EL SILENCIO, EL RUIDO, LA MEMORIA

El silencio, el ruido, la memoria es una lectura personal: de mi país: de su pasado, de su presente, de sus mitos y devociones, de sus olvidos, de algunas de sus equivocaciones. En él, interpreto a Venezuela a partir de fragmentos que destacan por sí solos y sobre la continuidad de una tradición a la que únicamente la persistencia hace comprensible. Quise leer un itinerario venezolano no entrecortado por convencionalismos políticos ni por banales acuerdos pedagógicos. Nuestra historia -iluminadora y enriquecedora explicación del presente, augurio del porvenir- está escrita en cinco siglos de recuerdos. Quinientos años que que van del tiempo primero de la Conquista: aventura y esperanza, violencia y azar; tiempo que atraviesa, luego, el sopor de tres siglos coloniales: quietud y respeto de formas acatadas sin cumplir, de ceremoniales y ritos en un mundo marginado dentro del mundo; tiempo que alcanza, en el siglo XIX, la violencia de inacabables guerras y la triunfante individualidad del caudillo-hombre de presa que se impone por sobre la ley; tiempo que llega hasta el presente petrolero: mortecino hoy, hasta hace poco fantasía de riquezas que abrieron las puertas a un país milagrero en el que todo parecía ser posible. Todos estos trazos: los mitos primeros proyectados en un nuevo mundo, las burocracias que sostuvieron un universo inmóvil, la fuerza de hombres erguidos sobre tradiciones ausentes y las mágicas fantasías petroleras, ilustran nuestro itinerario venezolano en el tiempo. Ese recorrido no es bueno ni malo. Simplemente es. Así fuimos, así somos.
 
     Una vez lograda la Independencia, gobiernos y gobernantes venezolanos se propusieron erigir una memoria oficial: vacua retórica convertida en inmaculada referencia para una ciudadanía ejemplar. Esa memoria de panteones, de oropeles, de frases y de fechas, terminó por distanciar a los venezolanos de su autenticidad histórica, de su pasado. Nuestras escasísimas figuras históricas oficialmente veneradas -con Bolívar como absoluto e irremplazable primer ejemplo- son máscaras; no seres humanos: ideales petrificados, hieráticos. Por otra parte, la oficializada exaltación de sólo una pequeñísima parte de nuestra historia ha condenado al silencio a todas las otras. Frente a ese mutismo de tres siglos coloniales, de casi todo el siglo XIX y la mitad del XX, se opone el ruido excesivo de unos pocos instantes de nuestra historia venezolana; para ser preciso: los veinte años de la Independencia y los treinta y tres años que hoy nos separan del 23 de enero de 1958. El resto: casi cinco siglos de tiempo, de experiencias y de sentido colectivo, no existe para nuestra memoria oficial; no existe porque es un tiempo que no interesa; no interesa, porque, aparentemente, él no ha sido lo suficientemente honorable o meritorio.
 
     Elegir la voz del tiempo, escuchar a la historia, es entender que el pasado no tiene porqué ser moraleja o enseñanza. La historia es continuidad que fija una tradición donde trazamos un rostro: nuestro rostro de nación. Una historia descrita e interpretada en irracionales períodos de autoflagelación o de éxtasis conduce a eso que hemos llegado a ser los venezolanos: país desmemoriado que vive, día a día, en una provisionalidad empequeñecedora de su destino.
 
     El pasado es aliento del porvenir. La cultura transmite, sobre todo, enseñanza y fe: en nuestros valores y en nuestros principios. El presente se hace más comprensible contemplado a la luz del pasado. La historia es esclarecedora: siglos de leyes convertidas en formalismo ritual; nominalismos que dicen que las cosas son porque así está escrito; la infinita distancia entre la realidad y la ley; el solitario poder de caudillos que evocan en su comportamiento a Felipe II, encerrado en El Escorial, decidiendo sobre todo cuanto sucedía en su vastísimo imperio. Estos signos me explican y me describen a mi país, hoy. Me dicen lo que él es y lo que los venezolanos -para bien o para mal- somos. De todas estas cosas trata El silencio, el ruido, la memoria. El pretende ser lectura elucidadora de símbolos temporales, de síntesis históricas que se iluminan unas a otras; también es lectura de comportamientos colectivos hechos al servicio de ritos y códigos culturales que los venezolanos hemos convertido en auto-representación.
 
     Una de las opciones de la literatura es la de ser compañera de nuestros descubrimientos; acompañante de nuestro paso por la vida, de nuestros asombros y nuestras curiosidades. La literatura es, al igual que todo, opción. Se convierte en aquello en que la convertimos. Puede ser clandestinidad: ejercicio más o menos marginal, más o menos subrepticio sobre el que exorcisar arraigados fantasmas personales. Puede ser conflicto: paralelo hermano de otros conflictos. Pero puede también ser afirmación y apoyo: escritura como signo con el que trazar nuestros desciframientos y nuestra lucidez. Esa es y ha sido siempre mi opción frente a ella. Usé el ensayo como la forma de un diálogo que establecí conmigo mismo. La palabra se hizo identificación de dudas y de certidumbres. Quise escribir un libro que me clarificase interrogantes: itinerario intelectual que recorriese asistencia, viejos desconciertos.
 
 
 
 
 
 
                                     Rafael Fauquié

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