Henno, Johannes Reuchlin

Comedia compuesta en 1497 por el humanista alemán Johannes Reuchlin (1455-1522), que, con las formas de la co­media de Terencio, trata motivos del dra­ma bufo característico del tardío Medievo alemán.

Como de costumbre (Fastnachtsspiele, v.), también aquí los personajes principales de la escena son un aldeano bo­balicón y su tacaña esposa. El marido, Henno, le roba ocho florines y los da al criado Dromo para que compre en la ciudad tela para un nuevo vestido. La mujer advierte la sustracción y acude a consultar al as­trónomo Alcabicius, quien le revela que el ladrón es su marido. Entretanto, el astuto Dromo ha comprado la tela, pero no la ha pagado. Denunciado por el comerciante, Dromo sigue el consejo de su abogado y se finge sordomudo durante el proceso, con­testando a cada pregunta del juez con un balido, «bee» (imitación de la Farsa del abogado Pathelin, v., que Reuchlin cono­ció durante su estancia en Francia), por lo que el juez le absuelve. La farsa culmina cuando el abogado le pide sus honorarios, y Dromo le contesta «bee», dejándolo bur­lado. Después de tales hazañas, el astuto Dromo vuelve al pueblo de su señor Henno que, admirado tanto como su mujer de la astucia de su criado, le da por esposa a su hija y le regala, además, los ocho florines… como única dote.

La comedia, animada por una acción viva, está construida según el modelo clásico. Tiene cinco actos, cada uno de los cuales comprende dos escenas y ter­mina con un coro que es como un inter­medio musical y representa una novedad en el teatro cómico alemán. Está conside­rada como la obra principal de la «comedia de escuela» [«Schulkomödie»] latina y hu­manista en alemania. Hans Sachs la reco­gió, y refundió el argumento en 1531; Chris­tian Weise la utilizó para su comedia El engañador engañado [Der betrogene Betrüger], en 1659; y J. Christoph Gottsched la acogió en su Material necesario para la historia del arte dramático alemán [Notiger Vorrat zur Geschichte der deutschen dramatischen Dichtkunst], que es la mayor recopilación teatral de la época de la Ilus­tración.

M. Pensa

Heptamerón, Margarita de Valois

Recopilación de novelas cortas de Margarita de Valois, duquesa de Alengon y reina de Navarra (1492-1549), aparecida póstumamente en 1558 y, más completa, al año siguiente. Las inclinacio­nes místicas de la autora, preocupada por los problemas religiosos, su deseo de adop­tar una clara posición espiritual frente al mundo y su admiración por las virtudes caballerescas, quedan equilibrados en la es­tructura del libro mediante una límpida creación artística. El luminoso mundo de la obra maestra de Boccaccio brilla en esta obra con sorprendente compostura de formas, en las que se reúnen la sátira anti monástica, la admiración por la destreza y la astucia, la íntima participación en una vida apasionada. Así quedan sublimadas en una superior armonía las salidas demasiado crudas de los cuentistas, cierta grosería propia de los novelistas eróticos y la frial­dad de los refinados líricos cortesanos, con una sonrisa de inteligencia y de despreocu­pación que no extraña a quien esté familia­rizado con los autores del Renacimiento.

En una comarca termal de los Pirineos se en­cuentran personajes franceses, españoles y de otras naciones, para su curación y para divertirse: pronto se reúne un alegre grupo y después de algunas peripecias resuelven amenizar sus horas de ocio narrando nove­las. Así, con especial predilección por los argumentos amorosos (con los diversos ca­sos de maridos traicionados o traidores, y doncellas ingeniosas y apasionadas), caba­lleros y damas narran y discuten al modo de los famosos personajes del Decamerón (v.): citando ejemplos de fidelidad y de in­fidelidad, de ingenio y de tontería que, de un modo u otro, levantan reproches o apro­baciones. Una señoril dignidad envuelve los relatos: si las mismas desventuras con­yugales y ciertas escabrosidades conventua­les corresponden a un tipo de libre ga­lantería abiertamente cultivado por la tra­dición «gálica», la pasión por la fuerza y el amor, por el valor y el sacrificio están expresadas con toda franqueza.

Incluso he­chos de evidente impudicia, en la presenta­ción de casos particulares en las relaciones amorosas, están rodeados de reflexiones mo­rales que tienden a dar una enseñanza de seriedad y elegancia: y no es raro que te­mas de piedad y tragedia — igual que en algunas novelas de Boccaccio — aparezcan en la misma narración maliciosa de trai­ciones e incontinencias funestas. El marco narrativo, formado por el grupo de narra­dores e inspirado en el Decamerón, se in­terrumpe bruscamente en la novela LXXII, donde la escritora toma directamente la palabra, dándonos detalladas referencias biográficas. La obra fue truncada por la muerte de Margarita, quien parece quería llevarla al mismo número de jornadas y novelas que las de la obra maestra italiana.

C. Cordié

Heptaplo, Giovanni Pico della Mirandola

[Heptaplus de opere sex dierum geneseos]. Obra de Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494), publicada en 1490. Está dividida en siete libros, cada uno de los cuales está dividido en siete breves capítulos, además de un prólogo y de un epí­logo.

Trata de la creación en siete días tal como la narra el Génesis; en dos proemios, nos advierte Pico que las verdades más ele­vadas están envueltas en el Génesis con el velo de un enigma, y que el mundo está hecho de tres partes: el mundo elemental, el mundo angélico y el mundo celeste. El hombre es la imagen de estos tres mundos: del elemental por su cuerpo, del celeste por su alma, del angélico por su inteligencia. En la primera exposición, que trata del mundo elemental, Pico ve en el relato de la creación del cielo, de la tierra, del aire y del agua, una completa doctrina cosmo­lógica sobre la materia, sobre las formas corruptibles y la causa eficiente; todas las palabras, aun las más comunes, son sím­bolo de una elevada doctrina filosófica. Lo propio se puede decir de la segunda expo­sición, que trata del mundo celeste, de la tercera, que trata del mundo angélico, y de la cuarta, en la que se habla del hombre. En la segunda, por ejemplo, hablando del cielo, Pico hace saber que se debe entender el empíreo, y cuando se habla de la tierra, han de entenderse todas las obras que se hallan bajo el cielo cristalino. Es intere­sante la cuarta exposición, por el nexo que presenta con el discurso De la dignidad del Hombre (v.). El hombre es imagen de Dios, no en el sentido de que constituya un cuar­to mundo, aparte del elemental, del celes­te y del angélico, que son también imáge­nes de Dios, sino porque el hombre es una síntesis de los otros tres. También Dios es una síntesis del mundo, pero lo es en sen­tido diferente del hombre, porque Dios con­tiene al mundo como principio, y el hom­bre lo contiene como medio de todo. De esto se sigue que las cosas son más per­fectas en Dios de lo que son en sí mismas; en el hombre, por el contrario, se elevan las cosas inferiores, pero se rebajan las su­periores.

En la quinta y sexta exposición, vuelve Pico a describir minuciosamente ca­da uno de los mundos y particularmente al hombre, para mostrar la unidad del todo, porque las cosas singulares tienden a unirse para alcanzar a Dios. El medio más adecuado para llegar a Dios es la oración, ligamen espiritual entre cielo y tierra. La exposición última, la séptima, muestra una doctrina de la felicidad, que, natural o es­piritual, siempre consiste en poseer a Dios, el sumo bien. Pero a la felicidad espiritual no se llega sin ayuda de la gracia. Inte­resante es el final, en el que Pico quiere hallar en la primera palabra del Génesis, «in principio», que en hebreo se dice «Bresit», una doctrina completa de la creación, dividiendo la palabra y formando con ella varios anagramas, según métodos cabalís­ticos.

S. Ruta

Helénicas, Jenofonte de Atenas

Obra histórica de Jenofonte de Atenas (4279-355? a. de C.), dividida en siete libros por los gra­máticos, que narra la historia de Grecia desde el punto en que Tucídides había de­jado interrumpida su obra (esto es, desde los acontecimientos inmediatamente ante­riores a la victoria de Cízico y a la lla­mada de Alcibíades a su patria), hasta la victoria de Mantinea, comprendiendo unos cincuenta años, desde 411 a 362 a. de C. Diferencias intrínsecas y formales dividen netamente las Helénicas en tres partes, la primera de las cuales, que comprende los acontecimientos desde el año 411 al 403, año de la restauración democrática de Trasíbulo en Atenas, y llega hasta el fin del segundo libro, muestra claramente la in­fluencia de Tucídides en el orden y rela­tiva imparcialidad del relato y en una cierta rigidez de estilo; la segunda, com­puesta después de la Anábasis (v.), y que, formando el tercer y el cuarto libros, llega hasta la paz de Antálcidas, es netamente jenofóntica en su tono anecdótico y en el carácter fragmentario de la narración; la tercera, desde el quinto libro hasta el fi­nal, probablemente no fue elaborada por el autor y es más bien una recopilación de materiales (en verdad incompleta y muy lejos de la imparcialidad: por ejemplo, fal­ta todo cuanto pudiera redundar en me­noscabo de Esparta) y no una historia ver­dadera y propiamente dicha.

Diversa en sus varias partes, esta obra no se presta a un juicio de conjunto; por esto mismo, qui­zás, ha sido tan diversamente valorada e interpretada por los críticos antiguos y mo­dernos, los cuales siempre se han esforzado en buscar en ella una unidad ideal de que en realidad carece. Como historiador, Je­nofonte revela en las Helénicas, más que en ninguna otra de sus obras, la gravedad de sus defectos: además de la parcialidad por Esparta y por Agesilao, que llega, sobre todo en la última parte, hasta hacerle fal­sear los hechos, no ve la concatenación ló­gica de los acontecimientos, y, mientras su documentación en muchas partes es insu­ficiente, otras veces se pierde en prolijos , relatos de episodios de poca importancia o interrumpe la narración con largas di­gresiones en las que expone, desde su pun­to de vista moral, el juicio de hombres o hechos particulares, pero nunca del con­junto de los acontecimientos. Es mejor Jenofonte como narrador, y, desde este pun­to de vista, sobre todo en la segunda parte, las Helénicas pueden compararse a la Anábasis por la viveza y el dramatismo con que el autor relata algunos hechos, como la detención de Terámenes en pleno con­sejo, el descubrimiento de la conjuración de Cinedón, el encuentro entre Farnabazo y Agesilao, o introduce casi sin darse cuen­ta en la narración, que debería ser tan im­parcial e impersonal como fuera posible, sus consideraciones morales y religiosas, los entusiasmos que le dictan sus simpatías por la aristocracia, las consideraciones técnicas que le sugiere su experiencia militar per­sonal. Sea como fuere, en su singular mez­cla de méritos y defectos, las Helénicas constituyen un precioso documento litera­rio y son lo mejor que la historiografía nos ha legado después del período de oro representado por Heródoto y Tucídides.

C. Schick

Heliand, Anónimo

Antiguo poema alemán, de unos 6.000 versos aliterativos, escrito en sa­jón antiguo entre los años 822 y 840, qui­zá por un monje del monasterio de Fulda. Es una narración de carácter típicamente popular de los principales episodios de los Evangelios, refundidos por un espíritu to­davía próximo al de la antigua épica, como se advierte por el estilo y el metro, y des­tinada a difundir, quizá por encargo de Lu­do vico Pío, la fe cristiana entre los pueblos sajones donde todavía se mantenían las an­tiguas tradiciones paganas. El título signi­fica El Salvador. Podemos ver en este poe­ma, que es el más importante documento literario del sajón antiguo, la primera gran tentativa de conciliar el espíritu del cris­tianismo con el mundo germánico, secreta­mente rebelde a la humildad predicada por el mensaje de Cristo. Los personajes del re­lato evangélico aparecen, en efecto, en un clima de feudalismo germánico: Cristo es un príncipe; José, un noble; Marta y María, baronesas, y los apóstoles, guerreros; sus relaciones mutuas están dictadas por la leal­tad, el valor y la recompensa, y sobre toda la narración se cierne una épica fatalidad. La lengua, sonora y abundante, avanza len­tamente por medio de repeticiones y varia­ciones entre las anchas márgenes de un me­tro que permite todas las libertades; pero, de vez en cuando, surge a la superficie una vena de fresca e ingenua poesía y un au­téntico dramatismo.

M. Pensa