Anacreonte

Nacido. hacia el 570 a. de C. en Teos, ciudad jónica en la costa de Asia Menor, frente a la isla de Samos. Su ciudad natal cayó, como las restantes de la Jonia, bajo el dominio de Creso, rey de Lidia; y luego (545) bajo el del rey de Persia.

Los ciudadanos de Teos se refugiaron, tras la conquista persa, en su colonia de Abdera, en la costa de Tracia; y en Abdera vivió Anacreonte durante un tiempo, como se deduce de al­gún fragmento de sus obras.

Polícrates, el tirano de Samos, generoso protector de poe­tas, artistas, científicos y músicos, llamó también a Anacreonte a su fastuosa corte, junto a Ibico; y fueron éstos los años más esplén­didos de la vida del poeta. En medio del lujo de aquella corte, cantó los placeres del vino y del amor: sus propios amores; pero también los del tirano.

Ensalzó sobre todo a los efebos: los más célebres fueron Smerdis, el de la espléndida cabellera; Cleóbulo, el flautista Batilo. Cuando Polícrates cayó en una asechanza y fue crucificado por el sátrapa de Sardes (522), Anacreonte pasó a la corte de Hiparco e Hipias, los hijos de Pisístrato, señores de Atenas.

El poeta vivió algunos años en esta ciudad, en cordial relación con los más distinguidos ciudadanos: espe­cialmente con el noble Cricias, abuelo del tirano Cricias, y con Jantipo, el vencedor de Micala, padre de Pericles.

Caído Hiparco bajo el puñal de Harmodio y Aristogitón (514), Anacreonte abandonó la ciudad juntamente con otros poetas, quizás antes de que el hermano superviviente, Hipias, fuera expulsado de Atenas (510). La tradición hace morir al poeta a los 85 años; la leyenda de que muriera ahogado por un grano de uva, es debida con seguridad a una broma de al­gún comediógrafo.

Anacreonte escribió inspiradas ele­gías, yambos, cantos líricos. Los antiguos habían dividido sus poesías en cinco libros. A nosotros sólo nos han llegado fragmentos (v. Odas), ya que no pertenecen a él las 62 breves poesías, publicadas por primera vez por el humanista francés Henri Estienne en 1514 y que se le han atribuido fal­samente: las llamadas Anacreónticas (v.), insípidas imitaciones de Anacreonte, de diversas épo­cas y procedencias (helenísticas, romanas, bizantinas).

La fama de Anacreonte continúa todavía respaldada en estas falsas «anacreónticas». Aun caídas en descrédito, por la renovación de los gustos, es difícil disociar la imagen del poeta de Teos de aquellas acarameladas frivolidades.

Pero Anacreonte no tiene nada de co­mún con ellas: su amor es todavía un dios grande y terrible, ya que le canta: «Como un herrero, Eros me ha golpeado de nuevo con su gran hacha y me ha sumergido en el abismo lleno de agua». Y sabe expresar el amor con vigor y crudeza, como en los versos en que compara a una muchacha con una potranca de Tracia que pace y salta ligera por los prados.

Igual vigor demuestra en la invectiva y en la sátira: el experto poeta del amor y del vino muestra un ardor y un talento satírico dignos de Arquíloco cuando nos presenta a Arteomnes, un advenedizo que le disputa el amor de la rubia Eurípiles. Más a menudo, Anacreonte es el poeta de la gracia delicada y refinada.

Como Mimnermo, lamenta la juventud que se ale­ja, la vejez y la muerte que se aproximan, pero con menos dolor e intensidad de sen­timiento: su tristeza es sincera, pero menos profunda y más blanda. La poesía de Anacreontese acerca a la de Safo y de Alceo; recuerda a Safo en las poesías amorosas, a Alceo en aquellas en que celebra el vino.

Pero el apasionamiento de los líricos eólicos viene moderado por la prudencia y la blandura jónicas. Anacreonte es un verdadero poeta, pero de pasiones más moderadas. Nada nos revela mejor su concepción de la vida que dos dísticos de una de sus elegías: «Yo no amo al que, bebiendo vino junto a la crátera llena, habla de contiendas y de guerras la­mentables; yo amo al que, reuniendo los espléndidos dones de las Musas y de Afro­dita, se acuerda de la amable alegría».

Anacreonte es el poeta inimitable de esta alegría ligera y moderada, que no ignora la pasión, pero logra dominarla. Los papiros de Egipto no contenían ninguna de las composiciones de Anacreonte Pero recientemente, en el XXII volumen de los papiros de Osirinco (2321 y 2322), han aparecido algunos fragmentos, aunque muy mutilados, de versos y odas suyos.

G. Perrotta