El caso Saint-Fiacre (Georges Simenon)

Maigret vuelve a la ciudad donde pasó su infancia para resolver un asesinato que todavía no se ha cometido.
Allí descubrirá que nada es como recuerda.
Al comienzo de la historia Maigret ya está en Saint-Fiacre, el lugar en que nació y vivió su niñez.
Unos días antes la policía recibió una nota en que se anunciaba un asesinato:

Les comunico que se cometerá un crimen en la iglesia de
Saint-Fiacre durante la primera misa del día de difuntos.

Parte del contenido de esta nota se utiliza durante los momentos previos al asesinato como una advertencia ominosa.

Desde la primera página el autor muestra a un Maigret nostálgico, inmerso en sus recuerdos de infancia como hijo del administrador del castillo, como monaguillo de la iglesia en que se comete el crimen.

Se hospeda en la única fonda del pueblo, la de Marie Tatín, que fuera su amiga de infancia y que no le reconoce. Le sorprende esta falta de reconocimiento pero al tiempo hace todo lo posible por mantener el anonimato, lo que consigue durante parte de la novela.

La presencia en la iglesia de la condesa de Saint-Fiacre, a la que vio por última vez cuando ella tenía unos veinticinco años y él era un crío que la admiraba en la distancia, los desayunos en la rectoría, las vidrieras, el ritual de la misa, todo contribuye a llevarle a su infancia (Desde luego, estaba desengañado con respecto a los seres humanos. Pero le enfurecía que ensuciasen sus recuerdos de infancia. Sobre todo la condesa, que siempre le había parecido noble y hermosa como un personaje de libro de estampas…) y demostrarle que todo ha cambiado.

Cuando acaba la misa, descubre que la condesa está muerta, aparentemente de un ataque al corazón.

Durante el resto de la breve e intensa novela, Maigret habla con la gente (establece cierta amistad con el pequeño monaguillo con el que se identifica), descubre el arma del crimen (una de las más originales que he leído, incluso en la actualidad), y se deja llevar por las circunstancias.

Esta es una novela de personajes, en que se habla mucho y se sigue a los diferentes sospechosos durante sus paseos por el pueblo, que también es un personaje, junto al clima (No había sol que deformase las imágenes ni neblina que difuminase los contornos. Cada cosa se recortaba con cruel nitidez: los troncos de los árboles, las hojas secas, las piedras y, sobre todo, los trajes negros de la gente que acudía al cementerio) y el pasado.

Curiosamente, no es Maigret quien descubre al asesino en esta historia. Quizá esta demasiado absorto en los recuerdos del pasado, y es uno de los sospechosos quien resuelve el crimen.

En el capítulo titulado “Bajo el signo de Walter Scott”, se reúnen en el castillo, con el cuerpo de la condesa en el piso de arriba, Maigret, el hijo de la difunta y el resto de sospechosos, entre los que se incluyen el nuevo administrador y su hijo, el médico o el sacerdote.

Entre este capítulo y el siguiente uno de los personajes crea una atmósfera de misterio, y tensión muy bien llevado (¿Me permiten primero una predicción? Pues ahí va: para mantenernos en la tradición y en el tono de Walter Scott, les anuncio que el asesino de mi madre habrá muerto antes de medianoche), incluyendo alguna breve digresión y una situación que perturba al propio Maigret (… se sentía en presencia de una fuerza contra la que nada podía hacerse. Ciertos individuos, en un momento dado de su vida, gozan de una hora de plenitud, una hora durante la cual se sienten en cierto modo por encima del resto de la humanidad, y de sí mismos), hasta llegar a un momento cumbre de gran intensidad, incluyendo el disparo de un arma y culminando en la resolución del caso.

Maigret es consciente de no haber hecho gran cosa, contribuyendo únicamente a aportar alguna prueba para apoyar la identidad del asesino, quizá demasiado influido por la fuerza de su propio pasado, quedándose hasta el momento del entierro de la condesa.

Novela breve, intensa, de personajes, nostálgica, agridulce, resuelta con inteligencia, que se lee con agrado precisamente por todo esto, y que seguramente Simenon escribiría en poco más de una semana, como tenía por costumbre.

Esta novela ha sido llevada al cine en varias ocasiones, una de ellas en 1959, con Jean Gabin interpretando a Maigret.

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