Hexamerón, San Basilio de Cesarea

[Hexaemeron]. Nueve ho­milías de san Basilio de Cesarea llamado el Grande (329-379), pronunciadas por él cuando todavía era sacerdote antes del año 370, durante la semana de Cuaresma. Las nueve homilías habían de ser una ex­plicación de los «seis días» de la creación (y eso significa el título) para comentar el Génesis (v.); pero el autor se detuvo en el día quinto, y la homilía sobre el día sexto fue pronunciada por el hermano de san Basilio, san Gregorio de Nisa; el cual es­cribió después en defensa de la obra de su hermano el tratado Apología para el Hexamerón (v.). Las homilías del Hexamerón revelan el profundo conocimiento que de la Escritura tuvo el autor y están es­critas con elegancia y pureza de lenguaje, pero sin arrebatos de elocuencia. Vuelve a encontrarse en ellas al orador convincente y al literato que escuchó las lecciones de Himerio y de Libanio, y al profundo cono­cedor del Platonismo (v.) y del Neoplato­nismo. En su exégesis san Basilio se atie­ne al texto sagrado y denuncia los abusos de las interpretaciones alegóricas, sugirien­do muchos pensamientos de sana filosofía y de práctica moral cristiana. Las homilías fueron impresas por Migne en la Patrolo­gía griega (XXXIX, col. 2-208).

*    En el mismo intento de exégesis bíblica está inspirado el Hexamerón de san Am­brosio (3309-397), en el cual se comenta e ilustra la obra divina de la Creación. En substancia la obra procede de la predica­ción del gran obispo, durante la semana santa del 387. Ambrosio, que, aunque no conocía el hebreo, leía corrientemente el griego y se complacía en comparar la ver­sión de los Setenta (v. Biblia) con otras del Antiguo Testamento, unía a la cultura sagrada, la profana: creía, por ejemplo, que Pitágoras había imitado a David al imponer la regla del silencio a sus discípulos; que Sócrates había leído páginas de la Biblia; que Platón, en Egipto había tenido conoci­miento de las Escrituras de los hebreos; que Sófocles imitaba a Job; que Aristóteles y los peripatéticos, Catón y los estoicos, ha­bían complicado lo que las Escrituras dicen en forma sencilla y llana. La exégesis ambrosiana es, sobre todo, alegórica y proce­de de la de Filón; el sentido literal no debe rechazarse, pero no basta: la letra de las Escrituras es como la sombra del cuerpo, la verdadera realidad y el verdadero conte­nido, es lo que está más allá de la letra. Cuando la letra del texto bíblico es insos­tenible, es menester dar al texto un valor místico, que espiritualice el relato. Las fuentes de Ambrosio son, además de la obra de Basilio, los comentarios de Orígenes y de Hipólito. Las partes mejores de la obra son el tercer libro sobre las plantas, el quinto sobre los pájaros y los peces, y la segunda parte del libro sexto sobre las maravillas anatómicas del cuerpo humano. En estas páginas se presiente ya el carác­ter de aquella Edad Media que se sirvió abundantemente de la obra exegética de Ambrosio.

F. Dell a Corte

*   Hexamerón es también el título de una obra en seis libros en prosa, del canónigo florentino Francesco Cattani el Joven (1530- 1595), que no debe confundirse con su homónimo, llamado el Viejo (1466-1522), continuador de la filosofía platónica después de Ficino. En su obra, impresa en Floren­cia en 1563, Cattani se propone ir «discu­rriendo un poco en torno a todas las cria­turas». Es, en efecto, más que una narra­ción, una serie de explicaciones y disqui­siciones en torno a los seis días de la Crea­ción; y de aquí su título. En el primer li­bro que, con el último, es el más extenso e importante, se trata del concepto y de los fines de la Creación; de las naturalezas angélicas, de la caída de Lucifer, de la ma­teria primera todavía indistinta e informe; y finalmente de la creación de la luz; en el segundo de la creación del mundo, del firmamento, y de los cielos; en el tercero de los elementos, de su composición y ar­monía, y después, más específicamente, del mar, de las nubes, de las plantas, etc.; en el cuarto, del sol, de la luna y de los as­tros; en el quinto de la naturaleza y de los fines de las demás criaturas: los peces, los pájaros y los animales en general; en el sexto, del alma humana, de su dignidad, del hombre y de su naturaleza, del paraíso terrestre, y, en fin, de cómo Dios «en cuan­to hubo producido el universo descansó de su obra, y se dio cumplimiento al sexto día y al séptimo».

M. Sansone

*   A este tema se refieren, además de otras muchísimas obras exegéticas como el Heptaplo (v.) de Pico de la Mirandola, diversas obras poéticas de las cuales las más céle­bres son las Alabanzas de Dios (v.) de Draconcio, la Semana (v.) de Bartas, las Siete días de la creación del mundo (v.) del Tasso y el Génesis (v.) del Aretino.

Los Hidalgos de la Casa Morisca, Júlio Diniz

[Os Fidalgos da Casa Maurisca]. No­vela portuguesa de Júlio Diniz (pseudónimo de Joaquim Guilherme Gomes Coelho, 1839- 1871), publicada en 1871. Don Luis, noble arruinado, tiene todavía una granja en provincias, confiada a la administración del capellán de la familia, fray Januario, que piensa más en combatir las doctrinas de­mocráticas que en llevar bien la hacienda, la cual parece destinada a un triste fin. Don Luis tiene dos hijos muy distintos entre sí: Jorge, espíritu despreocupado y abierto a las nuevas ideas, ansioso de grandes rea­lizaciones, y Mauricio, espíritu aristocrático a la antigua, un verdadero retrógrado. Jor­ge, al comprobar la inminente ruina, de­cide tomar en sus manos las riendas de la hacienda familiar e intentar su salvación. Así, la familia se retira a la granja, llama­da Casa Morisca por los aldeanos de la lo­calidad, y Jorge pone manos a la obra. Vive en la misma casa el colono Tomé da Póvoa, que ha conseguido con sus sacrificios y sus dotes administrativas poseer tierras propias que cultiva con provecho, y dar una mag­nífica educación a su hija Berta, animosa y bella joven, que vive con él.

Jorge, que ha hecho de Tomé su consejero, se enamo­ra de Berta e inicia así la doble lucha para salvar la propia fortuna y realizar su sueño de amor. Todos le son contrarios y acusan a Tomé da Póvoa de servirse de la hija para apoderarse de la granja. Entonces, Berta, ofendida en la pureza de sus sentimientos, rechaza a Jorge. Pero éste resiste y con su tenacidad consigue vencer todos los obstáculos. Su familia vuelve al antiguo bienestar y por fin se decide a acoger en su seno a Berta, que tanto ha contribuido con su padre a la restauración de la Casa Mo­risca. La novela, como casi todas las del autor, retrata con gran finura de análisis psicológico unas almas que se crean su pro­pio destino, abandonándose a los impulsos del sentimiento confiadas en el triunfo; de ahí el tono narrativo, sencillo y claro, sin contorsiones románticas y sin el peso de una exagerada riqueza ornamental. El em­peño artístico y moral del escritor consigue realizar páginas de eficacia representativa y de pura poesía.

L. Panarese

Tras el velo sonrosado del idealismo, [la obra de Diniz] fue un anticipo seguro en el camino de la observación de la natura­leza y de la vida. Ega de Queiroz y sus discípulos romperán este velo unicolor, pero Júlio Diniz fue el primero que convirtió la imaginación sensorial en facultad obser­vadora. (F. de Figuereido)

Hidalla, Frank Wedekind

Drama en cinco actos del dra­maturgo alemán Frank Wedekind (1864- 1918), estrenado en 1904. La trama está fundada, como casi siempre ocurre con las obras de este autor, en el problema sexual, que a principios de siglo había pasado a primer término. Wedekind suele retratar figuras — hombres y mujeres — que van ha­cia un destino trágico, no con la conciencia de los antiguos héroes, sino como arrastra­dos por un primitivo impulso irresistible. El protagonista, Hetmann, se presenta al principio como «secretario de la sociedad internacional para la procreación de hom­bres de raza», para desarrollar luego una «teoría sobre la belleza», que provoca las más extrañas reacciones. Hetmann proclama, haciéndose involuntariamente portavoz de los principios decadentes, que mientras an­tes se fijaba la atención en el «bienestar», ahora hay que ponerla sobre la «belleza».

Y combate en la mujer tres formas de bar­barie: la prostitución, la soltería y la vir­ginidad. Con estos principios cree que se podrá formar una nueva sociedad «más alta». Wedekind quiere presentarnos a este teorizador como un profeta no escuchado, que fatalmente debe precipitarse a la muer­te. En efecto, pasa de desilusión en desilu­sión: la primera vez lo encarcelan en el preciso momento en que espera entusiasmar a un congreso internacional. La segunda vez, traicionado por sus mismos maestros, mientras está arengando a la multitud lo toman por loco y lo encierran en un mani­comio. La tercera vez, por fin, un director de circo le propone que se aliste como pa­yaso, y ante esta última afrenta del destino, Hetmann se ahorca. Hidalla es el título de la obra que escribe en la cárcel y que des­arrolla el tema de la belleza como moral. Pero al lado de este ser tan poco humano, Wedekind reúne a todo un mundo de figu­ras menores, en el que, juntamente con la figura humana y viva de una mujer que intenta hacerle volver a la realidad, se en­cuentran otros numerosos personajes dibu­jados con un violento sarcasmo. Y con un último rasgo sarcástico, que pretende ser terriblemente trágico, el drama se termina: «Un malvado vivo es más soportable… que el mayor profeta muerto».

R. Paoli

Hespero, Jean Paul Richter

[Hesperus]. Novela del escri­tor alemán Jean Paul Richter (1763-1825), aparecida en 1775. Es una novela autobio­gráfica del orden del Wilhelm Meister (v.), donde el autor sigue en el protagonista un período de su propia formación.

Aquí es Víctor o Sebastián, como se quiera, porque se presenta bajo uno y otro nombre según el ambiente y las circunstancias, tratando Jean Paul con dicha ficción de reproducir lo inalcanzable que hay en cada yo, y que se define mal con una fisonomía fija. Ade­más, Víctor, al principio del libro, se cree hijo de un misterioso lord Horion, que mantiene secretas relaciones con la peque­ña corte de Flachsenfinger; luego, la pater­nidad es atribuida a un pastor protestante por quien fue educado y, al fin, descubre que es hijo natural del propio príncipe. Toda la intriga, a base de hijos ilegítimos y sus reconocimientos, sirve de fondo sa­tírico al ambiente de las pequeñas capita­les alemanas y para dar más relieve a los que pueden considerarse los personajes pro­piamente dichos de la novela. El idilio en­tre Víctor y Clotilde se resuelve en una es­pecie de ascesis poética y luminosa para culminar, en el día de Pentecostés, con la mutua promesa de eterno amor sellado por la presencia de Manuel, el maestro y profeta oriental, premonitor de la muerte. To­do está transfigurado de esta forma: la na­turaleza parece ser pura expresión de la solemne alegría íntima de las personas hu­manas: gloria de sol dorado, brillo noc­turno de estrellas y exuberante decoración de prados floridos. Esta sensibilidad de la naturaleza que precede a la de los román­ticos es completamente distinta de la suya. Aquí no es el hombre quien asciende hacia la naturaleza sumergiéndose en ella, sino la naturaleza que manifiesta el alma de sus colores y formas en la ión poética con que reviste al personaje.

Los tonos patéticos sobre la muerte que se re­piten de tarde en tarde forman un volun­tario y violento contraste con los t ines­perados raptos satíricos y las chispas de humorismo que resultan desconcertantes, interrumpiendo casi la línea de la novela, dura llamada a la realidad, diabólica burla al hombre que se hace ilusiones de poder vivir su propio sueño. Jean Paul se pre­senta como una personalidad aislada en su época por su originalidad, como en la lite­ratura medieval lo fue Wolfram von Eschenbach, al que recuerda también por al­gunos impulsos místicos. También hay en Hespero, obra juvenil, una especie de artificiosidad voluntaria, en parte justificada, en cuanto coloca a la novela en una zona especial fuera del mundo, donde se domina y juzga desde lo alto de la poesía y de la sátira. Los cuarenta y cinco capítulos son llamados «Días del correo del perro», suponiéndose que un perro llega a una isla desierta llevando al autor, cada semana, las noticias narradas. Y entre un viaje y otro del perro, especie de compás de espera, se intercalan «hojas extra» con críticas y ob­servaciones filosóficas dirigidas, sobre todo, a personas y teorías de moda. Schiller, en una carta dirigida a Goethe en 1795, habla con benevolencia de esta obra, favorable­mente sorprendido por su caprichosa ra­reza; en cambio, Goethe, aun reconociendo su genialidad, la encuentra de gusto me­diocre, reprochando precisamente a Jean Paul su aislamiento. La novela, al aparecer, divirtió al público inteligente, pero no fue popular.

G.F. Ajroldi

Ordenar y clasificar, tener sin descanso los ojos fijos en un objetivo, no es asunto mío. Yo prefiero saltar a caminar, aun sa­biendo que lo primero cansa más que lo segundo al lector. ¿Quién no desearía es­cribir como Montaigne o como Steme? El espíritu es inconstante por naturaleza: nun­ca camina en línea recta ante sí. ¿Por qué? Porque trata de apoderarse de analogías, porque, indiferente a las verdaderas rela­ciones de las cosas, persigue relaciones ex­trañas, y, en dicha persecución, no siempre sabe dónde va. (Jean Paul)

Un hombre caído de la Luna. (Goethe)

Sabe acercar las lejanías y alejar la pro­ximidad de modo que nuestro corazón pue­de abrazarlas a ambas. (Hofmannsthal)

Hespérides, Robert Herrick

[Hesperides]. Recopilación de unas 1.200 poesías breves del poeta inglés Robert Herrick (1591-1674), publicada en 1648. Alternan las poesías más aéreas con los epigramas groseros, con un desorden y una negligencia típicos y caprichosos. Los sentimientos más variados están agrupados de cualquier modo, y son evidentes las con­tradicciones de un alma de verdadero poeta que consigue mezclar las poesías dedicadas a sus numerosas mujeres. Alternan los te­mas, se combinan las fantasías, se suceden delicadísimos juegos amorosos, madrigales elegantísimos, espontáneas exquisiteces. Por su inigualable ligereza, su aérea morbidez, el sentido alegre de lo más grato en lo femenino y algo de mujeriego y sutilísimo, por el don del canto ligero, Herrick en es­ta su mayor obra está considerado como el máximo poeta lírico del Renacimiento in­glés. Cuanto es gracia le conmueve («A sweet disorder in the dress») y le da una grácil suavidad perfecciones que duran un instante, vuelos minuciosos, divertidos, jo­viales; se repiten muchas y muchas veces los mismos temas: las flores, las estaciones, el tiempo, la gracia de una mujer, afinan amablemente los motivos, los rehacen y acarician («Bid me to live and I will live»; «Fair Daffodils, we weep to see»; «Sweet, be not proud of those two eyes»). Extraño y voluptuoso, denso y apretado, Herrick, un verdadero clásico, tiene una vena de romanticismo que le da una lige­reza particular, fascinadora. Aun recordan­do las melodías de Marlowe, de Shakes­peare, de Campion, evocando a Catulo e inspirándose en él, especialmente en los epi­talamios, Herrick, artista espontáneo, ela­boró durante largo tiempo esta obra, en la que triunfa una fantasía genial y minuciosa que es original incluso cuando se refiere al canto popular o a la oda clásica.

A. Camerino