.) y L’ave­nir, que cuentan entre las más significativas del primer teatro moderno.

Anaximandro

Nacido en Mileto hacia el 610 a. de C., m. en 547. Muy poco sabemos de este genial filósofo de la escuela jónica. Discípulo y sucesor de Tales, la antigüe­dad le atribuyó inventos y descubrimientos de todo género, como la esfera, el gnomon, los eclipses, la inclinación del Zodíaco. A su nombre ha quedado también unida la confección del primer mapa de la Tierra, perfeccionado más tarde por Hecateo y del cual se sirvió Herodoto. Imaginaba la tie­rra como un cilindro inmóvil, contra la opinión general que la consideraba aplas­tada.

Anaximandro fue también el primer griego que puso en prosa sus reflexiones filosóficas y que buscó el principio de todo lo existente no en una materia finita (agua, fuego, etc.), sino en algo «infinito», un primer principio eterno que se va determinando poco a poco y que asume las diferentes formas visibles (v. De la naturaleza). Como político des­empeñó cargos importantísimos y le fue confiada la misión de limitar la natalidad en Apolonia, una de las muchas colonias que debían resolver el problema de la super­población de las ciudades jónicas. Sus conciudadanos le eligieron, en reconocimiento a sus méritos políticos, una estatua que recientemente ha sido descubierta en las excavaciones de Mileto.

Anaximenes de Lampsaco

Vivió apro­ximadamente entre el 380 y el 320 a. de C. Discípulo de Diógenes el Cínico y del retórico Zoilo, fue teórico del arte oratorio y orador él mismo.

Inspirándose en célebres oradores compuso, más por ejercicio retó­rico que por necesidad, discursos de carác­ter parlamentario y forense, o también del género demostrativo, como debía ser el Elo­gio de Elena, que no ha llegado hasta nos­otros.

En su obra principal, la Retórica a Alejandro (v.), que deja mucho que desear en cuanto a reparto lógico y simetría, se nos aparece como filósofo empírico. Conver­tido, según la tradición, en maestro de Ale­jandro Magno, lo habría seguido en sus expediciones bélicas en Asia, por lo que su obra La gesta de Alejandro sería la rela­ción de un testigo ocular.

En tal circuns­tancia, Anaximenes logró aplacar la cólera de su alumno, que había decidido destruir la ciu­dad de Lampsaco, que por su alianza con los persas debía ser castigada. Lampsaco le erigió por ello, en el estadio de Olimpia, una estatua que todavía era visible en tiem­pos de Pausanias. Escribió además las His­torias helénicas en doce libros y las Histo­rias de Filipo.

Anacreonte

Nacido. hacia el 570 a. de C. en Teos, ciudad jónica en la costa de Asia Menor, frente a la isla de Samos. Su ciudad natal cayó, como las restantes de la Jonia, bajo el dominio de Creso, rey de Lidia; y luego (545) bajo el del rey de Persia.

Los ciudadanos de Teos se refugiaron, tras la conquista persa, en su colonia de Abdera, en la costa de Tracia; y en Abdera vivió Anacreonte durante un tiempo, como se deduce de al­gún fragmento de sus obras.

Polícrates, el tirano de Samos, generoso protector de poe­tas, artistas, científicos y músicos, llamó también a Anacreonte a su fastuosa corte, junto a Ibico; y fueron éstos los años más esplén­didos de la vida del poeta. En medio del lujo de aquella corte, cantó los placeres del vino y del amor: sus propios amores; pero también los del tirano.

Ensalzó sobre todo a los efebos: los más célebres fueron Smerdis, el de la espléndida cabellera; Cleóbulo, el flautista Batilo. Cuando Polícrates cayó en una asechanza y fue crucificado por el sátrapa de Sardes (522), Anacreonte pasó a la corte de Hiparco e Hipias, los hijos de Pisístrato, señores de Atenas.

El poeta vivió algunos años en esta ciudad, en cordial relación con los más distinguidos ciudadanos: espe­cialmente con el noble Cricias, abuelo del tirano Cricias, y con Jantipo, el vencedor de Micala, padre de Pericles.

Caído Hiparco bajo el puñal de Harmodio y Aristogitón (514), Anacreonte abandonó la ciudad juntamente con otros poetas, quizás antes de que el hermano superviviente, Hipias, fuera expulsado de Atenas (510). La tradición hace morir al poeta a los 85 años; la leyenda de que muriera ahogado por un grano de uva, es debida con seguridad a una broma de al­gún comediógrafo.

Anacreonte escribió inspiradas ele­gías, yambos, cantos líricos. Los antiguos habían dividido sus poesías en cinco libros. A nosotros sólo nos han llegado fragmentos (v. Odas), ya que no pertenecen a él las 62 breves poesías, publicadas por primera vez por el humanista francés Henri Estienne en 1514 y que se le han atribuido fal­samente: las llamadas Anacreónticas (v.), insípidas imitaciones de Anacreonte, de diversas épo­cas y procedencias (helenísticas, romanas, bizantinas).

La fama de Anacreonte continúa todavía respaldada en estas falsas «anacreónticas». Aun caídas en descrédito, por la renovación de los gustos, es difícil disociar la imagen del poeta de Teos de aquellas acarameladas frivolidades.

Pero Anacreonte no tiene nada de co­mún con ellas: su amor es todavía un dios grande y terrible, ya que le canta: «Como un herrero, Eros me ha golpeado de nuevo con su gran hacha y me ha sumergido en el abismo lleno de agua». Y sabe expresar el amor con vigor y crudeza, como en los versos en que compara a una muchacha con una potranca de Tracia que pace y salta ligera por los prados.

Igual vigor demuestra en la invectiva y en la sátira: el experto poeta del amor y del vino muestra un ardor y un talento satírico dignos de Arquíloco cuando nos presenta a Arteomnes, un advenedizo que le disputa el amor de la rubia Eurípiles. Más a menudo, Anacreonte es el poeta de la gracia delicada y refinada.

Como Mimnermo, lamenta la juventud que se ale­ja, la vejez y la muerte que se aproximan, pero con menos dolor e intensidad de sen­timiento: su tristeza es sincera, pero menos profunda y más blanda. La poesía de Anacreontese acerca a la de Safo y de Alceo; recuerda a Safo en las poesías amorosas, a Alceo en aquellas en que celebra el vino.

Pero el apasionamiento de los líricos eólicos viene moderado por la prudencia y la blandura jónicas. Anacreonte es un verdadero poeta, pero de pasiones más moderadas. Nada nos revela mejor su concepción de la vida que dos dísticos de una de sus elegías: «Yo no amo al que, bebiendo vino junto a la crátera llena, habla de contiendas y de guerras la­mentables; yo amo al que, reuniendo los espléndidos dones de las Musas y de Afro­dita, se acuerda de la amable alegría».

Anacreonte es el poeta inimitable de esta alegría ligera y moderada, que no ignora la pasión, pero logra dominarla. Los papiros de Egipto no contenían ninguna de las composiciones de Anacreonte Pero recientemente, en el XXII volumen de los papiros de Osirinco (2321 y 2322), han aparecido algunos fragmentos, aunque muy mutilados, de versos y odas suyos.

G. Perrotta