Sītā

Nombre de una divinidad y de una heroína hindúes. El nombre significa «surco» y es, en el Veda (v.), el apelativo de la esposa de Indra y de Lakṣmī (v.).

En la literatura épica es el nombre de la esposa de Rāma (v.), raptada por Rāvana (v.) y liberada después por su marido. Represen­ta el tipo de la esposa perfecta, fiel, devo­tamente sumisa a su esposo. En el Rāmāyaṇa (v.) es hija de Janaka, rey de los Videha; su nacimiento es milagroso, por cuanto Sītā surge de la tierra, mientras el rey está arando: de ahí el sentido de su nombre. El rey posee un arco maravilloso, y declara que concederá su hija sólo a quien lo sepa manejar. Rāma vence en la prueba y obtiene como esposa a Sītā. Cuan­do Rāma parte para el destierro, Sītā pre­tende seguirle a toda costa. Rāvana la rapta y la transporta a Laṅkā.

La tierra entera, las plantas y los animales, se afli­gen por el rapto. Rāvana muestra a Sītā todas sus riquezas e intenta seducirla, pero aquélla le rechaza indignada. En vista de su negativa, Rāvana manda encerrarla en una caverna, sometida a estrecha vigilan­cia. Hanumat (v.), rey de los monos, que ha sido enviado en busca de Sītā, penetra en Laṅkā y logra descubrir la caverna mencionada: habla con Sītā y le asegura que Rama irá a libertarla. Así acontece, pero Rāma sospecha de la fidelidad de su esposa y no quiere volver a admitirla como tal. Sītā, desesperada, manda preparar una pira y se arroja a ella, invocando al fuego como testigo de su inocencia. De las llamas se eleva el propio dios Agní (v.), que toma en sus brazos a Sītā y la entrega a Rāma, garantizándole que siempre le ha sido fiel. Rāma se arrepiente de sus dudas. Sītā re­presenta el tipo perfecto de la esposa in­dia, según lo entiende el hinduismo.

A. M. Pizzagalli

Sir Roger de Coverley

Personaje típico creado por el periódico literario in­glés The Spectator (v.), de Joseph Addison (1672-1719). En su creación colaboraron Addison y Steele (1672-1729): este último tuvo presente a un caballero que, bajo la Restauración, había gozado de la vida, pero al transcurrir los años logró adquirir la costumbre de filosofar y se había conver­tido en un decidido crítico de la sociedad moderna y apologista de la sencillez tra­dicional; Addison, por otra parte, hizo de él un conservador bondadoso y caritativo, ingenuo y excéntrico, cuyas rarezas, sin embargo, proceden del sentido común y de la convicción de que los modernos an­dan completamente equivocados.

Sir Roger, figura tomada de la realidad por Steele, tiende a convertirse en manos de Addison en un instrumento para demostrar la opo­sición entre la vieja Inglaterra y la nueva, la cual esgrime sus argumentos por boca del negociante «whig» sir Andrew Free­port. A pesar de esa tendencia a una sá­tira programática, sir Roger conserva, in­cluso en sus rasgos más deliberadamente caricaturescos, un encanto de criatura real, que hace de él el supremo logro de The Spectator. En los distintos números del pe­riódico, sir Roger aparece en varios momen­tos de su vida cotidiana, en casa, en la igle­sia, en el tribunal, en la ciudad, en el tea­tro, en reuniones públicas, etc. Una imita­ción suya es el «squire» Bracebridge, en Bracebridge Hall (v.), de Washington Irv­ing (1783-1859).

M. Praz

Sinón

[Sinon]. Personaje de la Eneida (v.). Aunque Virgilio no lo presenta directamente, desempeña un papel impor­tante en la destrucción de Troya según la narra Eneas (v.) a Dido (v.) en el libro III.

Ignorado por Homero, Sinón aparecía sin duda en la epopeya de los epígonos (Pe­queña Ilíada) y era también el protagonista de una tragedia, hoy per­dida, de Sófocles. En el relato de Eneas, los griegos, al no poder conquistar Troya por la fuerza, »recurren a la conocida es­tratagema del monstruoso caballo de ma­dera en el que se encierran algunos de sus guerreros; Sinón se deja capturar, y aco­gido como suplicante por la piedad de los troyanos, relata que los griegos, habiendo perdido toda esperanza, han decidido aban­donar Troya y que precisamente él, Sinón, a consecuencia de las maquinaciones de Ulises (v.), había sido destinado al sacri­ficio para obtener de los dioses el feliz regreso de la flota (a modo de paralelo al sacrificio de Ifigenia, v.); también les ad­vierte que el caballo, consagrado a Atena como don expiatorio, es una prenda de futuras victorias si los troyanos lo intro­ducen en su ciudad: el lamentable fin so­brenatural de Laocoonte, que había arro­jado una flecha contra aquel caballo, hace que se preste aún más crédito a las pa­labras de Sinón, y finalmente el ingenio fatal es acogido en el interior de las mu­rallas, señalando la ruina de la ciudad.

En efecto, aquella misma noche, el propio Si­nón abre el caballo y da salida a los gue­rreros griegos. En Virgilio, ese personaje, que naturalmente está retratado desde el punto de vista troyano, es un traidor y un perjuro («periurus» se le llama en el ver­so 195), símbolo de la perfidia griega: por boca del troyano Eneas habla a la vez el romano Virgilio, que con su arte subraya los rasgos más insidiosos del discurso de Sinón. Más tarde, en el siglo IV, un poeta griego, Quinto de Esmirna, en su Posthomérica, en cierto modo polemizando con Vir­gilio, representa a Sinón como el héroe que, torturado por los troyanos, se sacri­fica por los suyos. Otro poeta algo poste­rior, Trifiodoro, narra también, en su Toma de Troya, el episodio de Sinón, imaginan­do que éste se presenta a Príamo como suplicante, abandonado por los griegos en tierra enemiga por no haberse sumado a su poco glorioso proyecto de huida.

Su figura fue bien conocida de la Edad Media y aparece, por ejemplo, en un poema rít­mico latino del siglo X; Dante, que sigue naturalmente a Virgilio, coloca a Sinón en el infierno entre los fraudulentos que fal­taron a su palabra, le presenta atormen­tado por una «fiebre aguda», y hace que Maestro Adán (que le apostrofa llamándo­le perjuro, según hiciera Virgilio) le eche en cara su traición para con los troyanos.

A. Ronconi

Sindibad

Protagonista de un relato de viajes titulado con su nombre (v. Viajes de Sindibad) compuesto en árabe hacia el siglo XII e incluido en Las mil y una no­ches (v.).

Estos viajes figuran relatados por él a un grupo de invitados suyos, en su rica casa de Bagdad, en tiempos del califa Harún ar-Rashid. Opulento merca­der, Sindibad se había visto empujado por su sed de riquezas y de aventuras a lejanos viajes marítimos, en los que siempre naufraga o queda separado de sus compa­ñeros, lo cual da lugar a extraordinarias peripecias, algunas de ellas sorprendente­mente parecidas a las de Ulises (por ejem­plo, la de Polifemo, v., y Circe, v.). Tenga o no fundamento la hipótesis de que el au­tor del Sindibad utilizó una refundición de la Odisea (v.) en prosa árabe, lo que no puede negarse es que Sindibad es un mo­desto epígono ideal del héroe homérico, una especie de «ulisida» musulmán.

Ello se observa lo mismo en los rasgos más genuinos e innegablemente preeminentes del auténtico Ulises (v.) de Homero, como son la apasionada nostalgia de la patria y de las personas queridas y el cansancio de sus incesantes errabundeos, como en aque­llos otros que la posteridad, desde Dante a D’Annunzió, ha acentuado con cierta predilección: la inquieta búsqueda de lo desconocido y la sed de experiencias vita­les. Como Ulises, Sindibad arrostra los pe­ligros. con cierto temor, llora y se deses­pera, pero luego saca fuerzas de flaqueza e idea sutiles estratagemas con su siempre vivo ingenio, ora se trate de cegar al monstruo de un solo ojo que le tenía pri­sionero, ora de dar muerte al viejo marino que se ha apoderado de él, ora de huir de una serpiente, ora de escapar de la sepul­tura en que ha sido enterrado juntamente con su esposa indígena muerta antes que él.

Estos «apólogos de Alcínoo», trasladados al Bagdad del siglo XI y, apenas hay que decirlo, absolutamente incomparables, ar­tísticamente hablando, a su gran modelo, son también, como aquéllos, un reflejo de hechos históricos reales, de la Talasocracia arabigopersa en el Mar Rojo y en el Océano índico. Con el Sindibad marino y viajero no debe confundirse otro Sindibad, filósofo, que aparece en el ciclo de los Siete Sabios (v. Libro de Sindibad) y cuya personalidad carece de rasgos suficientemente definidos para ser recogida aquí.

F. Gabrieli

Simplicio

Personaje del Diálogo sobre los dos mayores sistemas del mundo (v.), de Galileo Galilei (1564-1642), que refleja la ciencia y la mentalidad aristotelicotolemaica, frente a la ciencia moderna, repre­sentada por Salviati, y al sentido común, personificado por el conde Sagredo.

Se sabe que el papa Urbano VIII sospechó que, en la figura de Simplicio, Galileo quiso re­tratarle precisamente a él, en cuanto le pareció hallar algunas de sus opiniones en las expresadas por aquel personaje. Pero la sospecha no tiene importancia, ya que Simplicio, más que un hombre individual, es un tipo viviente en la realidad histórica de su época: el tipo del pedante aristo­télico del siglo XVI que no escucha razo­nes ni admite experimentos, cuando éstos se oponen, total o parcialmente, a los textos de Aristóteles. Es el peripatético fiel a la fórmula «ipse dixit», que considera las obras de Aristóteles como el tesoro del humano saber y teme ver comprometido a su maestro por los nuevos descubrimien­tos y los nuevos puntos de vista, a los que él, por su parte, estaría dispuesto a acce­der con la única condición de que se avi­nieran a las doctrinas aristotélicas.

J. Colombo