Los orígenes del curioso e importante género de los libros de caballerías, rehabilitación tardía del espíritu heroico de la Edad Media, por una parte, y por otra su evocación nostálgica que permite tratarla como creación literaria, son a la vez complejos y difusos. Si por lo que se refiere a las situaciones heroicas debemos remontarnos a los cantares de gesta y por el elemento maravilloso al román courtois, la doctrina amorosa que en ellos encontramos es una consecuencia de la concepción de servicio propia de la poesía provenzal que se difundió por toda Europa. Los libros de caballerías llevan todos estos elementos a situaciones extremas. La mano de los refundidores y traductores añadió, retocó y exageró sin escrúpulo alguno, mezcló narraciones de varias procedencias, amplió lo que se refería a las mocedades de los héroes, etc. El mundo maravilloso abierto al lector del román courtois se amplía enormemente, en general con cierta falta de sentido, captando solamente lo más superficial de aquellas extraordinarias narraciones. Los críticos e investigadores suelen añadir a todos estos elementos la visión del Oriente, ya sea conocido realmente, ya imaginado como un país de maravilla y de magia. Las traducciones de los romans corrían por España y ellos constituyen el primer eslabón literario para el estudio de los libros de caballerías.
Debemos consignar en primer lugar las traducciones de las narraciones sobre la destrucción de Troya de Benoit de Sainte Maure (v. Román de Troya) y de Guido de Colonnis (Guido de las Columnas, como lo traduce Juan de Mena). A través de traducciones y refundiciones se han complicado extraordinariamente las noticias que Séptimo Lucio y el anónimo De excidio Troiae proporcionaron por boca de los pseudo testigos de aquella guerra, Dictes y Da- res. La más antigua de las versiones españolas es la famosa Historia troyana polimétrica, realizada hacia el año 1270, que ha sido publicada por Menéndez Pidal, («Anejos de la Revista de Filología Española», XVIII, Madrid, 1934), a la que siguieron otras versiones de diferentes- obras francesas y latinas, que en el siglo XV tuvieron gran difusión. Por lo que al ciclo carolingio se refiere, debemos recordar el Cuento del emperador Carlos Maynes, obra de la primera mitad del siglo XIV, procedente de un poema francés perdido, en el que se narran las peripecias de la emperatriz Sebille, acusada falsamente de adulterio, hasta su final reconciliación con Carlos, y la leyenda de Maynete intercalada en la Gran Conquista de Ultramar (sobre el problema de la difusión de esta leyenda en España, cfr. el trabajo de Menéndez Pidal «Galiene la belle» y los palacios de Galiana en Toledo, publicado en los «Anales de la Universidad de Madrid», fascículo de Letras, en 1932, en que se trata de la versión española del Maynete, poema que relata las mocedades de Carlos, que también aparecen en la Primera Crónica General).
Por su parte, la Gran Conquista de Ultramar — obra que ha sido atribuida a Alfonso X, Sancho IV y Alfonso XI — proporciona un sinfín de situaciones caballerescas y de aventura. Esta obra no es sino la narración de las cruzadas de Guillermo de Tiro según la traducción francesa que tiene por título Román d’Eracle y su continuación de 1295. El texto español es de principios del siglo XIV y los relatos de las gestas de Guillermo de Tiro aparecen mezclados con infinidad de sucesos e interpolaciones, procedentes de prosificaciones de los cantares de gesta. En ella encontramos la maravillosa historia del Caballero del Cisne, a quien su esposa, como a Lohengrin (v.) y a Amor (v. Amor y Psiquis), no debe preguntarle su nombre. Al serle hecha la pregunta por su esposa, el caballero desaparece acompañado de dos cisnes, sus hermanos. De la hija de este caballero, Ida, nacerá Godofredo de Bouillon, el rey de Jerusalén. Esta obra acentúa la presencia del elemento maravilloso con la aparición de ángeles, la conversión de los héroes en cisnes, etc. La Gran Conquista de Ultramar saca todos estos elementos de Enfarices Godefroi, de los cantares francés y provenzal sobre Antioquía, y del Poema de los Cautivos. Otra fuente, quizás la más importante, la constituyen las narraciones del ciclo bretón o de la materia de Bretaña. Pronto llegan a España influencias de la Historia regum Britanniae de Godofredo de Monmouth. Las leyendas sobre Merlín, la Tabla Redonda, Tristán, los lais de María de Francia, los romans de Chrétien de Troyes, son pronto conocidos en España (de ello tenemos el testimonio del ensanhamen del trovador catalán Guiraut de Cabreira, escrito en 1169 o 1170, y de la Grande e General Estoria).
De la refundición hecha por el pseudo- Boron de la Vulgata artúrica en tres partes conservamos en español un breve fragmento de cada una de ellas copiado en 1469, con el nombre Historia de la Demanda del Santo Grial (v. Historia del Graal) y una versión completa en portugués, así como una versión desgajada de la Vulgata, el Lanzarote. También del tema de Tristán tenemos dos versiones españolas, de una de las cuales (siglos XIII-XIV) se conserva una sola hoja en un manuscrito del siglo XIV y un texto completo impreso en el XVI, que coincide con la traducción fragmentaria en catalán. De la otra se conserva un gran fragmento, del XIV o del XV. En estas versiones españolas, con todo, el drama de Tristán e Iseo es visto más como aventura que como drama psicológico.
Otras narraciones, como el Cuento del emperador Otas, el del caballero llamado Plácidas, convertido al cristianismo con el nombre de Eustacio — narración ésta que influyó en el Caballero Cifar (v.) —, deben tenerse también en cuenta. Este libro constituye la primera obra con personalidad y con características definidas. En el prólogo se nos -advierte que fue traducida del caldeo al latín y del latín al romance. Este tipo de advertencias son frecuentes en las obras medievales, para dar mayor autoridad y valor a la obra si se cree que están escritas en una lengua clásica. El Caballero Cifar, contrariamente a otros relatos caballerescos, nos presenta a un caballero pobre, Cifar, a su mujer Grima y a sus hijos Garfín y Roboán. La familia pasa aventuras, que consigue superar, a veces mediante la intervención sobrenatural del mismo Jesucristo, que salva a Grima. A pesar del fondo cristiano, las situaciones y los problemas psicológicos del caballero Cifar son un poco extraños a las concepciones del mundo europeo medieval (así el doble casamiento de Cifar, etc.). La obra tiene un gran fondo didáctico; en ella las virtudes son ensalzadas, pero parte de los elementos de este didactismo tienen una clara procedencia árabe.’ Es curiosa la distinción que se hace entre el caballero «atrevido» y el «esforzado». Según la novela, el que tiene valor es este último, el esforzado, clase a la cual pertenece Cifar. Esta distinción procede, indudablemente, de los tratados didácticos de caballerías que abundaban en la Edad Media y que trataban del problema de las armas desde el punto de vista jurídico y establecían los casos en que el caballero podía usar las armas. Los elementos maravillosos culminan en la última parte de la obra, especialmente en el episodio de la Insula Dotada, inspirado en el Lai de Lanval de María de Francia (v. Lais). El Caballero Cifar nos enfrenta con una nueva concepción del realismo en la literatura medieval. Frente a los caballeros heroicos, poderosos y ricos, aparece Cifar, con su pobreza, con la humildad con que resiste los escarnios, etc.
Es difícil separar los libros exclusivamente de caballerías de las novelas sentimentales, por los episodios caballerescos que en ellas abundan. Así, pues, como perteneciente al mismo grupo, o por lo menos como concomitante, debemos consignarlas. Por otra parte, muchas de las leyendas y crónicas que circulaban por España, fundadas en episodios de la guerra contra los moros, contienen elementos que — influidos en algunos casos por el román courtois — influyeron a su vez en los libros de caballerías posteriores, o como mínimo presentan situaciones análogas. Entre las novelas de aventuras de que hablábamos, integradas por situaciones caballerescas y amorosas, debemos consignar la Historia de los nobles caballeros Oliveros de Castilla y Artús de Algarbe, publicada en 1499 en Burgos, traducida de la edición francesa aparecida en Ginebra siete años antes, obra llena de tópicos, que en alguna parte es un remedo de la historia de Amis y Amile (v.); La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo hijo del Duque de Normandía (Burgos, 1509), traducción de La vie du terrible Robert le Dyable; la Historia de la linda Melosina mujer de Remodín (Tolosa, 1489), traducción de la Mélusine; la Historia de los dos enamorados Flores y Blancaflor (v. Flores y Blancaflor); Libre del esforczado cavallero Partinuples, procedente del Partinopeus de Blois; Historia del muy valiente Clamades y de la linda Claramonda (Burgos, 1480), traducción de Le livre de Clamadés et de la belle Clermonde, procedente a su vez del poema Cleomadés, poema influido por las Mil y una noches; la historia de Paris y Viana; la Historia de la linda Magalona y Pierres de Provenza (Sevilla, 1519), también de origen francés e influida por el Paris y Viana; la Historia del rey Canamor y de Turián su fijo, casi ya un libro de caballerías; y la fabulosa obra Crónica de Guarino Mezquino.
También muchas de las situaciones que encontramos en novelas específicamente sentimentales, como El Siervo libre de amor (v.) de Juan Rodríguez del Padrón o de la Cámara, la Cárcel de Amor (v.) de Diego de San Pedro, etc., aunque tengan como fin principal el proceso psicológico del amor, presentan también algunas escenas propias de los libros de caballerías. Todos los elementos precedentes que narran escenas y situaciones caballerescas son objeto de una genial interpretación por parte de Garci Rodríguez de Montalvo, en su refundición del Amadís de Gaula (v.). Con esta obra empieza verdaderamente el género de libros de caballerías, que ha de llenar el siglo XVI español. En cuanto a los orígenes de este libro, se sabe que desde mediados del siglo XIV circulaba por Castilla un Amadís dividido en tres libros, y que un personaje que en la primera edición de Zaragoza de 1508 se llama Garci Rodríguez de Montalvo y en las demás Garci Ordóñez, refundió estos libros y añadió el cuarto y el quinto — este último titulado Las Sergas de Esplandián—. Por una alusión a la guerra de Granada, parece que esta obra fue terminada después de 1492. El Amadís imita claramente al Lanzarote y al Tristón; como en estas narraciones, las aventuras se suceden una tras otra, se interfieren.
También como en el caso de las dos narraciones citadas, el eje de la obra es una corte de un rey, en la que destaca Amadís, como en la Corte de Artús y del rey Marc sobresalen Lanzarote y Tristán. El héroe es hijo de los amores del rey Perión de Gaula y de la princesa Elisena, que abandonado en una arca en el río fue salvado por Gandales. Ya en sus andanzas de caballero, Amadís llega a la corte del rey de Escocia y se enamora de Oriana, hija del rey Lisuarte, amor que es uno de los hilos conductores de esta historia, y que se presenta con un carácter tan fatal — aunque también más libresco, y no tan trágico, por supuesto — como en el de Tristán e Iseo. Amadís, encarnación del ideal caballeresco, ampara viudas y doncellas, humilla a caballeros soberbios, lucha por la paz, etc. Amadís combate y vence al rey Abíes de Irlanda, que había atacado a su padre, episodio que recuerda la lucha de Tristán con Morholt; antes ya había vencido a Dardán, con lo que obtuvo a Oriana. Las aventuras se van sucediendo. Un genio benéfico, Urganda, y otro maléfico, Arcalaus, perjudican y favorecen, respectivamente, el destino de Amadís. Amadís es encantado por Arcalaus, defiende a Briolanja, libera a Oriana de Barsinana de Sansueña, etc. Al final del primer libro Amadís encuentra a sus hermanos Galaor y Florestán y a su primo Agrajes. El segundo libro relata las aventuras en la Insola Firme de Amadís y de Oriana. En él encontramos el episodio de la penitencia del protagonista en la Peña Pobre junto con Beltenebros, por los celos de Oriana. Este episodio recuerda los de Tristán y de Lanzarote e influirá también en el Quijote. Se suceden aquí una aventura tras otra.
Pero este libro trata más problemas amorosos que gestas de armas y ha sido llamado el de la fidelidad de Amadís. Por intrigas el rey Lisuarte muestra hostilidad a Amadís y éste se va a vivir a la insola Firme, separándose de Oriana, que esperaba el fruto de sus amores con Amadís. El libro tercero, llamado de las ausencias de Oriana, termina con el episodio de la insola de Mongaza y de la doncella Madasima. Ello da lugar a la guerra entre los caballeros de Amadís y el rey Lisuarte. Nacido el hijo de Amadís y Oriana, es enviado al castillo de Miraflores, pero durante el camino es raptado por una leona que lo lleva hasta donde se encuentra el ermitaño Narciso, quien lo bautiza con el nombre de Esplandián. que era el nombre que apareció escrito en su pecho al nacer. Una carta de Urganda da a conocer a Lisuarte la existencia del niño, y el rey lo entrega a su madre para que lo críe. Entretanto, Amadís marcha a Oriente. Allí ayuda al rey de Bohemia, da muerte a Endriago y es agasajado por el emperador de Constantinopla. Al regresar a Gran Bretaña se entera de que el rey Lisuarte entregó a Oriana por esposa al emperador de Roma. Amadís ataca en alta mar a los romanos y rescata a Oriana, a la que, con sus doncellas y con los romanos vencidos, lleva a la insola Firme. Estalla la guerra entre Amadís y Lisuarte. Nasciano pone paz entre Amadís y Lisuarte y revela a éste las relaciones de su hija con Amadís. Por fin tienen lugar las bodas de Oriana y Amadís, Pero las aventuras continúan, si bien en muchos Casos parecen una repetición de las anteriores. Esplandián, protagonista de las Sergas de Esplandián, es ya el héroe de la fe y es en cierta manera el carácter de héroe opuesto a Amadís, y así lo reconoce él mismo cuando afirma que será superior a su padre porque éste atendía demasiado a los negocios del mundo. Pero también Esplandián está enamorado. Él piensa en Leonorina, hija del emperador, y sufre porque se le muestra esquiva. Acompañado de Urganda, el propio Montalvo visita la Cámara Defendida de la insola Firme, donde puede ver a los personajes de la obra, y le parece más bella Briolanja que Oriana y Florestán más fuerte que Amadís. En vista de esto, Urganda le autoriza a continuar la obra y narra la historia que escribió Elisabat, que una doncella tradujo del griego al castellano. Se refieren en estos relatos las guerras de los turcos contra Constantinopla.
En ayuda del emperador de Constantinopla van Esplandián, Amadís, Lisuarte y Perión. Vence el emperador y cede el trono a Leonorina, que casa con Esplandián. Al final, Urganda encanta en la insola Firme a los héroes y permanecen éstos allí custodiados por el hada Morgana, y no saldrán hasta que Artús vuelva a Bretaña y juntos conquisten las tierras de los- paganos. En el Amadís, se mezclan tierras imaginarias y tierras reales — descritas hiperbólicamente y por tanto como si fueran imaginarias—, elementos maravillosos, enanos, magos, propios de las leyendas del ciclo bretón. Por lo que a los personajes se refiere, la psicología de Amadís está trazada a base de un esquema simplicísimo, e igual podríamos decir de los otros personajes, de los que es fácil encontrar caracteres idénticos en las narraciones anteriores. La actitud amorosa de Amadís ante Oriana está copiada y simplificada de la concepción del amor cortés. En el Amadís, y sobre todo en las Sergas, casi todo es convencional, pero seguramente en esto consiste la gracia del libro y ésta quizá fue la intención del autor. Pero quizás lo más importante del Amadís, aparte del mundo que consigue crear, es su relación con la materia de Bretaña. Los críticos han puesto de manifiesto el paralelismo que existe entre esta obra y el Lanza- rote, paralelismo que afecta a episodios esenciales y a la marcha general de la acción. Amadís, como Lanzarote, es acogido en la corte de un rey poderoso, a quien sirven con lealtad y fidelidad total. Esta situación recuerda también el Tristán.
Los tres héroes se enamoran de familiares del rey, amores que por un motivo u otro deben mantenerse en secreto. Los caballeros secundarios tienen también un paralelismo en las dos obras. Arcalaus y Urganda se relacionan con el hada Morgana y con Merlín, y como ellos provocan encantamientos y dicen profecías; la insola Firme tiene una evidente relación con la Joieuse Garde del Lanzarote; el combate entre Amadís y Dardán recuerda el de Lanzarote y Meleagant en presencia de Ginebra, etc. Incluso se pueden señalar las relaciones entre el Amadís y las leyendas del ciclo del Graal: así el paralelismo Lanzarote-Galaad y Amadís- Esplandián, pues, como Galaad, Esplandián pone la caballería al servicio de un ideal religioso, aunque de diferente calidad, etc.
Pero no fue el refundidor Montalvo el único que continuó el Amadís. El ciclo alcanzó los doce libros en los que se relatan las aventuras de nietos y biznietos de Amadís. Pero el estilo de la mayoría de estas continuaciones es de muy escaso valor literario. Con razón dijo Cervantes en el capítulo VI de la primera parte del Quijote; «Vayan todos al corral —dijo el Cura —, que a trueco de quemar a la reina Pintiquinestra, y al pastor Darinel, y a sus églogas, y a las endiabladas y revueltas razones de su autor, quemara con ellos al padre que me engendró, si anduviera en figura de caballero andante.» El sexto libro trata de Florisando: es obra de un tal Páez de Ribera y fue publicado en Salamanca en 1514; el séptimo (Salamanca, 1514), se atribuye a Feliciano de Silva; el octavo, de Juan Pérez (Sevilla, 1526) tiene como protagonista a Lisuarte II; el noveno, llamado también Amadís de Grecia ha sido atribuido también a Feliciano de Silva al igual que el décimo y el undécimo, aparecidos respectivamente en 1532 y en 1535, y que tienen como protagonistas a Florisel de Niquea y a sus hijos, descendientes todos ellos de Amadís; el duodécimo, Silves de la Selva, que cierra el ciclo, fue publicado anónimo en 1546, pero es obra del erasmista Pedro Luján. El segundo ciclo en importancia de los libros de caballerías es el Palmerín. Las dos primeras partes fueron publicadas respectivamente en 1511 y 1512 y llevan por título Palmerín de Oliva y Primaleón. Por lo que al autor de Palmerín se refiere, la primera edición dice que es obra de una señora, mientras que la edición de Sevilla de 1524 dice que es obra de Francisco Vázquez, autor éste que lo tradujo del griego al castellano.
El protagonista de Primaleón es el héroe del mismo nombre. Como personajes secundarios encontramos a Polindo, hermano de Primaleón, y a don Duardos, amante de la infanta Flérida de Constantinopla. Estos amores inspiraron a Gil Vicente su tragicomedia Don Duardos. La tercera y cuarta parte del ciclo las constituyen los libros dedicados a Don Polindo y a Platir, aparecidos en 1526 y en 1533. Pero el más famoso de todos es el Palmerín de Inglaterra, publicado en 1547, que continúa al Primaleón, y que procede de un texto portugués, y del que fue autor Francisco de Moraes. Palmerín de Inglaterra mereció el elogio de Cervantes, y si sus situaciones son semejantes a las de los libros anteriores, por lo menos es poco complicado y tiene momentos delicados. Otras obras del siglo XVI español deben considerarse por lo menos como afines al género. Son las obras relacionadas con los poemas italianos, que a su vez se habían inspirado en los viejos cantares de gesta franceses. Así tenemos el Espejo de caballerías, que tiene como protagonista a Renaldos de Montalbán, en tres partes (Sevilla, 1533, 1536 y 1550, respectivamente), la primera de ellas traducción del Orlando enamorado; Libro del noble y esforzado caballero Renaldos de Montalbán, en cuatro partes, todas ellas traducciones de textos italianos; igualmente corrieron por España traducciones del Orlando furioso y del Mor- gante. A imitación de los primeros libros de caballerías se publicaron en España un sinfín de obras que los imitaban. Entre los más importantes tenemos: Clarián de Landanís (en tres partes, 1518, 1522 y 1524); Libro del invencible caballero Lepolemo, llamado Caballero de la Cruz (1521); Félix Magno (1531); Belianís de Grecia (1547 y 1587), uno de los libros preferidos por Don Quijote; Espejo de príncipes y caballeros (1562); Celidón de Iberia, de Gómez Luque (1583); Florando de Castilla, de Jerónimo de Huerta (1588); Don Cristalián de España, de Beatriz Bernal (1587).
Entre los libros de caballerías a lo divino debemos recordar: Caballero del Sol. Libro intitulado Peregrinación de la vida del hombre (1552); Caballería celestial de la Rosa fragante, de Jerónimo Sempere (1554). Debemos consignar también la obra fabulosa, traducción de un original francés, Triunfo de los nueve de la Fama (1530). Como último libro de caballerías se considera la Historia de Policisne de Boecia, obra de Juan de Silva y Toledo, impresa en Valladolid en 1602. También en muchas obras sentimentales escritas a mediados del siglo XVI se notan manifiestas influencias de los libros de caballerías. Así en obras de Alfonso Núñez Reinoso, a pesar de que el autor tratara de rehuir la influencia de este género, especialmente en su obra Clareo y Floriseo, en la que se mezclan episodios sentimentales, caballerescos y pastoriles. Este es el género que se había de hacer famoso tanto por sus características y por el mundo ficticio, convencional y de maravilla que consiguió crear, y por la lectura de los españoles en el siglo XVI, como por haber dado lugar al mayor monumento de la literatura española, el Quijote. Los libros de caballerías — dice un investigador del género — «fueron la lectura que más apasionó a todos los públicos de Europa, desde monarcas muy cultos, como Francisco I de Francia, hasta los venteros que albergaban a Don Quijote, a través de una variada galería de tipos en que no faltan grandes santos y fundadores de órdenes religiosas, como Ignacio de Loyola y Teresa de Jesús, y hombres de letras, como Juan de Valdés».

