RENOVARSE O MORIR

Aarón Rodríguez Serrano,
Espejos en Auschwitz. Apuntes sobre cine y Holocausto
Shangrila, 2015, 298 págs.

por Anna Rossell

Libro de referencia este ensayo de Aarón Rodríguez Serrano, profesor de la Universidad Jaime I (Castellón), especializado en comunicación audiovisual del Holocausto. Autor de numerosos artículos sobre el tema, Rodríguez Serrano nos ofrece en este ensayo un estudio serio y pormenorizado de la escritura audiovisual del genocidio nazi desde sus comienzos en 1945, a partir de los documentales de los aliados sobre la liberación de los campos de exterminio, pasando por el cine dentro de los campos, hasta nuestros días, incorporando todo tipo de registros.

Partiendo de la famosa máxima de Adorno, “Escribir poesía después de Auschwitz es una aberración”, que, aun rompiendo la prescripción, condicionó de modo extremo todos los lenguajes de acercamiento a la representación del Holocausto en nombre de la ética durante muchos años, Rodríguez Serrano hace un recorrido por la historia audiovisual dedicada a la Shoa en todos los registros abordados.

El libro no se limita a diseccionar asépticamente los íconos fílmicos relacionados con el tema, sino que, al tiempo que lo hace, plantea su propia tesis relativa al carácter (ir)representable del horror y nos obliga a reflexionar profundamente sobre una cuestión difícilmente agotable. Poniendo el documental de Claude Lanzmann (Shoa, 1985) como referente del purismo a ultranza de la representación holocáustica, Rodríguez Serrano muestra la imposibilidad de mantenerse fiel a los propios principios teóricos de la ortodoxia por la imposibilidad de sustraerse a la subjetividad. Especialmente interesante en este sentido resulta el capítulo dedicado a la construcción de la figura del judío en la película nazi El judío eterno (Fritz Hippler, 1940), en la que claramente se manipularon las imágenes al servicio del tópico, pero también dos cintas sobre la liberación de los campos, rodadas por los ejércitos aliados, Memory of the Camps (1985) y La liberación de Auschwitz (1986), en el que se muestra el vínculo más o menos explotado, pero siempre existente, entre cine e ideología, lo cual ha sabido aprovechar el negacionismo en beneficio propio. Destacable también la disección que hace Rodríguez Serrano, en su defensa, de la película de Steven Spielberg La lista de Schindler (1993): denostada por los defensores de la inefabilidad como producto típicamente hollywoodiense por subjetiva y sensiblera, el autor muestra con argumentos bien fundados y convincentes hasta qué punto Spielberg supo conseguir un lenguaje cinematográfico-poético transmisor de verdad a través del montaje como técnica para transmitirla.

La tesis que sostiene el ensayo es la de que, si bien la actitud purista de la inefabilidad de los campos –aun insostenible en su momento- pudo servir a una generación determinada para acercarse al Holocausto, el enrocamiento en ella estuvo a punto de abortar para las generaciones más jóvenes el acceso a este horror histórico de mediados del siglo XX, un horror al que ellas tienen el derecho de acceder y sus mayores el deber de transmitirles. Rodríguez Serrano aborda en su libro la integración del tema holocáustico en la cultura pop, en los videojuegos HBO, en los videoclips de YouTube y en las películas de las Tortugas Ninja. Lejos de defender la banalización de aquel horror o de apostar por el “todo vale”, el autor se muestra abierto al desarrollo de nuevos lenguajes para plasmar el Holocausto, como la única manera de mantener viva su herencia para las generaciones posteriores, que deben tener la libertad de acercarse a aquellos aberrantes acontecimientos históricos a partir de sus propios iconos culturales.

Espejos en Auschwitz es un ensayo de lectura obligada para todos aquellos que se interesen no sólo por la relación entre cine y Holocausto, sino también para quien desee reflexionar sobre la representación del horror en general. El libro está extraordinariamente bien documentado, con remisión a textos especializados a través de numerosas notas a pie de página y ofrece una amplísima bibliografía sobre el tema. Se echa de menos, al final del libro, una relación de las películas visionadas y mencionadas.

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(Publicado en: Quimera. Revista de Literatura, núm. 386, enero 2016, p. 61)

REPRESENTAR EL HORROR

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Georges Didi-Huberman, Cortezas
Traducción de Mariel Manrique y Hernán Marturet,
Shangrila, Santander, 2014, 68 págs.
Cortezas (Didi-Huberman)

por Anna Rossell

Theodor W. Adorno lo formuló con contundencia absoluta en 1949 a su regreso del exilio: “Escribir poesía después de Auschwitz es una aberración […]”. Esta sentencia, que muchos intelectuales se tomaron al pie de la letra, ha calado hondo también en la conciencia de todos aquellos que, desobedeciendo su requerimiento, han abordado la imposible tarea de dar testimonio de lo inconcebible: ¿Cómo representar lo irrepresentable? ¿Cómo escribir sobre ello cuando no hay palabras? ¿Cómo dejar testimonio del horror vivido? ¿Cómo imaginar el horror no experimentado? Las preguntas no son nuevas, probablemente se remontan a los mismos orígenes de la humanidad y son tan antiguas como el propio horror. Por ello se siguen planteando y volvieron a debatirse con especial énfasis a raíz del genocidio nazi. Desde entonces la literatura, el cine, el teatro y las artes plásticas han sentido la necesidad de plasmar la ignominia. Si bien hay consenso en cuanto a la imposibilidad de expresar cabalmente la medida y el ensañamiento de la infamia, de encontrar explicación a las causas para las atrocidades que llevaron a tantos a la muerte programada, no la hay en cuanto a los modos de intentarlo. Muchos y muy variados han sido los intentos –algunos de ellos muy controvertidos por la polémica que sus propuestas han desencadenado-, y todos palidecen ante lo que verdaderamente fue.

Con todo, hay aproximaciones que hacen más justicia que otras a este intento. Una de ellas es este libro, magníficamente editado, de Georges Didi-Huberman, publicado en su versión original por Les Editions de Minuit en 2011 (Écorces), que ahora ve la luz en España de la mano de Shangrila.
Consciente del cometido que se propone, Didi-Huberman (Saint Étienne, 1953), historiador del arte y teórico de la imagen, se acerca con infinita cautela y profundo respeto al paradigma de aquel horror, el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, para documentarlo y prevenirlo. El resultado es un trabajo de excepcional escrupulosidad -imagen y texto-, por la obligada sobriedad que lo acompaña. Sabedor de que nada habla mejor del horror que el horror mismo y de que nada puede (ni debe) añadirse a lo que no admite nada más que lo que fue, el autor registra con su cámara las estaciones de aquel indecible sufrimiento. Como si de un via crucis se tratara, Didi-Huberman se detiene ante una alambrada, ante una puerta, una ventana, ante el lago en cuyo fondo descansan las cenizas, la pradera sintomáticamente repleta de flores, ante el bosque de abedules, levanta la mirada hacia sus copas, examina un trozo de corteza, y su fina y sensible observación convoca los signos de la historia y provoca su reflexión, que impulsa a su vez la nuestra. Son fotografías en blanco y negro, sin título que acapare nuestra atención y conduzca nuestra mirada por otro camino que el de lo propiamente mostrado (los títulos están desplazados y constituyen el sumario del libro).

Ruth Klüger, superviviente austríaca de Auschwitz, en su autobiografía Weiter leben. Eine Jugend, publicada en alemán en 1992 (Seguir viviendo, Galaxia-Gutemberg, 1997), abominaba del intento de reproducir las condiciones del campo de exterminio para la visita turística de las generaciones posteriores, una cultura museal de la que afirma “se basa en la falsa creencia […] de que los fantasmas se pueden aprehender justamente allí donde, cuando vivían, dejaron de existir. […].” Y se pregunta: “¿No dan pie a la sentimentalidad esos renovados restos de viejos horrores […], no apartan del objeto hacia el que sólo aparentemente encauzan la atención y llevan a una complacencia en los propios sentimientos?” Didi-Huberman parte de este mismo planteamiento ante la supuesta reconstrucción del campo, ante las explicaciones guiadas a los visitantes, los retoques que han sufrido las cuatro fotografías que constituyen “los únicos testimonios visuales de una operación de gaseamiento en el momento mismo de su desarrollo” o ante la conversión de uno de los barracones de prisioneros en caseta de venta de souvenirs. Para el autor cualquier alteración en aras de una mejor pedagogía constituye un falseamiento de las pruebas, como bien demuestra al explicarnos que la alteración de la luz de estas fotografías elimina el indicio de que habían sido tomadas desde el umbral del horno crematorio. Con enorme lucidez Didi-Huberman aboga por el paseo en solitario por los lugares del horror y por lo que él llama “el punto de vista arqueológico […] comparar lo que vemos en el presente, lo que sobrevivió, con lo que sabemos que ha desaparecido.”

© Anna Rossell

¿Hacia dónde van las Humanidades? Por George Steiner

 

George Steiner

George Steiner

Hoy, cuando hablamos de las Humanidades, ya no sabemos de qué estamos hablando. ¿Qué le pertenece ahora a aquella orgullosa y antigua palabra, a aquel arrogante término Littera humanior que encerraba en su seno la concepción del hombre?

Sin duda las matemáticas han ido conquistando el terreno de las Humanidades. Si hablamos de historia, actualmente cada vez más de sus ramas pertenecen al estudio sociológico-estadístico de los eventos y las estructuras, no al área de la narrativa. En la lingüística teórica y formal existe hoy más cercanía a la lógica matemática que al mundo de Humboldt y a la tradición del estudio lingüístico. El reino de la computadora separa Les Sciences de l’Homme (esa tercera categoría donde los franceses ubican la antropología y la psicología) de la esfera humanística y las aproxima más y más a las ciencias exactas. La frase trabajar en las Humanidades se halla casi en total confusión. Por añadidura ni en Europa Occidental ni en buena parte de los Estados Unidos existen perspectivas de empleo para los egresados de las facultades de literatura, filosofía o artes. Simplemente no hay evidencia de que algunas de estas áreas, tal como las conocemos, vayan a sobrevivir.

Examinemos esta paradoja: vivimos en uno de los periodos de mayor construcción de museos en la historia, del nuevo Bilbao al nuevo Hirshorn al nuevo Getty; gastamos millones y millones en las grandes bibliotecas –las recién inauguradas Bibliothèque Nationale de París y la British National Library–, pero resulta imposible conseguir fondos para lo que están escribiendo hoy los poetas, los escritores experimentales; para lo que están produciendo los artistas jóvenes. El poeta y el joven novelista, desesperados, buscan empleo en el campo académico y la dialéctica resulta dañina para ambas partes: no es bueno para el escritor creativo permanecer en una universidad y la universidad, por su lado, cuando tiene que emplear al escritor distorsiona su relación con la literatura. De estar nuestra casa en orden, las Humanidades podrían hoy confrontar estas paradojas con más coraje y esperanza. Pero no lo está.

?Cómo fue que las Humanidades se convirtieron en un gran campo académico? Sucedió en Alemania, a partir del programa de Humboldt para la Universidad de Berlín: de ese plan evolucionaron todos los seminarios, conferencias y disertaciones doctorales de Occidente. El objetivo fue editar a los clásicos con el fin de establecer un textus receptus para los grandes poetas y escritores latinos y griegos. Claro que de vez en cuando puede añadirse un pequeño toque aquí o allá: toda edición es perfectible, pero esencialmente el trabajo está hecho. Entonces, ?qué significa decir que nuestros estudiantes están investigando en el campo de las Humanidades? Escribir el dosmilésimo ensayo afirmando que Keats es un buen poeta –y eso es lo que está ocurriendo– no es investigación, es banalidad absoluta. Trabajar una vez más en éste o aquel detalle de Lope o Calderón es manía de anticuario. Los periódicos proliferan más allá de la capacidad de cualquiera para leerlos y hay una prisa delirante por publicar, tanto en los flamantes investigadores estadunidenses como en los de Europa Occidental. A nadie le importa la calidad, lo que cuenta es el número de artículos me-diante los cuales se puede o no sobrevivir en la carrera académica.

Los premios se destinan al especialista, al ultra-miniaturista, a quien orgullosamente proclama: Mi periodo abarca los primeros treinta años de la época victoriana, por favor no me pregunten ninguna otra cosa. La especialización ha alcanzado un nivel patológico. No necesitamos el diezmilésimo libro sobre el carácter secreto de Hamlet, la grandeza de Milton o el ingenio de James Joyce. La Biblia fue clara respecto de la producción de libros: No habrá fin, anunció; lo que no podía predecir era este periodo en el que escribimos libros sobre libros sobre libros. Es cierto que algunas grandes águilas, pocas, vuelan todavía sobre la universidad, y también que hay maestros de la Haute Vulgarisation que poseen genio y producen best-sellers, pero entre los aeropuertos donde viven ?cuándo ven a un estudiante?
Esta sobreabundancia, esta oleada de verbosidad en publicaciones eruditas, esta crítica reiterativa ha llevado al actual fenómeno de veneración por la teoría. En la mayoría de los departamentos de arte de las universidades de Estados Unidos, y ahora también de Inglaterra, hay nula oportunidad de conseguir un puesto para quien no se declare teórico. A lo largo de mi profesión he intentado demostrar que no tenemos derecho a utilizar esta palabra: para un científico o para cualquier persona una teoría significa dos cosas: que existe un experimento crucial –experimentum crucis– y que su refutación es posible. Y eso no puede ocurrir en las Humanidades: ninguna autoridad en el mundo, ningún consenso a través del tiempo, ninguna votación de millones de lectores puede rebatir o desaprobar en forma alguna el juicio de Tolstoi cuando sentencia que el Lear de Shakespeare es un enredo infantil –¡se trata de León Tolstoi, autor de grandes obras de teatro!–, o el de Wittgenstein cuando dictamina que Shakespeare sólo puede crear nubes de lenguaje y ninguna persona viva. No podemos refutar los grandes juicios del pasado ni impugnar un juicio estético, por ofensivo que nos parezca. Sólo podemos decir que todos los demás afirman que Shakespeare es magistral, lo que en estricto sentido nada prueba. Y más inteligentes que Tolstoi y Wittgenstein no somos.

El post-estructuralismo, la deconstrucción y el posmodernismo se alimentan de esta hambre de teoría. A menudo con brillantez, explotan las profundas dudas que hoy deberían preocuparnos, y están en lo cierto cuando declaran que no podemos continuar a la vieja usanza. Ellos cuestionan, como lo hicieron las ironías creativas de Marx, Nietzsche y Freud, las posibilidades del significado, y llaman la atención sobre las presuposiciones –retóricas, teológicas, políticas– que yacen debajo de cada texto. Son los sátiros que danzan al final de la tragedia, y cuando afirman que hasta el texto más formidable es un pre-texto para la deconstrucción, no hacen sino un juego de palabras de una frivolidad casi imperdonable.

Pero la frivolidad no tiene cabida en la empresa del científico. Veamos la siguiente estadística: en la historia de la raza humana, de todos los hombres y mujeres a quienes podemos llamar científicos 96% están vivos, y tan sólo 4% en el pasado, remontándonos hasta Euclides y Praxiteles. En otras palabras: hoy la lucidez, la creatividad y la inventiva humana están del lado de las ciencias.

Para mí es un privilegio convivir con científicos; tanto en Princeton como en Cambridge he podido hacer mi vida a su lado. No quiero mencionar su inmenso prestigio social, ni su autoritas, sino algo mucho más sencillo: su gran alegría. Es algo difícil de explicar, es la Gaya Ciencia de Nietzsche: la ciencia alegre. Hasta el científico más mediocre sabe que el lunes siguiente sabrá algo que hoy ignora. Ninguna novela de desafíos faustianos habría podido pronosticar, en por lo menos tres frentes, el momento que hoy viven los hombres de ciencia. Primer frente: están muy próximos a la creación de vida in vitro (tienen mucho tacto, no les gusta usar la palabra vida sino el término moléculas auto-rrepetitivas, que en cualquie idioma significa vida). Segundo: se sienten muy cerca del entendimiento de los límites del cosmos. Stephen W. Hawking –totalmente lisiado, pero con una mente al filo del universo, quizá la más genial desde Newton y Einstein– está por anunciar una nueva teoría sobre la creación del tiempo (la famosa frase final de su libro: Entonces conoceremos la mente de Dios ya es parte de la lengua inglesa). El tercer frente se refiere a lo que Francis Crick llama el Santo Grial de toda ciencia: el descubrimiento de la química de la conciencia. Crick se atrevería a decirnos que cuando pronunciamos la palabra yo es gracias a cierta composición de carbón y azúcar.

Imaginen una época en la que éstos sean los parámetros, y que jóvenes de veintidós o veintitrés años puedan producir contribuciones de primer rango. No hace mucho, al término de un examen doctoral, el examinador dijo: No está nada mal. Es probable que te veamos en Estocolmo. Al año siguiente el estudiante se hallaba en Suecia y no precisamente para esquiar.

De haber vivido en la Florencia del Cuatrocento habría sido tan agradable desayunar con los pintores como lo es hoy desayunar con los científicos. Y nosotros, los humanistas, caminamos mirando hacia atrás. Intuitiva, irracionalmente, muy pocos de nosotros creemos que vendrá otro Dante, Cervantes, Shakespeare o Goethe; otro Mozart o Bach u otro Miguel Ángel. La verdad es que podría venir mañana, pero no logramos suprimir la intuición de que detrás de nosotros el sol se está ocultando, mientras que en las ciencias el mañana se vislumbra ilimitado.

Estoy convencido de que una educación en la que las matemáticas no jueguen un papel significativo es, en lo sucesivo, un disparate arrogante. Porque si los estudiantes no logran, por ejemplo, seguir el debate sobre la química de la creación de la vida, sobre la clonación, no podrán acceder al campo de las más críticas decisiones morales, políticas y sociológicas que enfrenta la raza humana. Si preguntamos a los jóvenes científicos qué harían si la ley que se está debatiendo en Europa entrara en vigor y no les permitiera continuar experimentando con los clones, ellos responderían: Aunque tengamos que descender cientos de metros por el tiro de una mina y vivir en la oscuridad, no dejaremos de pensar. Los hombres somos animales cazadores de la verdad. No se puede legislar en contra de esa pasión.

Es factible construir puentes a través de la historia y la filosofía de la ciencia, a través del estudio serio de los vínculos entre matemáticas y música, entre geometría y arquitectura, desde Platón hasta Dante, de Dante a Kepler y Hawking. Sí existen caminos, aunque intrincados, para ayudarnos a entender algo de nuestro mundo. Veamos las premisas que posibilitaron la gran cultura humanista del Renacimiento, de la Ilustración, de los siglos XVIII y XIX: hombres de enorme inteligencia consideraron que el arte, la literatura, la música, la historia y la filosofía mejorarían la conducta humana. Era tan claro para Humboldt como para Jefferson, para Leibnitz como para Mathew Arnold: si amas esas disciplinas, lees los grandes textos, escuchas las grandes composiciones, si aprendes a amar el gran arte serás un ser humano más humano.

Hoy sabemos que aquello fue un error, que los grandes logros en la educación, las artes, la litera-tura y el alfabetismo general no evitan ni la tortura ni los asesinatos en masa ni el deseo colectivo de sangre. Hoy sabemos que los gritos de los hombres, mujeres y niños que morían de sed dentro de los vagones en la estación de Munich, camino a Dachau, podían escucharse en la sala de conciertos donde Walter Gieseking interpretaba sus famosos recitales de Debussy. Gieseking no dejó de tocar, el público no abandonó la sala. Y si me permiten decirlo de una manera ingenua, la música no dijo no, ni una sola nota dijo no. Los recitales de Debussy fueron espléndidos, están grabados. Aquellos que torturaban por la mañana cantaban en la noche a Schubert y leían a Rilke y a Goethe. Ninguna formación artística en poesía, ninguna sensibilidad musical o estética parece detener la barbarie total. Las Humanidades coexisten íntimamente con lo inhumano, en demasiadas ocasiones son el ornamento de la bestialidad que las rodea. El gran pensador Walter Benjamin, a quien mató el nazismo, escribió que en la base de toda obra de arte yace algo inhumano. No le creímos. Hoy sabemos cuánta razón tenía.

También sabemos que en los grandes pensadores y escritores puede caber una libídine absoluta por la violencia y el despotismo. Un ejemplo: cuando di clases en China, algunos de mis alumnos, lisia-dos de por vida merced a los golpes que las Guardias Rojas les propinaron en sus espaldas, me confesaron discretamente que habían enviado de contrabando a París una carta dirigida a Jean-Paul Sartre, el Voltaire de nuestro siglo, pidiéndole ayuda. Y él ofreció una conferencia en el Velodrome d’Hiver, donde afirmó: Todas esas historias que circulan acerca de la tortura infligida por las Guardias Rojas son pura invención de la CIA norteamericana. Y no es menester mencionar la trágica, inolvidable e inso-luble criminalidad de Heidegger.

Tampoco existe evidencia alguna que compruebe la famosa sugerencia de Arthur Koestler acerca de que tenemos dos cerebros: uno primario y masivo, una especie de cerebro animal, instintivo, territorial y sádico; y un lóbulo frontal que evoluciona lentamente hacia la moral, el arte y el conocimiento. Sería sin duda una explicación maravillosa pero simplemente no tenemos prueba alguna de ella.

Lo cierto es que nos hallamos en graves problemas. No sabemos en verdad qué estamos enseñando, a quién, con qué finalidad, y no nos hemos atrevido a enfrentar el fracaso de las Humanidades cuando la historia llegó a la medianoche en Europa Occidental. Subrayo: Auschwitz no estaba en el Desierto de Gobi; Buchenwald se construyó en torno al árbol favorito de Goethe, quien caminaba hacia él desde su jardín en Weimar. La medianoche del hombre –la que San Juan de la Cruz logró desentrañar en su extraordinario poema– emergió de las cumbres más altas de la civilización: de las más grandiosas bibliotecas, de los más ilustres institutos, de los músicos, de los artistas.

Finalmente, ?es esta crisis –como creo yo– en algún sentido teológica? La idea misma es vergonzosa (en Inglaterra, cuando alguien pronuncia la palabra teología es como si padeciera un dolor de muelas, la gente desvía la mirada como buscando una aspirina: no es un tema cortés). Pero en la palabra Humanidades reside una gran contradicción: los Littera humanior, a fin de cuentas, fueron fundados en la creencia judeocristiana del logos y el lenguaje. El primer gran programa universitario arranca con el IV Evangelio: En el principio era el Verbo. Idea profundamente judeohelénica, no universal, de donde se desprende la gran tradición de nuestros estudios. El humanista podía confiar en las pa-labras y en su significado. El lenguaje no era un juego absurdo, una invención relativista individual, reinventada a cada momento como en la deconstrucción pura del posmodernismo. A lo largo de la empresa humanista hubo una especie de re-aseguración hasta que al final se irguió el muro de una antigua fe trascendental, de un credo –el credo platónico– que supone la existencia de algo más allá de nuestro profano mundo físico. Credo que aún forma parte de la vida de millones de hombres y mujeres, aunque ya no subsista como fuerza activa en nuestra cultura. El escepticismo fundamental de un Nietszche o de un Foucault ha deconstruido la palabra autoritas, y no hay que olvidar que esa palabra encierra a nuestra palabra autor: el escritor apela al autoritas. ?Dónde quedó hoy la autoridad?, ?en qué ideología?, ?en qué sistematizados artículos de creencia filosófica? No compartimos ya aquel pacto, aquella promesa de la historia que moraba en las Humanidades. Y no me malinterpreten, por favor, si digo que la caída del marxismo constituye también un epílogo profundamente trágico del humanismo, porque en el marxismo residía la promesa mesiánica de justicia y una creencia profundamente irracional en la perfección del hombre. Cito a alguien que siempre asocio con la ciudad de México, Leo Davidovich Bronstein, mejor conocido como Trotsky: Llegará el día en que los logros de Aristóteles, Goethe y Shakespeare parecerán colinas comparados con las montañas que se yerguen detrás de ellos, cuyas cimas empezarán a ser alcanzadas por hombres y mujeres comunes y corrientes. Nadie podría escribir hoy esta frase sin avergonzarse: forma parte integral del optimismo mesiánico que ocupó el centro de esa gran herejía del judaísmo, esa herejía rabínica que es el marxismo.

En los últimos tiempos han surgido fuerzas de distinta naturaleza que se han puesto en marcha con enorme vigor: el aterrador fundamentalismo religioso en el mundo del Islam, dinámico en su odio a la tecnocracia occidental, en su odio a lo seglar. Y nuestras guerras, que se han vuelto otra vez religiosas. Puede que se haya activado de nuevo en el hombre cierta clase de hambre. Tal vez lo que intento decir fue mejor definido cuando visité Túnez y me presentaron a unas jóvenes doctoras que trabajaban en un gran hospital. Al percatarse de mi asombro porque traían puesto el chador, una de ellas dijo: Yo me gradué en Harvard, una de mis colegas en Columbia y la otra en Berkeley. Vimos lo que Occidente tiene que ofrecer, y no nos interesa. Y son jóvenes mujeres con una excelsa educación superior.

Por más grande que sea el rechazo a muchos de nuestros valores occidentales, no habrá aspecto del lenguaje, de la comunicación, de la memoria o de la enseñanza que no vaya a ser transformado por la revolución electrónica, laWorld Wide Web, el ciberespacio. La técnica se ha convertido en metafísica: ¿Fue un arquitecto quien diseñó el nuevo Museo Guggenheim de Bilbao? ¿O es producto directo de una supercomputadora que por sí sola comprobó que el titanio podía utilizarse en esas proporciones, con esas curvas, con ese peso, que por sí sola pudo determinar la iluminación de cada ángulo, de cada muro, y que produjo holográfica y tridimensionalmente la maqueta exacta de lo que hoy es el edificio? ¿Quién lo diseñó? Esta pregunta es filosófica; corresponde a un mundo completamente nuevo.

Hace muy poco, David Wilde –matemático egresado de Cambridge que trabaja en Princeton– demostró el último teorema de Fermat, uno de los más encumbrados del pensamiento. Necesitó siete años de reflexión, una pluma y un papel. Fermat habría comprendido completamente el método; lo que no hubiera podido entender es la demostración, que requiere el conocimiento de las funciones elípticas transfinitas del que no disponía Fermat. Un mes después, en el quinto juego entre Kasparov y la caja de metal Deep Blue, el hombre ofreció una jugada de sacrificio, bastante clásica; la máquina tardó dos minutos –que en tiempo humano equivale a alrededor de ciento diez años– y respondió con una jugada que Kasparov no podía entender, y que lo llevó a escribir en sus notas: No está calculando, está pensando. En mi opinión, esta es una de las frases más importantes del milenio.

Kasparov perdió y sufrió una crisis nerviosa. Cuando comenté el suceso con mis colegas en Cambridge, ellos me previnieron: Ten mucho cuidado. ¿Cómo sabes que pensar no es calcular? Buena pregunta. ¿Quién ha demostrado que es algo más? Las puertas están abiertas, y posiblemente un día los historiadores establezcan que, entre la demostración de Wilde y la frase de Kasparov, la humanidad entró en una nueva era, la del homo sapiens sapiens.

Qué le depara el futuro al arte y la literatura, no lo sé. Sé que su actual tarea es la de una infinita remembranza, la de preservar aquello que nos ha hecho humanos. Pero a partir de mi análisis sobre el futuro económico, social y metodológico de muchas ramas de nuestros estudios, no puedo con-fiar en el destino de las Humanidades. ¿Espero estar equivocado? Sí; con todo mi corazón.

Traducción: Lorena Wolffer/ Ana Terán

 

LA OTRA PARTE DE LA HISTORIA

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Hans Magnus Enzensberger
Europa en ruinas. Relatos de testigos oculares de los años 1944 a 1948
Trad. del alemán de Begoña Llovet Barquero
Capitán Swing, Madrid, 2013, 388 pp.

Europa en ruinas (Enzensberger)

por Anna Rossell

Siempre he considerado un privilegio poder conversar con testigos vivos de una Historia que a las generaciones posteriores no nos es dado conocer sino a través del trabajo de los historiadores. No es que tenga por más valioso el testimonio de los primeros, pero sí lo creo un complemento indispensable de lo que leemos en los libros. Desde luego la ocasión se ofrece pocas veces y poco tiempo y hay que aprovecharla antes de que desaparezca para siempre la oportunidad. Es un complemento porque lo que cuentan quienes vivieron los hechos o los testimonios oculares inmediatos a los hechos no se encuentra en los libros de historia. La crónica directa narra impresiones normalmente impactantes en tanto que se acerca a las opiniones de la gente de la calle, la que ha sufrido las consecuencias de una catástrofe, sea cual sea su naturaleza, es la descripción de su día a día, se aproxima al padecimiento, a la desorientación reinante.

Este libro de relatos de testigos oculares –reportajes- del último año de la Segunda Guerra Mundial y de los primeros años de posguerra es un pequeño gran tesoro en este sentido. Quien recopila estas crónicas, el renombrado periodista y multilaureado escritor alemán Hans Magnus Enzensberger (Kaufbeuren, 1929), consciente del valor que tienen los testimonios que recoge, ha querido dejar constancia escrita para la posteridad del estado material y espiritual de Europa en aquellos aciagos años. Hay que agradecer el esfuerzo, aun cuando aquella guerra nos parezca distante -aunque precisamente por ello tenga más valor aún-, puesto que su lectura nos confirma lo que ya muchas veces se ha observado –como ya apuntó Bertolt Brecht refiriéndose al personaje de su Madre Coraje-, que “el hombre aprende de las catástrofes lo que el conejillo de Indias sobre biología” y que el recuerdo de la desolación y el sufrimiento causados por el ser humano en el mundo debe ser mantenido constantemente como alerta.

Si bien en los años de la posguerra inmediata el género del reportaje en la literatura de expresión alemana se cultivó con frecuencia, no sólo entre los periodistas, sino también entre los escritores en general por ser el registro más adecuado a la necesidad espiritual del momento, y aunque recopilaciones de estos textos se publicaron algún tiempo más tarde en forma de libro, lo cierto es que son escasas las traducciones que de aquellos reportajes han llegado fuera de los países de lengua alemana. También aquellos documentos –reportajes, cuentos o narraciones a caballo entre ambos géneros-, que reflejaban sobre todo la vida cotidiana y la mentalidad de la Alemania vencida, escritos en su mayoría por alemanes contrarios al nacionalsocialismo, merecerían darse a conocer fuera del estricto ámbito de interés del específico erudito. Pero Enzensberger ha optado con inteligencia por excluir a autores alemanes de los relatos por él recopilados, para intentar transmitir una mirada emocionalmente menos implicada en lo descrito, y ha extendido los lugares objeto de las crónicas más allá de las fronteras de Alemania para ofrecer un abanico más amplio, objetivo y justo, y dar una idea cabal de la destrucción. Así –con excepción de Döblin que como judío y socialista tuvo que huir del país y adoptó en 1936 la nacionalidad francesa- intervienen en el libro autores y periodistas extranjeros que cubrieron las noticias de los últimos coletazos de la guerra así como de las que siguieron al conflicto: Martha Gellhorn, A.J. Liebling, Norman Lewis, Janet Flanner, Robert Thompson Pell, Edmund Wilson, Alfred Döblin, Max Frisch, Stig Dagerman John Gunther. Los lugares: Nápoles, París, Nimega, Colonia, Londres, Renania, Dachau, Roma Milán, Atenas, Creta, Suroeste de Alemania, Múnich, Frankfurt, Núremberg,Varsovia, Berlín, Viena, Praga, Budapest, Belgrado, Königstein. Ellos toman el pulso a lo que sucedía en las cámaras de tortura en los sótanos de dependencias parisinas tomadas por la Gestapo, se acercan a la opinión de algunos alemanes sobre las Fuerzas de Ocupación y de su política, nos ayudan a comprender la farsa en muchos casos y la dificultad de los llamados Procesos de Desnacificación, nos acercan a la autojustificación de muchos ante lo injustificable de los años de terror nazi, el abandono de tantos judíos a su suerte por parte de tantos ciudadanos alemanes, nos permiten presenciar la amnesia colectiva de tantos, obstinados repentinamente en ignorar y hasta en negar la realidad, asistimos a la negación generalizada de la evidencia: ya en abril de 1945 Martha Gellhorn constata cuando llega a Renania “nadie es un nazi. Nadie lo ha sido jamás. Tal vez había un par de nazis en el pueblo de al lado y sí, es cierto, esa ciudad a 20 kilómetros de aquí era un verdadero nido del nacionalsocialismo. Para decir verdad, en total confianza, aquí había una gran cantidad de comunistas […]”. En definitiva, contemplamos y reflexionamos contemplando la vida y la muerte entre aquellas ruinas, escenas que en algunos momentos adquieren trazos de grotesco surrealismo. Quien quiera conocer los repliegues de la Historia deberá documentarse en este tipo de textos, que, por escasos, adoptan una relevancia especial. Son sencillamente indispensables.

© Anna Rossell

MUCHO MÁS QUE UNA BIOGRAFÍA

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Frances Stonor Saunders, La mujer que disparó a Mussolini
Traducción de J. Manuel Méndez,
Capitán Swing, Madrid, 2014, 428 págs.

Stonor Saunders (1966), historiadora y periodista británica, colaboradora en The Guardian, New Statesman y en Radio 3-BBC, ejerce periodismo de investigación, aquél que exige trabajo pormenorizado e inteligente para sacar a la luz cuestiones que han quedado ocultas u olvidadas y la verdad reclama. Ello la ha llevado a sumergirse en la vida de Violet Gibson (1876-1956) -la mujer que atentó contra Mussolini-, quien, habiendo podido cambiar el curso de los acontecimientos, pasó por la historia sin pena ni gloria y murió abandonada en el manicomio de St. Andrew –Northampton- treinta años después.

Pero pasa con frecuencia que las pesquisas de los investigadores acaban arrojando menos luz sobre el tema estudiado que sobre lo que encuentran a su paso. Es lo que sucede en este ensayo, escrupulosamente escrito y documentado, cuyo propósito es trazar la biografía de Gibson y que, sin errar su objetivo, resulta más informativo en aspectos colaterales –aunque no menos importantes- que en lo que concierne a su primera intención: desvelar los motivos que movieron a Gibson a su acción.

Stonor Saunders dibuja el recorrido vital de su protagonista estudiando el entorno sociopolítico y religioso en el que creció. Nacida en el seno de una honorable familia unionista protestante –hija de lady y lord Ashbourne, procurador general de Irlanda-, Violet, que se perfilaba como una mujer autónoma, simpatizó con el nacionalismo irlandés. Espiritualmente inquieta, frecuentó la Ciencia Cristiana, de la que se distanció para acercarse a la teosofía –movimiento filosófico-religioso-esotérico, proclive al feminismo y al socialismo- hasta convertirse al catolicismo a los veintiséis años. Se estableció en Roma y practicó devotamente el catolicismo hasta su muerte con episodios de radicalidad. Este dato y el hecho de que Violet declarara haber simulado locura tras el atentado para escapar a la prisión, dificultan la respuesta de Stonor Saunders a la cuestión que plantea: ¿actuó Gibson por su cuenta o fue el instrumento de una conspiración internacional contra el fascismo? Lejos de aclararlo, los indicios abren otro gran interrogante, que la autora tampoco logra despejar: ¿sufría Violet ofuscación mental momentánea? Los hechos, sus declaraciones y los informes médicos no facilitan las cosas: antes de su frustrado atentado contra Il Duce el 7 de abril de 1926 en la Piazza del Campidoglio de Roma, ella había intentado suicidarse disparándose en el pecho, para encontrar la muerte “glorificando a Dios” y declaró varias veces que al disparar contra Mussolini “seguía órdenes divinas” y que hubiera atentado gustosa contra el Papa por considerarlo igualmente autoritario y antisocial.

En su intento de hacer justicia a Gibson y ante la imposibilidad de obtener más luz, Stonor Saunders arropa documentalmente su figura. Así se adentra en la historia de Irlanda desde los tiempos de la Home Rule, el Acta de Unión y la Liga Gaélica con la intención de transmitir el ambiente en el que Violet pudo haber desarrollado su conciencia social y se acerca pericialmente a aquellos (individuos e instituciones) que en su misma época eran considerados cuerdos y hasta guardianes de la salud mental de otros. Ello la lleva a comparar rasgos de la personalidad de Mussolini con los de Violet, y a estudiar el funcionamiento de las instituciones psiquiátricas británicas, lo que arroja uno de los capítulos más interesantes del libro: “Estigma”.

Más allá de constituir la necesaria biografía de Gibson, a la que la autora rinde homenaje, este ensayo resulta altamente ilustrativo por su ambientación. No sólo nos recuerda hasta qué punto el gobierno británico admiró a Benito Mussolini y apoyó el fascismo sino que aporta datos sobre el carácter del dictador y el ambiente político-social de la época, buscando su información tanto en los archivos históricos como en la literatura de ficción de corte realista.
Cabe destacar la acreditada documentación de las fuentes –desglosada al final siguiendo los capítulos-, que la autora pormenoriza a menudo innecesariamente. Sin embargo se echa en falta una relación, aparte, de los documentos consultados, que si bien coinciden con los aportados en la bibliografía de los capítulos, facilitaría la consulta al interesado.

En España se ha publicado de la autora La CIA y la guerra fría cultural (Debate, 2001, 2013, trad. Ricardo García).

© Anna Rossell