También el Parzival de Wolfram von Eschenbach, poema medio-alto-alemán, compuesto entre 1200 y, como máximo, 1216, la más profunda, compleja y fuerte expresión épica que la caballería haya producido en alemania, sigue de cerca al Perceval de Chrétien de Troyes, excepto en los dos primeros libros (en los que se cuenta la historia del padre del héroe, Gahmuret, y se describe con novedad de acentos poéticos la infancia del muchacho, crecido en soledad junto a su madre Herzeloyde) y en los cuatro últimos (en los que se continúa hasta su conclusión la historia que quedó incompleta en el libro francés).
Wolfram cita como fuente de su ciclo la obra del «poeta provenzal Kyot», que no sabemos quién pueda ser y cuya obra en todo caso no poseemos; teniendo así las manos libres para tratar la leyenda, no sólo mezcla en ella la de Klingsor (v.) y la enlaza con la de Lohengrin (v.), sino que refunde toda la materia existente, interpretándola según su propio espíritu e infundiéndole un nuevo y personal vigor poético. La narración no nace ya, como en el texto francés, del «placer de inventar», del simple goce en el libre juego de la imaginación; en todas partes, incluso en las más fantásticas aventuras, la vida es una cosa seria que empeña un alma humana sin posibilidad de evasión, contribuye a su formación, la enfrenta con el problema del bien y del mal y con el mayor de todos los problemas: la responsabilidad ante Dios.
Todo el problema de la caballería queda así planteado sobre una nueva base, de carácter eticorreligioso; y aun allí donde el desenvolvimiento de la acción se atiene estrictamente al relato de Chrétien, el sentimiento que todo lo impregna hace abrir nuevas perspectivas en profundidad hacia todos los lados. Desde las esferas de una ficción ideal, la caballería se ha transportado a la realidad; la dama en cuyo homenaje el caballero corre sus aventuras no es la «inalcanzable» esposa de otro, como en general en el Minnesang (v.), sino que es Kondwiramur, la propia mujer del héroe. Por encima de esta profundizaron del motivo amoroso — como imagen de la felicidad incluso en la muerte y más allá de la muerte — surge la visión de la dulce y doliente Sigune, a la que siempre encuentra de nuevo Parzival en los momentos decisivos de su vida, inclinada sobre el féretro de su esposo Schionatalan- der, que encontró la muerte por culpa de ella.
Así brilla con luz mística, en el centro del poema, el Graal, que ya no es sólo un «objeto milagroso» hacia el que se dirige la curiosidad del poeta, sino también un símbolo de vida interior, en el que confluyen el amor del mundo y la devoción de Dios, los valores mundanos de la caballería y los de la renuncia ascética. El «sentido de la vida» de Parzival es el de ascender, a través de la experiencia de la realidad, hacia el conocimiento de esta suprema pureza espiritual. Naturalmente, el camino es largo, entre caídas continuas y continuos errores; junto al mundo de sus aspiraciones ideales, Wolfram coloca con Gawen el mundo de las satisfacciones caballerescas como fin en sí mismo; también Parzival continuamente se desvía y extravía, y no sólo no dirige a Anfortas, por piedad, la pregunta de la razón de su sufrimiento, sino que hasta llega a dudar de Dios mismo.
Pero ésta es precisamente la ley de la vida en la que todo el poema se inspira. Ser hombre significa errar y expiar; mas para el que es puro de corazón y fiel a sí mismo, todo ello es fuente perenne de luz interior y de elevación espiritual. En Munsalwásche, ya una vez perdida y definitivamente recuperada, Parzival hace por fin la pregunta a Anfortas: «¿Qué es lo que te hace sufrir?» Anfortas cura de su llaga sangrienta. Arrodillados sobre la hierba, los caballeros del Graal inclinándose saludan en Parzival a su joven rey. Por la multiplicidad de aventuras, la variedad y el relieve de los personajes, la plástica evidencia, de la representación, la novedad y fuerza del lenguaje, el poema conserva a través de los siglos, por pesadas que sean cada una de las partes, su grandiosidad monumental.

